Preguntarlo así.
Naturalmente. Recuerdas como era preguntarte “estamos solas”. La casa en
domingo, la habitación tuya, tu casa otra vez se abría para nosotras. Se abría
el día para nuestros cuerpos. Un amanecer aquí, un atardecer allá, ese cerrar
de cortinas para que no pasara nadie, ni el sol, ni él con su especia picante
enrojeciendo nuestra piel. Yo quería que lo único colapsando con mi piel fuese
tu cuerpo. Desde tus tobillos a tu sexo, de tu cintura a tu pecho, y la
geometría de los hombros, y era así ¿estamos solas? El principio del deseo. Y
no totalmente. Antes de amanecer te deseaba, presentía tu arribo. Tu
estrepitoso olor a domingo. A veces era el del pan o un jugo dulce. Pero
siempre era rotundo y tibio, ese despertar en ti, por ti. Casi dentro de ti al
pronunciar las palabras precisas. Ya ves. Era posible. Hacer las matemáticas
entre tú y yo. Odiándolas tanto. Parece otro día al encontrarnos en silencio.
El mutismo de unos ojos tristes que realmente no lo son. Is that warm feeling that I told you. Te derretiste como el verano entre mis
manos, Martina.