miércoles, 14 de enero de 2009

Obligaciones sensatas

Cuando estás en la noche común, recostada sobre una cama cubierta de sabanas blancas, esas embriagantes con un olor muy intenso a mujer de menos de veinte…bueno, es necesario obligarse a ciertas cosas. Es necesario, por ejemplo, forzarse a despertar. Tomar tus dedos, llevarlos hacia tus ojos y abrirlos, dices: puta madre, ábranse. O algo parecido a “no seas ilusa, no te vayas a dormir”. Es intensamente puntual que te hagas fuerte para volverte a sedar las venas, bueno, todo el cuerpo. En realidad todo, como siempre. Es bastante pertinente que convenzas a tu frágil humanidad a tomar esa botella de tequila nuevamente y sonreírles a ellos dos. Olvidar esta fiebre intensa seguida de las conversaciones inhumanas contigo. Y con ella. Entonces algunos vasos llenos después, tienes que obligarte a leer una antología de poesía latinoamericana, le sostienes con manos pequeñas y trémulas. Mientras finges ser bastante sensata, ya sabes, quieres decir que esta no eres tú. Esa mujer con cuadros depresivos severos no eras tú. Que si preguntas muy filosóficamente qué hay con la tristeza profunda, ellos dicen: no, la verdad que no. Porque tú sí. Vuelves a llenar el vaso. Vuelves, siempre vuelves. Porque cuando le preguntas a su cuello: ¿puedo leerte? Ella dirá: sí, si tú quieres…Luego entonces todo sería mutismo. No hay amor que sobreviva al mutismo. Y ella te diría algo como: Sí. Si después de tu voz viene la calma del quiebre. Pero ella no está. Puedes por consiguiente, obligarte por la mañana a despertar, repitiendo el ejercicio de dedos-ojos y las maldiciones. Convencerte, y sentarte con cara de miedo en la orilla de la cama, terminar otro libro de Milan Kundera. Empezar con Saramago. Planear ir a visitar a Isabel y acampar en su patio trasero. Esperar la mañana para salir con ese gesto anémico, comer, estar bajo los arboles, esperar…Y bueno, obvio, obligarte a ser paciente...