Carajo. Creí que había metido los cigarros en este bolso. Y no. Queda caminar el resto de la cuadra. Virar a la derecha. Saludar a tu padre con un “amor y paz” Después de subir por tabaco, sentarse en las escaleras. Mirar de lejos a tu vecino. De nuevo de rojo. Eso te saca una risilla sarcástica. Luego, sentir el día domingo en las rodillas, se hace evidente. ¿Me entiendes? El domingo es así. Entras a tu casa. Vas directo a la cocina. Preparas una taza de leche con chocolate. Pones a Debussy en el aparato musical. Llámale por su apellido, como se les habla a las gentes en las universidades. Por supuesto que te llora la boca a falta de ojos. Dejas caer tu cuerpo sobre la repisa. Parece estar hinchado. Sientes que Debussy tiene todas las respuestas ante esta situación. Entonces es tu imagen hacia arriba, a las habitaciones, con una taza en la mano muy de “te amo mamá”. Prendes las luces. Digo: prendo las luces. Aquí todavía es navidad. Dentro de esta pieza es navidad, siempre. Sigues con Debussy. Cepillas tu cabello treinta y cinco veces. Me limpio los ojos y la boca. Bebo de esa taza. Y lo más importante: saber qué lo único realmente bueno de este lapso cigarros-calle-papá-casa-cocina-cuerpo hinchado- lo mejor, es esta leche sabor chocolate que preparaste en la cocina y saboreas mordiéndote el labio inferior mientras escuchas a Debussy…