viernes, 17 de abril de 2015

Lavanda en los bolsillos



No te lo dije, pero esta tarde, sentada en los pequeños bancos que con entusiasmo me mostraste, encontré un momento perfecto. Qué me dirías, qué repetiríamos ambas; no hay, querida, tal cosa como lo perfecto. No existe. Hemos vuelto desde abajo, como si supiésemos entrar e irnos del lugar al mismo tiempo. Hemos querido lograr la respuesta, adentro y afuera del agua o en el té. Hemos intentado comprender la soledad como método de lo invencible. Y me enternecido en tu delicadeza de vestidos verdes, hierbas, laurel o aceitunas y plantas en el corredor. Esas diminutas cosas se encuentran en su sitio porque nos relatan cuentos de espejos. Todas las ocasiones, cuando tu gata pasa por allí, cuando asesina un poco el derecho de la tierra sobre la maceta, si y tú yo reímos pasadas las diecinueve horas; incluso un céfiro vespertino de ciudad, cuántas historias están allí para escurrir un recuerdo. Yo lo noté de inmediato cuando fuiste a ponerle azúcar al café, y luego subiste y tenía en mí un secreto minúsculo. Y no podía y no quería temerle a las horas o al futuro. En tus ojos marrones yacía una esperanza como un fuego, ardía como la madera, hervía como el verano de sur del que tanto te he hablado. Luego llovió en ellos en un ciclo ancestral y necesario, llovió en ellos, dulcemente, porque las cosas están en su sitio, porque callan, porque vuelven a ti también desde abajo. Donde arrojamos pedazos de piel o destierros, adioses incompletos, como un abrazo partido abarcando la mitad de la calle.

Sólo vuelve a ti lo irremediablemente tuyo.

Tu rostro germinó más flores o pestañas. Tuve un dolor pequeño al abandonarte con tu corazón a bordo de un vagón directo a la felicidad o al olvido. Te dejé una lámpara encendida para que no te pierdas. Eso es porque lo invado todo. Porque me eres. Recuerda que un día llegué y me salté las puertas, las abriste tú sola, y me quedé aunque gritara, aunque un día no me quisieras, y si algún día no lo haces. Mi permanencia sería igual a un rumor de luces que se apagaron, pero que sin lugar a dudas conociste.

Cuando estuve en casa, saqué los brotes de lavanda, que con cariño colocaste sobre mis manos para dejarlos en mis bolsillos. Los esparcí a modo de cenizas dulces sobre la mesa, todos los momentos con un olor transparente, arañando mi garganta, una frescura tal que humedeció la casa y le dibujo sonrisas. Estaba harta de poemas de Alfonsina Storni.

Voy a poner esas flores debajo de la almohada. Antiguamente lo hacían para curar espantos o por ejemplo; poner lupino para no aullar a la luna, ajo para no aterrorizar a las mujeres bellas con nuestros filosos dientes; lavanda para no extraviarnos, quizá. Yo lo haré por ti. Soñaré tu risa blanca, pediré porque regreses de píe, entera, no importa lo que suceda un diecisiete de abril. Haz de llegar y recorrer la casa, tocar las paredes para no olvidar cualquier noche donde gritaste del gozo hasta el llanto, tus hermanos y tú cantando hasta el amanecer, y sobre todo, la vez que él pronunció tu nombre y exististe.

miércoles, 15 de abril de 2015

Nocturno (Ejercicio I)


Alguien llama; fantasma o recuerdo. Debían ser las dos o las tres a eme. Tengo la boca inflamada de sueño, una palidez como deformación de quien viene de otro mundo. Un sueño incompleto o más o menos tibio. A medio hacer.

“Estoy contigo, estoy afuera”. “Afuera nada más el gato que no tengo, maúlla para dejarlo entrar, pero soy suficientemente cruel para no hacerlo”. Sigue llamando. Su costumbre clandestina. Existe también como un susurro alienado dentro de mí. Nos habita lo que amamos. A veces no sabemos hasta donde. Y dónde, y cómo. Nos habitan, decía “como una mano a un guante, y viceversa”. Pero dicen tantas cosas los extraños que conozco. Podría hacer una lista de compras o soliloquios, so-li-lo-quio.
                                      [Con lo bonito de la palabra]

Salgo de la cama.

Qué encanto hay en el aire que se cuela por la casa. Madrugada de abril. El frío entra siempre por los pies descalzos. Pienso, si abro la puerta, en un momento nos sentiremos aislados. Completamente solos, pero juntos. Gustamos pensar que la gente, toda, ha muerto. Sucede a esta hora; alguien ha dejado encendida la luz cruzando la calle, pero no hay sonido. Podrías apostar por un beso ciego, mirarme, pretender mirarme, darme tu mano. Cualquier beso es ciego y ya deberías saberlo. Qué tonto. En cinco minutos cambiaría todo. Ojalá pudiese escucharle más cerca, como ese rumor de los árboles atravesando el jardín, desde las rejas, como prisionero a nuestras bocas, hasta los oídos. Toco mis labios para reafirmar el roce. Busco si no hay fiebre para propiciar las alucinaciones auditivas, por si eso existe. Una mancha en la negrura. Ojos azules que se enredan*.  

“Estoy contigo, estoy afuera”. Yo no logro verlo. Me surge un terror y un llanto. Si dejas de esconderte buscamos un atajo a la felicidad, y nos extraviamos para no volver nunca. Al final del viaje, no podremos llegar más que a un lugar tranquilo. Atardecerá justo a las seis dieciocho. Amanecerá a las cinco cuarenta. La luz entrará por las ventanas y jugará sombras, ciudades no inventadas, caricias extraviadas enroscándose en nuestra tristeza. Tendríamos que vernos fijamente sin necesidad de hablarnos más que con los ojos, la mugre o las ansías.

No le encuentro jamás.


Su silencio se vuelve parpadeo en mi sonambulismo. Se suponía que alguien viene a remendarte el insomnio. Vuelvo a la cama parsimoniosamente, y no me reconoce nadie la zozobra, sólo Friedrich Chopin. 


_____________________
* De "La ardilla roja", Julio Medem.

domingo, 5 de abril de 2015

No va a funcionar.

No va a funcionar. 

Pienso en tu rostro, en mis manos que yacían sobre el moldeando razones, y pienso en tu boca y en el sabor que aborrezco. Detesto tu boca sobre la mía. 

No va a funcionar. 

Afuera llueve, parece inconcluso marzo con esta estela gris sobre los edificios,  las luces rojas parpadeando parecieran un rocío de sangre esfumándose en el aire. Anuncian un verano en carrera, ¿ya casi es verano? No. La primavera llega en forma de amapolas armadas de un filo febril.  Mira cariño, todo te lo dije a medias. Sé fingir el amor como los orgasmos en mis gritos donde no te pienso. Tenías razón. Toda la razón, no estoy. No estaba entonces ni lo estoy ahora. Te pertenezco ajena*. Sé hablarte de la pasión de los pueblos, tú sabes hacer como que escuchas, como que prácticas, como que lo sabes todo. Me pareciste adorable. Lo eres. Me pareciste ingenioso. Me pareciste inmenso, pero lejos. Estaba tan lejos. Tenías razón. Nunca he disfrutado más una noche como cuando no tuve que repetirte que te quedaras. Estoy más cerca de mí cuando te marchas. Imagino me pasa con todos porque es cuestión de ego. Sabía reconocerlo sin tener que equivocarme repetidas veces. Sin embargo me gusta, eso, errar; es siempre necesario para colocar una línea donde nadie te espera. 

El camino que habremos de seguir es oculto desde el presente. 

Me da una pena diminuta saber cómo no va funcionar. Tengo la intención de decirlo como si fuese cierto, lo suficiente, para importarte. Entonces llegar un día o que tú llegues. Observar esa ternura tuya de quitarme las gafas, limpiarlas, luego ponérmelas otra vez, así, frente a la gente. Ojalá pueda llevarme eso conmigo. Hará falta por las noches, en el edificio. Ver nítidamente tres calcetines colgando del tendedero mientras llueve, aunque sea marzo. Ya decían sobre esas aguas, y no lo creíamos, ni lo cantamos a oscuras. 

Cierto, te gusta que encienda la luz. Yo prefiero no verte. Recuerda la despedida donde me volteo antes de decirte adiós. 

Así, frente a la gente.

Que no me ruegues ni una milésima de segundo, comprueba lo que te dije al principio.


domingo, 15 de marzo de 2015

El ardor II


El ardor fue desapareciendo mediante los días. Eras necesario. Una piedra que se te mete en el zapato para re direccionar el camino. Me satisface la idea de encontrarte cualquier día, en otro tiempo, en otro lugar. Por la calle, en el subterráneo, en un restaurante con gente subversiva. Mientras me río a carcajadas, con lo que odias el ruido de mi voz. Pobre muchacho. Te acostumbraste tanto al silencio de tu infamia. Debí quererte aunque fuese un poco. Mira que lo intenté. Mirarte mientras me tocabas. Cerrar los ojos como si me gustara. Te lo expliqué mientras me desvestía: el hecho de no volverte a ver no significa que esto, ahora, no me importe. Ignoro si de verdad escuchabas. Humanamente fui más honesta que tu soberbia. Desear una buena vida, se hace con cualquiera cuando te despides. Debe uno agradecer las horas regaladas, que no son baratas, tú deberías saberlo. Pasamos imaginando esos encuentros como si fuesen dulces que compramos calle abajo o en la esquina. La verdad es que no, mi querido niño malcriado, esto nos pasa pocas veces en la vida. Me consuela levemente tu visión sobre ella. Nada te faltará. Aunque mintieras visualizando la próxima vez de encontrarnos. A pesar de decirlo. Lo supe después de sentir tus ojos sobre mí, cuando yo miraba las luces. No nos veremos nunca más. Tan lejana otra vez. Al saber que tal cosa no pasaría, quise llorar. Oprimí mucho los ojos a manera de forzar y apresurar ese proceso. Quise llorar esa misma noche. Con mis uñas rojas rasgué mis mejillas queriendo que volvieras a entrar por la puerta. Callarme. Hacer mejor las cosas. Con mi silencio o con la boca abierta. Lo que te gustara más en tu exigencia. Y no. No pude llorar por semejante quimera. Luego recorrí la habitación y la cocina aún con zapatillas. Compré más alcohol. Bebí hasta caerme después de pronunciarte a m o r  y morirme. Lo preguntaste así. Todavía lo recuerdo. 

¿Moriste?


Y la noche transcurrió como un tren que atravesó Siberia con todas las luces apagadas. 

domingo, 22 de febrero de 2015

El ardor (borrador)

Entra, al fondo habrá una habitación, en ella una pared roja. La reconocerás por esa palpable primavera, difícil de entender, pero que existe.

Debí saberlo, ibas a dejarme apenas llegaras. Apenas tu rostro volteando al momento de abrazarte. Con una bienvenida rota de ligeros pasos, escapando. Lo que no sabes es que no se trata de ti. A veces de mí tampoco. Es como un día de playa del cual te convences será lo mejor de la semana, y luego llueve de regreso a casa, y te crece una tristeza pequeña por el rostro y las manos. Logra partirte el cuerpo a las ocho menos cuarto,  y ya el sol, la arena, el brillo de las olas ha quedado olvidado para siempre.  Hay estas diminutas dolencias innombrables. 

Debí saberlo de veras, mi planta empezó a morir el día que apareciste. Mendigabas cenar conmigo en cualquier lugar a la hora que fuese.  Era raro ver como caían sus hojas en un pálido otoño interior. Antes de ti, la gente que venía a casa, siempre me felicitaba por ella. He logrado mantenerla con vida por más de dos meses. En un principio, a las personas que viven solas se les recomienda comprar una planta, después, si esta sobrevive por tiempo prolongado, está preparado para tener un gato.  Y ocurriste tú. Tormenta o sequía, todo optó por marchitarse como en oleajes, vendavales áridos que me dejaban otra vez con la boca destrozada, la habitación sucia, y la planta que con ahínco cuidé desde diciembre, agonizando.

Yo lo sabía, de cierto modo, no tenías que advertirlo. No lo hiciste, claro. Estaba dispuesta al dolor que vaticina tu andar de hombre concreto. O de hombre-animal.  Que es un poco lo mismo en especímenes como tú. Debería agradecerte en silencio para que no lo sepas. Me despertaste unas ganas locas de poseer todo nuevamente. Me hiciste querer volver a empezar en un mundo,donde no existas. Tenías una fragilidad paulatina a mi soberbia. Resistencia a mis ganas. Indiferencia a los hechos pactados. No pude dormir con el ruido estridente de tus palabras. Estar y no estar en el mismo espacio no cambiaba nada. Asumo que eres invisible porque no dejaste rastros sobre mi cama, ni un olor o caricia muerta. No se trata de ti. No quería dormir sola.  No quería dormir conmigo.  

Amaneció alrededor de las seis con veinte, hay una tarde blanca y limpia afuera, como en las costas donde vive mi madre. Me sucede un temblor en la punta de los dedos para llamarla, pero temo del mismo modo ponerme a llorar mientras me escucha. Sabrás, solamente me dejaste un ardor dentro y fuera del cuerpo.  Superficial. Crudo. Mudo. Eres un ardor, y no hay más que eso.

El sol es grande como el sur de mi abuela. Y las cortinas se inflan de aire en las habitaciones. La gente les mira imaginando un pulmón, una sonrisa o un vuelo abierto.

viernes, 5 de diciembre de 2014

"En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte"



No sé tú, pero pareciera hoy, miércoles, con el sol arriba, que sucedimos hace tiempo; como una bandera que ondea cierto día de abril, y  después llueve, y un país se corrompe o entra en guerra. Estaba planeando dejarte marchar como si fuese posible que la tarde transcurra desde unas pestañas grises, y si dentro de cada día existiera más luz en las calles, y si ya no pudiese advertirte desde el principio. Y que tú me creyeras.

Ya no tenemos corazón o sitio de taxis en madrugada. Se derrite en grietas, como charcos de ambos. Y ni los niños tienden a jugar con el cuerpo tuyo ni por curiosidad, cuando amanece. Te disuelves en imágenes no capturadas minuciosamente por vagos, quienes pudiesen tener más amor en las venas que tú. Vertidos en alguna medida de ginebra y tú en cerveza o regaliz, o la cosa dulce a la que olías. Todos estos momentos inconclusos: Desnudez porque sí. La desnudez sin motivo es la peor de todas. Es luz matutina que baña los ojos. Por ejemplo, tú, caminando en bóxer hacia la ventana,  con lo bonito que te veías. Y ya casi no interesa ser tan ajenos. Me gustaba la idea de construirte un templo o una casa. Algún lugar, donde yo pudiese ser sencilla, hablarte, leerte, quererte imitando una necesidad rutinaria. Quiero decir: como un pretexto ante tantas bocas o manos sobre nosotros. Antes y después de nosotros mismos. Ni yo lo entiendo, ya ves.

Haré una apología sobre mis actos solamente para prolongar la huida. No recordar el mutismo mientras te escurriste por las escaleras. Tiene sentido echarte de mi casa a las diez de la mañana. Decirte bajo las sabanas: A ella la quise mucho, y aun la quiero, pero lejos. Abrazarte porque era un adiós definitivo, en el baño; significaba la permanencia de tu piel en algo más que en mi cara. Tu calor en mis manos. Desearía que recuerdes que te advertí desde el principio, bromeabas pronunciando el temblor repentino en tus piernas. Mi crueldad le es fiel al tiempo. Y no me creías. Siempre tengo el gatillo esperando jalar. El borde de mi cuerpo como un abismo donde tienes que saltar para salvarte.

A veces no se salva nadie, ni la soledad de volver a la habitación sin ropa. Sin ti. Sin la esperanza de nuestra autonomía dolorosamente libre.Estaba planeando dejarle el trabajo a la coincidencia de los bares en diciembre. Que regresáramos el cassette como no haberte dicho nada sobre mi pasado o mi violencia febril, poderte nuevamente advertir desde el principio, y que me creyeras. Y que tú volvieses a ignorarlo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Mi mamá dice que moriré sola.

-          Si me acuesto con la pareja de alguien, quien es cercano a mi familia, incluso de mi familia, o simplemente alguien importante para mí, un amigo, no sé… ¿Eso me convierte en mala persona?
-          Depende.
-          ¿De qué depende?
-          De tus intenciones.
-          ¿Cómo hace eso la diferencia? Lo hiciste y ya, es un error. Una traición.
-          Hay gente que se acuesta por mera inocencia. O por lascivia.  O porque puede.
-          ¿Por inocencia? Eso es bastante indulgente ¿no te parece? Por lascivia, bueno, eso lo entiendo. Desear sin detenerse, sin analizar bien quién es la víctima. Porque hay situaciones privilegiadas. Momentos perfectos.
-          A veces son pruebas. Si las pasas, pues, eres otra persona. ¿Te ha pasado?
-          Sí. Creo que soy bastante inocente si quieres verlo así. No sucede mucho más que besos, tomarnos de la mano, estar a centímetros de su boca y, si es muy riesgoso, no besarla. No puedo parar, más si hay alcohol de por medio.
-          Entonces no bebas cuando consideres que hay peligro.
-          Es que no debería haber temor a los límites. Tendría que haberlos sin recurrir desesperadamente a ellos. Como las fronteras. Te piden visa, tu puto pasaporte. Con tristeza me doy cuenta que, a veces, es muy sencillo encamarse con alguien, con el vecino, tu primo, el marido de la amiga de tu madre. No he llegado a hacerlo, pero no me hubiese resultado difícil. Y debes entender que no sería solamente mi responsabilidad.
-          Lo harías con mi esposo, ¿por ejemplo?
-          No.
-          ¿Lo has intentado?
-          No.
-          ¿Te sería fácil? Pequeña puta…

-Silencio de medio minuto-

-          Es posible que en las condiciones adecuadas, sí. Y es lo que más temo.
-          ¿Qué cosa?
-          El odio de quienes amo.
-          Has dicho “sería fácil”, en cualquier circunstancia, te das cuenta lo ofensivo de eso, ¿cierto?
-          Sí. Pero tú empezaste, me has llamado puta. Lo cual, afirma mi teoría: Me convierte en mala persona. Socialmente, y moralmente hablando.
-          Y, ¿eso es tan importante para ti?
-          Sí y no.
-          ¿Ah?
-          Sí, porque no soy mala persona. ¿Me crees, verdad? No tengo sentimientos humanos viles. Me puede el dolor ajeno, tengo empatía. No voy a la iglesia, pero dudo matar a alguien o violar a un niño…
-          Qué cosas tan desagradables dices, y lo que es peor, te tienes en muy alta estima.
-          No quise decir eso. Me importa porque la integridad tambalea de una noche, y no se me debería juzgar por ello. No me importa porque al final, eso también soy yo…
-          Mira, tengo que marcharme. Quedamos uno de estos días. Y recuerda, las decisiones que tomes, cuáles sean, sostenlas. No te arrepientas. Porque eso te convierte en hipócrita.
-          Lo cual es peor que ser una pequeña puta…

-          Pero, por supuesto.

domingo, 12 de octubre de 2014

Texto segundo


Pretendo en somnolencia, silenciosamente, diagramas del ruido. Practico tu regreso con una técnica limpia que nadie me conoce. Hago memorias inocuas de otras épocas. Días purpuras o amarillos. Vaivén de canciones encerradas en elevadores con el estupor exacto que daba un brillo a las heridas, brindándoles un carácter límpido, impoluto y animal. Recuerdo tus ojos así, cerrados, los párpados oprimidos mientras la sonrisa roja delatora de tu alma, viajera del centro de la tierra. Palpitaciones saltarinas, llevándolas a cuestas. Sellos sobre la piel como culpas dermatológicas, si estas quedaran posibles. Primigenia de lunares clavados como abismos dulces; epicentro de tu espalda. Siento aquí tu presencia hiriente en sus caprichos. Te recuerdo, Antonio, quedándote dentro, suponiendo vestigios tempranos. Y desgrano tu voz como si fuese una certeza de semilla germinando en mi conciencia.  No hay mucho de cierto donde no te encuentro. Y si te buscara. Y si llegaras otra vez, emergiendo cíclico desde la espesa neblina nocturna, nuestros vicios a distancias exactas para no morirnos de una vez. Debes tener imágenes recurrentes; por ejemplo, mi cuerpo convulsionado cuando concibe madrugadas acuáticas desbordantes a, por y para las manos tuyas. Esas que desdibujaron curvilíneas, midieron modulaciones a través del tacto, y firmaron la textura de lo blanco cuando respirabas como un caracol fluyendo en mis oídos.  

A veces te extraño y, las piernas que amaste cuando decías “Oh, por Dio-s”, y yo; hacemos de cuenta a que estás, hacemos de cuenta a que sigues en el sitio acostumbrado y repites mucho el nombre elegido para que me evocaras. Pretendo tu inteligencia. Ni la necesitabas. Antonio, cuando vuelvas voy a dejarte  morderme lo que quieras. Añoro las cicatrices que no hiciste, tu ternura cuando te hablé de la cirugía, mi larga cicatriz, y tus dedos sobre ella. Querido, mi vida fluye inevitablemente hacia delante. Y no vuelves. No lo harás nunca. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Texto primero teorizando sobre mi amor al hombre.


Siempre me pareció algo muy loable y sensato que me quisieran con medida. Poseer cintas o correas, ya fuesen en forma de teléfono, direcciones (electrónicas o no), llaves y departamentos, fechas y aniversarios. Hasta la esclavitud de mis cuadernos: Sí, había –hay- suficiente en ambos, para tapizarlos de besos o mugre. Manchitas de café o salsa de tomate sobre el papel. Barcos de grafiti, los vamos abandonando por doquier en nuestra vida de parias. Contienes fuego en ti, Antonio. Mauricio. Gerardo. Manuel. Es la verdad incompleta que comparto contigo; no hay absolutismo en estas torturas. Tampoco es intercambiar respiraciones profundas dentro del mundo. Todavía en distintas latitudes. Imagino tu llegada y tu venida, nuevamente. Hacerte trizas desde ángulos variados. Quiero decir, es cierto: te gusté  porque sí. Sucede como en las utopías o un puente supuesto a caer.  No nos pertenecemos. Tal vez pudiésemos, si todo volviera como en el eterno retorno; un rehilete riéndose en sí mismo. Repitiéndose. Tragándose desde sus brazos. Hasta el final de los tiempos. Creí encontrar en ti y en tonalidades blancas, como si en la saciedad durmiese la ternura de lo suave. Amor, cariño todo lo que dices inventando palabras estruendosas, tempestades húmedas de colores. Pudiésemos conversar en la perpetuidad tuya, eres multitud; ecos sordos. Aún no descifro tu levedad; la sostuve entre mis manos como un desierto colmado de cruces. En todas yacían esperanzas de abismos engendrados en mi voz. Ojalá me quisieras como te quiero; apenas. En mí condeno la aventura. Me llena la visceralidad de tus actos crueles. No estamos y eso lo sabes. Te espero en la ventana o en el buzón. Aunque todas las citas sean inútiles. Lo es esperarte a ti, y a cualquiera. Voy a crearme amores donde solamente halla automóviles, calles, faroles, camas desordenadas, cenizas, exilios, pero una boca como la tuya; real, dura, de hombre.  



martes, 16 de septiembre de 2014

Texas, baby.

Lo que queda de ti después de la luz, después del destierro acurrucado en nuestro murmullo; es una silueta desvaneciéndose o mimetizándose con el vacío. Quisiera llamarte por tu nombre. Lo hice aquél día, cuando me dejaron sola en casa, y lo habías rogado durante semanas. Si me importara más que las especulaciones. Ahora te has ido como la noche de viernes. Ojalá mi voz te haya penetrado el oído y las entrañas. Así, cuando resuenen tus pasos, me llevarás a cuestas como un eco crudo que se repite temblando desde tus pies; hace nido en tu abdomen, como la ansiedad de sentirse con ganas, y luego regrese a tu cabeza donde repites mi nombre: Ofelia, Ofelia, Ofelia Waltz.  A veces me dejo estar hasta que dueles.  Mis piernas te echan de menos. Desoladas. Pareciera que tu boca ya había engendrado a raíces sus garras. Dejaron la piel marcada, y para siempre. El símbolo de tu perpetuidad en mis gritos es una mancha amarilla. Se resbala por el vestido blanco, aún desconocido por tus dedos. Estás, querido mío, y no estás. Todas las conjugaciones: Estás como tiritando en la nada. No te conozco lo suficiente para extrañarte, y sin embargo. Marco una línea imaginaria en el suelo, como midiendo tu ausencia. Como recordando tus palabras después del sexo: al parecer voy a irme de viaje, Texas, pero intento llamarte. Y como fui lo suficientemente idiota, me reí. Tú te reías igual con el acento que estoy aprendiendo a medias. Estoy acostumbrándome a su violencia. Habituándome a su lascivia. O a su goce. No podría decir que me quieres, y me agrada lo mismo que lo detesto. Era una niña mimada después de ella. Todo amor después de un tiempo, es un vestigio que alguien abandonó una tarde de juegos, por desidia. Por lo que quieras tú. Al día siguiente no supe nada de ti. Tuve miedo. Tanta humedad en una oficina. Sabía la vacuidad de los actos nuestros, pero tú te reías, respirabas, sonreías, iluminabas, mordías, gemías. ¿Qué voy hacer contigo? Te imagino de vuelta a México con la sonrisa partida refutando mis cuestionamientos; Texas baby, era Texas baby.

lunes, 25 de agosto de 2014

In a sentimental mood IV


Para que este truco de magia funcione, tendremos que repetirlo. Que el bar esté a la vuelta de Bellas Artes Línea B. Sentirse lo suficientemente simpática para agradarle a todos allí. Recibir esos aplausos. Llegar justo a la hora del mariachi. Ya, ya, el mesero te reconoce.  Creo que sabían que volveríamos al caer la noche, porque la inhibición se había quedado en el mirador de la Torre Latino, colgado de las rejas. Al parecer gritaba, pero esa estridencia es común en esta ciudad, nadie la ha salvado. Tantos escalones de emergencia.  Risas, tanto Waltz en cines o museos.  Como si la urgencia, si tus manos me quisieran ahora, la desesperación de un rompimiento , un cohete detonando en el cielo, o un beso. Los besos: Todos somos adictos, a estos fuegos de artificio*. Me gusta la idea de hacer feliz a alguien. Si tal cosa fuese posible. Con esa responsabilidad de la fragilidad humana entre los dedos. Me gusta jugar a ser un Dio-s que todo lo cumple. Creí amar tu debilidad. Es otro juego de soberbia y egocentrismo. Ensayo estas caídas, mira, te beso porque es posible. Porque eres indefenso, porque hay alcohol suficiente. Te beso porque puedo. Mira, mírame otra vez: No significa nada. Estoy a punto de herirte y no me detengo.  Escogí esta canción en el barecito a costa de mis pies. La bailamos mucho para que creyeran que te quería, si había algo verdadero en el teatro interpretado. Que, tal vez, llegaríamos a casa, y haríamos un amor sincronizado, de olimpiada y medalla. Ya sabías tú que nada tenía de cierto. Iba a tomar el metro a las diez. Iba a dejarme caer. Marcharme. Desistir de ti. Volver a danzar como lo hice en los andenes. Es que no entiendes, es necesario: son miles de explosiones en tus ojos haciéndote un acto de fe. Solo para olvidarnos, de estar adentro o afuera de la vida.  Ahora, si crees poder soportarlo, volvemos a empezar. El ritmo de la acera te dice: un, dos, tres. No me odies si no te recibo los poemas a la mañana siguiente; comprende, fue solamente esto: Una sonrisa, un guiño, Coltrane. Una coreografía donde se oprimen párpados al final, creando pirotecnias imposibles. Para que funcione, vamos a imitarlo de esta forma: Noche, cariños en la mejilla resbalándose por el suelo. Estoy. Ya no estoy. Anda, mi niño sentimental. Cuenta hasta diez…

martes, 8 de julio de 2014

Here. Now.



This road is hard and wild, but it brought me to your door- I'm here now/Motopony


Jaltipan de Morelos, Veracruz a 29 de Junio de 2014

Les dejé una botella vacía de tempranillo, un vaso, con una cantidad de mililitros que no supe calcular. Dos corazones rotos. Platos sucios. Las huellas en la acera. Merodee el jardín de manera discreta, con cierta oscuridad que deja el dolor. Debí quitarme las sandalias otra vez. Debí. Arruino como siempre el momento perfecto. He estado pensando en el escrito que nunca comencé, el que hablaba de los trenes, de la infelicidad de Isabel, los tíos que murieron de hambre. Supongo que tengo miedo. Tengo miedo como ahora a las partidas. Imagino que la vida tenía que ser así. Las piltrafas en las que nos convertimos en las separaciones. Lo grandes, llenos, lo vivos, lo esplendorosos que somos cuando volvemos a estar juntos. Tengo miedo en lo que he de transformarme, si de pronto me encuentro sola con el silencio de las palabras que escribo. Su silencio es el de cristales rompiéndose en los oídos.  Todavía no sé cómo nombrar estos dolores. Podría quedarme quieta –otra vez- por muchos días.  Pienso que uno de estos días lo escribiré: El verano llegó de formas tan violentas.
……….

Siempre me ha parecido increíble cómo una  puede ser tan feliz y tan desdichada, todo, al mismo tiempo.
……....
México, D.F. a 8 de Julio 2014


Pienso en ti lo mismo que en un tiramisú. Me humedezco los labios impertinentemente.  Saboreo en mi boca la suavidad de su textura. Impido a mi cuerpo los impulsos de algo que está en el pasado o en el futuro, donde sea, pero sin mí. En otro sitio donde es presente, pasado, futuro. Ahora. Luego recuerdo que estoy a dieta, y que debo pasar de los azucares. Malditas tendencias sociales. Algo así como contigo. Recuerdo que estoy esperando que  la vida suceda de maneras más insospechadas. Y menos dolorosas. Estoy haciendo lo posible por caminar a ritmos más felices.  Una ciudad abriéndose para que la habitemos. Una voz que se quiebra a las 2:00 de la mañana. Sabemos que los corazones se rompen fácilmente, pero aun con todo lo que sabemos, cariño, pequeño niño, no nos detenemos. Y por qué habríamos. Imagina la embriaguez de dos soles colapsando. Me ocurre pensarlo aunque esté positivamente segura de la ingenuidad en ese acto. De la nada y del vacío que le vendrán a los días. Lo mismo como si estuvieras aquí o aquello prohibido en la nevera frente a mis ojos. La clara diferencia es que a ti quisiera llevarte bajo las luces mientras llueve, y te hablaría en tres idiomas diferentes.  Todos te dirían más o menos cosas similares; qué bonitos tus pies porque te trajeron hacía mí, y tus manos, y tu boca, y lo que no conozco todavía que te construye.  Luego recuerdo que no tienes nada dentro y regreso al principio de mi idea; cuando llegue a casa un tiramisú., un tiramisú. O tú. En una de esas ocurres tú. Como si las dobles vidas funcionaran.

sábado, 17 de mayo de 2014

Cenizas en las piernas #1




Me has visto beber té, fumar, desvestirme. Costurar tus pestañas con mi saliva. Aun así sigues preguntándote en tu juventud si la razón para estar uno frente al otro sin decir mucho, como olvidando, como pretendiendo, como queriendo saltar al precipicio de nuestros cuerpos, como si así reparáramos las soledades que nos ha dejado el alcohol. O el tiempo, y la distancia. Y los portarretratos con manchas de sol. Si todo esto cariño, pequeño; pequeño niño, si la razón tiene importancia. Sé que posiblemente la que se lo pregunta soy yo. Busco incesantemente conversaciones que no me aburran. Pero sólo logro el vicio, las preguntas. Torturarme. Logro hablarte de las uvas de Francia como si supiese algo diferente que intentar sostenerme cuando ha caído la noche. Hemos bebido tanto. Y agua. Es que todo me hace trizas. Te olvidas que siempre estoy marchándome a algún lugar que tú no alcanzas. Por las noches me invita el aroma del tabaco y tu perfume ordinario. Me atrae porque también es una herida. Una herida nueva. Casi tiene el temblor de unos labios. Como el de nosotros cuando besamos, cuando hablamos, cuando bebemos otra vez. Me temes como un pájaro a la altura y que siempre ha vivido enjaulado. Me has visto llegar con la espalda desnuda. Un gesto de vago que estoy aprendiendo a destilar entre tus manos.  Te vi apagar la luz despacio. Cerrar la puerta. Sabiendo que quería tanto desgarrarte. Te he dicho que me dejes salir. Que a lado se encontraban nuestros amigos. He observado tus intenciones. Te dejé besarme a las 23:45. Luego he querido llorar.  O perseguirte. Todos se iban en nuestro inconcluso juego de manos. También escuchaste mis cuentos de fugaz y amantes. Ya ves, a veces no puedo controlarme en mi ego necio. No es nada. Me estoy muriendo de ti y de todos. Hay noches como esta donde las callejuelas están muy solas de nosotros. Sin recuerdos. Ni la textura de tu piel que no se me olvida, como si realmente me importara tanto. Como si no supiera que no hay utilidad en tus sonrisas, ni en la indiferencia que predicamos ahora. Como si no fuera a irme. Te he dicho que me dejes salir de esa habitación. Y no lo haces.  ( …)

domingo, 9 de febrero de 2014

Días y días

Quería decirte algo importante. NO estoy escribiendo. Quizá lo esté haciendo, pero sin darme cuenta. De otra manera. Tal vez por fin me deshago de este sitio -otra vez-. Pero quería decirte que intento que todo pase. Volver, volver pero más feliz. Para siempre. Quería que no olvides que existo. O que existí una vez. Qué encendiste una vela para leerme mejor. Una vez tuviste el valor para encontrarme. No creas que es muy trágico. Posiblemente ya me encuentres en unos años en las librerías o sin el miedo a los autos vagando en bicicleta. Aun no logro superarlo. Creo que he asumido que tengo miedo a mucha cosas absurdas. Sea cual sea el desenlace, deberías despedirte mí. No te preocupes que no voy a olvidarte, todo sucede estos días como en esta canción de Matt Walters.


lunes, 27 de enero de 2014

Lo mal que te deja ver una película de Richard Linklater


Encuentra un motivo. Cualquier motivo. Bailemos Just in time con Nina Simone. Haz que sea el momento preciso, crea en mí esa duda insípida. Matemática. Producida. Echo de menos un palpitar que nunca supe descifrar del todo. Era como disfrutar el voyerismo de venir a este lugar. La verdad es que sólo quiero sentir algo de calor. Necesito sentirme amada. No de la forma en que me ama él. Se despierta pidiéndome que hagamos el amor. Carajo, yo únicamente estaba aburrida. También tú me echas de menos ¿cierto? No me conoces. Pero es como si lo hicieras. Es mucho más real que ese tipo que me despierta con besos y quiere arrancarme la ropa diez veces al día. Tú me añoras. Por eso vienes todos los días. Como si quisieras llegar a mí, al leerme. No es como las fotografías. Uno puede dejar morir al que capturamos. Su futuro no nos concierne. Bueno, no me he muerto. Ni te he olvidado. Probablemente no nos publiquen. Bailar a Nina Simone por estos días no tiene nada de literario. Quizá lo han explotado tanto como nosotros. Qué mas da. Diariamente hay conversaciones en lugares casuales. Sexo. Callejuelas con olores fétidos. Más parias o gente que no sabe ni lo que es. Se muerden la boca mientras comentan que salvaje es el viento. Un pretexto para estar en casa. Paso días en casa. A veces con compañía y otras en el suelo de la cocina. Hoy revisamos la correspondencia y no pude hacer llegar a nadie lo que escribí el domingo.  No es que sea importante, habla de la soledad y de mis voces. De regalos. Cartas desde Angola otra vez. Nostalgias que me permito sentir solamente por aburrimiento. Imagina que en dos mil ocho todo esto tenía sentido. Era valido nuevamente sentirse profundo y perdido. Podías manejar las circunstancias. El alcohol lo hacía soportable hasta el punto de la relatividad. Qué puedo decirte ahora. Me acosté con quienes me lo propuse. A veces sin proponerlo. Estaban en los cuartos, en las azoteas, debajo del puente, en el salón de fiestas y no querían más que eso. Y una siempre quiere lo mismo. Degradaciones necesarias para tirarte de un edificio. No salir en días. Cambiarte de ciudad cada vez. Just because. Constantemente no siento las horas. Necesito que me corrijan el estilo. Y un trabajo. Es que ya no hay vino. Lo quiero para charlar contigo. Tomar valor para enamorarme lo que dura una canción de Nina Simone. No te preocupes porque ya no soy lo que era. Encuentra la manera. Búscame.  Quiéreme.  Un motivo. Cualquiera.

lunes, 13 de enero de 2014

Pues aquí afuera del hotel, triste, como siempre.


Mi vida se había convertido en repetir pasillos. Andamios. Corredores, pórticos. Tenis sucios, jeans con mas de dos puestas. La muchachita con la blusa de anoche y de la mañana siguiente. Sin embargo el olor era siempre dulce. Como el invierno; comida caliente, más calor debajo, colación y abrazos. Tomaba un colectivo por la mañana y otro por la tarde. Todo dependía de las despedidas. Días cortos demás. Junto a las plazas. Mucha gente te conoce, no entiendo porque si no tienes raíces. No tienes casa. No tienes nada mas que tus maletas en la habitación. Dentífrico en el baño. Esos jabones huelen que horrible. Es que tienen el aroma de la culpa. No dormiste en casa decente, dicen. A mi me podría agradar completamente esta situación. O podría odiarlo. Pero tenía,  antes que nada y después de todo, un romance con nuestras siluetas abandonando el cuarto de hotel. Sombras dejando ese lugar varias veces al día. Desayuno o cena para sonreír y reflejarnos en la cerámica. Dibujitos sobre la comida. Qué tierno. No maduramos nunca. Reírnos con películas insignificantes. Y ese momento de partir. Era un pasillo largo, no había escaleras. Un rostro triste que se cae de la felicidad. La recepcionista ya me deja pasar mucho tiempo. Sin preguntas. Creo que le agrado. Ojalá que entre su decoración de los indios Cherokees incluyera un tocadiscos. Bailaría para ti junto Stephan Grapelli y Django Reinhardt, my stardust melody. Ya me apropiaria de la mecedora y pondríamos libros para que fuese más nuestro lobby que del público.  De puntitas hacia las calles que se incendian. Mi vida se había convertido en soles de medio día. Calendarios de Vincent Van gogh, fechado 2006. Travesuras. Y no entendía porque a los veinticinco me seguía partiendo en dos estar afuera del hotel, verte subir al taxi. Despedirme otra vez como una melodía cotidiana y de soledad. Tan absurda, como la retorica de Woody Allen. 

lunes, 6 de enero de 2014

Natalia Lafourcade - María Bonita




Feliz cumpleaños a una mujer que fue y es 

siempre

importante para este lugar, y para mí. 

Te haces mayor querida mía. 
María bonita. María del alma.

jueves, 2 de enero de 2014

Canciones de mar e invierno




[Volvimos de Veracruz, llenos de música y colores. Y nostalgia]


Quería que supieras principalmente tres cosas. La primera es que extrañaba esta casa como no lo sabía. Lo sé ahora. Son todos estos recuerdos que tenemos. Que hemos construido como la decoración de la casa; y van por ahi colgados de los libreros para tenerlos presentes. Tienen su propio pulso. Si pones atención y acercas tu oreja a las paredes. Es casi un ronroneo donde se acercan las olas del mar y alguien cocina con cariño antes de que despiertes. Ruidos de cocina, juegos de té.  Utensilios varios o platería corriente. Y risas. Lo supe de inmediato. Es quedarse apacible, sin movimiento, solamente escuchar. Y es que al final hay un definitivo silencio.  Éste, de nuestras maletas, ¿lo entiendes, no? Tiene que ver con los andenes y las lucesillas de la noche donde no decimos nada. Queda melancolía de marcharse interminablemente a no sé donde. Supongo que a veces quisiera quedarme, como si tuviese sentido, como si hiciera falta. Si mi presencia fuese requerida como el agua de día. Pero que fuese imperceptible como la música de las raíces que no vemos pero existen. Con la pertenencia de estar aquí otra vez. La misma fugacidad. Quería que supieras que todo vale la pena porque estaba contigo, y con ella, y con él. Nuestro caos era más habitable, menos expandible. Asumo que es esa felicidad que soñamos en las manos. Eso es lo segundo que quisiera que sepas. Que he sido muy feliz. No me mal entiendas. Lo soy generalmente estos meses de gloria. Es como habernos rendido y abandonar por completo a la vida. O expresamente lo contrario. Ser la vida. Respirar una y otra vez para darte cuenta que por fin es posible ese oceano en calma. Fluir. A la velocidad de una gota de miel por la espalda. Un tema de Neo-clásico o Mark Bradshaw amaneciendo dentro de un florero. La tercera cosa es que, lo siento. Siento todas las veces que hay dentro de mí un tumulto incontrolable de voces y locuras. Es un torbellino aisaldo que sólo sabe alimentarse o matar. Es un fuego. Una caída. Una explosión. Supongo que a veces quisiera cambiarlo todo cuando amanece. No comprendo la desolación en esos segundos desesperados. Entonces necesito dormir terriblemente durante muchos días hasta que sane. Me desprendo de mí. Cambio. Por todo lo demás, seguramente, olvidarás esa vanidad ebria de nuestras tardes y noches. Toda nuestra palabrería se desvanece y volvemos a comenzar. Charlas que duran horas y amanece. Hoy amanece otra vez. En otra parte. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Algunos encendedores



No es mucho, ni demasiado, ni poco, siempre. Es el frío. Son las azoteas y los fuegos artificiales a lo lejos. Alguien juega con el ardor de la respiración, como si fuese una fruta a punto de reventar. Tiritamos. Temblamos. Nos abrazamos. Es la primera vez. Y la última. Alguien juega, te digo. Sucede en los viajes de verano o invierno. En otoño siempre fracasamos, de alguna forma. Con una melancolía y soledad volteamos la vista. Saboteamos ese encuentro furtivo con los extraños. No es mucho, pero a ellos nunca les importa. Si conocemos la suerte y la voz. Si sabemos esperarlo. Ese latido. ¿Entiendes ese latido? Si te digo amor dentro de dos horas. Es mentira. Es que no siento nada. Es que me he estado marchitando. Calculo la temperatura de tu piel, es helada, como la carne cruda. Saturnina y casual. Inalterable; porque no somos importantes. Me conoces. O es que no lo haces. Somos silencio de los días. Esas cosas también vienen. Vives de tal manera que no te alcanza ya ni para contárselo a nadie. No recuerdas, incluso, ni haberle dado tu nombre. Pero lo tiene. O lo tenía. Calculo que solamente pasaran unas semanas para que lo olvide. Recordará el dinero gastado. La boca mordida. El desazón del desvelo en una oficina. A lo mucho hará una canción debajo del escritorio.  Guitarras insolubles porque es un dato que te dieron. Él toca la guitarra y estudió en el Conservatorio nacional. Ella es sólo ella, y a veces escribe. Te debieron decir eso. En cambio soñaban con una no-certeza de la cual me deshice. Todas las pretensiones en una copa de vino para que ambos tuviésemos que ver. No lo recuerdo bien, todos hablaban de una cosa y otra. Mi padre me callaba. Tú y yo fumábamos dentro de nuestras bocas. No es que me importara. Nunca es eso. Mandarte al carajo a las seis de la mañana. Quisiera entenderlo yo misma. Hay conversaciones que perduran y algunas que no recuerdo. Siempre la oscuridad en medio. Bruma y mareo  como un medicamento que no pronunciamos. Me queda ese olor de extraño y un encendedor debajo de la cama o en el bolsillo. Y la seguridad de que fue tuyo. No voy a devolverlo jamás. 

Aunque tenga varios. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Mientras la ducha


Pensaba en ti con la garganta. Así como podría hacerlo con cualquier parte del cuerpo, y evocarnos colores diferentes. Un género musical brutal, los distintos  grados de las quemaduras. Lo hacía igual que si pienso en mi ex novia, la pienso con las uñas. Una blancura y pulcritud siempre en sus uñas. Qué desgarrador romance tenerlas en mi boca. Tenía esa incómoda situación de sus dedos. Prolongaban una promesa de mordida dactilar. Y al arrancarlas, era una cruda consistencia, la de carne dolida. Era habitar el tacto. De otra manera. Con los dientes. Si pienso en otra persona, podría decir que lo hago con el cabello. Él ama mi cabello. Yo detesto el suyo. Qué horrible manera de llevar esos pelos rígidos como si enfrentase una guerra. Algo o alguien está por caerle sobre la cabeza y aquél necesita ser empalado. Podría continuar a destazarme en cada historia. Vienes a mí con esa idea de llevarte conmigo; introducido, dentro, abducido.  Inevitablemente digerido.  Te pienso con la garganta como si cargara tu sabor, como una asfixia. Un latido. Un corazón. Una daga. La asfixia. […]

viernes, 22 de noviembre de 2013

All your farewells*

A murmullos por la casa. A tientas. A ciegas. Irreconocibles. Estoy con él, le hablo de ti, me mira como si fuese un sueño. Dormido. Me mira como si no existiesen los años atrás. Ni los años delante. Como no me miraste, ni lo harás, nunca. Es mi hambre. No sé si lo entendiste. Si tomaste lo correcto de esa salvaje ocasión. Jamás es la persona que tengo enfrente. Siempre es más dentro. Más. Cautivar. Habitarse. Contar en mi mano los dedos tuyos. Serte. De otra forma. Decir; hay tiempo suficiente para sabernos. Cómo resultamos en la mezcla. Y qué construiremos esta ocasión sin que vuelvas a perderme. Tal vez regrese este invierno. Me quedaré para siempre.  No sé si conoces este camino que me llevará a tu lado. No es estar a tu lado. Son destinos que irrevocablemente tienen que cumplirse. Lo sabias antes que yo. He llenado mi vida de profetas. Todos se han marchado dejándome aquí. Aquí.
                                                                                                                                           Aquí.
                                                                                                                                                        Aquí.
Afuera. A gritos en el baño. A rasguños. Es una dulce desesperación que las dos reconocemos. Amarla a ella. Que sepas el miedo de su distancia. Conoces todos los llantos y todas las caídas. Sin embargo no te sirve de nada. Estoy con él. Te recordamos. Quisiera correr a decírtelo sólo para sabernos en la cotidianidad de la vida. Qué gracioso no haber hecho todo lo que dije. No ser inmortal en tus manías. Llenarte el oído de palabras sin dolor para qué. Ya sé, no te causo dolor ni repulsión. Quién sabe qué será más ofensivo. Ojalá tuviese la necesidad de ir hacia ti de nuevo. Como alguien que camina atrevidamente hacia el mar con los ojos cerrados. Sin vértigo. La arena se encuentra entre tus dedos. Como todos los recuerdos, te tengo en un lugar inaccesible. Recóndito. Paseos que no hicimos. Besos imposibles. Son fotografías mentales que no lograron capturarse al final. Tengo todo tu silencio, querida. Tengo todos tus adioses dentro de una caja de cera. Esperando el calor. El verano. 

*Título de una canción South San Gabriel/Centro-Matic


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Eat





Gracias a Martina
por decir que mi mejor escritura
 proviene del estómago.



A veces no como, por mera enfermedad, por decisión. Me resisto a comer, hasta que me mareo y estoy tan débil y me siento viva en serio o siento venir lo contrario. Entonces veo una película para olvidarme o hurgo en mi correspondencia vieja. Entonces quiero llamarte y que me quieras otra vez. Entonces quiero ponerme vestidos blancos de botones, sin nada abajo. Que la piel no solamente se insinúe, que se revele. Qué puedas tocar el vestido y tocarme hasta la eternidad. Que puedas sentir mis huesos, que puedas casi fracturarme el cuello, y luego puedas hacerme el amor con ese terror de haberme perdido una vez.  También hay días donde se eligen muy bien las especias. Esos días comemos. No sabemos de donde venimos, pero las especias, sin embargo las especias con sus aromas de Estambul o de Chipre. Tengo la pretensión de inundar la casa con una benevolencia tal, con el hambre, con la certeza de ser felices en cuestión de minutos. Desvanecernos hacia el piso y hacer tu nombre con humedades desde la boca a los píes. Inundar la casa. Inundar la casa, mi amor. Y yo que tanto amo apetecer. La sequía arrasando unos labios. Lo plano del cuerpo que no ha sido alimentado. Adolecer en la muerte de uno mismo. No entiendes cómo puedes soportar tanto sufrimiento.  Sufrir es una famélica llama que no puede apagarse, y siempre busca seguir viva. Hoy entiendo ese enigma de la voz. Tu debilidad. La fragilidad de la vida, lo delgada de la línea entre irse y quedarse. La gente es delicada, dice mi padre. Así. Ahora tengo el estómago vacío. Me siento delicada como una flor blanca debajo de tu pena. A veces no como para sentir el cuerpo flotar. Como si fuese posible. Nada puede alimentarme como esta orfandad, la música de bar, de lejanías, de echarte de menos. Una música como el sabor a estar y no estar dentro del mundo. Algo que me diga que estoy más cerca del final. Como si la avidez  me llevara hacía ti. Y estar contigo. Qué puedo atravesar las paredes para estar contigo. Repetir este llanto, que casi se me rompen las manos de tocar el suelo. Y no estar contigo. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Panorámica


Aparentemente me he ido de todos los lugares; principalmente del corazón de ella. De las oficinas y los bancos. De las esquinas esperando mis ojos. Del colectivo de las siete de la noche hasta la escuelita del centro. Aparentemente me he ido, pero estoy más presente que nunca. Él ha vuelto para estar conmigo. Hay momentos de esas gentes; Abel al teléfono siendo las 13:40 o mi padre abriendo un vino a las 16:00. Una caminata que avanza como se me escapa la voz, y me como las letras de en medio. Saltando baldosas y charcos de octubre. Aparentemente está todo en su sitio. Nosotros somos felices. Existe la posibilidad de ello cuando observas fijamente las ramas de un árbol, y otra vez una humeante sensación desde la boca. Se le humedecen los ojos de verte. Pero es que no sabe que ya no estás aquí. Que has partido. Qué estás más lejos que nunca. Y más cerca, más cerca de todo cuando hablas. Nos movemos ligeramente. Podrías relatar la cotidianidad si quisieras. Una cafetería a las 9:00. Ojala ya no te hablara de música o de altos mandos. Guerras que hemos perdido. Ojala ya no tuviésemos que pasear por la ciudad hasta llegar al hotel. Despedirnos cuando se termina el día. Sin embargo sacas fotografías de cómo late tu corazón. Y yo pienso en un barco que te construiré para irnos al océano. Me llevaré mi cuadro de La habitación de Arles. Algunos recuerdos de países donde no hemos estado porque alguien creyó que era buena idea dejar huellas; decirte: estabas aquí, aunque México. Pensar tal cosa ahora es una monstruosidad. Pero creemos todo aquello porque anochece. Él sigue en su habitación rentada. Le habita al mismo tiempo, un tipo de soledad que es para llorarle eternamente. Para hacerle una serie de libros con pasta dura, de esos que se ponen en el Chalet familiar. Aparentemente ya hemos resuelto la vida juntos. Por estos días estamos tan dentro del mundo, y lo llenamos de extremo a extremo, tú y yo. No sé dónde.