
Te aviento un grito desvergonzado
hacia ese lugar de oro,
donde habita tu nombre
y pregunto a las cosas por tus huellas,
como la nube que va y choca con
el muro que nace desde las sobras
no comidas por el perro
más viejo de todas las calles.
- Es esta la cicatriz que no sana sin tus huesos –
me digo mientras la muerte
recorre con su dedo congelado
el borde
de mi omoplato derecho,
y todo es sombra y desastre
el parque, las cartas, tus ojos gitanos
y la mandarina mordida
sobre la acera.
Te aviento mis ojos a la avenida
de nuestra nada,
a ver si hoy regresas fresca
como las gotas que escurren
de las ventanas cuando todo es gris
y llueve tanto.
hacia ese lugar de oro,
donde habita tu nombre
y pregunto a las cosas por tus huellas,
como la nube que va y choca con
el muro que nace desde las sobras
no comidas por el perro
más viejo de todas las calles.
- Es esta la cicatriz que no sana sin tus huesos –
me digo mientras la muerte
recorre con su dedo congelado
el borde
de mi omoplato derecho,
y todo es sombra y desastre
el parque, las cartas, tus ojos gitanos
y la mandarina mordida
sobre la acera.
Te aviento mis ojos a la avenida
de nuestra nada,
a ver si hoy regresas fresca
como las gotas que escurren
de las ventanas cuando todo es gris
y llueve tanto.