I was waiting...

La vida estaba llena de asombrosos nuevos conceptos.
Pero yo no podía respirar. No podía pensar.
Estaba esperando a que ella volviera.
Por que ella lo era todo.
Ella lo era todo, para mí.

Danny (Heath Ledger)
Candy (Australia, 2006)


Hablemos de amor verdadero. Antes que todo, déjame aclararte algo; esto, mis letras sobrexpuestas, estarán vivas sólo una semana más. Después voy a matarlas. Voy a quemarlas, habrá sólo vapor de ellas y sus ecos. Los días pasaran muy rápido. Sabrás, una mariposa de aire se esfuma en la memoria como el efecto del alcohol después de ponerte muy nervioso al esperar por alguien, a que doblen esa esquina, a que salgan del auto. Pero el tiempo nos deberá ser suficiente. Voy a dejarte las llaves de mis cajones, no obstante. Puedes abrir. Puedes visitarme. Puedes vestirte con la ropa que alguna vez compré para ti. Decirme adiós, desearme buenos días. O buenas tardes. Voy a darte el orificio mío que lleva hasta el mar, hasta que vuelvas, por si es que vuelves. Por si volvemos. Si acaso necesito que seas otra vez. Enarbolada a la nada que suponen mis intentos de vida. Conmigo todo siempre es un intento. Conmigo todo es otra cosa. Yo no comprendo muy bien. Sólo puedo estar a la ventana de tu vida, y de la mía. Abrir de repente la puerta los días sábados, y los domingos, desde la banqueta de mi amada amiga, pero no así. Hay varios narcóticos que ya no sirven. Entonces sólo puedo estar muy cansada por la noche, tirarme sobre una cama, fumar, ahora fumo cómo no sabes. Estoy esperando a que algo se queme dentro de mí. Y generalmente lo logro, vamos, que siempre he sido un animal incandescente. Te hablé de las estrellas y las mujeres. Todos los días, fuimos monstruos perdidos a la hora de la cena. Fuimos de tabaco y chocolate. Menta y amor. Balas y huecos, y sangre, y labios mordidos. Fuimos todo eso, y en nuestra mente. Me veo la espalda, y veo la tuya, y me veo con flores amarillas, y nada. Aun así, nada. Es primavera, hay muchas de esas flores sin fondo por todos los espacios verdes de mi pervertida ciudad. Escucha, hablemos de amor verdadero, digamos una vez mas “aquí estoy, me ves, aquí estoy”. Pero ya sé que tú no puedes. Y yo sé que yo no quiero. Sé también las horas masoquistas de la eternidad que nos espera. Por favor discúlpame…yo estaba, yo sólo estaba, tú sabes... esperando…

Nota: cómo hacer estupideces una noche de sábado

Cómo voltear la mirada mientras piensas: ojala no hubiese pasado. Y qué bueno que pasó, o vaya, no decir que no son más que decisiones estúpidas, o arranques metálicos o mucho vodka vertido en jugo de uva. Y eso, eso, tratar de ver a la calle, a la banqueta, y no a ti, ni a mí. A las horas menos solicitadas, con la ropa menos linda, con la cara menos azul, sólo así. Esto es una recopilación de “cómo hacer tonterías una noche de sábado”. El domingo tienes que llegar a casa, bañarte, intentar recopilar también cada uno de los errores, meterlos en una caja, decir que ya de nada sirve, que de hecho no sirves. Gritar contra la almohada algo así como “aaaaarrggggg”. Yo no sé, sólo espero haber volteado la mirada suficientes veces, no haberte tocado tanto….y no, no hacerte, que no parezca nada raro...¡Mierda!
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¿Por qué no me llevas atrás? Al fondo. Sabes cuantas camas hay, sino, puedo decirtelo. Tampoco es necesario, recuerdas, dije "eso no es necesario". Respondiste "ah no?", y subiste a tu auto, tu ruidoso auto. Deberias volver. Llevarme a donde te pido. De verdad que no hay nada mas espeso que la sangre dentro de mi cuerpo, de verdad, qué yo no hago daño. Todo eso que te dije son mentiras. No soy. Y tampoco llevo a nadie conmigo, donde quiera que voy. Soy como tú. Qué dice con indiferencia "bueno, a veces...". Soy cómo tú sintiendome cómoda conmigo. Y contigo. Yo no observo mucho tus manos, ni las observé, aunque me digas que esos instrumentos son tuyos, yo no. De verdad que no. Si mal no recuerdas acordamos años antes que es un final inevitable: nosotros somos hechos y nos buscamos, nos buscamos los unos a los otros como si fuesemos una sola compleja cosa que no funciona sin el otro (sin ti). Pero ya sé que no eres tú. No tendrías que ser tú. Son intentos desesperados por raspar otras pieles. Mucho de todo, desesperado por el tacto. Y es que estabas disponible. Por eso voy a dejar de persuadirte ahora. Ya, puedes volver a casa....déjame ya...es otro día, cómo hago para soltar la soga, que lleva al fondo...

Weekend after you, or it, whatever




Supongo que esta imagen de mí, tendida sobre la cama, llorando, haciendo muecas de dolor justo después de ver de nuevo “Modigliani”…no es más que una imagen típica. E intento no repetir (y repetir) las frases de Jeanne “Quiero que lo sepas, quiero que lo entiendas, perdóname, por favor…” O querer reclamarle a Picasso sobre su vida “llena y sustanciosa”. Porque en realidad, sólo me agrada un poco el periodo azul, la mujer flor…vamos, que el cubismo no me sensibiliza. Ah…de nuevo todo es tan típico. No es una profesión, ni un privilegio, ser, estar, ser, estar. Siempre, en partes desiguales sobre el colchón viejo, y dejarse caer para que sufra, sufra y sufra tanto. Hasta convencerme de que esto es totalmente normal. Ver más de quince veces una película, y llorar, llorar…Volver a llorar.


…………………..



Desde entonces no he tocado más el libro que siempre huele a ti. Aunque perfectamente sé que no es otra cosa que la magnifica realidad de tu aun palpable existencia. Tu existencia en mi librero. En la música del siglo XIX. Y en todas las pequeñas cosas con sabor agridulce y añejo. Hará unos meses tuve noticias tuyas, y no hice más que reír, eso, y todo el día. Me senté por horas en la silla acostumbrada. Tenemos esta inexorable forma de vivir a través de los ojos. Te lo expliqué muchas veces. Fue como el primer día que conversamos. No te miento si confieso: extraño a veces esos días. Días de fotografía. Días de café y cigarrillos a las cuatro de la tarde. De esas épocas donde estuve cerca de comprender como era vivir dentro de mi cuerpo. El desgastado. El torpe. El doloroso. No hacía más que resignarme a que la gente no me agradará nunca. Tú más que nadie lo sabes. Días de amigos. No tenía que preocuparme por las situaciones de ahora. Y quisiera contártelo todo. Ya no voy a pedirte que vengas. De sobra sé que no lo harás. Y supongo que tampoco lo necesito. Una cosa es clara: sucede que he intentado de alguna forma, remplazar la ausencia de tus días. Pero por supuesto que “desde entonces” he llegado a la conclusión de que es inútil. Nadie es tan prosaico como tú a la hora de escribirme, ni tampoco tan complejo. Por lo tanto, tampoco tan poético. Así que en noches como esta, uno sabe de esas cosas. Al menos trato de escribírtelo fuerte y claro. Ya no pido que vengas. Si acaso es el libro que se posa atolondrado sobre mis piernas. Y no puedo fumar más. Ni besar ya mis paredes. Mi casa es la misma has de saber, todavía así, no me has escrito. Por eso tengo tristeza sureña ahora, y desde que sé que no vendrás, que no vienes, qué sin duda no vienes…no hago más que huir de los aeropuertos…


…………



Recibo una llamada la noche de viernes. Eres tú. Quieres saber si estaré libre el domingo después de las doce. Preguntas “¿cómo estás?”. Yo te doy mis respuestas usuales “Tú sabes, no sé, si estoy viva para entonces, claro. Sí”. Y lo estarás, ¡tienes que estarlo! .. “si, bueno..je ne sais pas, todo depende de la noche de sábado”. Luego, me llamas el día pactado. Ahora dices que estás enferma. Para entonces ya he decidido ir, mas tarde, claro. Los domingos siempre tienen un pedal qué para o sigue. Depende del clima. Un domingo caluroso no es más que una tortura depresiva si no hay playa o lentes de sol. Pero si llueve, si las horas se prestan, si hay té, cigarros…y tu olor, tu cara enferma, la cama de tu madre, bueno, seguro algo podríamos hacer.

................


Despierto: Todavía puedo soñar contigo. Puedo tomar mi cuerpo y colocarlo a orillas de la cama, garabatear un abismo entre el suelo y mis pies. Y soñarte. Soñarte como si aun estuvieras, o estuviste antes. Y sé que nunca será después. Aun puedo encender el televisor. Decirle que no al porno. Apagarlo. Arroparme bien bajo mis sabanas. Morderme mucho la boca como nuevo gesto adoptado. Verás, procuro explicarme toda esta situación. El por qué soñar contigo cuando diariamente no hay nada que me recuerde a ti. Pues no hago más que vivir como dice la gente que se hace. Tomar un transporte. Escuchar música y no ver a nadie que no sea del sexo femenino. Sonreírle a esa mujer, al hombre, a la nueva psicóloga. Qué es tan personal, si yo lo quiero. Sin embargo, despierto día a día a la misma hora, tarde, como hoy, domingo, y me repito, muy egoísta: “todavía puedo soñar…” (Si pongo “contigo”, rima, y sabes perfectamente, que no me gusta rimar…).

Dinámicas inofensivas del silencio II


Después de varios sorbos a la taza de café. Después de ver como limpia sus labios cuidadosamente con la punta de su lengua, y después de beber también un poco de mi té, entonces, nos miramos. Cansadamente, por supuesto. Quiero decir con cansadamente que no pasamos mas de dos segundos con la vista fija en un mismo lugar. Es un juego de parpados-parpadeos. Podría, luego, interrumpir una vez más el silencio como haciendo otro comentario de lo mal que le sienta el tabaco ahora, o a esta hora. Sin necesidad de comer. Antes podíamos estar nada más en silencio. Ver los relojes, retar a los relojes. Asimilar el tiempo que es un bolso roto. Y desaparecer.

- Y bueno, el amor qué, tú y el amor qué…
Estúpida pregunta. Pienso. La miro fumar y beber café. Y le respondo mientras juego con mi bolígrafo.
- Creo que él y yo nunca nos hemos llevado muy bien…
Se acerca con aire burlón, la muy cínica.
- Creí que el problema era que se llevaban demasiado bien…
Me alejo hacia el respaldo de la silla. – Nunca lo pensé de ese modo, pero es cuestión de percepciones claro, de cualquier forma eso no va, al menos por el momento…
- “Este momento” – hace una pausa, suspira – el momento que parece has prolongado toda tu vida. En eso qué…sí. Tu búsqueda de la “perfección posible”, son humanos Waltz, pides demasiado…te dije tantas veces que no existe…
- No he insinuado tal cosa – le digo indiferentemente.
- Bueno, de cualquier modo, enamorarse es tan sobrevalorado. Es inútil. No sé siquiera si lo he sentido alguna vez.

Contemplo sus manos. Son realmente grandes, blancas, pálidas. Como hilos de hielo que se funden con la mesa de metal.

- En eso te equivocas, en lo de inútil, claro – sonrío para ella –
- Te sirvió de algo, ¿waltz?

Tendría que pensar la respuesta. Lo suficiente. Intento voltear hacia la calle, estamos justo a lado de una avenida. Los transeúntes siempre tienen una mirada para gente como yo, ella dice.

- Si te refieres a estarlo, sí. Me sirvió – hago una pausa – Decírtelo, nunca. No. No me sirvió de nada. Pero no esperaba que eso me sirviese de algo. He ahí la libertad del acto. La libertad mía que tú ni nadie puede tocar. Tampoco pienso en su utilidad por supuesto. Más bien lo pienso como un lapso, de muchos años, pero eso, un lapso, un vado…
Su mirada interrumpe mi monologo. Ahora todo su rostro se ha descompuesto. Hace todas las muecas sin hacerlas. Así, con un remolino de mementos en su cabeza, una piensa que tal vez se desmayará, entonces dice:

- Pensé que no íbamos a tocar ni remotamente ese tema – lo dice azotando la cuchara, mirando hacia la mesa inmóvil que sostiene sus manos - .
- ¿Qué cosa? ¿qué tema? La parte donde te mezclo a ti con el amor, o que…
- Cállate Jazmín – ordena mirando cualquier cosa que no sea yo -.

Entonces, cuando dice así “cállate Jazmín”, sé que el silencio gobernará unos cuantos minutos. Y era pues mejor callarse. Pronto diré “tengo que irme”, o ella dirá “me voy ahora”. Me busco en el bolsillo cualquier billete para abandonar cerca del servilletero. Me preparo para verle por última vez. Verle sin darle un beso. Ya he dicho que jamás nos tocamos. Regalarle, quizá, un boleto para el subterráneo, pedirle que esta vez se vaya, de una vez, y para siempre…

- No quiero irme aun, espera unos minutos, carajo Waltz…
Y maldice con desdén. O a decir verdad, ya no sé por qué maldice. De repente se acerca, pretende preguntarme algo. Coloca las palmas de sus manos sobre la mesa, quiere la verdad…
- ¿Ya no me amas, Jazmín?
Tengo que acercarme a su pequeña oreja traslucida. Aspirar genuinamente su perfume. Lo hago más por maldad. Más por lascivia. Más por dolor.
- Te amo mucho, y de verdad, bien sabes…que eso tampoco nos sirve…

Se aleja. Tiene esa risilla de satisfacción.


- Naturalmente.
- La diferencia es que hoy, ya no estoy, cómo es que dicen, ah sí… enamorada de ti. Pude por supuesto, y si existe ese del que vos hablaste tanto un día, y él sabe que pude hacerlo, qué digo hacerlo ¡estarlo!, y por siempre, pero bueno, tampoco iba ser infiel a tu deseo.
- Y cual exactamente era mi deseo, según tú
- Qué no lo estuviese, lo dijiste tantas veces. Todas iguales como balas que se alojan en el tórax. Luego en los brazos, en las piernas, y ya, cuando no te puedes mover, piensas un poco en dejarte ir. Lo haces, te vences…porque después de todo, bueno…después de todo, es lo que tú quieres, o mejor dicho “querías”…
- ¡Qué sabes tú de lo que yo quería!
- Sólo lo que tú me decías, o me permitías saber, lo siento…
- Claro, sacando conclusiones como te arrancas un cabello, ¿no?

Bebe café. Fuma. Aun tiene en la cara huellas de la arrogancia que contiene. Yo me detengo por que sé que es lo más sano. Decir nada. Minutos después levanta la mirada, me mira fijamente.

- … y cómo sabes, que ya no estás enamorada de una persona… - Ella traga saliva de vez en vez. Oprime sus labios. Tiene un semblante apacible, tierno.
- Uhmm pues, no sé como sea para alguien que no sea yo. Es simplemente que ahora puedo convivir más con el mundo. Él y yo. Una sola batalla. Luego, bueno, duermo más. O mejor, eso, sobre todo. – Ríe un poco entre dientes – Puedo pasar un día sabiendo que a lo mejor será como yo lo espero. Es decir, puedo hacer de él lo que quiera. No vas a venir tú desde abajo. Al final de todo. En algún bar, con cualquier gente. Cuando veo una obra, voy a un recital, leo un buen libro, no estoy pensando nada más en ti, ni deseo sólo llegar a casa para decirte, o querer hacerlo todo contigo. No me estoy muriendo porque cuando más te amo no estás. Ni porque en el fondo sé que planeas tu vida y hasta el último peldaño me encuentro yo, y para mí, tú podías estar antes que todo, tan fácilmente. Ya no estás más en las canciones. Eso es definitivo. Y sobre todo…- silencio – ya no me importa que tú no lo estés. Qué ni siquiera pienses que lo estés…porque claro, está, jodidamente sobrevalorado…
- Uhmm…- lentamente coloca su cabeza sobre sus manos, inexplicablemente tan fijas a la mesa. Su respiración era profunda. Tranquila. Parecía que el fin del mundo se asomaba por sus fosas nasales.
Y, por primera vez, tuve la certeza de que ella, así, con su cabeza recostada sobre sus manos, respirando suavemente, dejando nadar los ojos, ella, esta vez, se sentía un poco más triste que yo…

Relatos de cocina II

Carajo. Creí que había metido los cigarros en este bolso. Y no. Queda caminar el resto de la cuadra. Virar a la derecha. Saludar a tu padre con un “amor y paz” Después de subir por tabaco, sentarse en las escaleras. Mirar de lejos a tu vecino. De nuevo de rojo. Eso te saca una risilla sarcástica. Luego, sentir el día domingo en las rodillas, se hace evidente. ¿Me entiendes? El domingo es así. Entras a tu casa. Vas directo a la cocina. Preparas una taza de leche con chocolate. Pones a Debussy en el aparato musical. Llámale por su apellido, como se les habla a las gentes en las universidades. Por supuesto que te llora la boca a falta de ojos. Dejas caer tu cuerpo sobre la repisa. Parece estar hinchado. Sientes que Debussy tiene todas las respuestas ante esta situación. Entonces es tu imagen hacia arriba, a las habitaciones, con una taza en la mano muy de “te amo mamá”. Prendes las luces. Digo: prendo las luces. Aquí todavía es navidad. Dentro de esta pieza es navidad, siempre. Sigues con Debussy. Cepillas tu cabello treinta y cinco veces. Me limpio los ojos y la boca. Bebo de esa taza. Y lo más importante: saber qué lo único realmente bueno de este lapso cigarros-calle-papá-casa-cocina-cuerpo hinchado- lo mejor, es esta leche sabor chocolate que preparaste en la cocina y saboreas mordiéndote el labio inferior mientras escuchas a Debussy…

¿Y si me dices nada?


Veo tu perfil entre las persianas de este local. En realidad, es que no estás lejos, ni demasiado cerca. Obviamente no volteaste ni un centímetro cuando pasé a tu lado. Es patético ponerme a pensar siquiera si espiabas esta cara mía con lentes postizos, viejos, nuevos, qué más da. No tenía planeado venir a esta hora. Tampoco decir esto, verte en las persianas, pensar que quizá podría hablarte del trabajo, decirte que no me gusta ni un poco. Porque bueno, a decir verdad no sé si algo de hecho me gusta. Es como cuando le cuento a Diana que yo soy infeliz en cualquier lado, y que no quiero hacer algo conmigo, sólo quiero mirar y mirar. Todo eso muy al estilo mío de negación y profunda ignorancia hacia la vida. Que a nadie concierne, mas que a mi. Lo sé, lo sé…no te rías. No me gusta nada que tenga que hacerse con fines lucrativos, los cuales por efecto, me ayuden a encontrar la razón de mi existencia. Cuando salga de acá voy a buscar un cigarrillo. Una boca también. Mañana no quiero ser, no quiero ser…pero habrá que levantarse antes de las seis de la mañana, esperar un autobús. Qué el auto, ya has visto. Además que no tengo. Tengo lo que te dije el otro día: Libros. Muchos libros. Mucho cine. Y eso que jamás es demasiado. Quiero invitarte a salir de este establecimiento. Decirte cuánto me duelen los pies y que no puedo ser suficientemente mujer para que me queden las zapatillas. Invitarte a la banqueta. Comprar esa caja de cigarros. Inducirte a las drogas. Sé poco de ello, but, c’mon. De adicciones sé algo. La vehemencia con la que te hablo, por supuesto, es muy débil. Igual me gustaría. Tú sabes, me gustaría. Porque si fuera precisamente como quiero, ni siquiera lo querría aun siendo mi última opción. Ah. Creo que ya te has ido. Ya te has ido, sí. O creo que ya te vas. Esta vez si volteaste, lo sé. Te vistes de rojo y de pupilas, siempre. Grises. Absolutamente grises. La nariz perfecta en las persianas. A cinco gentes. A cuatro metros como días hábiles. No. Todavía veo tu perfil entre las persianas. Veo que tendré que apretar muy bien el bolso cuando salga de aquí. Sucede el viento, eso sucede. Sucede que ya te fuiste. Sucede nada. No me dices algo. Me queda el pulgar en la barbilla y voltear hacia la ventana nuevamente. Algo después. Algún tiempo después, adoraré reírme como buena imbécil cada vez que repase mi escrito. (Todavía no te vas, todavía…)

A posteriori


Este momento se irá demasiado rápido: En él te digo que te amo. Y qué no sé quien te ha dicho que no. Quizá soy yo que tampoco afirmo jamás lo contrario. Cual sea, amanece. Después de tomar una taza de café, logro contarte por fin algunas de las actividades que desarrollo cotidianamente: Hago, por ejemplo, besar mucho a Rosa. Escuchar Ambient por las noches. Ver dos veces ese Anime tan sangriento. Hacer otra escultura de periódico y luego barnizarla. Luego, si hay suficiente óleo, pintar mediocremente como siempre lo he hecho. Por las tardes, leer en voz alta veinticinco años de poesía mexicana por tres horas seguidas. Recogerla en la universidad. Fumar a la entrada. Fumar sobre el puente que se levanta a veinte metros sobre la ciudad. Estar sentadas ahí las dos. Caminar hasta el centro comercial acompañadas de su amigo quien usa un gran afro, y que me agrada porque conoce a Jorodowsky. Y cuando estamos allí, me sale muy bien hacer como que no tengo frío. Como que no tengo hambre. Ni suficiente depresión hormonal mientras comemos pizza, o mejor dicho, ella come pizza. Me he dado cuenta que saca fotografías de mi cara cuando no hago mas que observar el suelo. También hago mucho eso de quedarme en su casa. Escucharle murmurar mientras diseña algún empaque para una nueva marca de té verde, Slim, no sé que diablos. Y me gusta su nueva cama. Digo, antes no teníamos. Siguiente: Soy indigente los fines de semana. Si tengo suerte, una buena mujer se queda cuatro horas, luego se duerme, o se va. O simplemente me corresponde oír sus pasos temprano en la mañana antes de salir a vivir su vida rutinaria. Les pido acostumbradamente algo parecido a “envuélveme comida, regálame esa bolsa azul del arcoiris y quiero música, mucha música, más que otra cosa, quiero llevarte conmigo”. Entonces sonríe, responde dame un minuto. Una hora más tarde estamos aguardando por el autobús. Mi misma ropa. Ella va, yo vuelvo. Llegar hasta el día siguiente me recuerda tanto a la universidad. Y como entonces, lloro. Lloro al despertar. Me dirijo grisáceamente hacia mi estantería. Veo una película. Lloro un poco más. A lo mejor ya muy tarde alguien llama al móvil y colgamos hasta después de las dos de la madrugada. Calladamente sabre cuan enamorado está de mí. Pero no vamos hablar al respecto. Ni siquiera él y yo hablamos de eso. Ten paciencia. Voy a dejarte de hablar de mis cosas poco a poco. Dame tiempo. Yo no soy como tú. Espera. Espera. O mejor ya no esperes nada que tenga que ver conmigo. Después de todo, sabes bien que lo que digas, finjas hacer, hagas, a donde vayas, con quien te vayas, no importa. Ni ha importado mucho nunca. Lo sabes bien. Ahora, voy a darme la vuelta. El momento se ha ido. También sabes, del que te hablé, rápidamente, al principio…

Vimos ese documental acerca del mar abierto.
Es increíble ver todos esos icebergs prolongarse
a lo largo de Atlántico y súbitamente, sentir un
frío serpenteando la yugular.
Vimos ese documental y, ella me dio un beso,
un tibio beso sobre mis jóvenes arrugas de la frente;
me dijo: dame un minuto, ya casi están tus acelgas.
Ya tengo en mente darle mi falsa inmortalidad.
……………………………............…Si. Sí. Ella no lo sabe.
Entre otras cosas siempre tenemos la televisión y
las torres de libros. Los juguetes de madera,
los instrumentos de plástico rojo.
Tiene su pingüino de peluche,
tiene su camioneta vieja.

Las sodas dietéticas y el magro olor medicinal.

Vimos ese documental, me alimentó
como nadie lo había hecho en siglos,
y digo: sí. Me digo por fin…
que llegué a casa…

::::::::::::


De verdad que No.
No estoy viendo hacia tu casa,
ni tampoco al camino que va directo
…………………………...........a su ciudad.
Estoy pensando: Hace frío.
Hace un frío desolador. Y estoy dejando
por fin la nicotina. Qué decisión pendeja, cierto.
Moriré de los vicios de cualquier manera.
Llámese mujer, llámese hombre…
,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,O cigarro.
Pero llamémosle soledad. Estamos perdidos.
A toda hora. En todas las posiciones.
A orilla del precipicio. En huelga de hambre.
En las miradas de disimulo entre dos gentes.
No es verdad que languidecemos todos
sobre esta crisis de sed. De ser supremos.
No es cierto que extraño nuestro juego masoquista,
ni que quiero una nueva histeria que me haga
escribir mi guión americano.
Tampoco te propongo que no trepes la ventana
si es que te hace feliz la causa perdida que represento.
Cómo decir que No, cuando todo te invita a mi vida:
mi perfume nuevo
(he optado por usar alguna vez)
Los aretes de mariposa.
Y qué más. Esto es planeado al azar
con el giro de monedas al aire,
como el tiempo que te da un reloj de arena,
y unos labios, y el susurro de mi voz
que no te gusta.
La verdad es el único camino.
Pero solo extiendo mis ramas, y abro mis ojos
te grito: ven, ven…
de verdad,
que no te estoy mintiendo...

Inventario de un duelo (1)

Todos los niños con sus zapatos bien lustrados.
Todos los ojos.
Todas las mochilas y todos los cuadernos.
Todas las horas.
Todo el dinero.
Todos los motivos por los que tenemos hambre.
Todas las caderas que empiezan a ensancharse.
Todos los hombres, y todas las mujeres.
Todas las veces que sin duda, te amé.
Todas las ausencias.
Todas las fracturas.
Todos los momentos que no pasamos por ese puente…
Toda tú.
Todos los autobuses.
Todos los adioses.
Todas las ventanas empañadas de vapor.
Todos los labios mordidos.
Toda la sangre tuya y todos los huesos míos.
Todas las cartas a medias.
Todas las canciones en idiomas diferentes.
Todos los violines que abren sus vientres por la noche.
Todo yo.
Todas las lágrimas.
Todos los bolígrafos.
Todas las hojas, de todos los árboles.
Todos los patios llenos de verde pasto.
Todas las llamadas.
Todas las muertes.
Todos los avisos clasificados.
Todas las abuelas.
Todos los funerales.
Todos los ataúdes.
Todos mis padres.
Todos los tíos.
Todo el aliento.
Todas las sobras.
................................
Y llorar todos los días…

Diario. De "diario"

No voy a ir a tu puta ciudad. Ni a otra jodida ciudad, de otra puta mujer, por el resto de mi puta vida. Cómo comprendes que para el medio día siga con la cara cenicienta y para la noche, tuviese que terminar con la botella azul y caerme en medio de la calle a la vista de mis insípidos vecinos. Cómo te atreves. Y vale, bien. Bien, no todo es tu culpa. No te invité a m fiesta de luces y largas faldas. No bailaste con los tambores como ella. Esta. Ni ultrajaste mis panderos. Pero igual, a que le decía a ella que pintáramos tu nombre noventa y cinco veces sobre la pared.


………….


Tengo la leve sospecha de que le gusto a mi vecino. O será, quizá, que empieza a gustarme a mí, raramente, y me oculto en este tipo de aseveraciones. Ya sabes, es como cuando decían: “Tú puteas con todo el mundo”. Y yo tendría que aclarar la situación: No, ellas y ellos putean conmigo. Qué es diferente, ¿viste? . Y bueno, todo esto obviamente habría de suceder. Sin esperarlo. Años atrás le comparabas con Daniel Radcliffe en las primeras películas de esa saga de Harry Potter. Entonces era menos idiota, usaba pequeños lentes. Un delgado armazón. Ahora, a sus probables diecisiete, usa de contacto grises que combinan con su pantalón preparatoriano. Eso lo noté esta tarde, o era medio día, ¡bah! No lo sé. Y es que me mira con miedo...parecido al miedo. Parecido al “siempre quiero saludarte pero no me atrevo”.Qué carajo. Mañana estará laborando en el negocio de mi madre. Y mi madre no está, y yo estoy a cargo. Y yo le voy a pagar. Y tal vez, durante esas varias horas de angustia, se oculte en la barra del fondo del local, y yo le de ordenes, alguien le traerá un Tupper con comida (digo, su Jefa siniestra no lo vaya a envenenar) y de pronto le mire desde el cubículo de la caja, con el rabillo del ojo, y vuelva a sospechar, escribir, alguna nota inútil como lo es: tengo la leve sospecha de que le gusto a mi vecino.

………….


No te permito dos cosas: Primero; No me gusta que cuando estoy viendo videos musicales con ese chico de playera roja, pases detrás de mí. No a través. Por encima. Por encima de mi espalda. Es decir, no te permito que me pases de largo. Detente. Di mi nombre con tu voz de mármol. Ríete. Sonrójate. Luego voltea como lo hacen los grandes asesinos. Después rebordéate con tus taciturnos ojos delante de mi casa. Necesita venir. Saludarme. Mirarme de lejos como la otra mañana, cuando te di una amplia sonrisa y ahora, si lo recuerdo bien, podría ser que ni siquiera me saludaste. Sufro de alucinaciones si no duermo bien, no lo sabes.
Y Segundo; responde cuando te hablo. Cuando yo te hablo. Aquél día de diciembre te reclamé porque abandonaste a tu perro durante tres días y desde entonces, ignoras mis comentarios vacíos. Claro, para ti vacíos. Sólo agachaste la cabeza, pateaste un bote, y seguiste tus pasos. No quiero tus monosílabos. Ni el “sí”, ni el “no”, y mucho menos “toda”. Si acaso, “Te quiero toda”. Pero vamos…ya sé que eso nunca nos va a suceder….

Esa noche...




Capitulo cuatro. Tienes el tono de quien ha vivido mas de un centenario en este lugar. Y como el bosque de la otra Ofelia. Ya has de saber, la que también se viste de verde. Siempre. Qué al igual, nosotras no importamos. Pues tú has navegado por todos los mares alguna vez. Ya fuiste viuda. Neutralizaste tus olores nocturnos. Inventaste un automóvil eléctrico. Tienes pezones fosforescentes. Y sabes tan bien…Al menos así lo creo. Así me lo he planteado cierta noche que pasé con una mujer rubia. Y me tiré en el balcón. Muy cansada de vagar por dunas blancas y beber pociones mágicas que ni el mismo Merlín, ni tú, desesperada. Ah…todo esto es un susurro continuo. Quiero llorar. Quiero tu piel. Merezco tu piel...al menos. Eso me he ganado. Estoy planeando media vida (cincuenta años) para vivirlos contigo.


Aunque ya lo sé. Tengo que dejar estas pociones…



Capítulo cinco. Ah sí. Amanecer. Ir al sanitario a cambiarse algunas cosas. La piel, lo humano. Lo que te hace humano. Amanecer en un capullo de niebla con los muslos agrietados, desnudos de si mismos. Y nadie los mira. Y eso está bien. Estás en una casa ajena donde anoche te drogaste y sólo termina todo, al momento de tu llanto. De ese llanto insulso por supuesto. Dejar ir las lágrimas es un ejercicio puntual si te sientes abandonado de ti mismo. O roto. Fracturado del radio, o del fémur. Convaleciendo por ti. Y nada más por ti. Mientras tanto, te distraes contándole historias de filmes iraníes a una mujer dos años menor que tú, hasta que por fin se duerme. Y no tienes más que esperar, abrazar esas jodidas sabanas verdes. Y amanecer. Dolorosa. Un día como hoy.

Fightless





Capitulo tres. Ocho. Son las ocho.
Necesito decirte dos palabras: Para siempre.
Y para siempre, es mucho tiempo.
Demasiados días multiplicados
por siglos infinitos. Y tu cabello
no será eternamente del mismo color.
Tendríamos que pintarlo un día.
No necesito tener veintiocho
ni treinta y cinco para estar segura.

Now: Para siempre.
Love. Now.

Me duele un poco el estómago.
¿Dejaste ir la bala?
……………¿Jalaste el gatillo?

Tenemos ahora un hermoso lecho.
Carmín. Te gusta el carmín.
Sobre todo en mi cuerpo.

Now, listen. Este es el plan:
Tú vas a dejarme morir.
Yo lo quiero. Yo así lo quiero.
Quiero esta herida demente
a las ocho con quince,
quiero decirte para siempre
y con los dientes rojos.
Vas a dejarme de mentir, al menos
de aquí
hasta mi muerte...
Lo único que importa
te lo he dicho después de diez
palabras al empezar este texto.
Déjame tragar saliva.
Permíteme que te diga: Para siempre.
Como si ya me estuviese muriendo…
Y no olvides…
…………..(siempre supiste,
………………..yo he visto demasiadas películas).

Capitulo dos. Todo se trata de las veinticuatro imágenes por segundo.

Es acerca de pedalear tu vida con un beat parecido a las sonrisas después de los abrazos. Los rayos de sol. Las manos casi alcanzándose. Solo dedos. “Un poco más”. “No me dejes”. “No te mueras, no aun". “Para siempre contigo”.
Todo lo demás es de cartón. Incluso, a veces
tu silueta saliendo de la cantina, parafraseando calladamente a poetas
con el suficiente valor de decir: me rindo.

Es acerca de extrañar tu triciclo “Apache”. Rojo, por supuesto.
Se trata de desear a cada segundo un beso de labios fríos, de alguien
con nombre raro, o que se le considere “raro”. Llámese igual.
Queremos poetizar la vida. Si de esa forma tenemos mas café
a las once de la mañana mientras alguien desnudo se pasea por
el pasillo hasta la habitación. Y qué alguien, del otro lado del mar
te crea asombroso, genial, estupendo, acojonante, que te diga:
Bravo. Permíteme aplaudir.

Y qué vacío se vuelve eso al cerrar la puerta. Al voltear la cara.
Seguir los pasos. Ver tu casa sola, sola. Y tú, sola, sola, sola.

A todo minuto.

Todo se trata de esos fragmentos tuyos que vas dejando en cada país.
De esas cartas, del deseo que te hace temblar y respirar profundo.
Del juguete nuevo, como dice ese chico coreano, quizá…

Vamos, compréndeme. Tengo hambre ahora…sueño, sed.
Me estás partiendo la humanidad con tu sigilo de sierra
en dos, en tres…
…………………………………………(lo que sea necesario).