martes, 3 de febrero de 2009

Esa noche...

Capitulo cuatro. Tienes el tono de quien ha vivido mas de un centenario en este lugar. Y como el bosque de la otra Ofelia. Ya has de saber, la que también se viste de verde. Siempre. Qué al igual, nosotras no importamos. Pues tú has navegado por todos los mares alguna vez. Ya fuiste viuda. Neutralizaste tus olores nocturnos. Inventaste un automóvil eléctrico. Tienes pezones fosforescentes. Y sabes tan bien…Al menos así lo creo. Así me lo he planteado cierta noche que pasé con una mujer rubia. Y me tiré en el balcón. Muy cansada de vagar por dunas blancas y beber pociones mágicas que ni el mismo Merlín, ni tú, desesperada. Ah…todo esto es un susurro continuo. Quiero llorar. Quiero tu piel. Merezco tu piel...al menos. Eso me he ganado. Estoy planeando media vida (cincuenta años) para vivirlos contigo.
Aunque ya lo sé. Tengo que dejar estas pociones…
Capítulo cinco. Ah sí. Amanecer. Ir al sanitario a cambiarse algunas cosas. La piel, lo humano. Lo que te hace humano. Amanecer en un capullo de niebla con los muslos agrietados, desnudos de si mismos. Y nadie los mira. Y eso está bien. Estás en una casa ajena donde anoche te drogaste y sólo termina todo, al momento de tu llanto. De ese llanto insulso por supuesto. Dejar ir las lágrimas es un ejercicio puntual si te sientes abandonado de ti mismo. O roto. Fracturado del radio, o del fémur. Convaleciendo por ti. Y nada más por ti. Mientras tanto, te distraes contándole historias de filmes iraníes a una mujer dos años menor que tú, hasta que por fin se duerme. Y no tienes más que esperar, abrazar esas jodidas sabanas verdes. Y amanecer. Dolorosa. Un día como hoy.