miércoles, 26 de mayo de 2010

Mientras cenabas -cursi, un poco-


22 de Mayo 
 [esto fue escrito el último día que te escuché]


MIENTRAS CENABAS. Ayer, mientras cenabas –tú dices que cenabas- de este lado, te buscaba con una añoranza que me había prometido no sentir jamás. Entonces, era yo, con una casa en la espalda, y yo en la casa, sola, rodeando. Comiendo. Esperando. Aunque por la mañana tu beso a la distancia, y la llamada de mi padre. Aunque eso, amor, te buscaba. Era la fiebre de siempre. La que intentaba explicarte los días de incapacidad. Y día a día. Antes era enfermedad. La obtusa sensación de la nada. Hoy es transpiración. Calor absoluto. Mi cabello desordenado seguido del “te dejo”. Tu te dejo. La fina capa de sudor sobre mi frente, hambrienta de tu soplo. Era ver mucho mis pies. Preguntarte “dónde”. Imaginarte allí, al filo de la rodilla. No obstante, intentaba apelar a la paciencia unos segundos más. Tranquilidad. Ser la paciencia. Renovar la piel. Encender el televisor. Hacer la sucesión de eventos tuyos. Lo que sigue después de ti. Mas no durante. Intentar sostener el tiempo entre los dedos. Tuve que ducharme. Rascarme la oreja. Preguntarle a los azulejos por ti como si hablaran, y luego no pedir más lluvia por la tarde. No eran muchas horas. Intentaba calmar esas ansias locas. El animal de hambre que soy yo. El que conoces entre lineas. Después hice salir. Resolví revivirte en lugares donde estuvimos. No me dejaste entrar. Me llabamas. Y con tu desesperación amarilla, hacias como el poema de Pablo Neruda –que ahora detestas-, tú, abres para mí, todas las puertas de la vida...