martes, 3 de marzo de 2009

¿Y si me dices nada?

Veo tu perfil entre las persianas de este local. En realidad, es que no estás lejos, ni demasiado cerca. Obviamente no volteaste ni un centímetro cuando pasé a tu lado. Es patético ponerme a pensar siquiera si espiabas esta cara mía con lentes postizos, viejos, nuevos, qué más da. No tenía planeado venir a esta hora. Tampoco decir esto, verte en las persianas, pensar que quizá podría hablarte del trabajo, decirte que no me gusta ni un poco. Porque bueno, a decir verdad no sé si algo de hecho me gusta. Es como cuando le cuento a Diana que yo soy infeliz en cualquier lado, y que no quiero hacer algo conmigo, sólo quiero mirar y mirar. Todo eso muy al estilo mío de negación y profunda ignorancia hacia la vida. Que a nadie concierne, mas que a mi. Lo sé, lo sé…no te rías. No me gusta nada que tenga que hacerse con fines lucrativos, los cuales por efecto, me ayuden a encontrar la razón de mi existencia. Cuando salga de acá voy a buscar un cigarrillo. Una boca también. Mañana no quiero ser, no quiero ser…pero habrá que levantarse antes de las seis de la mañana, esperar un autobús. Qué el auto, ya has visto. Además que no tengo. Tengo lo que te dije el otro día: Libros. Muchos libros. Mucho cine. Y eso que jamás es demasiado. Quiero invitarte a salir de este establecimiento. Decirte cuánto me duelen los pies y que no puedo ser suficientemente mujer para que me queden las zapatillas. Invitarte a la banqueta. Comprar esa caja de cigarros. Inducirte a las drogas. Sé poco de ello, but, c’mon. De adicciones sé algo. La vehemencia con la que te hablo, por supuesto, es muy débil. Igual me gustaría. Tú sabes, me gustaría. Porque si fuera precisamente como quiero, ni siquiera lo querría aun siendo mi última opción. Ah. Creo que ya te has ido. Ya te has ido, sí. O creo que ya te vas. Esta vez si volteaste, lo sé. Te vistes de rojo y de pupilas, siempre. Grises. Absolutamente grises. La nariz perfecta en las persianas. A cinco gentes. A cuatro metros como días hábiles. No. Todavía veo tu perfil entre las persianas. Veo que tendré que apretar muy bien el bolso cuando salga de aquí. Sucede el viento, eso sucede. Sucede que ya te fuiste. Sucede nada. No me dices algo. Me queda el pulgar en la barbilla y voltear hacia la ventana nuevamente. Algo después. Algún tiempo después, adoraré reírme como buena imbécil cada vez que repase mi escrito. (Todavía no te vas, todavía…)