domingo, 21 de junio de 2015

As day goes by


El sol no atravesaba cortinas. Sería un escenario perfecto para empezar a describirlo. Estaba nublado en realidad. Brumas de primavera anunciando el verano, por si es posible. Ya creo que lo es. Las estaciones vienen y van cada año de manera diferente. No existen medievos en la época moderna para explicar tantísima agua. Jazmín Guillén se levantó de su cama matrimonial pasadas las nueve de la mañana, sola, y sobria. Con la incerteza del nuevo día bajo sus pies. Es decir, se levantó para lavar su ropa, eso era seguro. La había dejado remojando un día anterior. Para eso tuvo que abrir la puerta del diminuto departamento al poniente de la ciudad de México. Observó el valle, le hubiese gustado un poco de sol, ese sol de las cortinas. En cambio, la vista de su quinto piso, el cuartucho de azotea, le dejó ver nubes tocando los cerros de frente. Inmediatamente recordó a ese fotógrafo sueco que recrea nubes en los lugares más inimaginables sólo para decir “sí, podemos tocarlas”. Pensaba en cómo amanecer junto a las nubes, y que seguro, de ser así, dejaría la ropa para después.

No había algo particularmente especial en los colores del cielo. La verdad es que se le veía soso. Quisiera decir; el cielo imitaba un jugo de naranja y limón, pájaros cantaban, había un árbol respirando alrededor. Pero no. Había el ruido del señor del gas y los tamales oaxaqueños. Bajó inmediatamente por un licuado de fresa con plátano, pan tostado. La ropa seguía allí para ser lavada de las peripecias diarias.
No era ciertamente seguro, pero esperaba por alguna razón la llamada matutina de alguien. Hay días como este. Regocijarse en despertar con Giuseppe Verdi y limpiar. Esperar que alguien salude. Unos “buenos días”. Pero nada. Termina de lavar la ropa y sin prisas. Quisiera despertarse como en esa película de Joe Wright, con Dario Marianelli de fondo  y todo. Novela de los 1800’s, con gente que desayuna a su lado, un bullicio de sonrisas amarillas. Nunca hubo tal,  ni cuando vivía con su madre. Le disgustaba ver a la novia allí, con su familia, que no era su familia, y nunca sería su familia, y sin embargo allí, ese barullo artificial. Sabía de su artificialidad, porque nadie la esperaba. En esas películas se esperaban a que todos bajen al desayuno, se pasan la mermelada, la mantequilla, la sal o el azúcar. Siempre empezaban sin ella.

Lo más cercano a despertar con esa benevolencia lo recuerda a sus cuatro años. En el pueblo de su infancia, otro sábado, muy diferente a este sábado. Se preparaban para ir al templo, posiblemente su padre recién llegaba de viaje, porque esa mañana estrenó vestido. La abuela la peinó con dos trenzas. Un albañil que trabajaba en la casa - siempre habría alguno por esos días - construyendo sabrá dios qué, la casa, la otra casa, la que nunca habitaron, ni terminaron, la que vendieron para comprarse un auto; ese albañil le dijo “princesa Jazmín”, y ese día debió ser muy bonito, porque invariablemente lo recuerda. Recuerda esa mañana donde un albañil la nombró Princesa Jazmín. Seguro era abril o mayo.  

A medio día comienza a sentir hambre. Ya ha limpiado la cocina, el baño, tendió la ropa. El sol no salía todavía. Solamente pintaba un amarillo pálido y ruido de helicópteros el cielo de Huixquilucan. Como si tuviese relevancia, ya vuelto a comer muchos vegetales. Qué inútil preservar un cuerpo solitario.

Después de la comida, calcula que no saldrá a ningún sitio. Si acaso por el pan de la tarde, donde los dependientes son una familia de gatos taciturnos. Ella les sonríe siempre, y muy fríamente contestan “hasta luego”, cuando llegan a hacerlo. Los imagina en su mesa balbuceando sonidos graves y toda su casa silenciosa la mayor parte del tiempo. Tal vez en un futuro se enamore del hijo mayor, porque es muy serio y además, se parece a su primer novio, Jorge.

Sale y entra del pequeño departamento como jugando a la búsqueda de visitantes que llaman a la puerta. Las nubes de los cerros se fueron esfumando conforme avanzaron las horas, sin darse cuenta exactamente cuándo se borraron para ver claramente el verde en la cima. Deben ser pinos. ¿Qué autobús deberá tomar para llegar allí? Parece que no hay. Y deben asaltar en el camino. ¿Cómo será su densidad? Dicen que tocar una nube no es nada. Más aire sobre el aire. Y nada más.

Las horas se van en una maleta de viento y tonalidades grises. A veces agradeces cuando no lo sientes, al tiempo. ¿Lo sabes? Cuando no extrañaste mucho a nadie. Jazmín mete su ropa a pasitos, según va sintiéndose más seca. Mientras ve cortos en televisión, limpia el brazalete de plata que le trajo su mamá de un viaje a Guanajuato. Queda reluciente y piensa usarlo diariamente. Para llevarla consigo.

A las seis de la tarde, saca una silla a la puerta para leer con la luz natural. Página 184 del libro de David Nicholls, que la hace reír bastante y agradece mucho haberse puesto a leerlo. Qué tonta me parece cuando se encierra en un mundo de silencio y las palabras están por todas partes. Sonríe. Imagino que siente un poco de alegría y se aburre menos leyendo la vida de los otros.

Cuando la luz se ha ido, entra, pone agua a calentar para hacer un café con crema. Ve televisión un rato para no ensuciar los libros, ni cuadernos, ni nada. El día también se ha ido. Casi las diez de la noche. Nadie ha llamado todavía, ni siquiera su madre. Posiblemente busque a ver qué darán en el canal 22, y se irá a dormir sin haber hablado con nadie, ni con su sombra.


Tal vez conmigo.

sábado, 13 de junio de 2015

Mi lector es muy guapo



Mi lector es muy guapo. Se sienta frente a mí, disculpándose, fútilmente, por su retraso. Ya debería él saber que no me importa. No pasa nada. Seré muy educada en lo que la cerveza logra su letal efecto. No he aprendido que para la primera impresión no se bebe de esta manera. Sigue explicándome sobre el metro, alguien siempre quiere suicidarse un domingo a la tarde, y yo me río, se ríe conmigo o después de mí, parece un caballero. Quiere decirme con su sonrisa de dientes muy alineados lo simpática que le parezco, quiere decir que lo sabe; cualquiera de estos días donde he vuelto a escribir, describiré nuestro encuentro en este lugar poco sencillo, hispter, en el centro. Todavía desconoce si será para relatar su decepción. Yo nunca me decepciono de mis lectores. A decir verdad me sorprenden. Una pensaría que un tipo como este, así, educado, radiante, gracioso; debería tener mejores intenciones en la vida, mejores ocupaciones, que conocerme, por ejemplo.

Ahora me gustaría escuchar a Django Reinhardt. Llevar ese sombrero negro, el que me va bien con las trenzas y el vestido pequeño. Saber si en verdad estoy a la altura de lo que prometo. Miro por las ventanas como siempre. ¿Sabrá bailar swing este individuo? ¿Me llevará a otro lado? ¿Hablará de follar? ¿Tener hijos?

Quisiera el Minor Swing o mejor no, seguro me leyó en la época donde alguien me quería, y los días transcurrían inmersos en Debussy y Satie, el agua corría por la casa como un río nacido desde jarras de cristal, ella lo dejaba correr, ella alimentaba la tierra y las cosas. No suena nada, a excepción del indie y demás chatarra de moda de la cual ya no me entero demasiado. Por ese entonces yo valía un poco más la pena, creo. Quisiera el gymnopedie n° 1.

Tiende a expresarme su agradecimiento por estar allí. Imagine usted, el domingo por la tarde no tengo demasiado qué hacer. Sonrío otra vez, “no es nada, el placer es mío”. Como si fuese cierto. Es un poco cierto, supongo. Lo que realmente quiero decirle es que hay noches más claras que otras, no sé porque recriminan tanto la contaminación, si las luces parecen estrellas o luciérnagas desde mi edificio. Adquirí un nuevo pasatiempo, ver aviones aterrizar, y a veces quiero saber su recorrido en kilómetros pero no sé a quién voy a preguntarle. Mis vecinos me odian porque escucho la música en altos decibelios, y ya me diría él que puede verme bailando a Nina Simone en la cocina, aunque ya lo voy cambiando por Rhye, The Fall, eso porque sale en Une rencontré, la del tour francés, seguro ya la ha visto.

Se va apagando nuestra charla como un nocturno de Chopin o como mis ojos. No sé qué se esperaba. Mi energía y concentración como una vela extinguiéndose, constantemente. No es culpa de él. Me miró las piernas al menos en tres ocasiones, creo por los relatos donde hablé mucho de ellas, la fascinación de mis amantes por morderlas, entre otras nimiedades que escribo. Bebe mesuradamente y pasadas las ocho me dice, si quiero irme, porque sabe vivo bastante lejos. Paga la cuenta, porque también sabe de mi pobreza. Mira mucho mis mejillas camino al metro. No sé si por el vino del final o porque son demasiado grandes. Es dulce hasta para despedirse, cuida que no resbale por las escaleras. Agradece, otra vez, agradece. Mi presencia, mi cosmovisión, mi manera de escribirlo.

Yo no sé si sentir ternura.

Me dice el gusto que le ha dado, no me dice que hubiese deseado que fuese más guapa, más alta, más delgada. Pueda que lo piense, pueda que no.

Yo no sé si tomarlo de la mano, gritarle que las luces de las calles se van herrumbrando y no quiero quedarme sola.


Y me pasa asumir que ya lo sabe, muy tonta.  

miércoles, 10 de junio de 2015

El ardor (III)


Me preocupa recordarte. Claramente habías dejado un ardor, he hablado de él en repetidas ocasiones. Un ardor que iba desde el plano físico; mi cuerpo entero, mis pezones, la entrepierna; y el emocional, mi ego, mis ilusiones, mi seguridad de mujer enajenada. No me preocupó como para volver a escribir de ello, indagar en ello, redundar en ello, hasta la noche del 8 de junio del presente año, domingo para el lunes, ayer. Han sido semanas complicadas, verás, antes me esperabas a la salida o llegabas a tu departamento en Santa Fe, y pasadas las seis de la tarde, mandabas un mensaje sobre mi boca, mi cabello, mi piel como la leche o mi lengua que se asomaba ferozmente entre mis labios. No me besaste nunca, pero hablabas de ella como sí, y a las seis con quince minutos, estaba ansiosa de saberte. Ahora paso todo el día en la oficina, y doy gracias al cielo no haberte dicho jamás donde estaba con exactitud.

Nadie me espera a la salida.
Nadie tiene urgencia de mi cuerpo.

Las noches son cada una como la otra, con la diferencia que a veces fumo, a veces no. A veces bajo a comprar la cena, otras veces lloriqueo un poco, otras no. Y así, interminablemente. No te echo de menos. No sé qué podría echar de menos. Tu deseo. Tu beligerancia. Tu lascivia. Tu resistencia al desvelo para prolongar la inútil existencia de tu cuerpo. La manera de refutar que, en la vida, tú eres más cabrón que yo. Más solitario que yo. Más melancólico que yo. Más independiente. Me sorprende haberte soñado la noche del 8 de junio para amanecer lunes, o sea, ayer. Era una especie de burla ante tu ausencia. No recuerdo, justo ahora, con la lucidez de estar tan despierta, todavía trabajando, a ciencia cierta, tu perfume. El lunes amanecí como fundida en él. Pasaban de las ocho de la mañana, tú nunca quisiste dormir conmigo, ni que comiera tus pestañas, tú nunca estuviste allí; pero ayer por la mañana era tu olor, ese leve y fino, apenas perceptible cuando besé tu pecho, cuando marcaste una línea para que besara hacía abajo, no tu pecho, casi irreconocible entre mi boca y mi nariz. Te habré besado durante dos horas en un recorrido hambriento y repetitivo. En un camino abierto que me prohibiste.

En el sueño usabas una camiseta cualquiera, gris, gris de suciedad, gris de no importarte lo que piense. La primera vez te vestiste a cuadros, camisa roja, planchada, chamarra negra, jeans de tela dura, zapatos a juego, tan preciosos. Yo los creía preciosos porque cuando te acostaste, los pantalones se levantaron un poco, y me dejaron ver tu tobillo, tan pálido, indefenso. A las mujeres como yo, esas cosas nos ponen locas.

En el sueño me hacías el amor, y no, es decir, tú no haces el amor, tú coges. Aparentemente venías a casa para hacérmelo. Qué bueno eso no lo recuerdo muy bien. Pero puedo apostar a que lo hiciste. Siempre hubo algo que funcionaba entre ambos. Imagino por eso te recuerdo. En el sueño también me dejabas claro (nuevamente) que no me querías. Que me usabas con fines recreativos y sexuales. Yo lo sabía desde el principio. Sin embargo era tu fragancia invadiendo mi cama, más que tu presencia en el cuarto, haciéndome saber tu regreso porque en la vida hay cosas que tienen que ser así. Sabernos, ya sea para sufrirnos, reír y comer otra vez una comida asquerosa de la cual te quejaste. Arrepentirme porque gasté mucho en ella, etcétera.

Me preocupa, porque ignoro si sirva de algo las reminiscencias, sueños, y demás sugerencias que tengo sobre ti. Me desperté aturdida, ayer, solamente para tener otro día de mierda, rodeada de idiotas, comandada por idiotas, y qué más da ya si me vuelvo uno de ellos. Te escribo con tanta libertad porque sé, de cierto lo sé, como si fuese lo único que sabré esta noche, que no lo leerás nunca. Me lo dijiste siempre; no te leo, no te leí, no te quiero leer, para qué.

Y yo, sigo aquí esperando a que alguien afuera me diga “buenas noches”, “te acompaño a casa” o “quítate los jeans”.


Foto: Christine day lorico

lunes, 8 de junio de 2015

Opus 78945154198


http://przypadek.deviantart.com/art/mi-81639946

Un día tuvimos fascinación por las muecas del aire. Por las grietas del suelo sugiriendo que hay otro mundo debajo. Por la ciudad derrumbándose entre la lluvia. Y luces que se mueven en un frívolo vértigo de gigantes sin nombre.

Un día tuvimos una esperanza diminuta de existir dentro de otro, habitarlo, desgarrar, quisimos hacerlo todo nuevo. Ya sabíamos antes de quererlo, que tal cosa era imposible, sin embargo pretendimos entender; también existen gestos iracundos en las bondades, una superficie para respirar después de sumergirte. Un sol para nublarte la vista.

Un día me paré en la puerta y dejé ir no sé qué palabras. Tuve que regresar a la mesa, sentarme, ponerme a llorar. Hacer como que empacaba maletas y alguien venía a preguntarme ¿a dónde te vas? Quédate.  Hacer drama para unas paredes blancas. Muchos cuadros en llorando mi partida, unas manos que salían del suelo que me detenían, aunque no. Aunque no era cierto. Un rostro se despide en un giño y un silencio se vuelve murmullo en las heridas.

Un día tuve fascinación por las bocas, y era necesario besarlas todas. Vimos el cielo abierto con los ojos cerrados, y un mar inmenso que escurría por los tobillos, tocando el azulejo helado, fue necesario inventarnos cuatro balsas para ser llevados a los extremos. 

Tal vez reclamarían los restos.

Un día extrañé tanto a mi madre que lloraba por partes de mi cuerpo que aún nadie había inventado. Tú sabes que siempre sucede. Un día alguien recorre tu cuerpo para hacerlo a su antojo, te despiertas en cualquier tarde o mañana con jardines o bosques en él, ríos, palmeras, niños y todo.


Un día la llamé desde mis entrañas, ignoro cómo lo supo. Al otro día tenía un mensaje de ella diciéndome “jamás te olvido” e imagino que eso más que misticismo, se llama intuición femenina. 

[...]

viernes, 17 de abril de 2015

Lavanda en los bolsillos



No te lo dije, pero esta tarde, sentada en los pequeños bancos que con entusiasmo me mostraste, encontré un momento perfecto. Qué me dirías, qué repetiríamos ambas; no hay, querida, tal cosa como lo perfecto. No existe. Hemos vuelto desde abajo, como si supiésemos entrar e irnos del lugar al mismo tiempo. Hemos querido lograr la respuesta, adentro y afuera del agua o en el té. Hemos intentado comprender la soledad como método de lo invencible. Y me enternecido en tu delicadeza de vestidos verdes, hierbas, laurel o aceitunas y plantas en el corredor. Esas diminutas cosas se encuentran en su sitio porque nos relatan cuentos de espejos. Todas las ocasiones, cuando tu gata pasa por allí, cuando asesina un poco el derecho de la tierra sobre la maceta, si y tú yo reímos pasadas las diecinueve horas; incluso un céfiro vespertino de ciudad, cuántas historias están allí para escurrir un recuerdo. Yo lo noté de inmediato cuando fuiste a ponerle azúcar al café, y luego subiste y tenía en mí un secreto minúsculo. Y no podía y no quería temerle a las horas o al futuro. En tus ojos marrones yacía una esperanza como un fuego, ardía como la madera, hervía como el verano de sur del que tanto te he hablado. Luego llovió en ellos en un ciclo ancestral y necesario, llovió en ellos, dulcemente, porque las cosas están en su sitio, porque callan, porque vuelven a ti también desde abajo. Donde arrojamos pedazos de piel o destierros, adioses incompletos, como un abrazo partido abarcando la mitad de la calle.

Sólo vuelve a ti lo irremediablemente tuyo.

Tu rostro germinó más flores o pestañas. Tuve un dolor pequeño al abandonarte con tu corazón a bordo de un vagón directo a la felicidad o al olvido. Te dejé una lámpara encendida para que no te pierdas. Eso es porque lo invado todo. Porque me eres. Recuerda que un día llegué y me salté las puertas, las abriste tú sola, y me quedé aunque gritara, aunque un día no me quisieras, y si algún día no lo haces. Mi permanencia sería igual a un rumor de luces que se apagaron, pero que sin lugar a dudas conociste.

Cuando estuve en casa, saqué los brotes de lavanda, que con cariño colocaste sobre mis manos para dejarlos en mis bolsillos. Los esparcí a modo de cenizas dulces sobre la mesa, todos los momentos con un olor transparente, arañando mi garganta, una frescura tal que humedeció la casa y le dibujo sonrisas. Estaba harta de poemas de Alfonsina Storni.

Voy a poner esas flores debajo de la almohada. Antiguamente lo hacían para curar espantos o por ejemplo; poner lupino para no aullar a la luna, ajo para no aterrorizar a las mujeres bellas con nuestros filosos dientes; lavanda para no extraviarnos, quizá. Yo lo haré por ti. Soñaré tu risa blanca, pediré porque regreses de píe, entera, no importa lo que suceda un diecisiete de abril. Haz de llegar y recorrer la casa, tocar las paredes para no olvidar cualquier noche donde gritaste del gozo hasta el llanto, tus hermanos y tú cantando hasta el amanecer, y sobre todo, la vez que él pronunció tu nombre y exististe.

miércoles, 15 de abril de 2015

Nocturno (Ejercicio I)


Alguien llama; fantasma o recuerdo. Debían ser las dos o las tres a eme. Tengo la boca inflamada de sueño, una palidez como deformación de quien viene de otro mundo. Un sueño incompleto o más o menos tibio. A medio hacer.

“Estoy contigo, estoy afuera”. “Afuera nada más el gato que no tengo, maúlla para dejarlo entrar, pero soy suficientemente cruel para no hacerlo”. Sigue llamando. Su costumbre clandestina. Existe también como un susurro alienado dentro de mí. Nos habita lo que amamos. A veces no sabemos hasta donde. Y dónde, y cómo. Nos habitan, decía “como una mano a un guante, y viceversa”. Pero dicen tantas cosas los extraños que conozco. Podría hacer una lista de compras o soliloquios, so-li-lo-quio.
                                      [Con lo bonito de la palabra]

Salgo de la cama.

Qué encanto hay en el aire que se cuela por la casa. Madrugada de abril. El frío entra siempre por los pies descalzos. Pienso, si abro la puerta, en un momento nos sentiremos aislados. Completamente solos, pero juntos. Gustamos pensar que la gente, toda, ha muerto. Sucede a esta hora; alguien ha dejado encendida la luz cruzando la calle, pero no hay sonido. Podrías apostar por un beso ciego, mirarme, pretender mirarme, darme tu mano. Cualquier beso es ciego y ya deberías saberlo. Qué tonto. En cinco minutos cambiaría todo. Ojalá pudiese escucharle más cerca, como ese rumor de los árboles atravesando el jardín, desde las rejas, como prisionero a nuestras bocas, hasta los oídos. Toco mis labios para reafirmar el roce. Busco si no hay fiebre para propiciar las alucinaciones auditivas, por si eso existe. Una mancha en la negrura. Ojos azules que se enredan*.  

“Estoy contigo, estoy afuera”. Yo no logro verlo. Me surge un terror y un llanto. Si dejas de esconderte buscamos un atajo a la felicidad, y nos extraviamos para no volver nunca. Al final del viaje, no podremos llegar más que a un lugar tranquilo. Atardecerá justo a las seis dieciocho. Amanecerá a las cinco cuarenta. La luz entrará por las ventanas y jugará sombras, ciudades no inventadas, caricias extraviadas enroscándose en nuestra tristeza. Tendríamos que vernos fijamente sin necesidad de hablarnos más que con los ojos, la mugre o las ansías.

No le encuentro jamás.


Su silencio se vuelve parpadeo en mi sonambulismo. Se suponía que alguien viene a remendarte el insomnio. Vuelvo a la cama parsimoniosamente, y no me reconoce nadie la zozobra, sólo Friedrich Chopin. 


_____________________
* De "La ardilla roja", Julio Medem.

domingo, 5 de abril de 2015

No va a funcionar.

No va a funcionar. 

Pienso en tu rostro, en mis manos que yacían sobre el moldeando razones, y pienso en tu boca y en el sabor que aborrezco. Detesto tu boca sobre la mía. 

No va a funcionar. 

Afuera llueve, parece inconcluso marzo con esta estela gris sobre los edificios,  las luces rojas parpadeando parecieran un rocío de sangre esfumándose en el aire. Anuncian un verano en carrera, ¿ya casi es verano? No. La primavera llega en forma de amapolas armadas de un filo febril.  Mira cariño, todo te lo dije a medias. Sé fingir el amor como los orgasmos en mis gritos donde no te pienso. Tenías razón. Toda la razón, no estoy. No estaba entonces ni lo estoy ahora. Te pertenezco ajena*. Sé hablarte de la pasión de los pueblos, tú sabes hacer como que escuchas, como que prácticas, como que lo sabes todo. Me pareciste adorable. Lo eres. Me pareciste ingenioso. Me pareciste inmenso, pero lejos. Estaba tan lejos. Tenías razón. Nunca he disfrutado más una noche como cuando no tuve que repetirte que te quedaras. Estoy más cerca de mí cuando te marchas. Imagino me pasa con todos porque es cuestión de ego. Sabía reconocerlo sin tener que equivocarme repetidas veces. Sin embargo me gusta, eso, errar; es siempre necesario para colocar una línea donde nadie te espera. 

El camino que habremos de seguir es oculto desde el presente. 

Me da una pena diminuta saber cómo no va funcionar. Tengo la intención de decirlo como si fuese cierto, lo suficiente, para importarte. Entonces llegar un día o que tú llegues. Observar esa ternura tuya de quitarme las gafas, limpiarlas, luego ponérmelas otra vez, así, frente a la gente. Ojalá pueda llevarme eso conmigo. Hará falta por las noches, en el edificio. Ver nítidamente tres calcetines colgando del tendedero mientras llueve, aunque sea marzo. Ya decían sobre esas aguas, y no lo creíamos, ni lo cantamos a oscuras. 

Cierto, te gusta que encienda la luz. Yo prefiero no verte. Recuerda la despedida donde me volteo antes de decirte adiós. 

Así, frente a la gente.

Que no me ruegues ni una milésima de segundo, comprueba lo que te dije al principio.


domingo, 15 de marzo de 2015

El ardor II


El ardor fue desapareciendo mediante los días. Eras necesario. Una piedra que se te mete en el zapato para re direccionar el camino. Me satisface la idea de encontrarte cualquier día, en otro tiempo, en otro lugar. Por la calle, en el subterráneo, en un restaurante con gente subversiva. Mientras me río a carcajadas, con lo que odias el ruido de mi voz. Pobre muchacho. Te acostumbraste tanto al silencio de tu infamia. Debí quererte aunque fuese un poco. Mira que lo intenté. Mirarte mientras me tocabas. Cerrar los ojos como si me gustara. Te lo expliqué mientras me desvestía: el hecho de no volverte a ver no significa que esto, ahora, no me importe. Ignoro si de verdad escuchabas. Humanamente fui más honesta que tu soberbia. Desear una buena vida, se hace con cualquiera cuando te despides. Debe uno agradecer las horas regaladas, que no son baratas, tú deberías saberlo. Pasamos imaginando esos encuentros como si fuesen dulces que compramos calle abajo o en la esquina. La verdad es que no, mi querido niño malcriado, esto nos pasa pocas veces en la vida. Me consuela levemente tu visión sobre ella. Nada te faltará. Aunque mintieras visualizando la próxima vez de encontrarnos. A pesar de decirlo. Lo supe después de sentir tus ojos sobre mí, cuando yo miraba las luces. No nos veremos nunca más. Tan lejana otra vez. Al saber que tal cosa no pasaría, quise llorar. Oprimí mucho los ojos a manera de forzar y apresurar ese proceso. Quise llorar esa misma noche. Con mis uñas rojas rasgué mis mejillas queriendo que volvieras a entrar por la puerta. Callarme. Hacer mejor las cosas. Con mi silencio o con la boca abierta. Lo que te gustara más en tu exigencia. Y no. No pude llorar por semejante quimera. Luego recorrí la habitación y la cocina aún con zapatillas. Compré más alcohol. Bebí hasta caerme después de pronunciarte a m o r  y morirme. Lo preguntaste así. Todavía lo recuerdo. 

¿Moriste?


Y la noche transcurrió como un tren que atravesó Siberia con todas las luces apagadas. 

domingo, 22 de febrero de 2015

El ardor (borrador)

Entra, al fondo habrá una habitación, en ella una pared roja. La reconocerás por esa palpable primavera, difícil de entender, pero que existe.

Debí saberlo, ibas a dejarme apenas llegaras. Apenas tu rostro volteando al momento de abrazarte. Con una bienvenida rota de ligeros pasos, escapando. Lo que no sabes es que no se trata de ti. A veces de mí tampoco. Es como un día de playa del cual te convences será lo mejor de la semana, y luego llueve de regreso a casa, y te crece una tristeza pequeña por el rostro y las manos. Logra partirte el cuerpo a las ocho menos cuarto,  y ya el sol, la arena, el brillo de las olas ha quedado olvidado para siempre.  Hay estas diminutas dolencias innombrables. 

Debí saberlo de veras, mi planta empezó a morir el día que apareciste. Mendigabas cenar conmigo en cualquier lugar a la hora que fuese.  Era raro ver como caían sus hojas en un pálido otoño interior. Antes de ti, la gente que venía a casa, siempre me felicitaba por ella. He logrado mantenerla con vida por más de dos meses. En un principio, a las personas que viven solas se les recomienda comprar una planta, después, si esta sobrevive por tiempo prolongado, está preparado para tener un gato.  Y ocurriste tú. Tormenta o sequía, todo optó por marchitarse como en oleajes, vendavales áridos que me dejaban otra vez con la boca destrozada, la habitación sucia, y la planta que con ahínco cuidé desde diciembre, agonizando.

Yo lo sabía, de cierto modo, no tenías que advertirlo. No lo hiciste, claro. Estaba dispuesta al dolor que vaticina tu andar de hombre concreto. O de hombre-animal.  Que es un poco lo mismo en especímenes como tú. Debería agradecerte en silencio para que no lo sepas. Me despertaste unas ganas locas de poseer todo nuevamente. Me hiciste querer volver a empezar en un mundo,donde no existas. Tenías una fragilidad paulatina a mi soberbia. Resistencia a mis ganas. Indiferencia a los hechos pactados. No pude dormir con el ruido estridente de tus palabras. Estar y no estar en el mismo espacio no cambiaba nada. Asumo que eres invisible porque no dejaste rastros sobre mi cama, ni un olor o caricia muerta. No se trata de ti. No quería dormir sola.  No quería dormir conmigo.  

Amaneció alrededor de las seis con veinte, hay una tarde blanca y limpia afuera, como en las costas donde vive mi madre. Me sucede un temblor en la punta de los dedos para llamarla, pero temo del mismo modo ponerme a llorar mientras me escucha. Sabrás, solamente me dejaste un ardor dentro y fuera del cuerpo.  Superficial. Crudo. Mudo. Eres un ardor, y no hay más que eso.

El sol es grande como el sur de mi abuela. Y las cortinas se inflan de aire en las habitaciones. La gente les mira imaginando un pulmón, una sonrisa o un vuelo abierto.

viernes, 5 de diciembre de 2014

"En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte"



No sé tú, pero pareciera hoy, miércoles, con el sol arriba, que sucedimos hace tiempo; como una bandera que ondea cierto día de abril, y  después llueve, y un país se corrompe o entra en guerra. Estaba planeando dejarte marchar como si fuese posible que la tarde transcurra desde unas pestañas grises, y si dentro de cada día existiera más luz en las calles, y si ya no pudiese advertirte desde el principio. Y que tú me creyeras.

Ya no tenemos corazón o sitio de taxis en madrugada. Se derrite en grietas, como charcos de ambosY ni los niños tienden a jugar con el cuerpo tuyo ni por curiosidad, cuando amanece. Te disuelves en imágenes no capturadas minuciosamente por vagos, quienes pudiesen tener más amor en las venas que tú. Vertidos en alguna medida de ginebra y tú en cerveza o regaliz, o la cosa dulce a la que olías. Todos estos momentos inconclusos: Desnudez porque sí. La desnudez sin motivo es la peor de todas. Es luz matutina que baña los ojos. Por ejemplo, tú, caminando en bóxer hacia la ventana,  con lo bonito que te veías. Y ya casi no interesa ser tan ajenos. Me gustaba la idea de construirte un templo o una casa. Algún lugar, donde yo pudiese ser sencilla, hablarte, leerte, quererte imitando una necesidad rutinaria. Quiero decir: como un pretexto ante tantas bocas o manos sobre nosotros. Antes y después de nosotros mismos. Ni yo lo entiendo, ya ves.

Haré una apología sobre mis actos solamente para prolongar la huida. No recordar el mutismo mientras te escurriste por las escaleras. Tiene sentido echarte de mi casa a las diez de la mañana. Decirte bajo las sabanas: A ella la quise mucho, y aun la quiero, pero lejos. Abrazarte porque era un adiós definitivo, en el baño; significaba la permanencia de tu piel en algo más que en mi cara. Tu calor en mis manos. Desearía que recuerdes que te advertí desde el principio, bromeabas pronunciando el temblor repentino en tus piernas. Mi crueldad le es fiel al tiempo. Y no me creías. Siempre tengo el gatillo esperando jalar. El borde de mi cuerpo como un abismo donde tienes que saltar para salvarte.

A veces no se salva nadie, ni la soledad de volver a la habitación sin ropa. Sin ti. Sin la esperanza de nuestra autonomía dolorosamente libre.Estaba planeando dejarle el trabajo a la coincidencia de los bares en diciembre. Que regresáramos el cassette como no haberte dicho nada sobre mi pasado o mi violencia febril, poderte nuevamente advertir desde el principio, y que me creyeras. Y que tú volvieses a ignorarlo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Mi mamá dice que moriré sola.

-          Si me acuesto con la pareja de alguien, quien es cercano a mi familia, incluso de mi familia, o simplemente alguien importante para mí, un amigo, no sé… ¿Eso me convierte en mala persona?
-          Depende.
-          ¿De qué depende?
-          De tus intenciones.
-          ¿Cómo hace eso la diferencia? Lo hiciste y ya, es un error. Una traición.
-          Hay gente que se acuesta por mera inocencia. O por lascivia.  O porque puede.
-          ¿Por inocencia? Eso es bastante indulgente ¿no te parece? Por lascivia, bueno, eso lo entiendo. Desear sin detenerse, sin analizar bien quién es la víctima. Porque hay situaciones privilegiadas. Momentos perfectos.
-          A veces son pruebas. Si las pasas, pues, eres otra persona. ¿Te ha pasado?
-          Sí. Creo que soy bastante inocente si quieres verlo así. No sucede mucho más que besos, tomarnos de la mano, estar a centímetros de su boca y, si es muy riesgoso, no besarla. No puedo parar, más si hay alcohol de por medio.
-          Entonces no bebas cuando consideres que hay peligro.
-          Es que no debería haber temor a los límites. Tendría que haberlos sin recurrir desesperadamente a ellos. Como las fronteras. Te piden visa, tu puto pasaporte. Con tristeza me doy cuenta que, a veces, es muy sencillo encamarse con alguien, con el vecino, tu primo, el marido de la amiga de tu madre. No he llegado a hacerlo, pero no me hubiese resultado difícil. Y debes entender que no sería solamente mi responsabilidad.
-          Lo harías con mi esposo, ¿por ejemplo?
-          No.
-          ¿Lo has intentado?
-          No.
-          ¿Te sería fácil? Pequeña puta

-Silencio de medio minuto-

-          Es posible que en las condiciones adecuadas, sí. Y es lo que más temo.
-          ¿Qué cosa?
-          El odio de quienes amo.
-          Has dicho “sería fácil”, en cualquier circunstancia, te das cuenta lo ofensivo de eso, ¿cierto?
-          Sí. Pero tú empezaste, me has llamado puta. Lo cual, afirma mi teoría: Me convierte en mala persona. Socialmente, y moralmente hablando.
-          Y, ¿eso es tan importante para ti?
-          Sí y no.
-          ¿Ah?
-          Sí, porque no soy mala persona. ¿Me crees, verdad? No tengo sentimientos humanos viles. Me puede el dolor ajeno, tengo empatía. No voy a la iglesia, pero dudo matar a alguien o violar a un niño…
-          Qué cosas tan desagradables dices, y lo que es peor, te tienes en muy alta estima.
-          No quise decir eso. Me importa porque la integridad tambalea de una noche, y no se me debería juzgar por ello. No me importa porque al final, eso también soy yo
-          Mira, tengo que marcharme. Quedamos uno de estos días. Y recuerda, las decisiones que tomes, cuáles sean, sostenlas. No te arrepientas. Porque eso te convierte en hipócrita.
-          Lo cual es peor que ser una pequeña puta

-          Pero, por supuesto.

domingo, 12 de octubre de 2014

Texto segundo


Pretendo en somnolencia, silenciosamente, diagramas del ruido. Practico tu regreso con una técnica limpia que nadie me conoce. Hago memorias inocuas de otras épocas. Días purpuras o amarillos. Vaivén de canciones encerradas en elevadores con el estupor exacto que daba un brillo a las heridas, brindándoles un carácter límpido, impoluto y animal. Recuerdo tus ojos así, cerrados, los párpados oprimidos mientras la sonrisa roja delatora de tu alma, viajera del centro de la tierra. Palpitaciones saltarinas, llevándolas a cuestas. Sellos sobre la piel como culpas dermatológicas, si estas quedaran posibles. Primigenia de lunares clavados como abismos dulces; epicentro de tu espalda. Siento aquí tu presencia hiriente en sus caprichos. Te recuerdo, Antonio, quedándote dentro, suponiendo vestigios tempranos. Y desgrano tu voz como si fuese una certeza de semilla germinando en mi conciencia.  No hay mucho de cierto donde no te encuentro. Y si te buscara. Y si llegaras otra vez, emergiendo cíclico desde la espesa neblina nocturna, nuestros vicios a distancias exactas para no morirnos de una vez. Debes tener imágenes recurrentes; por ejemplo, mi cuerpo convulsionado cuando concibe madrugadas acuáticas desbordantes a, por y para las manos tuyas. Esas que desdibujaron curvilíneas, midieron modulaciones a través del tacto, y firmaron la textura de lo blanco cuando respirabas como un caracol fluyendo en mis oídos.  

A veces te extraño y, las piernas que amaste cuando decías “Oh, por Dio-s”, y yo; hacemos de cuenta a que estás, hacemos de cuenta a que sigues en el sitio acostumbrado y repites mucho el nombre elegido para que me evocaras. Pretendo tu inteligencia. Ni la necesitabas. Antonio, cuando vuelvas voy a dejarte  morderme lo que quieras. Añoro las cicatrices que no hiciste, tu ternura cuando te hablé de la cirugía, mi larga cicatriz, y tus dedos sobre ella. Querido, mi vida fluye inevitablemente hacia delante. Y no vuelves. No lo harás nunca. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Texto primero teorizando sobre mi amor al hombre.


Siempre me pareció algo muy loable y sensato que me quisieran con medida. Poseer cintas o correas, ya fuesen en forma de teléfono, direcciones (electrónicas o no), llaves y departamentos, fechas y aniversarios. Hasta la esclavitud de mis cuadernos: Sí, había –hay- suficiente en ambos, para tapizarlos de besos o mugre. Manchitas de café o salsa de tomate sobre el papel. Barcos de grafiti, los vamos abandonando por doquier en nuestra vida de parias. Contienes fuego en ti, Antonio. Mauricio. Gerardo. Manuel. Es la verdad incompleta que comparto contigo; no hay absolutismo en estas torturas. Tampoco es intercambiar respiraciones profundas dentro del mundo. Todavía en distintas latitudes. Imagino tu llegada y tu venida, nuevamente. Hacerte trizas desde ángulos variados. Quiero decir, es cierto: te gusté  porque sí. Sucede como en las utopías o un puente supuesto a caer.  No nos pertenecemos. Tal vez pudiésemos, si todo volviera como en el eterno retorno; un rehilete riéndose en sí mismo. Repitiéndose. Tragándose desde sus brazos. Hasta el final de los tiempos. Creí encontrar en ti y en tonalidades blancas, como si en la saciedad durmiese la ternura de lo suave. Amor, cariño todo lo que dices inventando palabras estruendosas, tempestades húmedas de colores. Pudiésemos conversar en la perpetuidad tuya, eres multitud; ecos sordos. Aún no descifro tu levedad; la sostuve entre mis manos como un desierto colmado de cruces. En todas yacían esperanzas de abismos engendrados en mi voz. Ojalá me quisieras como te quiero; apenas. En mí condeno la aventura. Me llena la visceralidad de tus actos crueles. No estamos y eso lo sabes. Te espero en la ventana o en el buzón. Aunque todas las citas sean inútiles. Lo es esperarte a ti, y a cualquiera. Voy a crearme amores donde solamente halla automóviles, calles, faroles, camas desordenadas, cenizas, exilios, pero una boca como la tuya; real, dura, de hombre.  



martes, 16 de septiembre de 2014

Texas, baby.

Lo que queda de ti después de la luz, después del destierro acurrucado en nuestro murmullo; es una silueta desvaneciéndose o mimetizándose con el vacío. Quisiera llamarte por tu nombre. Lo hice aquél día, cuando me dejaron sola en casa, y lo habías rogado durante semanas. Si me importara más que las especulaciones. Ahora te has ido como la noche de viernes. Ojalá mi voz te haya penetrado el oído y las entrañas. Así, cuando resuenen tus pasos, me llevarás a cuestas como un eco crudo que se repite temblando desde tus pies; hace nido en tu abdomen, como la ansiedad de sentirse con ganas, y luego regrese a tu cabeza donde repites mi nombre: Ofelia, Ofelia, Ofelia Waltz.  A veces me dejo estar hasta que dueles.  Mis piernas te echan de menos. Desoladas. Pareciera que tu boca ya había engendrado a raíces sus garras. Dejaron la piel marcada, y para siempre. El símbolo de tu perpetuidad en mis gritos es una mancha amarilla. Se resbala por el vestido blanco, aún desconocido por tus dedos. Estás, querido mío, y no estás. Todas las conjugaciones: Estás como tiritando en la nada. No te conozco lo suficiente para extrañarte, y sin embargo. Marco una línea imaginaria en el suelo, como midiendo tu ausencia. Como recordando tus palabras después del sexo: al parecer voy a irme de viaje, Texas, pero intento llamarte. Y como fui lo suficientemente idiota, me reí. Tú te reías igual con el acento que estoy aprendiendo a medias. Estoy acostumbrándome a su violencia. Habituándome a su lascivia. O a su goce. No podría decir que me quieres, y me agrada lo mismo que lo detesto. Era una niña mimada después de ella. Todo amor después de un tiempo, es un vestigio que alguien abandonó una tarde de juegos, por desidia. Por lo que quieras tú. Al día siguiente no supe nada de ti. Tuve miedo. Tanta humedad en una oficina. Sabía la vacuidad de los actos nuestros, pero tú te reías, respirabas, sonreías, iluminabas, mordías, gemías. ¿Qué voy hacer contigo? Te imagino de vuelta a México con la sonrisa partida refutando mis cuestionamientos; Texas baby, era Texas baby.

lunes, 25 de agosto de 2014

In a sentimental mood IV


Para que este truco de magia funcione, tendremos que repetirlo. Que el bar esté a la vuelta de Bellas Artes Línea B. Sentirse lo suficientemente simpática para agradarle a todos allí. Recibir esos aplausos. Llegar justo a la hora del mariachi. Ya, ya, el mesero te reconoce.  Creo que sabían que volveríamos al caer la noche, porque la inhibición se había quedado en el mirador de la Torre Latino, colgado de las rejas. Al parecer gritaba, pero esa estridencia es común en esta ciudad, nadie la ha salvado. Tantos escalones de emergencia.  Risas, tanto Waltz en cines o museos.  Como si la urgencia, si tus manos me quisieran ahora, la desesperación de un rompimiento , un cohete detonando en el cielo, o un beso. Los besos: Todos somos adictos, a estos fuegos de artificio*. Me gusta la idea de hacer feliz a alguien. Si tal cosa fuese posible. Con esa responsabilidad de la fragilidad humana entre los dedos. Me gusta jugar a ser un Dio-s que todo lo cumple. Creí amar tu debilidad. Es otro juego de soberbia y egocentrismo. Ensayo estas caídas, mira, te beso porque es posible. Porque eres indefenso, porque hay alcohol suficiente. Te beso porque puedo. Mira, mírame otra vez: No significa nada. Estoy a punto de herirte y no me detengo.  Escogí esta canción en el barecito a costa de mis pies. La bailamos mucho para que creyeran que te quería, si había algo verdadero en el teatro interpretado. Que, tal vez, llegaríamos a casa, y haríamos un amor sincronizado, de olimpiada y medalla. Ya sabías tú que nada tenía de cierto. Iba a tomar el metro a las diez. Iba a dejarme caer. Marcharme. Desistir de ti. Volver a danzar como lo hice en los andenes. Es que no entiendes, es necesario: son miles de explosiones en tus ojos haciéndote un acto de fe. Solo para olvidarnos, de estar adentro o afuera de la vida.  Ahora, si crees poder soportarlo, volvemos a empezar. El ritmo de la acera te dice: un, dos, tres. No me odies si no te recibo los poemas a la mañana siguiente; comprende, fue solamente esto: Una sonrisa, un guiño, Coltrane. Una coreografía donde se oprimen párpados al final, creando pirotecnias imposibles. Para que funcione, vamos a imitarlo de esta forma: Noche, cariños en la mejilla resbalándose por el suelo. Estoy. Ya no estoy. Anda, mi niño sentimental. Cuenta hasta diez…

martes, 8 de julio de 2014

Here. Now.



This road is hard and wild, but it brought me to your door- I'm here now/Motopony


Jaltipan de Morelos, Veracruz a 29 de Junio de 2014

Les dejé una botella vacía de tempranillo, un vaso, con una cantidad de mililitros que no supe calcular. Dos corazones rotos. Platos sucios. Las huellas en la acera. Merodee el jardín de manera discreta, con cierta oscuridad que deja el dolor. Debí quitarme las sandalias otra vez. Debí. Arruino como siempre el momento perfecto. He estado pensando en el escrito que nunca comencé, el que hablaba de los trenes, de la infelicidad de Isabel, los tíos que murieron de hambre. Supongo que tengo miedo. Tengo miedo como ahora a las partidas. Imagino que la vida tenía que ser así. Las piltrafas en las que nos convertimos en las separaciones. Lo grandes, llenos, lo vivos, lo esplendorosos que somos cuando volvemos a estar juntos. Tengo miedo en lo que he de transformarme, si de pronto me encuentro sola con el silencio de las palabras que escribo. Su silencio es el de cristales rompiéndose en los oídos.  Todavía no sé cómo nombrar estos dolores. Podría quedarme quieta –otra vez- por muchos días.  Pienso que uno de estos días lo escribiré: El verano llegó de formas tan violentas.
……….

Siempre me ha parecido increíble cómo una  puede ser tan feliz y tan desdichada, todo, al mismo tiempo.
……....
México, D.F. a 8 de Julio 2014


Pienso en ti lo mismo que en un tiramisú. Me humedezco los labios impertinentemente.  Saboreo en mi boca la suavidad de su textura. Impido a mi cuerpo los impulsos de algo que está en el pasado o en el futuro, donde sea, pero sin mí. En otro sitio donde es presente, pasado, futuro. Ahora. Luego recuerdo que estoy a dieta, y que debo pasar de los azucares. Malditas tendencias sociales. Algo así como contigo. Recuerdo que estoy esperando que  la vida suceda de maneras más insospechadas. Y menos dolorosas. Estoy haciendo lo posible por caminar a ritmos más felices.  Una ciudad abriéndose para que la habitemos. Una voz que se quiebra a las 2:00 de la mañana. Sabemos que los corazones se rompen fácilmente, pero aun con todo lo que sabemos, cariño, pequeño niño, no nos detenemos. Y por qué habríamos. Imagina la embriaguez de dos soles colapsando. Me ocurre pensarlo aunque esté positivamente segura de la ingenuidad en ese acto. De la nada y del vacío que le vendrán a los días. Lo mismo como si estuvieras aquí o aquello prohibido en la nevera frente a mis ojos. La clara diferencia es que a ti quisiera llevarte bajo las luces mientras llueve, y te hablaría en tres idiomas diferentes.  Todos te dirían más o menos cosas similares; qué bonitos tus pies porque te trajeron hacía mí, y tus manos, y tu boca, y lo que no conozco todavía que te construye.  Luego recuerdo que no tienes nada dentro y regreso al principio de mi idea; cuando llegue a casa un tiramisú., un tiramisú. O tú. En una de esas ocurres tú. Como si las dobles vidas funcionaran.