domingo, 20 de octubre de 2013

¿Estamos solas?




Preguntarlo así. Naturalmente. Recuerdas como era preguntarte “estamos solas”. La casa en domingo, la habitación tuya, tu casa otra vez se abría para nosotras. Se abría el día para nuestros cuerpos. Un amanecer aquí, un atardecer allá, ese cerrar de cortinas para que no pasara nadie, ni el sol, ni él con su especia picante enrojeciendo nuestra piel. Yo quería que lo único colapsando con mi piel fuese tu cuerpo. Desde tus tobillos a tu sexo, de tu cintura a tu pecho, y la geometría de los hombros, y era así ¿estamos solas? El principio del deseo. Y no totalmente. Antes de amanecer te deseaba, presentía tu arribo. Tu estrepitoso olor a domingo. A veces era el del pan o un jugo dulce. Pero siempre era rotundo y tibio, ese despertar en ti, por ti. Casi dentro de ti al pronunciar las palabras precisas. Ya ves. Era posible. Hacer las matemáticas entre tú y yo. Odiándolas tanto. Parece otro día al encontrarnos en silencio. El mutismo de unos ojos tristes que realmente no lo son. Is that warm feeling that I told you. Te derretiste como el verano entre mis manos, Martina.