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miércoles, 22 de octubre de 2025

22 de octubre




Puede ser cualquiera.

Él. Por ejemplo.

 

¿Por qué sentimos electricidad?

No lo recuerdo.

Escucha, este día hubo inmenso calor.

Me viste transpirar.

Pero, ¿lo sentiste?

No lo sé.

Parece que todo lo que dices es cierto.

Noto que hablas demasiado.

Pero pueden ser nervios

o soledad.

Ves. Todavía lo ignoras, pero, el día que me conociste llovió por la noche;

pensabas

que las horas pasaran a prisa.

Para sentir esa electricidad otra vez.

Yo quisiera decirte que a mí ya me aman mucho.

Y sufren.

Principalmente mi madre.

No me siento orgullosa de ello.

Porque hay días de mucha luz, donde siento a Dio-s en mí

Y agradezco por todo.

Donde soy generosa.

Y me quedo en harapos

pero estoy llena.

Sobre todo, me gustaría decirte:

esencialmente soy una persona cruel.

Tú, me ves pequeña y amorosa. Pero no.

Cuando recorro mis caminos pasados

Veo el estruendo que produje

el daño que cause

y me estremezco.

Todavía después del derrumbe

juntaban energías para quererme salvar

 aun, me recuerdan, aunque me odian.

Pero también tienen la venganza.

Lo han hecho bien.

Tienen casas cerca del mar,

sí me ven, me sonríen.

Yo me quedé en un lugar muy tranquilo

Con alguien que me ama a medias,

que solo me puede amar a medias

porque no me conoce muy bien.

Ni lo hará.

Tengo mis límites.

 

Puede ser cualquiera.

Tú, por ejemplo.

quien los borre

Dejando un rastro de sangre por el piso.

sábado, 13 de junio de 2015

Mi lector es muy guapo



Mi lector es muy guapo. Se sienta frente a mí, disculpándose, fútilmente, por su retraso. Ya debería él saber que no me importa. No pasa nada. Seré muy educada en lo que la cerveza logra su letal efecto. No he aprendido que para la primera impresión no se bebe de esta manera. Sigue explicándome sobre el metro, alguien siempre quiere suicidarse un domingo a la tarde, y yo me río, se ríe conmigo o después de mí, parece un caballero. Quiere decirme con su sonrisa de dientes muy alineados lo simpática que le parezco, quiere decir que lo sabe; cualquiera de estos días donde he vuelto a escribir, describiré nuestro encuentro en este lugar poco sencillo, hispter, en el centro. Todavía desconoce si será para relatar su decepción. Yo nunca me decepciono de mis lectores. A decir verdad me sorprenden. Una pensaría que un tipo como este, así, educado, radiante, gracioso; debería tener mejores intenciones en la vida, mejores ocupaciones, que conocerme, por ejemplo.

Ahora me gustaría escuchar a Django Reinhardt. Llevar ese sombrero negro, el que me va bien con las trenzas y el vestido pequeño. Saber si en verdad estoy a la altura de lo que prometo. Miro por las ventanas como siempre. ¿Sabrá bailar swing este individuo? ¿Me llevará a otro lado? ¿Hablará de follar? ¿Tener hijos?

Quisiera el Minor Swing o mejor no, seguro me leyó en la época donde alguien me quería, y los días transcurrían inmersos en Debussy y Satie, el agua corría por la casa como un río nacido desde jarras de cristal, ella lo dejaba correr, ella alimentaba la tierra y las cosas. No suena nada, a excepción del indie y demás chatarra de moda de la cual ya no me entero demasiado. Por ese entonces yo valía un poco más la pena, creo. Quisiera el gymnopedie n° 1.

Tiende a expresarme su agradecimiento por estar allí. Imagine usted, el domingo por la tarde no tengo demasiado qué hacer. Sonrío otra vez, “no es nada, el placer es mío”. Como si fuese cierto. Es un poco cierto, supongo. Lo que realmente quiero decirle es que hay noches más claras que otras, no sé porque recriminan tanto la contaminación, si las luces parecen estrellas o luciérnagas desde mi edificio. Adquirí un nuevo pasatiempo, ver aviones aterrizar, y a veces quiero saber su recorrido en kilómetros pero no sé a quién voy a preguntarle. Mis vecinos me odian porque escucho la música en altos decibelios, y ya me diría él que puede verme bailando a Nina Simone en la cocina, aunque ya lo voy cambiando por Rhye, The Fall, eso porque sale en Une rencontré, la del tour francés, seguro ya la ha visto.

Se va apagando nuestra charla como un nocturno de Chopin o como mis ojos. No sé qué se esperaba. Mi energía y concentración como una vela extinguiéndose, constantemente. No es culpa de él. Me miró las piernas al menos en tres ocasiones, creo por los relatos donde hablé mucho de ellas, la fascinación de mis amantes por morderlas, entre otras nimiedades que escribo. Bebe mesuradamente y pasadas las ocho me dice, si quiero irme, porque sabe vivo bastante lejos. Paga la cuenta, porque también sabe de mi pobreza. Mira mucho mis mejillas camino al metro. No sé si por el vino del final o porque son demasiado grandes. Es dulce hasta para despedirse, cuida que no resbale por las escaleras. Agradece, otra vez, agradece. Mi presencia, mi cosmovisión, mi manera de escribirlo.

Yo no sé si sentir ternura.

Me dice el gusto que le ha dado, no me dice que hubiese deseado que fuese más guapa, más alta, más delgada. Pueda que lo piense, pueda que no.

Yo no sé si tomarlo de la mano, gritarle que las luces de las calles se van herrumbrando y no quiero quedarme sola.


Y me pasa asumir que ya lo sabe, muy tonta.  

lunes, 2 de septiembre de 2013

Summer old lovers



Tienes como 63 y no sé bien porque dijiste que me quieres (y mucho). No sé tampoco porque te lo dije. Se supone que eres una persona entrañable. Se supone que yo soy adorable o una mierda así. Tenemos la voz, y la incandescente manera de manejar el mundo. Estos son negocios sucios y simples. Solamente transacciones. Sucede un día descubrirlo. A los hombres como tú los debilita la soberbia, y es por eso que sientes un vacío (en el estómago) cuando te hablo. Yo en cambio te siento como Tom Waits cuando pronuncia "Watch her disappear". Es humedecer los labios, los ojos y aglutinar la sangre en cada impulso vocal.  Imagino que has vivido todas las vidas mías mucho antes que yo. Imagino que todo pasará como siempre, y nadie hablará de nosotros, ni Dio´s cuando te pregunte si cometiste errores, y no tengas que pronunciarme a mí todas las veces. Porque no he estado tanto en la vida ni estaré; ya sabes, decirte "estoy afuera, sal, te estoy esperando", "el vuelo sale a las cinco", "llámame a las 21:30". Y tú "no has llegado a casa todavía, puta madre Jazmín", "estoy con unos amigos, sólo un rato, te lo juro". Solamente es eso, y es tan gracioso que me lo digas. No sé como haces para perder mi teléfono todas horas. O es que quizá lo borres, y así te evitas todas las penas que ya voy a causarte. Probablemente me equivoque. Hay maneras de llevar estas situaciones sintiendo absolutamente nada. Solamente hay noches donde ya sea el alcohol o la sangre, llaman a una puerta de la vida inhabitable. No sabes qué insufribles mareas nos vienen. A lo mejor nada sucede. Seguiremos solos y en extremos. Alguien llegará para hacernos la guerra o el amor. Supongo que necesitas a una mujer que vuelva a enseñarte eso. Y yo no sé si un día te hablo o te leo esto, que seas realmente tú cuando me hables, que me ames en serio por todas mis dudas y espacios vacíos que nada puede llenar, ni tu arrogancia. Y yo no sé otra vez. No sé si para salir de esta depresión me corto el cabello y ya

sábado, 10 de agosto de 2013

Sin título



Extraño todo aquello irrevocable que me recordaba que era tuya. Me pertenecías a mí, y ciertamente, extraño tu compañía, aunque no estabas aquí más que en momentos ardientes como el fuego azul. Extraño tu cara y el placer que me daba saberte cualquier día, a cualquier hora y en el país que fuese, libre, y que yo podía besarte sin prisas ni vergüenzas. Y podíamos decir lo poco que vale el tiempo si lo pasábamos así, enterrados tu pecho y el mío. En el mismo vagón y hacia el mismo lugar. Tengo un miedo esta noche; me duele el corazón (o el pecho) como si ya, por fin, se hubiese roto por completo. A la mitad. En pedacitos. Y con esto no quiero decir que soy muy sentimental o que me duele el hecho absoluto de habernos olvidado del calor, de las manos, de la fascinación que sentíamos por lo precioso del sentimiento si te decía "te quiero", "me gustas, "quiero hacerlo contigo". Es simplemente un hecho físico, químico y mental, una enfermedad que me ensordece. Mi madre quiere llevarme al hospital y me resisto. Es un mareo constante incomprensible. A lo mejor son las pocas calorías que he consumido estos días; dejar el alcohol por más de un mes, perderme entre la gente porque son muy simples y tengo que vivir con ellos. La habitación sin limpiar desde hace dos semanas al punto de la asfixia. Mi cabeza llena de pensamientos que se estrellan uno con otro hasta colapsar en puntos negros que se caen en mis ojos. No lo sé. Se me ocurría esto; escribirte por si la noche con su maldición de brujas no me deja hacerlo otra vez. Por si voy a ser esto, esto que gime, esto que muere, esto que no entiendo. Por si se rompe el hilo que me sostiene en píe o sentada o lúcida en medio del mundo. Quiero decirte la verdad, no me gustaba la tierra sobre la que giramos, ni las flores, ni los días en la playa. Detestaba la sensación quemante del aire entrando en los pulmones en verano, y los lentes de sol y las borlas de colores. Tengo terror de no susurrarlo nunca en tu boca; me gustó porque estaba contigo. Y ahora. Ahora que me muero. Que me revienta el cerebro y todo se nubla para avisarme que es de noche, otra vez, y existe esa probabilidad de no levantarse de la cama. Existe porque no puedo abrir los ojos, porque voy a dejarme estar así. Avísame si vienes por los restos. Podría decirte lo bueno del día: conversaciones llenas de cine y música, comida saludable supuestamente para alargar nuestra existencia. Y para qué. Hacer teorías -otra vez- del porque la industria cinematográfica del país se encuentra estancada en un bache circular; he pensado en la salvación que es ya hacer la historia de mi vida o de mi madre, que es más interesante, más moderna, más de cine. Wes Anderson y ese corto qué va con tu París amado, y el balcón, y las luces. Fotos de Estambúl donde no aparezco. Me dio pena que no hayamos viajado en un globo aerostático como ella lo hizo. No hemos visto Ankara de lejos o Necropolis bajo las ruinas. Ni jugado con la sal que es como la nieve en un tiempo. Restos congelados de mar se nos escapan. Corren de ti y de mí. Pienso decirte lo mucho que te quise antes de marcharme. Otra vez. Si lo olvidaste. Extraño no quererme morir todavía, ese miedo de infante donde no cerrabas los ojos porque un día de abril descubriste esos juegos, ese dulce, esa comida. Esa sonrisa de recreo. Y dijiste, me encanta estar aquí, no me quiero morir, no me quiero morir. Le lloraste a un dio´s que no viste. Porque fue tan maravilloso ese día. De abril o de diciembre. Daba igual. Extraño despreciar el fin de la humanidad exactamente porque te quise, me querías. Porque tenía sentido la hora de la oscuridad en nuestra cama. Quizá esta desesperación agónica y de mareo se termine pronto. Una canción o una película más. No sé qué suceda mañana. Por lo que quieras necesitaba decírtelo. No voy sintiendo más el cuerpo ni nada. Extraño todo aquello que me recordaba que era tuya. Y no podía morirme todavía porque se despertaba de este lado, y del otro, un día diferente con más canciones y prendedores rojos en el pelo. El cielo se abría nuevamente y tenía, indiscutiblemente, que adorarte. Hacerte el amor. Leerte mi último escrito. Y no podía, carajo, no podía morirme todavía. [...]

sábado, 11 de mayo de 2013

That sparkle in your eyes it's gone




“Recuerdo bien tus ojos”, escribiste. Se lo dijiste a él como si yo ya hubiese dejado de existir hace tiempo. Era un poco verdad. Aunque ya sé, toda verdad es absoluta porque si no, deja de serlo. Digamos que ya había dejado de existir hace tiempo, y aunque era sábado, y yo cantase lo que fuese, “You’ve changed, the sparkle in your eyes it’s gone”, tu boca roja no era mía sino de él. Aunque recordarás bien mis ojos o mi crueldad de las seis de la tarde.  O si yo te contara sobre aquella lectora que me lo dijo muy cerca “me encanta lo que haces”, que le respondí  - y exactamente qué es lo que hago; - Escribir, claro. Cómo lo haces y por que lo haces. Y yo me paré y me fui. Ahora me lee en secreto. Pero le cuenta a la gente que soy muy engreída cuando nunca voy a ganarme un premio.  Qué no soy nada guapa y no sé qué otras cosas. Tú sabes que miente, sobre lo del premio, claro.  Tú como nadie me leíste, y te revolcaste entre mis palabras para que te tocase al menos ese desprecio. Supongo que era más para encontrar un motivo o un camino. Ya sabemos que no vale de mucho, pero para nosotras fue el mundo. Una sonrisa o la palabra “each” de My funny Valentine. Y es que nadie entiende eso por estos días. Por la tarde de sábado, hoy, alguien hurga en mis palabras y busco algo en la nevera que no encuentro.  Es como esa desazón de tu “recuerdo bien tus ojos” ajeno. Como si yo te quisiera todavía, imagínate.  Un frío sobre la cara en pleno verano que termina por destruirte los pulmones. He vuelto a fumar, es un ciclo de destrucción incontrolable. En la oficina no puede irme peor o mejor. Me topo en cada rincón con que hay vida lejos de ti, lejos de todo, pero de todo. Con sus olores y sus miradas de adultos que me desnudan en segundos. Quiero correr. Quiero escapar de todos ellos. Es inútil adaptarse a la vida para sobrevivir. Hay momentos como ese crepitar en tu voz de despedida. Recuerdo tus ojos. Los recuerdo porque no eran del norte o del sur. Ni de occidente u oriente. Tenían una oscuridad inmensa a la que tenías que saltar  y caer dentro indefinidamente. Que tú no eras de ningún lugar. Y luego los demás murmurando que yo tampoco. El acento francés era de mi abuela, pero no.   Probablemente hay un sello de extranjero implícito en cada acto. Es realmente un hambre insaciable de algo que siempre desconozco. Quiero cantar hasta quedarme sin voz. O que haya demasiada luz para quedarme sin ver, y luego que suene tanto una trompeta para no escuchar más.  Hablo de ti por la mañana que tuve. Quería un sábado de ventanas y besos. Pero ya del amor no sé mucho. Tampoco lo supe cuando estabas tú. Empiezo a creer que todo es como la música que amo, y vivir sucede allí. Todo cambia. Ella lo hizo.  She´s breaking my heart.

domingo, 24 de marzo de 2013

sábado, 16 de marzo de 2013

Jeux jeux, mon cour





Juego con mi corazón. Juego a que no está furioso o a que no arde como las estrellas.

A que es un músculo como todos los músculos, aunque no. Pretendo no recetarle soledad. A pesar de las largas horas impacientes de mutismo y frío. A pesar de su rebeldía de humano o su inconformidad con las pausas. Me gusta pensar en las adolescentes que van por la vida con el corazón remendado con goma de mascar. Y pienso en el mío, tan infame, incrédulo, pero valiente. Pienso en sus cicatrices de guerra como una montaña llena de rocas antiguas, más viejas que las piernas de Dio-s, en las que se sostiene el mundo. Juego con él. Le hago trampas diariamente. Incauto, le inserto una vida que no quiero. La desprecio. Hablo con gente sin substancia ni voz. Incluso me es insoportable el sonido del lenguaje. Cuando todo lo que quiero es agua. Agua en mis oídos. Luz en los ojos. Nieve en las manos. O los glúteos de ella para poder dormir. Qué más da que deteste nuestros juegos. Nos encontró un día cuando llorábamos mucho, él y yo. Incontrolables, y por supuesto, incandescentes. Nuestra llama le habló de sombras y destierros. Hizo quedarse atrapada en nuestras historias de niños salvajes. O de nubes, y destellos de diamantes que nos partían las manos. Toda belleza tiene algo de incomprensible. Como este sonido de olas en una inmersión artificial. Una habitación con una ventana pequeña. Con ese desapego al existir o existir tanto, un asombro de Greg Haines bajo todas las cosas. Estar así debajo. Desistir. Juego a respirar. Mi corazón y yo jugamos a que se detiene. Y luego vuelve a comenzar en los días más certeros. Cada despertar es otra era. Otra yo. Mejor, más inhumana, más monstruo. Más abominable. Y en cada ocasión amo un poco más o un poco menos. Las demás personas no existen y corren despavoridas en el horror de nuestro sonar incomprensible.

A veces jugamos a la niebla o a las mudanzas. Nos gusta la decoración de interiores y el frío matutino. Hacer humo para perderse en él. Como un verde que nunca se seca, amamos los exilios que nos dicen que nunca partimos si nunca llegamos realmente. También jugamos a los barcos de papel y a las cometas. Nadan por los canales intravenosos llevando sueños a lo profundo, que luego se disparaban hacia arriba. No sé donde. Es un continuo vértigo donde no comprendemos la dinámica de compartir espacio y tiempo, si siempre estamos en sitios diferentes. Pero todo parece ser producto de una vida anterior. Más simple. Queremos creer que siempre estuvo ese amigo de ojos celestes acompañándonos en todo. Costuraba los orificios que hacían las piedritas del juego de la tarde. Las piedras como balanzas del mar para que no termináramos ahogándonos. Los mismos barcos nos dejan llevándose todo, a no sé donde.

Mi corazón se defiende ante mi tiranía. Hace la música o el drama teatral para convencerme que la vida no es esto. Me paraliza cuando menos lo espero. Invade todos los sistemas y todos los diagramas de mi cuerpo. Por eso invento su juventud o su vejez. En grandes festines pasamos horas cultivando flores o bebiendo alcohol para que se olvide un poco del verbo pretérito. De los agujeros en los zapatos o los jardines que de a poco se incendian porque no estoy, no estamos verdaderamente aquí. Quiere entender porque lo odio tanto. Porque abrir los brazos y cerrarlos como esperando el toque, el abrazo, la colisión mía con la eternidad prácticamente imperdurable. Quiero separarme de él. Hay sonoros días donde su veneración poética, irascible, se apropia del viento. Juntos me juegan el cabello y las orejas. Me distraen durante todo el día y no puedo con los conocidos, los comedores, las esperas que son filas de supermercado. No puedo esa separación de los pasos o las huellas. Sale triunfador dejando piltrafas, tiritas de piel, pedazos de carne. Inútiles.

Juego con mi corazón. A que es un niño o un pájaro.

Y que vuela igual o que no tiene nada más que hacer que esperar la hora del té o la lluvia. Pero ya se cansa cuando llega la noche o la mañana, y no nos hemos mudado; ni partido, ni redecorado, ni ahogado, y seguimos siendo los mismos. Y lo consuelo un poco porque no se ha congelado todavía.

Juego a que es gran amigo del tiempo, y a que no está siendo devorado por él.

[…]

lunes, 2 de abril de 2012



Elige un día. Una hora. Un nombre. Nuestros sentimientos serán los mismos y mi piel. Esta piel con que te amo. El sentido metafísico donde adivino los roces cuando la luz entra lo suficientemente exacta, para abrir discretamente los ojos. Puede ser que el mes sea marzo, el día domingo, que sigas llamándome Jazmín con un hermoso acento de isla. Pueda ser que ya no haya hombres, ni mujeres para besar o especular. Ninguna manera de escoger distracciones de manera voluntaria. Pueda que no quede nadie sobre la tierra, y sólo habite la oscuridad. Pueda ser que tampoco me llames más al teléfono cuando haya pasado. Posiblemente, hablaremos sobre los mismos temas repetitivamente; entonces tu aburrimiento, pero si amanece antes de él,  habríamos que preparar té y atisbar la geometría de los tejados. El brillo de las losas según la dirección solar. A lo mejor dibujamos un puente para cansar los pasos y después caigas en mi hombro, me tomes de la mano, pretendas que no soy tuya, y que todo te ha sido prestado. Que soy una persona más en la multitud si me dejas libre y no voy hacia ti, otra vez, con la mirada fija. Mordiéndome la boca y calculando la matemática de un encuentro furtivo. De un beso furtivo a las doce de la noche, aun no lo quieras. Creo que es posible acordar el día. Sólo elige una hora, y tendrás que llamarme de manera diferente. Pero el amor no será diferente, ni el odio, ni la nula idea de la inmortalidad si descubro un mar entre tus piernas. Los celos de amante tampoco serán diferentes. Habría mucho drama salpicando las banquetas, mucho resplandor naranja mientras ya no hablo más; sólo con las pestañas, y los brazos, y algunos gestos.  No he conocido persona que se resista al mutismo, cuando ha encontrado una herida abierta. Y no sabe que hacer con la disyuntiva de devorar o besar. Todo será igual, te lo prometo. Y cuando suceda la vida estará repleta de extravagancias sublimes y gozos exagerados. [...]

domingo, 25 de marzo de 2012

Pequeña reseña cinematográfica para mi madre

[Puede contener Spoilers]

Hola mamá, quiero hablarte de algo. No sé, sé qué estás molesta. Es decir, hace rato me mandaste al carajo, y no aprecio que me digas “tú eres igualita”. Probablemente te enojaste con Ava ¿es así? De ser así, te entiendo. Yo si estoy mal con María es como estar a la mitad de todo, pero cuando estoy bien con ella, cuando estamos felices y tenemos muchas horas juntas (como hoy), es como reconciliarse con Jesús, ser la jefa en oficina, e ir sin falta todos los días al sanitario. Bueno, olvida todo eso. Y deja de beber, quiero hablarte de una película. Te acuerdas cuando vimos juntas “The kids are alright” y te encantó, y otras películas españolas de Almodóvar que tengo relucientes en la estantería. Pero ves, tú luego no me crees, que tengo un gusto genial, que soy muy genial (bueno, no sé, mi novia dice que soy genial y como ella es súper genial pues debe ser cierto) y debes escucharme cuando te quiero hablar de cine, música o de algún libro, aunque no…de libros no, quedamos que la literatura era cosa mía. Todo eso desde el penoso suceso de mi libro de poemas para tus cuarenta y cinco…o era treinta y cinco…bah! (sí, que te burlaste). En todo caso, ahora escucha. Mami, you’re going to love it. Para empezar alguien es gay y eso nos encanta. No quiero apresurarme, pero déjame te digo que sale una rubia preciosa de esas que te gustan mucho, de esas que turban los sentidos más por creída que por otra cosa, (qué estoy diciendo, a ver mamá espero que esto no lo lea María…) y principalmente, la película está hermosamente narrada y tiene un ritmo muy exacto. Sé que de esas cosas no entiendes mucho. Sé que no pones atención a los detalles. Pero mira, lo de la rubia es interesante, es tan bonita (no más que María)  y de inmediato se apropia del protagonista que frecuentemente tiene la cara muy triste, así como la nuestra cuando me dices “creo que a veces no me doy cuenta de los solas que estamos”. Sólo no te engañes, te advierto, la película es más grande que una historia de amor, en su levedad. Y te va encantar igual porque Arthur es un perrito adorable, tan mimado –y amado- como los nuestros.  Creo que es una buena película. Temo que te aburra porque es lenta a momentos, pero yo, tal como en las cartas que se hacen, tiendo a pensar que todo es necesario. Así que sólo tendrías que disfrutarla. La gente pasa creyendo que la brusquedad en la vida es lo que le da sentido al fin, incluso al cine. Qué patéticos son. Creo que para aniversario debería comprarle un vestido rojo a María; ya te contaré. Por ahora parece que todo se ha calmado y ya no te escucho beber ni pelear con mi padre o con Ava. La casa se ha llenado, la abuela duerme. Yo no duermo bien como desde hace una semana. Escucha, quisiera que la veamos juntas el próximo domingo, que me regales dos horas…sería lindo. Debería empezar esos relatos o aquella novela que dije solamente iba a hablar de ti; donde empezaba “Mi madre va morir tarde o temprano” o ¿cómo era? “Mi madre había decidido amar a una mujer”, no sé, Beginners  va a fascinarte.

lunes, 13 de febrero de 2012

Ici

A Martina, porque sí.



A veces pienso en estar aquí. En la palabra equilibrio, el oficio del trapecista germinando círculos de aire que dan vida a un-olvido-eminente. Pienso en las rutinas del hedonista. En un aleteo firme y leve de azúcar, como gozar la risa de un niño. Me viene la insensatez de los amantes. El instante de agua, tan tus manos. También tus manos. A veces pienso en dejarme caer. Aquí. En desarmar un poema, en volver a mí como si hace mucho ya me hubiese ido. Querer hacerlo todo. A veces en el hambre. En el mareo. Y otra vez el equilibrio. Y las fibras del sol cuando se hacen palpables. Y tenemos un calor diluyéndose entre los dedos, como el amor en domingo. Hacer el amor, repetirlo. A veces no hay nada. Es como si surgieran las mismas palabras de un borde, resbalando. Cayendo. Aquí. Decir “estoy aquí”. En el danzar de una ola de humo. Flotamos allí. También aquí. Y decimos que echamos de menos las vivencias que todavía no probamos. En ella cuantificamos poros y huellas dactilares. Se le encuentra textura a mi tristeza y la desdibujas bajo un árbol de trueno. Me quedo allí, suspendida en las elipses de tu imaginación. Como en un invierno que no acaba. Y se mastica en el pasar de las horas. Frecuentemente es esto; existir en algún sitio, callar, hundirme en las pupilas tuyas, sin retorno, y no llamar. No llamarte para después justificar el silencio con palabras especificas como “lloré en la elevación”, lloré de llanto imaginario. Pienso en estar aquí, y me quedo quieta, casi sin moverme, casi sin parpadear ni en el temblor de esperarte. Me estuve así. Ensayando el devaneo que te acompaña. Bailar. Extender los brazos. No soltarte. Y era como el aroma de las flores amarillas, como la luz en el sur rompiendo las ventanas. Tu belleza casi violenta y mi sueño. En él, estoy sola, sentada, con vestidito blanco con azul. Mi cabello está largo como en las fotografías y vienes; y no sé qué hacer. No sé que hacer con la palabra equilibrio balanceándose en mi boca a punta de sonrisas porque estás aquí. Aquí.

lunes, 2 de enero de 2012

Y afuera la tempestad.






Los ojos ardían, el cuerpo se movía a grandes oleajes y tu vestido color marfil. Mi bohemia decorativa, decías. La ventana era golpeada por sabe que mañanas ruidosas.

Había oscuridad.

                                                           No sabíamos desdecir la noche.

Tus besos eran presurosos, como aterrizar en mí forzosamente. Y el gran pino de navidad en la entrada del hotel, y tu hablarme de algo que no sabía que era y hasta entonces. Le tenías recelo a la moleskine y a mi chaqueta. Y a mi sonrisa cínica, y a mis celos inoportunos. No eran celos ni palabras demás. Es mi violencia de rebelarme cuando me posees. Escribir, decíamos, es volver. Volver a nosotros, reencontrarnos en una larga carpeta de asfalto (me encantaba esa forma en la que lo dicen en los diarios). Como si existiéramos otra vez. Así cuando la música era exacta, tatuabas aquella trompeta en mi muñeca, la besabas, luego volvías a desvestirme. Había cellos por todas partes. La familia desayunaba abajo, éramos más nuestros. Habitaban sonidos y luces grises nos cubrían todos los huesos. Yo podría haber explotado de amarte. Y afuera la tempestad.


[J, gracías por la música, nuestra música, siempre ...]

domingo, 25 de diciembre de 2011

The girl with the flaxen hair, Natalie.




Vuelvo al tiempo, y veo tu traje de punto negro y mi falda gris. Tus medias negras traslucidas, diciéndoles a todos que tenías las piernas más preciosas. Quisiera decir qué música sonaba entonces, alguna de tu padre, en el estéreo de tu padre, que tanto odiamos cuando niñas. Alguna melodía así que yo detestaba, sí, más que tú. Nos recordaba a las más bajas cantinas o a depresión de capital y barrios negros. No lo sé. Vuelvo y nos observo. Ayer vino tu madre a dejarme tus cartas y el regalo de navidad. Y ya ves, yo que odio escribir cuando llegan estas fechas. Vuelves, vienes, y me haces ir a ti.  He abierto el regalo, y todo era idéntico a tus letras cuando regresaba de viaje. Tienes una ortografía espantosa, y usas bolígrafos de muchos colores, me cambias consonantes, vocales, no usas acentos. Y no es que yo sepa de esto. Yo no sé nada, de nada. Y quisiera decir que música sonaba entonces. Papá hablaba por teléfono con una mujer que dice estar enamorada de él, había villancicos de Frank Sinatra, unos leggins grises se ajustaban a mis tobillos. Quisiera decirte que ya superé el amor enorme del que te hablé repetidas veces en cartas. Ahora alguien más me posee. A veces aun hablo con ella para luego el silencio. Me preguntas sobre mi salud, te diría que sigue siendo tan frágil como siempre. Hoy hago ver cuadros invernales de Monet mientras Debussy rompe silencios en mi habitación. La miro, y si tú la vieras; mi ropa azul, los zapatos maltrechos; me gustaría escucharte Natalie diciendo que he crecido cada vez un poco. Que acariciaras con tus dedos largos mis portarretratos, con tus fotos, la de tu hija, donde recorté a tu marido. Te tengo junto a Andrés y mis padres. Algún día te diré todo esto. Los paseos vespertinos. El colectivo lento donde ya no sé como sonreías dentro de ellos. En el frío, en el frío y los jeans que siempre usaba. Natalie tengo tristeza ahora. Natalie, estoy sujetando recuerdos en el aire. La tarde se me empieza a caer, ¿qué estarás haciendo tú? Vuelvo a ver tu bolsa de regalos. Hay algo con lo que puedo dormir, eso con lo que puedo llevarte conmigo siempre y un cuaderno. Quiero entender que lo has hecho por esta extraña costumbre mía de escribirlo todo. Pero yo ya no podía escribir. No me concentro. Tengo cansancio de adulto, y no me concentro. Es horrible Natalie. Vuelvo a ver este cuaderno, es un diario, tiene una llave. Tiene muchos dibujillos pueriles. Has de pensar que aun disfruto de estas cosas. Creo que lo voy a guardar sólo para escribirte a ti y enviarlo de regreso.
Vuelvo al tiempo donde llenabas la ausencia y el hastío. Donde no comprendías el subir y bajar de mis ímpetus, pero los adorabas. Tú los adorabas, y yo, sin comprender realmente…porque los adorabas.  

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sobre Pesimismo y Días muertos.




Decimos, deberíamos escribir. Se ha dado el tiempo y la casa está sola. Los perros te miran esperando abandonar el encierro. Pero no. Dentro, cantatas de Bach, un trovador mexicano o Salvador Revueltas, como toda mañana majestuosa. Un guitarrista brasilero también. Y pensamos en el sábado por alguna razón.  Pero ya es domingo. La familiaridad dulce del aire, sí, es verdad. El sábado es dulce el aire, por si no lo has notado. Levántate temprano y sal. Camina a orillas de un lago y aspira. El domingo es igual pero, hace calor. O hace frío. La casa está sola y bebes té. Ella aparece y te da hambre. Es muy temprano para encender las velas. No lo sabes muy bien pero es probable que nadie sepa de tu soledad, que hay, estos impulsos en el brazo izquierdo, una incomodidad. Hay gente que llega a verte y coloca sus dedos sobre la boca. Casi les pides que también comprendan el silencio. Eres un desorden. Quieres que alguien llegué a decirte que eres un desorden tan sólo por venir. Es desear una mano, desear mi vida de campo. Y su abrazo. También su abrazo. Isabel. Ya no mi madre que me odia tanto. Quieres, estar completamente sola con el verde alrededor. Como hace años. La vida te dolía. Y de nuevo eran el té y los cigarrillos. Tu cuerpo desnudo paseándose por una casa vieja. Medidas de la perfección donde leías a Sartre una y otra vez todo para descubrir que existías, y lo contrario.

Ahora tengo un frío clavado en el hombro. Y a veces delgadez líquida resbalándome. Me causa gracia mi perro que se rinde al calor y a la ausencia de mi madre. Y aterrizas en ti de repente con un deletreado destello de paráfrasis y palabras muy mal dichas. Gente te mal mira ante la poca amabilidad de tus huesos. Decimos que atardece y todo se va cerrando. La casa sigue sola. Pero la tiendilla hace el murmullo de un pueblo cualquiera y seguimos solos, solos, sobre todo porque son las cuatro, y ella se tiene que marchar.

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Lo recuerdo así, la playa, la ciudad despierta y el olor a bloqueador solar. Mis compras en las tiendas de holística, hablar en dos idiomas, sentirme bonita –aunque no- y algunos hombres mirándome. Mujeres que comenzaban a dudar de su sexualidad sólo porque yo se los sugería, y ser feliz con ella. Recuerdo así, lo más especifico del mundo; ser feliz con ella en tiempo pasado, hacerlo todo nuevo. Mi caminar por una ciudad esplendorosa, que ya todo estuviese resuelto, mi tristeza de mañana. Y no lo sé. Eso sucedía otras mañanas que ya nunca tendremos. Me viene también la vida de campo, la vida de campo… la lluvia. Nunca lloverá de la misma manera ni aquí ni en el sur. Y mi desnudez, ni la poesía del calor cuando todo era hirviente. Recuerdo así, hacerle daño y no detenerme. Es que no había límites ni regocijo. Había inmensidad y cartas que se escriben al punto del llanto. Habitaciones. Viajes, personas ajenas y observarse en el espejo hasta que todo se pierde. Hasta que la luz dejaba de ser luz y una flama simple y fugaz en las mejillas. Recuerdo los días muertos así cuando había tiempo para la cocina y no se tenía que encender una maquina para avanzar cada setenta y dos horas.

Recuerdo mis ojos y el sol. Como si ya fuese parte de otra vida dentro de esta vida. Todo es tan lejano y tan vivido que pierde el sentido de existir en espacio, tiempo y mente… casi al instante de evocarlo. Dormitamos la memoria con las imágenes que se repiten como pulsaciones blancas en los ojos, todo vuelve así, con horas e impresiones mentales. Recuerdos tan sentidos que llegan  a revivir soledades, pero igual lloramos, igual dormimos…pero recuerdo el color azul y las sonrisas. Colocadas de tal forma que se amontonaban como besos rojos sobre los labios. Y te enamoras otra vez. 


*La foto, de cuando tomaba fotos. También  lo recuerdo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Hablar con vos


-          Oye, tú alguna vez... ¿llegarías a odiarme?
-          Eso depende de ti
-           Bueno, es que yo no haré algo para que me odies...
-          Ah pues eso, ya está
-          Tampoco para que no lo hagas
. . .



-          No, estoy solo como Tom Hanks, es mas no tengo ni ganas de hablar con una chica, me asustan
- Y yo? ¿te asusto?
-Siempre quedo como un idiota, porque me tiembla todo ...
sí tú me asustas también, un poco
- Jajajja, me encanta, "un poco"
- Muajajajjaa.
-          








- No Waltz, tu alma no es nada linda
-          Es hermosa y lo sabes, maldito
-          Y creo que tu mente te hace muy engreída, normal
-          Ah si, siempre he sido engreída. Me alegra que lo noten, que me lo digan y asentir.

















viernes, 19 de agosto de 2011

Habrá de ser un tango nuestra herida*


Quería decirte algo -que no se te olvide- y te haga caer
 muy
                    len ta mente
                                            en


                                                       el
                                                                 suelo. Tengo los ojos irritados, limitados y empieza a darme mi dolor. Y calor e inocencia. Una guitarra suena, y no recordaba la cartera detrás de mi pantalón. Ni los cigarros. Tampoco esas depresiones de mi madre, pero no sé, no sé cómo decírtelo todo junto, en una sola palabra que no olvides nunca. Así, para que me lleves contigo antes de que nos comience a dar sueño y aquél apetito feroz. De las cosas que no hacemos, y no haremos nunca. Debo comprender la intoxicación que nos enaltece, y que si nos descuidamos, nos nubla. Debo comprender el silencio después de las notorias muertes que se observan en las esquinas ¿las notaste? Cada esquina es una muerte y más si observas quien las habita.

                                                                            .  .  .
Los acordes se hacen casi tristes. Pero es como quien comienza a acechar, y el otro no se da cuenta. No se da cuenta, de los mínimos movimientos con las manos, y los grandes con la boca. O el cabello. No reconozco esto. Son los ojos, y las no palabras. Las no palabras underneth it all, una canción impronunciable cuando todas las luces se apagan. Y ya, comienzo a cerrar todas las puertas. Me queda el té y los cigarrillos. Me quedo allí como ferviente al corte fino de tu sombra. Y que no puedes conmigo, no puedes. En vano te busco hirviente entre la gente. Cuántos poemas se han hecho sobre eso, ya ves. Pero no tengo suficiente perfección para asesinarte ahora. Es como decirte que me juego la vida intentándolo. Que tengo miedo de esta edad en la que no te veo, y a mí los ojos se me caen de las ganas.  Es este radicalismo en las canciones. Dolorosas todas, de mujeres todas. Y sin hablar con tanta gente, está ese ruido…como tambores, como sollozos de mi país que tanto hemos amado.

                                                                              .   .   . 
 Al final quedan mis cuadros en su mutismo febril. Mis ojos no están, no existen, las personas no dicen adiós. Todo se vuelve mentira, y todo se vuelve realidad dentro de mis sabanas; y el calor de un cuerpo pequeño, que casi, casi me posee. Está allí, tibio, rozando mis piernas. Y quería decirte algo, principalmente, que te doliese de tal forma que volvieras a mí por los recuerdos. Que no pudieses regresar tan cerca de ti; llegar con mi voz aproximándose a tu espíritu, que no pudieses regresar a ti, a pesar de que todas las veces que te dejo libre
después de las tormentas.  

viernes, 12 de agosto de 2011

- fur rial-


A alguien le contabas que yo era irreal. No sé muy bien a quién pero lo hacías. Por eso te dejé una nota muy simple debajo de ese cenicero: estoy triste. Así, “estoy triste”, “e s t o y”, pero no estoy, la verdad no estoy. Y si estoy, es triste. Mis ojos se cansan de ver hacia todos lados y nada. Escucho muchos waltz a esta hora. Algo le falta a mi habitación, la veo tan vacía. Los cuadros de Vincent y Matisse parecen caerse de las paredes, así sin entenderlo. Y tengo hambre. Soledad y hambre, y frío. Pero no quiero decir tu nombre, ni en la nota he firmado con el mío. Hay mucho silencio embadurnado a mi piel. Creo que voy a dormirme. Necesito a mi séquito de amigos, o aquél que dices que existen sólo para velar nuestro sueño. Necesito que llegues, hace tanto tiempo que no pronunciaba esas palabras en ningún idioma familiar. Necesito que vengas. Estoy quedándome sin fuerzas. Completamente irreal. Esto no soy yo. Es que no soy nada. Y lo soy todo. Voy a contar hasta díez, hasta que me lo creas…un, deux, trois… y todo esto sucede aunque no me lo creas.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Sin hacerlo


Te voy a flagelar con un tipo de indiferencia que no has escuchado jamás. Mira, estos juegos son así, permíteme aclararte. Hay algo acerca de la majestuosidad de la música en ello, pero es que es todo arte. Hablo de arte como su tuviese puta idea, pero la verdad…es que no. La verdad que a lo mejor sólo sé traducir algunos sentimientos, algunas fotografías también. Algunos momentos en los que rozo mi piel con cualquiera y luego voy corriendo a lavarme. La verdad que no sé mucho de nada. De todo te hablo pero no sé nada. Y estoy harta de la gente que llega a decirte lo genial que puedes ser y una sólo quiere matarlos a todos. Hay sentimientos así, tú al igual que yo los conoces. Luego estamos dentro de los objetos, y muy frecuentemente esos objetos eran unas copas o un cuchillo. Me trasladaban allí, son indecencias muy mías. Luego solamente era tristeza de un instrumento arcaico, pueblos milenarios que no voy a comprender jamás y también una orquesta sinfónica. Te confunden con eso, sucede que te confunden. Y te haces muy grande o pequeña y temblorosa. Alguien desea venir a cuidarte. Pero tú anotas en un cuaderno viejo: encierra todo en esta hoja. Lo iluminado, lo mágico, las canciones de cuna. Los días cuando la nada ocupa sin espacio los lugares. Los cigarrillos que saciaban el hambre a los diecinueve. Pero al final conocíamos los atajos pertinentes para escaparnos sin llegar al telón. Es un escenario, Shakespeare decía (o es me parece) que la vida era un escenario. Y en estas noches modernas de mi edad veintitrés, colocamos parsimoniosamente todo en sitio de penumbra y luz. La música es sexual hasta los huesos, la amo sin medida, pero pertenezco a mundo donde me interesa que vengas, que venga, que todo venga para marcharme al minuto después. Ves, es lo que te explico, voy a tomarte unos segundos para pensarlo detenidamente. Los sonidos nos gustaran, mis sollozos te gustaran, y cada una de las vidas que voy a destajarte. Así, voy a verte, así desde lejos. Dime, ¿lo comprendes?, no sé muy bien cómo nos llamamos. Traté de esquematizártelo todo. Habemos gentes que llegamos para habitar donde tú no conocías. Tengo la hostilidad de un ser que distingue soledades y juegos pirotécnicos. Excesos y virtudes de folklores, placeres insaciables que te hieren mejor. Ay, casi me sucede extrañarte cuando menciono todas estas cosas. Sin hacerlo.

domingo, 7 de agosto de 2011

People you have been with


Agosto tiene un ritmo agitado e irreal. Los ojos duelen tanto que el sol y el aire traspasan la cortina a cualquier hora, y en la tarde. Y en la noche con lunas que nunca vemos, hiere de igual forma cuando si acaso sobreviven las luces de madrugada. Ya ves, te lo dije: Mi cuerpo consiste en mareas implacables que no comprendes un día domingo. También en callar, callar, sobre todo. No voy a decir nada demasiado formal. Ni continúo. El mes comienza y termina contigo o conmigo. Cómo explicarlo. Las situaciones son así si juegas con ellas y no puedes levantar su desastre. Decirte: voy a bajar a cenar. Que hay segundos que te pertenecen y de pronto dejan de existir; como tú dejas de hacerlo, todo, con extrema frialdad que ni yo entiendo. Decirte también “la voz me arde”, “hace calor”, “debo irme”. Girar rápidamente en la esquina, saludar a un anciano, sonreírle. Confesar que en realidad tengo poca paciencia con los niños. Ya ves, todo era verdad. Pero me deletrean a g o s t o, le explico a alguien que es también una película: Anthony Hopkins, y una actriz rubia de la cual nunca aprendí el nombre.  La vida de campo que va tan bien conmigo pero que no alcanzo a elegir o pude elegir un día. Y no sé. Aun con eso, hay ciertas flagelaciones pausadas. Pero seguimos. Nadie lo comprende, y tienes la sutileza de contarme cómo suceden estas cosas. Y tengo palabras y canciones que nadie te dará nunca. Música de bares inhabitables and I will kiss you again,  por si acaso. Dentro de la casa, en el pasillo, afuera, sobre el baúl. Todo ese montón de promesas. La gente se asombra. Nos preguntan y piden sinceridad como si tuviese que darles respuestas. Me dan su mano, horrorizada me escondo tras cualquier poste. La ciudad es grande, y es chica. Tan chica que a veces cabe entre mis pechos y se agita al compás del verano de agosto. Tú sabes, no me conoces, esto no ha sucedido todavía.  Por eso todo gira en un espiral y en vértigo, sopesamos la idea de repetir, de repetirnos. Como si fuese cierto el calor que nos invade.   

 

miércoles, 3 de agosto de 2011

De cuando todo es el Adagio for Strings




Sí, hoy todo es Samuel Barber y su Adagio for strings, y no sé, quizá hasta la brecha se tiña de blanco.

lunes, 11 de julio de 2011

Normal y noche



Normal que quieras irte, normal que quieras volver. Normal que llegues a casa, me mires [las piernas primero] es normal. Ese gesto tuyo, el brazo que se estira, la palma de tu mano empujándome hacia una pared. Que me coma el vértigo, que te coma a ti.  Que así, como si nada, me muerdas el hombro donde tengo el lunar pequeñito. Una canción de Patrick Watson que me hace llorar cuando bailamos. Es normal que suceda tan rápido mi voz que no se detiene, no se detiene, lo sabes. Es un tren de furia resbalándose en tu cara. Voy a herirte, así, así, voy a herirte con cada susurro. Pero igual escuchas, igual abres los ojos y la boca, y los oídos como si pudiesen notar que se abren cuando hablo. Como si pudiésemos notar el cambio de la risa cuando se trata de nosotras, como si todo lo que se hace es para nosotras e igual mi manera de no verte o mi silencio acurrucándose en cualquier lugar de tu vientre. Es normal, es simple, es discreto. Preciso, perfecto, angular. Y te acuestas y me dices que tienes miedo. Yo, que en estos juegos puedes salir llorando y es mejor que desistas. Y es normal que me toques los labios, que rápidamente te separes de mí. La noche llega danzando con las piruetas de tu estela roja. Yo pensando en que me digas que te vas, pero que te quedas, te quedas.