miércoles, 31 de julio de 2013

Noches como granos de arena, Sr. Aldiss.

Había algo perfectamente claro; la historia tendría que comenzar de noche. La calle guardaría una cotidianidad vaporosa en su humedad, habría silbidos, aroma a tabaco o almizcle. Olores cuajados en la nariz de la gente haciéndolos respirar profundo o hacer gestos; aspirar y cerrar los ojos. Abrirlos. Se escucharía a Hoagy Carmichael y su polvo de estrellas. También se esbozarían saludos, como si la ciudad denotara un ir y venir de los ritmos; allí todos conocemos nuestros nombres. Como si al vernos, nos leyéramos en partituras previamente ensayadas. Tendríamos las escalas, y el lenguaje. De este modo, seríamos amantes de una complicidad no pactada y contemplaríamos la  belleza sólo con el hecho de comprar pan, té verde y cigarros. Aunque hayas dejado de fumar hace meses. Sería por mera costumbre o pasión por la decadencia. Porque tu boca ya aprendió a moverse de cierta forma, y tus dedos, y tu manera de caminar se asegura en el ardor de cenizas. “Estoy esperando a que algo se queme dentro de mí”, diría. Pedacitos del cuerpo esparcidos en ese curioso modus vivendi. Has logrado amarlo dentro del odio en su ejecución. A reiterar el vaivén de las cosas y los actos. Una desesperación por intentar la vida. Normalizar un poco, sentirse tan afuera y estar tan dentro. Y viceversa.  

En la historia habría mujeres. El mundo sin mujeres no existe. Sería una sucesiva vivencia de derrotas. Batallas de arena contra el tiempo. Espacios carentes de sílabas y tejidos suaves de la carne. Existiría la hermosura del mundo sin decirla. Pero ellas, estas mujeres, no tendrían nombre. No hay pronunciación en su existencia.

La mirada hablaría porque la boca no. Se limitaría a caminar mientras se hace del tránsito un baile. Las aceras, las cortinas que se van cerrando. El sonido del claxon porque ya son más de las siete. Apúrate, ven, dile. Se dirigiría entre elevaciones y ruidos. El ruido siempre. No es el del piano golpeando, no el saxofón, ni la guitarra. Hay crudeza en él. Intensidades. También lamentos. Distintos en su primigenia, pero los logra escuchar, puede mezclarlos. Rayan de la felicidad a la nada. De lo divertido al hastío. Y algo quedaría en su oído, como ecos. Las últimas frases de la gente. Adioses y buenas noches. O susurros casi “te espero en casa”, “no te voy a besar”. Y eso la fascinaría. Casi podría verlos danzando al llegar a sus departamentos y buscarse. Le encantaría el acecho de los amantes. Se haría feliz con eso.

Observaría detenidamente el sube y baja de los tonos. La percusión que suponen los pasos cuando sabe subir escaleras. Buscaría las llaves que nunca encuentra con facilidad. Entraría a su casa, saludaría al perro con un beso en la frente. Le diría “amor” como signo de algo. Las historias de gente triste están muy trilladas ya. Así que no sería ese el rostro de ella. Sería expectante. Siempre expectante, como devorar el mundo desde las pupilas.

Tampoco habría hambre. La gente dice que existe esa necesidad imperiosa de alimentar el cuerpo cuando realmente, no es más que la idea de satisfacernos. Somos unos adictos a esos placeres. Ella no tendría hambre esa noche. Para poner a trabajar la estufa encendería un fósforo. El olor del agua caliente empezaría a llenar cada habitación ¿se ha notado el aroma del agua hirviente? Se siente como la crudeza invadiéndote el olfato. Como un olor que casi no es un olor, sino una presencia.  Prepararía el té. Viraría la mirada a la cajetilla de tabaco sin abrir. Jugaría con las letras sobre el empaque. El sonido del celofán que lo cubre hace una música callada. Un tierno sonido de novedad y frescura. Pero la dejaría intacta. La colocaría en una mesilla sin limpiar hace un par de días. Tendría que haber estos de comida sobre esa mesa. Cuadernos, vasos, y un libro. Un bolígrafo de tinta negra. La ventana de junto sería amplia y estaría siempre abierta. Las cortinas tendrían un color oscuro para que el sol no entrara violentamente todos los días. Sólo una habitación al fondo. Un baño pequeño e incómodo. La nevera color amarillo pálido. Estarían pegados unos poemas allí, escritos a mano alzada, con borrones de agua. Cada que pasara cerca de ellos, los acariciaría con la mano abierta.

Se iría desnudando a media sala. Pasaría los dedos tibios por el filo de los muebles, rondando la cocina. Libros apilados sin leer, porque sí. Así abandonamos lo que amamos. Como un ejercicio de ruina y destierro sin motivos. Y el sonido de la soledad en los cuartos, la búsqueda del perro hacia su mano, beber el té lentamente. Armarían un escenario tal, que se quedaría el silencio resbalando finamente, como si no quedara en el mundo más que esa habitación donde siempre hay una luz encendida. Una cama individual donde a veces cabe ella, y el perro. Y hay un escritorio donde se encentrarían cajas llenas de correspondencia. Perfumes y cremas de tonos verdes. Todos a medio usar. Aún no llegaría a la habitación, es lejana y prohibida por meros recuerdos.

A veces se llevaría los dedos a la boca. Tiene ese rozar de las yemas como besarse a si misma con las manos. Los labios serían suaves y color no sabes si carmín o amarillo. No sabes cómo no serían unos labios no suaves. Dicen que son como acariciar las grietas en las manos o en las paredes. Te murmuran derrumbes sostenidos. Ella pensaría en ese derrumbe, si pudiera, con la continuidad del tacto hacia el cuello, el pecho, luego en retroceso a los hombros y los ojos cerrados. Hablaría de una comunión entre cuerpo y mente o simple deseo. Pero es una manera de sostenerse. De aguantar en la caída. Como detener una fuga de si misma, para no caer completamente todavía y sin indagar en el equilibrio. Lo supondrían sus manos.

Quizá sería nostalgia. Esa fiebre de enfermo que surge cuando se comienza el juego del cabello sobre la frente, y la respiración varía en cortarse o ya no tener más pulmones que llenar. Su andar sería pausado y firme. Necesitaría llorar o sucumbir. Sucumbir es morir un poco. Dejarse caer al suelo frío con el dramatismo de un chelo a medianoche. Echarse así como flotando en el aire, entre el cuerpo y el piso. Levitar allí en una tranquilidad acuosa. Sentiría que se hunde. Nadie iría a salvarla. Aguantaría la respiración, y nadie le diría que existe a la par el desplome y el vuelo. Y casi podríamos escuchar las explosiones de su corazón. Son revoluciones milimétricas que van haciendo saltar el pecho, y la harían continuamente hacer círculos con los dedos. Diría: “aquí comienzas tú”. Se respondería “aquí termino yo”.

El perro se aburriría. Intentaría revivirla a besos. No sabría desdecir las historias que le lame en el oído. Entonces sonreiría, también, porque sí. Le halaría desde quién sabe que sitio muy abajo, con los dientes, hasta que se encontrara otra vez. O volviese a levitar pero dentro. Como si ella fuese un globo de helio, y él, un niño. Aparentemente estarían ahí. Pero no. Ella navegaría entre intempestivas mareas. Como buscando perderse en ese encanto de la noche. La noche que es un piano. Habría que correr sobre él a grandes pasos. Sus piernas serían delgadas y ligeras. Él no la soltaría. Los movimientos serían lentos. Su cabello volaría entre el viento y el agua. Sería fría como la escarcha de invierno. Lucharía por alcanzar una ventana abierta. Y sería casi un sueño tal espectáculo; no se podría imaginar el abismo cerrado de su angustia. La humedad sería fina sobre su piel. El calor también se fugaría por la ventana.

Afuera habría luces naranjas como pequeños botones flotantes, jugando en su vida artificial. Tiritan si así lo queremos. En los parpadeos de ella, permanecerían como flashes diminutos. La noche continuaría su vida falaz más viva que antes. Se escucharían los animales rondando como una vida salvaje que nunca descansa. Sin embargo todo se asemeja a la mentira. Prevalecería un mutismo deforme. Como si ya nadie existiera. Y queda el barullo de las ambulancias, las alarmas de autos, alguien tocando una puerta que del otro lado nadie quiere abrir. Ese ruido prevalecería mientras logra el aterrizaje.

Ya no se escucha más polvo de estrellas o clásicos norteamericanos hace tiempo. Su cuerpo volvería cada vez a sí mismo y él la esperaría allí. Casi riendo. Saltando a los signos de vida. Respiraría de nuevo entonces. Se daría lentamente la vuelta para poder sentarse. Regresaría a ella misma casi con un cansancio de guerras perdidas. Tocaría la pequeña cabeza del animal, lo dejaría soltarla, se dejarían libres después del vuelo. Y dónde habría ido, se preguntarían. Aparecerían marcas en las muñecas, a lo mejor de aferrarse en el vuelo. Cierto es, la intranquilidad de la mente o lo contrario. La dejarían exhausta esas latitudes y habría que buscar refugio en el calor, otra vez. El del cuerpo del perro o de los espacios cerrados.
 Podría ser que entonces se dirigiera a la habitación.  Los pies serían más presurosos, justo cuando sólo es correr a los brazos tardíos de alguien que se espera hace siglos. Recogería aquella cajetilla de cigarrillos, esta vez la abriría. Tomaría uno, se lo llevaría a la boca pero no habría fuego que lo prenda. Esa sensación de humedecer la boquilla la sentiríamos con un sabor a papel mientras se habla.  La luz en el cuarto continuaría encendida. De nuevo serían los devaneos de la cabeza y las manos, tratando de poblarle la dermis de recientes caricias. La música se intercambia por canciones de pena, casi serían un consuelo para acompañarla a dormir. O el tacto. Como una bienvenida vienesa dentro de la habitación. Hay momentos donde parecería infinita y azul, como un océano abierto. Llegaría a la cama con el mareo, un retumbar de dolores en la sienes. Podrían observarse sus gestos fúnebres fácilmente desde la puerta. Se cubriría el rostro con ambas manos. Volvería la vista hacia aquella caja llena de cartas. Mantendría los dedos buscando algo en específico, haciendo muecas al no encontrarlo. Y a veces lo hallaría. Lo sabríamos por su faz de pronto, apacible.  Contendría una alegría que sólo sería comparable a una mirada. Esa dada a quien se le ha extrañado mucho. Alzaría esas hojas de papel de colores más bien oscuros. Amarillos ocres y marrón, también. Pero las llevaría hacia su pecho con extremo cuidado.  Sin ninguna intención de romperlas. Si no lo opuesto. La vida pareciera írsele allí. En esos trozos de papel tostado por el tiempo. Carecerían de suavidad a la vista. Los esparciría uno a uno sobre la cama, como un lecho de letras. Ordenaría parsimoniosamente estos símbolos. Toda continuidad es necesaria al dirigirse a su pasado. Que no pudiese buscarle más que entre restos y ruinas. Recovecos fortuitos si se deja caer de una vez. Esta ocasión sobre blancuras extremas, y una balsa. Se movería como un péndulo. Las cartas harían de manto hasta que lograra dormir, venciéndose en el crepitar de los sueños. El pequeño perro entraría a la habitación. Con calma y alivio. Se quedaría a la orilla, en espera, en guardia. Valiente y siempre fiel compañero. No le temerían al sueño porque es radiante. Lleno de humedad en las pestañas y calidez. Tanta calidez como un beso de abuela. Y dormirían los dos. Bastaría para dormir las demás cosas. La ciudad, el aire, la luz afuera.  Los aparatos domésticos parecerían por fin en hibernación. Las ventanas no serían más que ventanas. Los autos más que autos aparcados junto a las banquetas, y las palabras que ya quedan nada más formando tic tacs en los relojes.
 Ella amanecería a la orilla de la cama. Despertaría pensando que habrá un sonido especial cuando el autobús se estacione. Cuando gire de tal forma para que ella no camine demás. Que debería despertarse para ser escuchado. Qué existe para ser escuchado. Que hay una flaqueza en los brazos porque todo sabe a nada a las seis. Y todo pesaría, y no. A la vez no. Todo sería levedad como un parpadeo sobre los ojos. También sería una sordera. Obviaríamos todo lo que ocurre alrededor y sólo permanecerían los ruidos específicos que se  inventan a esas horas. Sabes esos ruidos; el rasgar de una uña, el goteo siempre tonto en el lavabo, cuando amanece, el masticar de las cosas. El trago viajando en la garganta. La enfermedad que crece dentro pero no se dice. Ya por la mañana, cuando todo dolería de una forma distinta, habría que admitirlo. Siempre tendría el nombre de una mujer colgando en la comisura de la boca. La enfermedad se llamaría “la otra ella”. Escribiría en una hoja de papel:
 Siempre es muy temprano para pensar en ti. O muy tarde. Continuamente dejo de hacerlo. Pensar, digo. Tengo una avalancha de ti, de mi sed de ti, de la conciencia inconforme. El amor siempre me pareció demás a la hora de pensar en la vida. No tienen que ver aunque lo tengan todo. Voy a corregir todos los escritos de una vez. Aún no me atrevo a decirnos, todavía no me acostumbro a ocultarnos tampoco. Me harás falta a la hora de corregirlos. Y de puntuarlos al final. Y desconcentrarlos en el medio. Manchar las hojas con húmedos y filosos placeres. Hasta que todo no era más que nosotras. La fiebre corrupta que es decir “nosotras”. La ignominia, el ardor, las habitaciones con mares dentro. Las cortinas que describiste como “pulmones de aire”. Nosotras. Ves, cómo amo ese pronombre. Cómo podría no amarlo.
Debo marcharme ahora. Tenía esta costumbre de irme a otro lugar. El perro está bien. Sigo comprando cigarrillos. Me los llevo a la boca por ansiedad. No te echo de menos pero, los vuelos son muy solitarios. No sé si me explique. Es necesario que lo sepas, no estoy comiendo bien y no sé si se relacione contigo. Ya deberías de saber que los recados son algo escueto y yo siempre extendiéndome. Hablando demás. Me dejaste esta terrible manía de contártelo todo. Adiós. Adiós ahora. Es tarde. Beso todas las letras. Adiós. Adiós.
            Dejaría el papel dentro de la caja, sobre la mesilla, en la habitación donde siempre hay una luz encendida. Se quedaría encogida de hombros observándolo un rato. Luego lo sacaría. Lo pondría en la mesa donde no hubo hambre la noche anterior. Un vaso transparente de vidrio, redondo y largo quedaría sobre él. Lo volvería a observar, esta vez enchuecaría la boca como muestra de inseguridad y desdicha. Esta vez, sí, desdicha. Se bañaría rápidamente pero sintiendo las temperaturas. Atenta a los cambios a través del cuerpo. Son fragmentos quedándose muy fríos o tibios. Y el jabón contaría espumas que dan mimos. Luego el agua otra vez. En un limpiar continuo de cicatrices.   Al salir sería ropa delgada. Pocos colores, maquillaje ligero. Pero la boca muy roja. La boca sería siempre muy roja. Tomaría la cabeza del perro entre sus manos. Muchas caricias a él. Llenaría su tazón: agua y comida. Abandonaría la casa como otro acto de desolación hasta que vuelva. Los ruidos de ahora serían diferentes.
Nadie te dice que la luminosidad en un día entrante tiene un engranaje orquestal. Tienes que aprenderlo. Los ritmos son más acelerados que antes. Y ella no se acostumbraría a tal violencia en su ser taciturno. Pasarían minutos en pantallas grandes o pequeñas. El sol haría su trazar de las horas. El día sólo tiene la asiduidad del que lo intenta. Y ella no intentaría nada. Se dejaría estar y contar esporas en el aire. Como pasar todo el día viajando en el auto. Y pensaríamos que después de unos minutos algo extraordinario sucedería o ella muere. Pero la muerte así, como si nada, como un acto ensayado, no tendría validez en esta historia. En cambio, como a las diez de la mañana tendría una silla de oficina, negra, acogedora, y giraría de vez en vez en ella. Con esa ininterrumpible manía de mirar hacia el resplandor de una ventana amplia, y otra vez los ruidos, y la gente haría su danza risueña frente a sus ojos.

Comería a las tres. Sería un cliente frecuente de pequeños restaurantes con terraza y sillas blancas. No nombraríamos su renuncia a los platos. Pero a veces el agua, el vino, el té de las cuatro harían la avidez menos eminente. Los pies menudos de una chica se quedarían estáticos frente a su mesa. Ella los podría mirar fijamente, sin contar ninguna imperfección en sus zapatos planos y color marrón. Contemplaría sin detenerse el movimiento abrupto de su cuerpo al sentarse frente a ella. Tal vez le diría: sabía que estarías aquí. Tal vez no le diría nada. Sólo estaría mirando con tremenda seriedad a su alrededor, como quien no cree el tiempo ni el lugar donde se ha predestinado estar por fin, de ese lado, sin espera, sin el frío. Algo de mí sabía que vendrías, algún día; podría responderle.

-          Nunca te gustaron estos lugares
-          Pero a ti sí. A mi no, claro. Tienen algo imperfecto, son comunes
-          Me gusta su cotidianidad, hay encuentros furtivos, como este 
-          Y, ¿hay besos allí?
-          Eso depende
-          ¿De qué depende?
-          Si es de día o es de noche, la calidad de la luz, la disponibilidad de los amantes...

La otra ella bajaría el rostro hacia la mesa, y debería sonreír. No sé cómo decirte que te he echado de menos, sin decirte exactamente eso. El diálogo seguiría un hilo delgado hacia los gestos nerviosos. Comezón en la nuca, labios apretados. Los pies se moverían incesablemente.

-No lo digas, es decir, no tienes que decirlo. Hay guerras insalvables
- Pero quiero que lo sepas, ¿cómo lo llevas tú?

Su mirada se hundiría en los vasos. Con una parálisis de los músculos, y una aceleración en los sentidos. La mesa se haría más grande, la gente más escandalosa, ella más cerca aún, más cerca. No sabría como responderle. Esa clase de eventos vertiginosos que sólo tienen al perro de testigo. Decirlos o no decirlos. Pensaría: se atreve a preguntar “cómo lo llevas”. Le contestaría “qué cinismo, mujer”.  Qué cinismo el tuyo.

- Lo siento, quizá lo preguntaba por cierta cortesía, aunque me interesa más allá de eso. ¿Sabes?
- Escucha, no te voy a decir cómo lo llevo. “Hay guerras insalvables”, ya lo sabías. Debes saber que te escribo, en ocasiones por las mañanas y de una u otra forma por las noches. Sobre todo por las noches. Es como un desierto estar allí. Un país lleno de ruinas cuando antes hubo agua dentro del fuego y hay huellas de las olas en las orillas, en las entradas y las salidas de ese lugar. Y duele verlas. Reconoces los objetos como vestigios. Esto también lo es. Ya es casi un recuerdo hablarte así.
- Debería irme entonces, no irrumpir así, dejar que todo pase
- No, puedes quedarte, yo sólo dispongo de unos minutos más, también es bueno saber que existes todavía
- Es que he pasado por el departamento… y tomé el recado…
- Son sólo costumbres
- Ya veo, me voy de cualquier modo, como al principio. No sé cómo sonreírte más y demostrarte que me da gusto verte, debes de comer más. Hazlo por favor.


Se iría apresuradamente como lo había sido su llegada. Ese lapso de su conversación, sería seguido del más hondo silencio de cafetería. Aquél de cuando todos se han ido. Y por supuesto, todos querríamos salir de ese lugar dejándola. Esperaríamos a que ella salga. La tarde se haría en pedazos porque no sabría si moverse o quedarse allí sentada, estoica en su fatalidad elegida. Hay pérdidas insondables en la promiscuidad diaria, el sueño abandonado e inocuo de pertenécele tanto a alguien, que no te queda nada más que el panfleto a la salida para poder llorar. Para recordar que se hace tarde.  Y anochecería en la ciudad otra vez. Le daríamos paso a la sombras, y a las cortinas cerradas, a los gritos, los silbidos. Una canción de felicidad sonaría porque te vuelves a casa.  Ya no sé muy bien a quién o qué nos recordaría. Pero, sí, supongo que la historia de mis noches iría algo así, si la dejo, me deja o nos dejamos. 

sábado, 27 de julio de 2013

Entra. Ven. Apaga la luz.



DV


[A mi lector favorito]

"No me des tregua, no me perdones nunca. 
Hostígame en la sangre, 
que cada cosa cruel sea tú que vuelves..."
Julio Cortázar

Entra. Ven. Apaga la luz. No, mejor enciende la luz, y mírame. Imagina tu boca estrellándose cada vez sobre mí haciendo aberturas a carne viva. También es un espejo. A veces se puede ver el líquido que represento empezando a flotar. Mis palabras ya no le pertenecen a nadie. También imaginaste que todo eso sucedería. Todavía no escribo aquél libro donde hablo del amor como una teoría revolucionaria e inútil. Dime que me echas de menos, porque llegas a casa, y antes de los demás estoy yo, y después, y al partir al sueño acudes a esa parte de la vida donde ocurro; siempre son las mismas manías. Te relatan sobre alguien, en algún sitio, recordándote el salto que no te atreves a dar. No es demasiado; son relatos de piernas, piel, aroma a tabaco y  vino tinto. No te comprendo ya ves, mantienes esta ilusión incomprensible. Esperas no sé qué cosa. Nadie me ama como tú, eso es seguro. He caminado por el barrio esta noche, hace tanto que no lo hacía. Visité personas para creer que pertenezco a u circulo social activo. Vimos televisión para enterarme que existe más estupidez. Cocinamos por aburrimiento. Me dieron de cenar para no recordar la orfandad. Reímos para no sentirnos muertos. Luego he vuelto con esta soledad de tierra . Mis perros me esperan, y no hay entonces más alegría que la de sus ojos caninos. Es un poco como la mía. Todo a punto de explotar en luces o instantes agónicos. Puede ser que trate de revivirlos si acudes tú. Me guardas el deseo y una mirada de consuelo que he olvidado lentamente. Fue como el deshielo. Poco a poco en un mar congelado fuimos ahogándonos, y ya inconsciente, todavía me dolía olvidarle. Hay dolores de esa naturaleza. Fueron muriendo como lo hace el mundo, las personas, las palabra. Cosas que no valen nada prevalecen. Pero ojalá todo desapareciera de una vez para no volver nunca a esta tierra. Ven. Estoy tan hecha pedazos. Exteriormente los hombres creen en la posibilidad de amarme. Pero es mentira. Calculo un par de años antes de que nuevamente me muera. Estoy metida en mí, como nerviosa, como soluble. Y tú no vienes. De cierto y casi rogando que sea mentira, no llegas, no vienes. Me sudan las manos y el cuerpo entero. Me duelen los dedos y la sal de las lagrimas porque ya no lloro. Ha sido una guerra interminable contra el mar, y su duelo de aire. [...]

jueves, 18 de julio de 2013

Summer in the city




- Tu t’accroches á des histories – dice Crevel-. Tu étreins des mots...

-          No, viejo, eso se hace más bien del otro lado del mar, que no conocés. Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando, como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas.
Rayuela, Julio Cortázar.


Creo en la posibilidad del encanto, y en la rapidez de estas horas. La vida continúa de maneras imperceptibles durante 10,080 minutos humanos. El verano nos alcanzó de una forma impresionante. A veces era un giro. Una pirueta de color anís o rojo para tocarte la mejilla. A veces era él. O ella. Él que te tomaba de la mano, pero no te besaba. Ella que te tomaba de la mano para no perderte en la noche, así como si nada. Nos hemos perdido, sin embargo en el olor de las calles, de un profundo color ocre. Respirar una y otra vez la gracia de estar vivos. Con todos estos sentimientos atravesándote los ojos como espadas finas, o la luz, un frío perpetuo en el aire. A veces no sabían ni de lo que hablaba. Supongo que he perdido lentamente la capacidad verbal para seducir o pedir direcciones. Pero luego llegaba la noche otra vez y ya, con todas estas imágenes podíamos apropiarnos de todo. Y ya como la sensación del beso estaba cerca, y ya como nada importaba –ni importa ahora- dejábamos que ocurriera la vida. Las noches de verano que son tan un hombre que quiere llamarte al otro día. Aunque no lo hace. Ni lo hará. O su voz diciéndote “me gustas mucho, muchísimo” cuando te besa el pecho sigilosamente, y estás sobre él. La expresión de su cuerpo, inflamada, para recibirte en su vida. Supongo que vamos por los bares con un hambre perpetua o con esa soledad marcada en la frente. Al final de la noche te intentan convencer “no lo olvido”, “a mí si me importa”, “cuándo vuelves”, “te voy a esperar”. Luego, sucede el tiempo y no suena el teléfono. De igual manera existen los que sí te llaman. Le diste un beso lento pero a través de las manos en aquél vagón de tren. El no te olvida. El no. Tampoco olvidas la gabardina o el aroma de los brazos. Su deseo en escaparates de hotel. Café o vino. Librerías. Avenidas. Cigarrillos, siempre, nocturnos. Mientras, todo sucede en una de las ciudades más grandes del mundo. Pero también es la dulzura de enseñarle que existen momentos rotos que nadie puede armarte, ni para hacerte sonreír de veras. Hay esa gente que tiene que olvidarte porque no tiene de otra. Las hay. Les hay también quienes todavía te buscan en una canción o un libro grande y blanco. En un boleto del subterráneo o quizá, en esas huellas de las copas de vino que dejamos allí. Algún día estaremos en el mismo lugar, y entonces, tal vez. Alguien dibujará nuestros rostros, será verano por supuesto. Hará con sus dedos, flores, que bien podrías comerte y luego trasvasar a mi boca; su textura es como la de un pastel de fresas derretidas. Creo en ese impulso apenas, se desprende de las palpitaciones y parpadeos de farolas naranjas. La ciudad llena así, para ambos. El baño, la sala, la habitación que estaba repleta y todos viendo el espectáculo de encontrarnos. Lo poco que ya echaba de menos conocerte. Estar allí. Haciendo pedazos su existencia. La tuya, la de ella, la de todos. No sé bien porque repetirlo. Tiene un sabor a menta o a hornos caseros, con ese calor. Perfumes de diseñador. Aparatos tecnológicos por el suelo. Humedad a medias en las piernas. Creo en todo lo que me han dicho los adultos. Pocas cosas hay como ser joven o poeta. Desarmar a los hombres y a las mujeres. La voluptuosidad del verano en la boca, ¿recuerdas? Ya de mí no recuerdas nada, seguro. Ni la cadencia de mis labios, las palabras puntiagudas o la famélica tristeza de mi cuerpo. Es todo muy lo mismo. Ojala todos hubiesen sido menos amables. Creo que ya me odiabas antes de soltarme. Todavía recuerdo sus manos en los bolsillos saliendo del edificio, y no decirle ni adiós.

miércoles, 26 de junio de 2013

Juegos Sentimentales - Parte Final

Te fuiste un 10 de junio. Todo quedó así, colgando. Indefinido. Averiado. Roto. Igual desprendiendose de la madera de los escritorios, junto a mi libro de Marguerite Duras. Detrás del cuadro de La habitación de Arles. Abajo del calendario. Junto a un catalogo de productos industriales. O en esos recovecos de tu voz cuando hablamos. Puedo casi definir una textura tersa en ellos. Como un pensamiento inolvidable de ternura, que no reconozco, más que dentro del calor en medio de unas piernas. O tu risa. O tu silencio, ese, cuando ya no me podías decir nada. O tu respiración mientras ríes. ¿Qué piensas entonces? Quizá es que no te fuiste. Era mas bien, antes que todo, la idea de tu llegada. Una suposición sin terminar. Era eso, sí. Ya le he dicho a tu amigo que yo sé. Que todos saben, que ese febril encanto tuyo se esfumó. Era mi aburrimiento total, y tu voz. Lo que no entiendo son las incoherencias. Ya debí aprender que los chicos adoran estos juegos. A las niñas nos siguen dejando vacías. Es parecida la sensación de tener inflamados los ojos, y el día apenas se abre en el dolor o la extrañeza de ver el mundo una y otra vez con los mismos matices. 

Es posible que ante esto sea demasiado romántica. Lenta. Sin peso. Es posible que todo me lo haya inventado. Qué sea mi culpa la distancia por no aferrarme a ti. Someterte cuando todos se marchaban. En las esquinas, al fondo, en el comedor. Esperar. Esperar tus ojos dentro del cristal. Diluirlos sobre mi cuerpo, y tu presencia que ya me desangraba todo. Aferrarme a ti nuevamente. Tendría que ser un canto desesperado. Este escrito quedó parpadeando por días: Te fuiste un 10 de junio||| . . .

Me parece poco el dolor ahora. Supongo que no es más que una tontísima desilusión de plástico. Qué te vayas así, pensar, fingir, que no puedo evitarlo. Como si ya hubiésemos vivido tantas cosas. Como si fuese necesario que voltearas y decidieras quedarte. Es que no es nada en absoluto. Un día entero, pero quedarte, ya incluso ahora no tiene sentido. Nunca lo tuvo. Era la idea de tu llegada como una puerta necesaria, para soportar el olvido dentro, la desgana o el aburrimiento de esta dinámica insulsa que es vivir diariamente, sin tener ganas de hacer, algo, cualquier cosa. Ya te encuentras en algún lugar sin nombre porque no alcanzamos a hablarle a los rincones de un abismo. Qué tonto. Qué tontos hemos sido. Encontraré los ecos tuyos brincando paredes por las tardes. A veces una sonrisa nada más. Por ti. Por la casualidad. Y por si vuelves.

viernes, 21 de junio de 2013

Summer Waltz I



[Hay días que pueden resumirse perfectamente 
con una canción de Regina Spektor. 
Bienvenido verano, tan cruel. 
Tan hermoso y tan cruel. No sé tú.]



Summer in the city 
means cleavage, cleavage, cleavage

And I started miss you, baby, sometimes

I've been staying up drinking
In the late night establishments

Telling strangers personal things


Summer in the city
I'm so lonely, lonely, lonely

So I went to a protest
Just to rub up against strangers
And I did feel like coming 
But I also felt like crying
And it doesn't seem so worth it right now


And the castrated ones stand in the corner smoking
They want to feel the bulges in their pants start to rise


At the sight of a beautiful woman
They feel nothing 
But anger
Her skin makes them sick in the night

Nauseous, nauseous, nauseous

Summer in the city
I'm so lonely, lonely, lonely

I've been hallucinating you, babe

At the backs of other women
And I tap 'em on the shoulder 
And they turn around smiling but
There's no recognition in their eyes

Oh, summer in the city!
Means cleavage, cleavage, cleavage

Don't get me wrong, dear

In general I'm doing quite fine

It's just when it's summer in the city
And you are so long gone from the city 

I start to miss you, baby, sometimes

When it's summer in the city 
And you are so long gone from the city
I start to miss you, baby, sometimes

Oh, I start to miss you, baby, sometimes

Oh, I start to miss you, baby, sometimes

domingo, 16 de junio de 2013

Acerca de mi padre


[Intentos, no son más que intentos pero no logro nada. 
Eso es que duele mucho o soy inútil. Cualquiera de las dos. 
Es que cuando viene me quedo llena de letras.
Pero no sé, no me ordeno. No puedo. Tú juzga. ]

Abril

Noches de plaza

I

Vine a este lugar por ti. Te seguí. Pocas veces se ha seguido a alguien de esta manera desde que desaparecieron los grandes líderes. Los árboles siguen aquí desde ayer. Escucho su movimiento. El cielo también prevalece. Es común, pero enciendo un cigarrillo. Hay abuelos y nietos pululando. Barullo de plaza de pueblo. La iglesia está cerrada, no sé porqué. Hay esos muchachos y sus patinetas. Estoy muy vieja para ellos y ninguno me mira. ¿Dónde estás? No veo esa mochila con letras blancas que dicen “Katherine”, y a ti, ignorando quien es ella. 

Desde que recuerdo he ido a todo lugar por ti. Permanezco. Porque un día tú así lo quisiste. Hubo esa disposición. Los seguí a ambos. Ahora no entiendo porque tanto nerviosismo o tabaco. Bueno, hay gente por doquier. Podría ir al hotel y preguntar si te han visto. Si es verdad que estabas borracho. A lo mejor has olvidado el teléfono. Si acaso has partido ya. El sol ha desaparecido. No contengo ni la respiración ni los sentimientos. Ya. Han llamado a misa. Pero ni tus oídos ni los santos me parecen tan reales. Me pellizco los brazos de escuchar “papá”  en la voz de un niño que corre.  Y tengo un corazón que ya se rompe de verte.  Creo que jamás puse tanta atención en la plaza.  Es poco el corazón de la ciudad. Con un latir que son esas voces de todos, como siendo testigos de esta muerte. Tu estancia de hotel, mis pasos de cemento, esta soledad de banca de parque.

Voy a levantarme de este lugar por ti. En el camino me encontraré un bazar, diré que me esperen. Que me esperas tú o que debo encontrarte. Es sencillo imaginarte en la bañera desangrando de nosotros,  del destierro. La distancia es muy cruel y un juego del que siempre he tomado parte. A veces pienso que escojo a mis amantes por su imposibilidad de tocarme. Encaja, tiene sentido. Reconozco el amor como la imposibilidad perpetua de una felicidad constante. Tengo un corazón que ya se me rompe de verte.



 Junio

 (estos son esbozos a medias en la moleskine)

10:00 A.M
The day was so full of happiness. En el pueblo caía esa luz, tibia, tocando las paredes. Las escuelas dormidas en domingo, roncaban. Yo los conozco a todos. A veces hay vida afuera los domingos si es contigo. Todavía recuerdo los pájaros ridículos cantando. Anunciaban mis pasos apresurados para llegar a ti. Ahora. Ahora. Fuimos a la barbershop. Teníamos dinero. No mucho dinero, pero dinero. Te cortaban el cabello y yo leía El amante de la China del norte. Todos decían “que bella y educada es su hija”. Bueno, no sé si lo dijeron, pero debieron decirlo. Venga. Queremos hacerlo feliz. Venga. El pueblo es pequeño. Y te quiero tanto. En el hotel te conocen y te felicitan también. Es barato e insípido y tiene en las paredes fotografías de indios Cherokee. Me quieres tanto.

2:00 PM
Hay esas comidas fuera de casa. Bebés recién nacidos. Abuelos besándolos. No le he llamado a los míos. Soy de lo peor estos días. La progresión de las conversaciones en un ritmo indescifrable. Pero es sólo benevolencia y risas. Después del alcohol es llanto.

7:00 P.M.

El pasillo hacia la puerta de hotel, se abría como el camino de la muerte. Como el que recorre el condenado antes de la inyección letal. Dead woman walking. Siempre es caminar con tus maletas hacia un taxi amarillo. Un abrazo rápido. Mi llanto silencioso. Deambular por la casa. Respirar la música del viento para que permanezcas otra vez. Supongo que mientras escriba no me moriré en ti. Ni tú en mi, ni yo en nadie.

viernes, 7 de junio de 2013

Ni amor ni olvido (juegos sentimentales varios)



[Antes que otra cosa,
 agradezco al lector ese que nunca falta, 
por las mañanas o en las tardes. 
Me haces seguir publicando en este jodido burdel. 

**Anexo mi cara de cínica no sé porque, no encontré otra cosa. ]



NOCHES 
La primera vez que hice el amor con alguien, después de quererte, lloré. Qué cosa más extraña este mecanismo del cuerpo cuando se rompe. Él se preguntaba sí era verdad ser tan buen amante o si acaso, era sostenible mi depresión.  Pero seguimos haciéndolo. Yo ya no sé ser el amante de nadie. No comprendo cómo gritarle a él te amo en su oído. Sus aromas diferentes. Incluso sin recordar de cierto los tuyos. Imagino que tú lloras también. Más por mi que por otra, lo has hecho. Sé que lloraste como yo lo hice cuando él o ella te hizo café o te provocó tartamudear un te quiero sordo. Cuando bajó con su boca hasta tu rodilla, y detrás, y por enfrente y te volviste loca. Sé que quisieras también que nada de esto hubiese ocurrido. Que todavía llegara el día de besarnos. Qué me desearas aún. Que existiese ese hecho absoluto de vaciarme en tu boca.  Mientras asumes la centrífuga de mi espalda. Infinitas respiraciones pausando las piruetas de la tierra. Sé que a nadie has deseado de este modo. Esperas un día amarillo. Uno lleno de mí. Necesitas venir y sin embargo. La puerta está cerrada. Alguien la aruña para sacarte de mi hasta por el ombligo. A veces a mordidas frente al espejo. Algunos son mayores o menores. Ser joven tal vez es bastante sobre valorado. Pero todos me desean. No como tú, porque no me tienes. Más posible. Más tangible. Hasta el mareo. Él, y él y ella se preguntan todos los días como puedo ser tan cruel. Yo también me lo pregunto. Qué cosa más extraña el auto-sabotaje. Nombrarte dentro de los cuerpos de otros. Como siempre, deberías estar satisfecha. Estos juegos se simplifican una vez te rindes ante lo real. Por ahora lo único real es la noche que atravieso. Este sentimiento de culpa o las ganas de que él, quién sea, me lo vuelva a hacer a modo de dormitar en la penumbra. 


ENSAYOS
Digamos que todo era simplemente un ensayo. Qué puedo hablar de ti como he hablado de otros y mañana, pasado, dentro de un año, cuando ya no esté más aquí; podré hablar de alguien más y no me recordarás. Muy probablemente yo tampoco. Las otras personas me alabaran como suelen hacerlo; perfectamente entenderé que se trata de su tonta idealización ante alguien que no existe. Alguien que se han creado en su cabeza. La realidad, como bien pudiste verla, es esta. No soy más que una tipa cualquiera. Intentando, como todos, permanecer en la tierra como si fuese necesario. No nos han dicho que esto es de cierta forma impuesto, y que todos los días nos creamos responsabilidades que no queremos; pero que seguimos siendo cobardes para renunciar a ellas. Es que a veces significa arriesgarlo todo. Y qué más da. También es miedo a la felicidad. O estar totalmente perdido. A que no siga nada después, pero después de todo. Que solamente sea matar el tiempo, antes de que el tiempo nos mate. 






sábado, 1 de junio de 2013

Juegos sentimentales - Parte 3



Llegaste un lunes trece de mayo. Eran alrededor de las seis de la tarde; y me hablaste tres veces o más, en el día. Te regañé, te dije que manejabas pésimo. Me reprendieron a mí por maltratarte tanto. Yo les dije cuanto a mí me encantaba tu carisma. O era la singularidad tuya de soportar mis homicidios. Escucharte era tu manera de anunciar que llegabas. Espérame, estoy llegando. No sé si fue alerta de distancias o de orgasmos. Luego lo arruinamos todo. Claro.  A pesar de tu olor embriagante o la ridícula camiseta a cuadros que pude comer a dentelladas. Uso lentes Ralph Lauren y tú Prada. Y todos decían de pronto que debíamos quedarnos juntos. Pero yo te olvidé durante muchos meses de muchos días. Incluso cuando sonaba In a sentimental mood. Normalmente logro olvidarme de todo. Es fácil una vez te has desprendido de nimiedades del existir. Del orgullo, de la maldad y hasta de la inteligencia. Cuando te alejaste del ruido de la gente. Puedes decir una y otra vez “no soy”, “no existo”. Luego callar. Apartarse de todo. Es posible. Si has obviado las leyes de convivencia social. O retado el concepto de estoico. Tengo estos pensamientos. Logro extender los brazos cuando las paredes se amplían a la vez. Vuelven esos vórtices. Como ventanas huecas a no sé qué jardín. Todo esto es posible dentro. Afuera. Lejos. Pequeños engranajes llevando el peso del universo. Repitiéndome. 

Imagino que tú me olvidas también todas las veces. Sobre todo cuando piensas en ella. Siempre hay una ella. Sin embargo tienes el cinismo suficiente como los demás. Te he llamado casualmente. Sin esperarlo. Como todo aquél que necesita del otro, o necesita de ti. Como yo necesito de ti. Preguntarte cosas. Requerirle la voz. Repetirme en tu voz como un trece de mayo. Grave. Estentórea. Sin final.  Con el eco más largo. Como el fémur en tu pierna. Hoy te he escuchado con ese delirio húmedo y casual.

Y tú mintiéndome porque dices me esperabas.
Y casi tengo la debilidad de creerte el hipnotismo como un trece de mayo.

[...] 

miércoles, 29 de mayo de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Sunday calling






He de pedirte que seas razonable. No me dejes de querer. Ni así. Aunque me odies. Aunque necesites rutinariamente verme ir y venir y hacer que gozo el amor con tantos otros.
                                                                      Autres

                                             Autres                                             a u t r e s.

Ya muchas veces hemos hablado sobre estas posibilidades banales. Pero no me escuches. No, no lo hagas. Es que me gusta callar cuando empieza a llover. El verano se acerca con su agua de muerte. También es la vida cuando era niña. La otra noche le dije a él, después de llorar mucho, que mi infancia se resumía en eso; hojas verdes, tierra mojada y charcos. Algunos barcos de papel por si me daban ganas de partir de la tierra. Y tenía siete. Tengo que repetirlo porque lo sueño todas las  noches.  Había esas cascadas de terror. Y yo las observaba por horas entendiendo la hidráulica como un concepto más de caída. Profundidades verdes y azules donde cabíamos. Ya hablaba de ti sin conocerte. Mar abierto. Suavidad. Destierro. Como éramos cuando me amaste. Sonaba Akira Kosemura, no sentía el peso de fantasmas en mi colchón, no les preguntaba “¿estás aquí?” “¿estás aquí, has vuelto?”. No eran cristales partiéndose a polvo sobre mis hombros. Yo te pido desde este dolor de útero, que vuelvas. No que vuelvas a mí. Yo sé que soy inolvidable. Vuelve a darme los colores. Es que me los han arrebatado todos. Vuelve a ser. Ya no puedo más con las manos adivinando vacíos. Hago como si atrapara el aire. Es que el día que descubrí que no podía jamás entender el espacio y sus partículas tan leves, sentí pánico. Tengo ese sentimiento otra vez de no encontrarte. Pero callamos todo. Principalmente los verbos conjugados en amor o esperanza. Realmente no sé las razones de este mutismo inoportuno. Desconozco huellas  inclementes; es como el viento. Una tarde, domingo, húmeda como tus ojos ante la luz. Húmeda y gris para derretirse sobre mi cuerpo, porque te gustaba imprescindiblemente mi felicidad de mujer triste. Un pulgar borrando mi boca que no hacía más que hablar teorías innombrables; ¿qué te explicaba?

| Lo blanco del techo.       |  El té se enfría.          |Ser como una                         ……………………………………………………......................…definición o textura de lo blanco.  

Debo llamarle a mi abuela pronto. Julio viene azotando las puertas después de Junio. De volcanes o tierra abriéndose. Deja un estruendo detrás que sólo puede confundirse con otros desastres. Menos certeros. Ahora lloverá todos los días. No hay puentes ni luces de donde colgarse. Creo que haré esa dinámica de rogarte con el susurro de mi recuerdo. Yo ya no tengo nada. Ni esa incompleta capacidad de armarte cuando estabas rota. Pero no te pierdas por mí. Tampoco sé dónde me encuentro. Ven. Ven aunque no me lo digas. 

martes, 21 de mayo de 2013

Alguien que...

cuide de mí (como la canción)
que me lleve a cenar
que me despierte
con quien desayunar
hacer ejercicio
que me visite

pero sobre todo que me lleve a cenar
y que pueda recordar las noches
donde una botella de vino, viento, sofá
o casa de campo
son suficientes,
y amanecer así una y otra vez
para recordar
q u i é n    c a r a j o   s o y


Solicitudes mandarlas al e-mail o no las mande.

Gracias.

viernes, 17 de mayo de 2013

Juegos sentimentales parte 2


Los días pasarán, otra vez, imperceptiblemente. Estoy intentando olvidar ese placer mío que obtuve desde tus ojos. O al ver tus ojos a través del cristal. Esa posibilidad turbia de la noche. Ya sé que él te ha preguntado por mí, y que no has negado nada. Es como si la presencia del tacto siguiese vigente aun sin existir. Como si nos escucharan de a poco esas risas que intentamos un día.  Tal vez es porque sabes que él también me quiere, y no podrías ofenderme en su cara. Pero no lo sé. Si la frialdad tuya es relativa a la mía. Espero que sí. Que todo lo hayas aprendido el lunes, de golpe. Que te hayas sentido tan mal al ir a la cama. Casi triste. Desamparado. Estos juegos sentimentales son únicamente de esta forma. Y yo pensando que había dejado atrás la crueldad hace años. Ahora todo sería más fácil, más sencillo. Tenemos la edad suficiente para abrirnos a la vida y los deseos. Caminar en soledad y sin preguntas. ¿Sabes cómo? Era un calor mientras buscaba no sé que cosas frente a él. En el auto. Pero ya no entendí muy bien esa mañana. Decían que sólo venías a despedirte. Ella lo dijo, mi amiga. Dijiste en alto mi nombre mientras te daba la espalda. Como si no quisiera voltear y decirte; ven, anda, lamento lo de la cena. Tuve dolor de pecho por dejarte allí. No me malentiendas. Siempre rompo las expectativas. Soy un ciclo de derrotas continuas.  Tengo la tonta idea de que ya lo sabes. Que no necesito repetírtelo cuando vuelvas a casa. No podía quedarme todavía. Me habita un pánico de niña por la libertad. Las habitaciones de hotel. Algo que me recuerda que mi futuro no es lo que soñaba. Nadie lo sabe. Pero me crece ese ardor o el salto del cuerpo cuando suena el teléfono. En una de esas eres tú. Con ese acento adulador de centro del país. Luego me nublo donde todo suena, menos aquí, a mi lado. Un ringing que lo hace todo eterno en un segundo. 

lunes, 13 de mayo de 2013

Sentimental




Solamente té verde y cigarrillos mentol. Bien lo dice ella, mi amiga, soy un fraude. Lo primero que haré cuando cobre mi cheque es comprar Chardonnay y reparar este asunto de no poder beber vino llegando a casa. Por eso té verde y cigarrillos mentol. Por eso no haberte besado o visto a la cara el tiempo suficiente para que supieras que soy yo, eso, idealizado. Eso que pensabas. La playa o el boulevard iluminado. Sobre tus lentes o los míos. A que yo podría hacer tu vida mejor. Sí, estoy segura. Quitarte esa sencillez anonadada que me provocaba reír en silencio. A hurtadillas, cerca del baño. A lado del refrigerador. Entre cajas de almacén. Por eso no sé si decir que estabas con los nervios o sí el único motivo del viaje era yo. O no. Y te he dejado allí, con ellos, como si nada. Como si no quisieras hablar de Jean Pierre Jeunet otra vez. O estar aquí dentro, nadar entre esta colección de imágenes rojas y verdes. Presentarte la ropa que utilicé. Con la que ya no podrías dormir. Según tú así. Pero es mentira. Seguro le celebrabas a tu madre el día diez. Por eso sólo escribías unas líneas. Por eso no supe de ti una semana. Pero es extraño todo esto. Sentir los pies airosos por volver. Preguntarme si escuchas In a sentimental mood y te arrepientes de no estar conmigo. Contemplar el mismo espacio a kilómetros cortos. Tu habitación de hotel viajero. Ese perfume que inundaba los cubículos. Seguro de marca, para que no olvidara la primera ves que me viste. Es que lo inundó todo; las paredes de madera. Incluso mi cuadro de Van Gogh, La habitación de Arles, que la llevo a todo sitio que voy porque me recuerda a ella. Supongo que ambos estamos igual de perdidos. Aunque a tu vida le encuentro más sentido que a esto. Yo siempre mal logro todos estos negocios. Por eso tampoco pudiste hablarme. Por eso han puesto una barrera entre nosotros. Nadie dijo que esto estaba supuesto a suceder. Yo le digo a ella, mi amiga, que entre más huya de los amantes, ellos llegarán para enjuiciarme cualquier día. Ella vuelve a decirme que no le ayudo a mi vida ni un poco. Al final creo que me siento muy triste cuando no vivo todos estos frenesís. Que son posibles contigo o con alguien más. Sólo tengo una botella de té y la amargura, estatua de ceniza. Me queda ese tabaco. Observar el barrio con las mismas lucecillas pálidas que estremecen en mis ojos. Frecuentemente es el llanto o yo jugando a que se ocultan. Abriéndose y cerrándose. Un buen poeta me dijo hace años “tú vas de más a menos y viceversa”. Creo que ahora es un político y médico especializado. Supongo que realmente lo que sucede, es que él me imaginaba con todos los matices de la oscuridad a los veinte. Tú querías la hora o a lo mejor no querías nada. Querías la luz. A lo mejor no estás leyendo sobre posibilidades. Ni pensando en esa manera leve de ignorar tu presencia. Quizá solamente duermes en tu habitación de motel. Mañana volverás a manejar y cuando vuelvas no hablaremos más, ni de dinero. Yo bueno, tengo todas las versiones de In a sentimental mood. No sé con cual extrañarte. Me vienen muchas noches de remordimientos. Eso puede ser algo positivo, verás. Huele a mentol o a cigarro. A noches como pequeñas sombras que contengo como un temblor de rodillas. En todas escribo porque es probable que aquí, entre las letras existas. Y yo también contigo. Si vale la pena decirlo. 

sábado, 11 de mayo de 2013

That sparkle in your eyes it's gone




“Recuerdo bien tus ojos”, escribiste. Se lo dijiste a él como si yo ya hubiese dejado de existir hace tiempo. Era un poco verdad. Aunque ya sé, toda verdad es absoluta porque si no, deja de serlo. Digamos que ya había dejado de existir hace tiempo, y aunque era sábado, y yo cantase lo que fuese, “You’ve changed, the sparkle in your eyes it’s gone”, tu boca roja no era mía sino de él. Aunque recordarás bien mis ojos o mi crueldad de las seis de la tarde.  O si yo te contara sobre aquella lectora que me lo dijo muy cerca “me encanta lo que haces”, que le respondí  - y exactamente qué es lo que hago; - Escribir, claro. Cómo lo haces y por que lo haces. Y yo me paré y me fui. Ahora me lee en secreto. Pero le cuenta a la gente que soy muy engreída cuando nunca voy a ganarme un premio.  Qué no soy nada guapa y no sé qué otras cosas. Tú sabes que miente, sobre lo del premio, claro.  Tú como nadie me leíste, y te revolcaste entre mis palabras para que te tocase al menos ese desprecio. Supongo que era más para encontrar un motivo o un camino. Ya sabemos que no vale de mucho, pero para nosotras fue el mundo. Una sonrisa o la palabra “each” de My funny Valentine. Y es que nadie entiende eso por estos días. Por la tarde de sábado, hoy, alguien hurga en mis palabras y busco algo en la nevera que no encuentro.  Es como esa desazón de tu “recuerdo bien tus ojos” ajeno. Como si yo te quisiera todavía, imagínate.  Un frío sobre la cara en pleno verano que termina por destruirte los pulmones. He vuelto a fumar, es un ciclo de destrucción incontrolable. En la oficina no puede irme peor o mejor. Me topo en cada rincón con que hay vida lejos de ti, lejos de todo, pero de todo. Con sus olores y sus miradas de adultos que me desnudan en segundos. Quiero correr. Quiero escapar de todos ellos. Es inútil adaptarse a la vida para sobrevivir. Hay momentos como ese crepitar en tu voz de despedida. Recuerdo tus ojos. Los recuerdo porque no eran del norte o del sur. Ni de occidente u oriente. Tenían una oscuridad inmensa a la que tenías que saltar  y caer dentro indefinidamente. Que tú no eras de ningún lugar. Y luego los demás murmurando que yo tampoco. El acento francés era de mi abuela, pero no.   Probablemente hay un sello de extranjero implícito en cada acto. Es realmente un hambre insaciable de algo que siempre desconozco. Quiero cantar hasta quedarme sin voz. O que haya demasiada luz para quedarme sin ver, y luego que suene tanto una trompeta para no escuchar más.  Hablo de ti por la mañana que tuve. Quería un sábado de ventanas y besos. Pero ya del amor no sé mucho. Tampoco lo supe cuando estabas tú. Empiezo a creer que todo es como la música que amo, y vivir sucede allí. Todo cambia. Ella lo hizo.  She´s breaking my heart.

domingo, 5 de mayo de 2013

Delirios I y II

- A propósito de mis charlas mentales y delirios, 
alguien de mirada curiosa o que echo de menos escribir.
 Lo pego sin ediciones, ni siquiera mentales -



Me gustaste para decirte:
¿Ya te vas?,
¿Tan pronto?

The sky was blue, and the beach was nearby.  
[Olas aquí y allá bla bla bla, la brisa de tu pelo
nadando hasta la orilla
la orilla de todo
despertar, de-sumergir
dentro del agua
 orilla de ti]

Hace tanto calor, te dije. Mi falda no se podía levantar más, ni los brazos, ni el ego. Ni este olor a aceite tibio sobre el cuerpo. Aceite de almendras o Karité dice. Casi un sabor dulce a primavera meciéndote en sus brazos. Ese transpirar en los hombros. Parecemos salvajes en estas situaciones premeditadas. Hay infinitos tactos que no sentimos si son a través de la boca. Una vez un hombre quitó mi sudor con su dedo, y fue la cosa más terrible que alguien pudo hacer frente a mí. Y él, es sólo agua, y ella “es que no pudo detenerse, le gustas”. Prefiero una conversación, le dije. Y no sé porque sentirme caliente de pronto si lo recuerdo. Qué quieras irte, que no pueda detenerte, que no vaya a hacerlo. Que así, tan débilmente, me mires venir hacia ti. With your wishful thinking.  No sé dónde estás. No sé dónde has ido.

[yo trepando, rapaz, con los dientes
y que la boca es
murmullo de fresas
o estrellas
devorando
como un fuego
intenso]
[medimos el calor en temperatura y grados Celsius
todo depende hacia donde gire el mundo
todo fuego es intenso

voraz

no hay términos exactos para describir
evanescer
ni en cenizas]


tic
tic tic tic
-          She used to smoke, do you?
-          sometimes, when I’m nervious
-          So, always, don’t you?
-          Yeah, you got me –dibujé una sonrisa aquí-
-          I think I wanna make love to you
-          Oh, really? Why’s that?
-          You remind me to her
-          How come?
-          You’re lost, I’ll  have to find you



Pero suena una guitarra que es como nombrarte en la huida  No sé qué clase de juego es pensar. Sería más fácil resolverlo todo con los labios o con esta entrega insana. Mi cabeza en charola o abril.  Abrir tanto el cuerpo para que puedas pasar. Y tus pasos, resonar de bocas mordidas y néctar. Olor a flores.  Ojala todos sintieran como nosotros. Pero los murmullos son momentos o delirios para mí. Creo que me estaré en el patio toda la tarde. Ellos están allí. Alguien pasará y me dirá “qué suaves tus piernas” mientras las toca. No podré defenderme. Me duele el estómago o la inmovilidad de la suerte. Quiero besarte hasta que la vida comience.

II

Siento la necesidad de sonreírte, porque eres una niña.
Tu padre no te suelta. Supongo que me tiene miedo.
Es inútil, no voy ni ha tocarlo con mis ojos.
Creo, me surgen estos sentimientos en domingo.
Hay que sonreírle a los niños. Pagar a los pobres.
Ir a la misa dominical. Darse baños de sol.
Aunque la sombra transparente sobre nuestra casa.
Cantarle a Jesús, aunque suene a blasfemia.
Tengo terror a la inocencia de no saber distinguir
si ya he logrado mi misión en la vida.
No puede ser esto.
¿qué hacen los demás  en domingo?