lunes, 25 de abril de 2011

Plátanos fritos & Ciruelas verdes


P r e l u d i o 

Se supone de mañana y no has salido ni ha recolectar flores o danzar por los bordes de la casa. La mañana mexicana de café y panes de bolita oaxaqueños; discusiones de abuelos, llamadas, boletos de autobús. Una habitación que da al fondo del patio y sonidos de aceite caliente en la cocina. Alguien dice ‘Jazmín’ con adorable acento sureño. Y lo amas. A veces el aburrimiento, como el movimiento de los líquidos de alto espesor. Quedarse con una mano en la cara, sosteniendo la barbilla. Mientras escuchas historias de tías mal intencionadas queriendo arruinar matrimonios. Pero queda, entre tu silencio y las sonrisas, ese espacio: fascinarte. Oprimir los párpados y la boca con cierta satisfacción del tiempo - espacio. Los labios húmedos de cafeína y leche dulce. Fotografías mal logradas de aparatos viejos. Se riega las plantas, como con un murmullo inconciente del agua fluyendo otra vez hacia la tierra. Un piano repitiéndose con toda su calidez. Ella, adorando tu música. Jean-Yves Thibaudet y Ryuichi Sakamoto, querida. Tú cerrando los ojos, de nuevo los ojos, y el olor a las especias, pescados frescos y ahumados, te los venden a $ 25.50 por pieza. Esta mujer amenazándonos ‘los voy a bañar a todos’, perros, pericos, niñas Waltz y todo.

Bebemos la tranquilidad en una taza de plástico. Se supone la felicidad goteando desde el rocío restante de las hojas.  Pero nadie te dice que todo se acaba. Que de nuevo lo viscoso de las cosas te deja la mirada ida en los puntos fijos. Lento. Todo es lento, fijo.  


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Sabía reconocer, desde siempre, ese sonido lejano de las cometas aleteando en el viento de abril.  Pero no reconocía las caras, ni el pasto –cada vez más nulo- ni los perros que circundan. A ese niño le falta la inteligencia de mi madre y la astucia de mi tío, le quiero ir a decir: cuando niña mi cometa volaba más alto que la tuya, y de aquí al árbol de allá era mío, y yo veo que tú te aburres y yo no me aburría nunca. Quizá con unos cuantos años menos lo haría, le enseñaba la lengua, volvía a encerrarme en la casa para seguir comiendo frutas que me trajeron los abuelos o seguiría dibujando obras maestras a crayones en la habitación de mis padres. Pero sucede no querer que este sol desaparezca. Isabel me habla de ir a la iglesia a las cinco de la tarde. Pero yo sigo invirtiendo el tiempo bajo el sol. Sonriendo, con la boca cerrada a la fe de la humanidad sobre todo en estos días, y adorando la inocencia de mi abuelo. Él preguntando ‘oye, y ¿Jesús está aquí y en todas partes?’, contestarle que yo de Jesús y su padre no sé mucho, pero que seguro ‘seguro abuelo que está en todas partes’.

Luego hace cuentas ’70x7’ porque Jesucristo lo dijo, yo reír ante ese número, lavar platos afuera, agradecerle a no sé quién, pero agradecerle al aire que he venido, los he visto, y tengo la suerte de no sentirme tan sola ni tan perdida, ni tan terrible si están ellos. Porque están a manera de raíces que me surgen desde los píes y ni con separación se arrancan. Entonces, no se puede no llorar o hacer una cruz de sangre, así cualquier día, a cualquiera hora, puedes llegar al oído de alguien, recitarle una frase fugaz: No sabes lo feliz que he fui en aquellos días. Sin merecerlo demasiado se me amó de tal forma, que al viento se le permitía sacarme a bailar. Tuve barcos de papel y cascadas en el patio de frente, descubrimientos antropológicos después de las tormentas. La arena, en verano, se escurría como diminutos diamantes que Brian Aldiss te podría describir mejor, pero como pequeñas dagas se clavaban en los ojos a momentos. Qué cuando estoy aquí lo tengo todo. Y ‘todo’ es una de mis palabras preferidas. Todo y Siempre. Todo. María. Y siempre.

No podía engañarme.
Sabía reconocer, también, este sentimiento desolador. Ese de antes de marcharse a cualquier lugar. Ellos, apacibles y serenos merodeando por la casa, como una última comida juntos. Lágrimas de mi abuela, las mías, estática, mientras atisbo –casi- por última vez el jardín hasta que regrese. O pensarlo: por última vez, hasta que regrese.

Ya. Qué terrible preguntarse a los veintidós ‘¿será esta la última vez que veo a mi abuela?’.

Y cerrar las maletas y dirigirse al comedor.

domingo, 17 de abril de 2011

Alucinaciones y Convexos


Aparentemente, nos encontramos dentro de la habitación. Pero estas alas tuyas, y esta espuma mía, paralelamente, me dicen que la soledad es ambigua, y en todos los lugares. Te renombro como a lo nuevo, y nuestra anatomía irregular converge en el calor y dentro del vaho de las calles, en el sudor dulce de hombros morenos, irreconocibles. Anónimos. No logro pronunciar la clemencia de su tacto. Sucede con el sol a media tarde, tú, como la felicidad aparcada tal las barquillas para pescar en primavera. Un montón de niños flacos, semidesnudos, danzando en el eco del agua. Tan parecido a ti.  Tan como tus manos, los cuatro pares. Creo que he aprendido a poseer sólo tres. Porque no me han erosionado tanto, para dejar de ser tuyas. Entonces sucede querer decirte tantas cosas. Cómo disolverme y llegar en las sombras a tus palmas. Las que no conozco Quiero encontrarte en los pliegues de las faldas, y en los soniditos de las familias cuando ríen, y que ya todo se haya dicho antes de que aparezcas tú. Para que resuenes, de tal modo, que todos los techos truenen, y las cigarras hagan sus melodías tristes en tu oído. Para que aquellos movimientos telúricos del mundo, solamente sean relativos a tus pasos. Tuve que inventarte así, una noche de domingo, y una tarde de sábado. Las personas parecían incendiarse sentadas en sus taburetes, y yo inmóvil, y yo en la gracia de pertenecerte de tal manera, que me limitaba a la pirotecnia azul, febril a los lamentos de los otros. Tenían que decirme que el mundo se perdía entre explosiones dactilares, los pecados, y el vino. Y que todo era cenizas por la mañana. Pero como ya era completamente tuya, y no podía morirme todavía, reiniciaba el ensayo de estar en las habitaciones tibias demás. Atender las alucinaciones falaces entre estas gentes que no se dicen nada. Pero todas se encuentran continuamente, hablando de ti.

miércoles, 13 de abril de 2011

Los Sueños buenos y Malos




[Para la gente que lee La Brecha continuamente, periódicamente -o ¿casualmente?- sabrán, que no soy mucho de publicar escritos extensos o artículos ajenos a mí. Incluso siendo míos, nunca lo son tanto. Será que no tendré demasiado que decir, que valga. No obstante hay algunas palabras que sí valen, y nos duelen, nos llenan  y nos pueden como pocas cosas en la vida. Lejos de mi aparente estoicismo e individualismo, siempre he amado la tierra donde nací. Nunca olvido de donde vengo. Dice mi abuela que así sabré bien a dónde voy -aunque eso ya no sé explicarle que no lo sé muy bien-. Así que me he tomado la libertad de transcribir un 'discurso' o relato que forma parte del disco "No tiene fin" del grupo 'Los cojolites'. Dichos, grandes exponentes del Son Jarocho. Específicamente del sur de Veracruz, donde yo nací.  Lo coloco tal cual suena y tal lo dice ese hombre, cuyo nombre desconozco, y me gustaría saber. Lo dejo con los pequeños errores, dentro de su perfección y el atropello en las palabras. Aunque yo me hago feliz y triste sólo de escucharlo. Pido, a ti que me lees, que en todo caso vuelvas a perder unos minutos conmigo ... porque esto, también soy yo. ]

"  Quería terminar, contándoles una historia que me platicó el viejo Antonio. La cito de memoria, y sin el reposo, y el análisis pausado que da el escribirla. Y ocurrió hace como un enero, una madrugada de enero, fría, diez años antes de la toma de San Cristóbal, y doce años an … no, perdón, veintidós años antes de que llegara aquí con ustedes. Estaba yo, me encontraba pues escuchando en la grabadorita una música, en algún momento no sé cuando, me di cuenta de que a mis espaldas estaba el viejo Antonio y sin que viniera al caso, le baje un poco el volumen por que sabía que iba hablar él. Encendí un cigarro por doblador; doblador le decimos nosotros a la cubierta del maíz, porque no había papel para fumar. Agarró un tabaco del que yo fumo, se formo un cigarrillo, lo prendió y empezó a platicar esta historia de los sueños buenos y malos.


 Y decía él que en el mundo había gente muy mala, tan mala, que su maldad salía hacia afuera y empezaba a caminar como fantasma. Que cuando la gente buena tenía un sueño malo, una pesadilla, no estaba soñando su sueño, sino que estaba soñando un sueño ajeno. En ese sentido decía: no hay porque tener miedo de las pesadillas, porque lo que tenemos que entender es que no es nuestro sueño. Y precisamente, era una pesadilla el mundo en el que estábamos entonces, donde como pueblos indios no éramos mirados, ni tomados en cuenta, mucho menos escuchados. Porque donde nosotros estábamos, no llegaba nada. Nada. Ni carreteras, ni comunicación, ni radio, ni televisión, ni nada. Ahí podía alguien nacer, crecer, morirse, y nadie iba llevar la cuenta. Ni saber siquiera como se llamaba. Bueno, decía él, esos sueños malos o esas pesadillas que vamos teniendo, son ajenas, son de otro que dejo escapar su sueño. Y nosotros, como estamos dormidos, sin darnos cuenta lo tomamos y lo metemos en nuestro sueño. Pero decía también que hay sueños buenos, algunos eran tan buenos que no los recordábamos, hasta en el momento que los empezábamos a hacer en la realidad. Y decía por ejemplo que había veces, que soñábamos la libertad. Y que a la hora que soñábamos la libertad, soñábamos al otro. Y lo hablábamos, y no había temor en nuestra palabra, ni había temor en nuestro oído, en nuestro sueño podíamos estar a lado del que estaba diferente, sin que hubiera problema, y podíamos saber que cada uno y cada cual podía ser lo que es, sin que hubiera enfrentamiento, sin que hubiera choque, sin que hubiera quien manda y quien obedece. Decía el viejo Antonio que ese sueño se llama libertad, que a veces nos damos cuenta que lo tuvimos y a veces no. Que sólo lo vamos a recordar otra vez, cuando lo conquistemos en la lucha. Y decía también, que hay sueño, que es el sueño de la justicia. Y uno soñaba en la justicia, que el mundo era parejo, que era plano,  que había luz en la mesa y había alimento para la palabra, que la gente reía, y cantaba y bailaba, porque el mundo estaba cabal y no había arriba ni había abajo. Y que ese sueño muy seguido lo olvidábamos, la gente que somos, la gente humilde y sencilla y que no lo íbamos a recordar, otra vez, hasta que lo hubiéramos hecho realidad. Y decía el viejo Antonio también, que hay veces que soñamos que somos mejores, mejores seres humanos, mejor hombre o mejor mujer. Según cada quien, con cada cual. Y que en ese sueño, uno sentía que no era perfecto pero que era mejor que el minuto anterior, que el día anterior, que el año anterior. Sentía que era más completo porque era grande su escucha, para el otro, porque era buena la palabra que le regalaba el otro. Porque sabía que no estaba solo y que había otro, que luchaba por él, en lo mismo, en el mismo lugar, en esa tierra que estaba siendo soñada en el sueño. Pero existía, como quiera, fuera de él.

Y decía el viejo Antonio, que en ese sueño donde somos mejores era tan rica, el color, y la música que había, que a veces se hacía una música; decía que en el sueño en el que somos mejores cuando se escapaba de nuestras cabezas, y de nuestro sueño y pasaba a la vigilia, cuando estábamos despiertos: era una Música. Y antes de irse me dijo, que el sueño de ser mejores, es muchas veces, como la música que estabas escuchando. Y se fue. 
Quienes me entendieron, lo que estoy diciendo, y lo están pensando, saben que lo que estaba escuchando era un Son Jarocho.

[Aplausos]

El son y el guapango, fueron las dos hojas de la ventana por las que me asome primero, a lo que era la música, y los musiqueros, después se abrió una puerta: el rock. 
Buenas noches compañeros, muchas gracias. "

domingo, 10 de abril de 2011

Chez moi - Chez toi



The quiet morning

Nos habíamos quedado en casa para soñar libremente dentro de la habitación amarilla. Terminar por fin esa correspondencia pendiente, y enviarla lo más pronto posible. Empaquetar música para los próximos viajes, odiarlos a todos, demostrárselos a todos –que los odias-, comer sola en la última silla de la mesa del fondo. Esperar que nadie pregunte absolutamente nada, es pesado contestarles cuando no se tiene rostro ya. Decidimos encerrarnos para llorar con Nessun dorma. Hace años que reconocemos ese temblor callado, mi cuerpecito tristísimo –según tus remembranzas-, una intoxicación ilógica de los sentidos con los idiomas extranjeros.



 La única forma de llegar debajo de sus huesos, a la siete de la mañana, es abrir los ojos.




‘Adoraba la lentitud, y la rara sensación de que todos ya habían muerto’.  El jugo de naranja tan trillado, mis perros emocionados al verme despertando el día, y mis melodías lentísimas, rebotando en los muros. También era mi padre. En no sé qué lugar de la casa, pero sabía que él deambulaba en algún sitio, con mis discos de Jazz en su aparato más viejo. Moviendo al ritmo un píe. “Jeepers Creepers” y Ella Fitzgerald recordándome que otra vez era domingo. Qué hoy deberíamos ser felices con este andar parsimonioso, nuestro trabajo de años, saludar a los clientes que al final ni conocemos. O no hacerlo. Pero conformar esta dinámica de ser. Lo que debemos ser. El barrio de siempre con sus fluidez diaria a través de los años. Recién lo comprendo; hay una luz en abril donde el cielo se abre a veces, y es la sonrisa de mi mujer o la de mi abuela, en forma de calor, bajando hacia mí a la velocidad del sonido para acariciarme el cabello.  Es eso o nostalgia. Lanzar un suspiro muy fuerte mientras voces franco-italianas dicen ‘que no hay paredes pero sí árboles’. ‘Quand tu es tellement près de moi’.


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María, amor:

Estoy en la banquita del negocio. Mi madre no ha llegado. Presumo que lo hará un poco borracha, y queriéndome dar muchos besos. Tú sabes. Pero estoy pensándote, y aun no tengo el valor del que te hablé por la tarde, ese que siempre me falta para escribirte hasta que se me caigan las manos. Hago ver las mismas farolas de siempre. Esas que fotografío junto a la red de cables, que no entiendo por qué, te parecen bonitos. Estoy así, con las luces naranjas haciéndome nido en los ojos, pero esperando, como esperando por ti e inmóvil. Tenemos suerte, María. Darnos cuenta del amor, y admitir, lo terriblemente afortunadas y felices que somos. Cualquier domingo por la tarde, cuando allá va cayendo la noche -como tus párpados- y me hago dulce demás y no sé como despedirme sin que sea a medias todas las veces. Intentaré prolongar estas palabras hasta que me escuches, de estar allí, por la mañana y abandonas tu hogar, conduces el auto hasta la oficina que de pronto no soportas. Voy a intentar retar un poco a la vida. A ver si soy menos hostil con mi madre.  

La noche se va  como de puntitas. Sigo siendo ‘una pequeña posesión’. Hablo con una de mis primas. Estamos planeando la vida como si pudiésemos hacerlo todo en una semana. Con playa, ríos y faldas largas de señoras preciosamente terrenales. Y te tengo a ti entre mis dedos, no me estás doliendo, no me estás doliendo…y cierro los ojos besando todos los hilos de la cuerda. Y anochece el domingo. 

miércoles, 6 de abril de 2011

Estratagemas & Narcisismo


De esto no voy a culparte. Porque en estos días no te recuerdo ni te sé. Y nada de estos malabares tiene que ver contigo. Las noches son frescas, inherentemente a abril, aunque nunca entendí abril, porque abril no me significa mucho. Lo es julio, a veces mayo. Mayo sobre todo. Lo es octubre, sólo porque me gusta su nombre, aunque no festejemos nada ni aquí ni allá. No, de este odio que me surge, no voy a culparte. Porque la verdad es que soy bastante feliz. Por el momento. Tengo canciones tristes y alegres. Todas al mismo tiempo. Tengo vino y cerveza en la nevera. Tickets de autobús que me llevan al sur. La gente que me ama. Algunos que yo amo. Aunque sinceramente, he descifrado gran parte del amor con mis pocos años. Y el amor es simple, y a las simples cosas las devora el tiempo. Así que lo llevo como el algebra, cuando sientes que ya conquistaste el mundo con unas cuantas ecuaciones, o eso me decían algunos ingenieros. Que también me quisieron, y ya dejaron de hacerlo. Supongo que también lo resolvieron al final. Aquí, sólo ocurre este espacio y esta nada. Cuando casi ha terminado el día, dentro de nuestro universo, estoy cansada de mí, principalmente. Me desvisto. Luego me visto otra vez como si hiciese falta.  Adoro esa sensación que resta al despojarme de todo. Quedarme sola. De odiarla mucho -sin hacerlo-, jugar a las caídas y a las historias mal logradas, pero corrigiendo los pasos, para no ahogarnos sin haber llegado al fondo, y a la cima. Contémplame, soy la misma hija de la chingada. Sé que voy a herir a alguien, y mírame, no me detengo. Hay guerras de azúcar que no pueden reconciliarse. Caminos no recorridos jamás, pero sufridos, de tal modo, que podrían culparte de todas mis tragedias. Pero no. Yo se los grito: NO. Esto no se trata de ti, creo de mí tampoco. Estoy recorriendo senderos que evocan al pasado de alguien, y hago batallas en presente para que le duela cuando menos lo esperaba. Es que a mí también me esta hiriendo, casi sin hacerlo, como la vanidad. Esa posesión no poseída. Tengo en reversa las ideologías de libertad que con tanto trabajo cimentaste. Ya no sé como no pertenecerle, ni serle o serle, de tal manera, que pueda abandonarme cuando más se le apetezca. Un día domingo con sol. El próximo verano. A ti, te quiero decir unas cuantas frases más. Pero, súbitamente me quedé sin aire, viendo como se me escurre – a veces- como el agua entre los dedos, cuando siento que pierdo el trayecto hacia sus bien torneadas raíces. Ya ves, yo no te culpo de nada,  jamás lo hice, sólo de crueldades y estratagemas inusitadas, yo que sé.

Mientras tanto, y estás afuera de todo, tú ten presente que  soy genial y no me olvides.

Waltz

sábado, 2 de abril de 2011

Tu enfermedad



[… ] y te amé por permitirme vivir contigo el milagro de un poniente o de una aurora en la que los árboles se despeinaban de algas, y los petroleros adquirían la dimensión de las catedrales, con santos, y cirios, y altares en la bodega, y las notas del canto gregoriano que salían con el humo por las chimeneas enormes. Amé tus hombros estrechos, tu nariz, que goteaba de gripe, la voz que se irritaba y me reprendía, las piernas delgadas bajo la gabardina, amé la fragilidad de tu cuerpo y tu modo de andar, doblada por la brisa de febrero, y amé
disculpa
tu enfermedad que me permite acompañarte […]


António Lobo Antunes


[Gracias por permitir 
 lo de la foto...]

miércoles, 30 de marzo de 2011

Canciones de mar I


Querida María:

La mañana de miércoles desperté sin ti. Lenta y taciturna me movía, con ese ronroneo melodioso del llanto que pasó. Un llanto nocturno inconfundible, cuando se va a la cama resuelta a dejar ir las tristezas propias, y las que se sienten por del mundo. Cuando no podemos hacer jamás demasiado. Dos generaciones perdidas por los ideales y por haber peleado siempre ‘por lo bueno,  lo justo y lo mejor de la vida’. A veces también siento gran ternura por  la bondad de la humanidad. Pero eso no sucede muy seguido. Recuerdo que el invierno pasado dejé una carta trunca que comenzaba más o menos así: Amor, hoy he llorado de ternura por el amor de los hombres.  Hay tantas cosas que no te he dado, y de las que tampoco te hablo. A pesar de hablar mucho. Tú sabes que mi verborrea sin sentido, frecuentemente, es solamente eso. Intentas acomodarlo todo para que al final brille ese rastro de genialidad, pero no. Debes tomarme así.  Mis recuerdos del mar, de las casas, y los bosques. Los besos de Isabel. Canciones que provienen desde el fondo del océano. Hoy he pensado en mi abuela. Debe ser que estoy próxima a los viajes, y a la familia, la luminosidad de su casa, los árboles en primavera, los ríos, el altiplano que solamente veo desde lejos.  Salí a la caminata matutina. Pensaba en llegar a escribirte. El olor del viento, tibio, las nubes muchas sobre nosotros. Todos esos signos me obligaban a cerrar los ojos, encogerme de hombros, conoces esa imagen.  Pensar en ti. Recuerdas cuando te dije, que desde que llegaste tú, ¿me encanta el sol? Me encanta el sol, María. También he aprendido a reconocer el aroma del calor, ese cálido aire atravesando la piel, como si fueses tú. Te cuento, mi recuerdo de Isabel es simple. Las mañanas de marzo como diminutos besos en los hombros. La gente quemando basura, ese humo, amor…el aroma del humo que sé que no soportas. Pero a mi me recuerda su casa. Las cenizas. La madera ardiendo. Señoras moviéndose entre el colectivo y las calles. Sus morrales de mercado. Su expresa amabilidad con los extraños y los turistas. Me venía como el sonido de las playas tan temprano, como amando la vida con todo lo que viene.  Mi melancolía de ciudad, esa donde te dije por primera vez que te amaba.

Mira, no todas las canciones de mar son tristes. A veces es mi madre gritándome que no me vaya tan lejos, que no camine hacia lo hondo.  Nos vamos pronto ‘o este año no sé si iremos’. Como una puerta abriéndose y cerrándose. Amaneciendo a media tarde, los ritmos lentos, María. Me he quedado en casa escribiendo, a ver si de pronto me llamas o te hago llegar la carta por los medios más veloces. La he de pegar en el sitio de siempre, con un clavo, y una melodía.

Y no estoy nostálgica María, es el mismo método de mi cuerpo latiendo y separándose de aceites y líquidos azules. Estoy jugando a los bolígrafos, las hojas de papel, y esta manera mía –tan tuya- de derramar  la vida  con delicados placeres húmedos: mis lágrimas, tus espasmos, y el agua de marzo que ya te contaré.

Waltz - Ella


[Ao, te puse a Tiersen. 
A que te acuerdas de una larga carta 
con Au dessous du volcan o ... era otra ...]  

sábado, 19 de marzo de 2011

Para salvarme




Estás llegando a ese sitio en mí, donde definitivamente, no hay regreso.  Lo digo más por ti que por mí. O viceversa. Yo te lo advertía desde el principio: vamos, hermana…no caigas. No me dejes entrar. Tú me explicabas diariamente más o menos las mismas cosas: cállate, no me resisto. Cállate porque nada de esto es cosa tuya. Después yo agachaba la cabeza, apretaba los labios. Me ponía a escribir en esa vieja máquina. Desenredabas mi cabello con tus dedos. Pretendías que mi bien lograda nostalgia, no reinara ni un solo minuto más. Pero claro, colocaba en el aparato de música aquella sonata triste. Y heroica. Nos llenábamos de gozo. Nos llenábamos de algo…. verás, aun no sé exactamente que era. Llegabas a mi espalda y me abrazabas desde allí. Y ya no te ibas. Regabas las plantas. Regabas las plantas porque a mí todas se me mueren. Intento agradecértelo con tres horas de estupor. O una llamada los lunes, para que la semana encerrada en nuestra estúpida vida no te desgarre los pies. Hay que andarla. Hay que andarla, hermana, aunque cuando vea largos caminos me quede estática o temblando, intentando dar un paso de vuelta, y dar un paso para seguir, y no hacer ninguno al final. Hay que seguir aunque nos duela. Pretendo hacerte entender de una vez cómo es que aunque el agua fluya, los besos se me prendan del vientre o del sexo, llego a condenarme en los barrancos, y en los altos edificios cuando ser yo se me viene muy encima. Y no puedo no pensar en la manera dramática en que tus manos se agitan cuando se despiden de mí. ¿Sabes lo que te digo? Un teatro fugaz cerrando sus cortinas a la tarde y todo me destruye.

Para salvarme, pretendo coquetearle a todos. Hacerles felices a todos. Pero tú con tu risa blanca habitas esa zona inerte –no se te olvide- de donde ya no puedes salir. Juegas, cierras las ventanas a las seis. Caminas descalza mientras no, mientras no quiero susurrarte: Me voy a quedar dormida en el piso de la sala. Y no tengas que besarme, hasta que todos los candados se encuentren en su sitio. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cúmulo y Tardes provincianas





Algún día alcanzarás
esta llamarada de sol

no pronunciaras palabras humanas,

querrás subirte
bajar
entrar
en
mí

a lo mejor vuelvo a ser
lo que antes

corregiré guiones por las noches
escribiré por las mañanas,

el café será amargo
y el aire muy quieto

los pianos como siempre,
encenderán
nuestras piernas.

A lo mejor re-nombramos
las horas

inventamos un nuevo arte

mientras sigamos vivos
y no te busco, ni me buscas,
no hacemos nada grande con la vida
nadie recuerda nuestros nombres.

Quiero decir que me estoy tendida
sobre la cama
como susurrándote utopías,

pero no logro más que estudiar
sobre gramática inglesa,
leer a Alexandr Pushkin
o a Ibn Hazm
y escuchar la banda sonora
de Goodbye Lenin,

perder el tiempo

y contar razón por razón
del porque me encuentro 

aquí, inmóvil, esperando.

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Quería llegar a ti. Tenía ya listas las maletas, y todo lo sobrante. Un sagrado sacrificio de mi piel, y las condenas. Todas listas, en fila, para embarcarme a lo que decimos: será mi destino. Había esa necesidad compulsiva de dolerme esparcida sobre todo el piso. Odiaba tanto a mi madre, que ya no alcanzaba odio para ninguna otra mujer, mucho menos para un hombre. Y muchísimo menos para ti. Por eso me quedé a medias calculando las frases de una tarde común. Los libros, los himnarios, y tal, serían únicamente luces diluyéndose en la acera. Quería llegar a ti con muchos discos, con nuevas canciones y sonrisas. Casi podría ponerme a llorar, en soledad y sabanas, cuando no me quedan más lámparas para esta oscuridad. Me revolotean unas preguntas en la boca. No hago nada. Separo fotografías en blanco negro y las de color, donde se me ven bien los labios o por textura.

Tenía ganas de llorar, y me puse a pensarte.

Por eso estoy aquí, con las piernas desnudas y con una melancolía de viejos libros que no sé cómo explicarte. Al menos no sin desvariar.



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Los días han pasado imperceptiblemente. Vivo y no vivo, y todas estas paredes se incrustan en mi propia geografía. Tengo el orgullo –y la pena- de leer incansablemente, hasta que se me secan los ojos, hasta que los ojos no son. Hasta que se pasan las horas, y no me disuelvo entre el hedor de enfermedad. El malestar y el no estar. La lentitud del enfermo. Las cicatrices y  resequedad de un cuerpo que no encuentra respuestas. Mi propia carne retando a la edad en el encierro. ¿Cómo sostenemos la vida? Enumeramos motivos, y esperamos a que amanezca. A ver si amaneciendo el andar se nos compone. Los días no son más días contándolos en un papel con dígitos consecutivos. Pero hacemos comer y beber en los domingos. También suceden caminatas en la tarde, en ocasiones. Eso cuando los días han transcurrido inevitablemente y la recuperación no se escapo de la conocida ‘mejora gradual’. Tomas placer al pasear a los pequeños. Re-conocer las calles entre el olor ahumado del barrio, la hierba tostada, fundiéndose con los sonidos de la vendedora de tamales. Ese carrito chueco y lento con su megáfono anunciando que, si lo deseas, la cena ya estará servida. Los niños ya conocen la tonada y la repiten, van atrás del auto. Y me lleno de ternura. Pienso en llamarle. Invitarle a observar al faro y su pintura desvaída azul. Vivirnos levemente. Recoger la tierra que nos sobre dentro de los pies. O entrelazar las manos, para que la idea de no aferrarse al piso tenga sentido. Despertar. Había que volver a casa con esa imperceptibilidad del después. Juntar este montón de sentimientos. Vivirlos a la velocidad de la luz. Aspirar la debilidad de los huesos, dormirse cuando haya pasado el temblor. En la majestuosidad de no merecernos –todavía- la muerte. La crónica de un día apagándose con las bombillas de la noche.

 Como las vibraciones de una orquesta, luego el silencio.

viernes, 4 de marzo de 2011

De un bar y sus luces



Alguien sin rostro llegaba a decirte: sí, ella pasó a buscarte, pero no estabas. Tú con la altanería tan propia de tu nombre –y tu país- alzabas las cejas. Luego te acariciabas la boca, te dabas la vuelta, decías que ibas a estar en el bar around the corner. Que no te esperara despierta. Eso. Dos o tres notas. De la otra cosa me olvide, si lo recuerdo te lo digo. Yo me puse a jugar en la acera. Era de noche. Pinte con tiza dos círculos enormes. Luego entré al bar, entonces, todavía ponerme zapatillas de tacón fino era posible. Estabas allí, guapísima como siempre. Ahí todos nos conocen –conocían- y procuran darnos mesas de extremo a extremo. Me traían vodka, llegaban unos hombres. No sé que decían de mi cabello, del escote, que tengo que arreglarme los dientes. Pero sólo abría mi boca para beber más. Claro, hago ese gesto, la enchuecaba para que se largaran de una vez. Pasaban más gentes. Sólo tenía que inclinar mi cabeza, y allí estabas. Coqueteabas con todos. Pero de vez en cuando volteabas la mirada, soltabas una carcajada y otra vez las cejas. Luego te rascabas los parpados. Esos idiotas comenzaban a aburrirte. Después llegaban unas mujeres muy altas, se sentaban contigo, leí de tus labios: sí, y un viaje a Japón. A mí me llegó un tipo muy creído –ya sabes, no me gustan- a decirme que se había acostado contigo, captó mi atención. Le vi a él, luego a ti, te hice una seña; me dijiste con la cabeza que no. Llamé a seguridad. Se lo llevaron. De a poco y de pronto me iba sintiendo ebria. Me conoces ebria, tengo orgasmos con la música, a veces te lloraba en las piernas, hablo mucho –pura pendejada-. Me venían a decir que en realidad si lo hiciste con varios, pero no te gustaban tanto. Y tenía yo que conformarme con eso. Me iba venciendo. Las manos las estiraba y con toda la palma me sostenía de la mesa, el cuerpo me escurría en la silla. Tú te veías cada vez más endemoniadamente bonita y sin prisas. A mi ya nadie me hacía caso. Entonces notaba tus ojos como creciendo en la espera a mi muerte. Ya,  te ponías de píe. Creo decías adiós, te despedías con un movimiento de cabeza, como mandándolos a todos al carajo. Yo no lo sé, esas imágenes de las noches, tal parece siempre las he distorsionado. Igual me pediste un taxi para que llegase a salvo a la puerta de la casa –de lejos unos metros-. O me llevaste tu misma, pero me abandonaste después. Amanecía con lágrimas, vómito y amnesia.  Ya no sabía de ti en varios días. Como que a las tres de la mañana te dispersaste con las luces de la ciudad. Mientras dormía la gracia de vivirme, y me daba tanta risa, que la otra nota decía que me extrañabas. 

Foto: Stolen
by ~instantvoodo

lunes, 28 de febrero de 2011

Lunes de febrero



Déjame contarte de hoy: al despertar ha sido cine dramático, lágrimas y pañuelos. Suecia, y el autismo de mi mujer. No puedo, todavía, después de veinte años, comprender los susurros de mañana. Los llantos de mañana, los pañuelos, la tristeza de mañana en el televisor. No a las noticias, los pronósticos del weather, esa misma boca tuya, roja, apretando los gestos para que yo me los coma después. Hacemos actuar. Te lo digo así, porque despertamos desnudas a veces, y no sé cómo moverme para no despertarte o cómo encender el radio, colocarme frente a la puerta, voltear a mirarte con toda mi melancolía sobre los hombros. Para que no lo notes cuando nos marchemos de aquí. Todos los olores matutinos se confunden. Lo mismo la piel a las sabanas. Trato de hablarte claramente. Así cuando hables de mí, no tengas que extenderte mucho, sólo: tiene esta costumbre de describirme todas las cosas. Y de hacerse muy grande y muy pequeña. Llora por las mañanas, sabe’. Y que no te explicas por qué, nunca muy bien por qué. Constantemente ese momento te lo pierdes. Porque cuando me miras, ya es de tarde o de noche, y viernes. Hasta entonces no me sabes. Guardamos silencios debajo de los párpados. De tal modo que podemos vivir perfectamente separadas y sufrirnos –acaso- levemente en un domingo frente al río, y el sol se ve muy cerca, la barriga llena (el corazón contento) pero no del todo, del todo, jamás. Allí se escriben notas: te amo, te beso, te quiero a ti. Allí te pienso como amaneciendo en ti sin hablarte. Hundo los píes en el agua. Respiro como dejando ir la voz en un goteo. Hasta que anochece.

Al contrario, ahora me sucede el lunes como a los dieciséis. Me voy con un vacío en el estómago, y los ojos llenos. Libros y cartas en el bolso. Pero no a clases. Iré a almorzar con una chica, otra chica, la misma de siempre. Déjame contarte de hoy: he partido de mí. Ya no me habito. Pero ya, ya veremos mañana.

lunes, 21 de febrero de 2011

Hey, Madeleine



Me quedan dos semanas para guardar, sí, tu voz tristísima y nuestra destreza de alcoba, en mi cajón de lencería. Ya, tus pelusitas de calcetín, y las no llamadas vespertinas, amenazaban con marcharse desde la primavera. Pero hacíamos caso omiso, Madeleine, tal tú y tus manos sobre mi librero. Yo diciéndole a tu espalda: no, no los he leído todos.  -Deberías, uno de estos días ¿sabes? Son para eso - Sí, lo sé. Bueno, que no todos los días está la luz, tan clara, tu espalda… de esta manera - Qué no lo sabes, Waltz, en domingo sucede siempre la misma luz, déjame explicarte. Y seguiste conjugando verbos para salvar el domingo. Madeleine, ¿qué decías también de mi blusa? Ahora que te marchas debo guardártela en una bolsita de papel. Porque según tú, desde mi escote, desde allí,  nacían unos pájaros rojos, y las ramas de mi cuerpo se balanceaban junto con ellos, para hacer la banqueta crepitar con nuestro estruendoso andar de ninfas. Pero yo te decía que no era más que levedad insólita. Alucinabas. Me engrandecías. Como todas las mujeres en mi vida. Yo intentando decirte del gato y el trueno. Qué ese día llovió, que nunca me han gustado mucho los gatos desde mi adolescencia, pero lo cubrí, Madeleine, lo cubrí. Teníamos frío. Y tú no abrías la puerta. Fue entonces que te hice aquella carta tan larga, y te prohibí venir a mi casa. Pero te quedabas en la esquina a observarnos a Romeo y a mí. Eras todas las cosas vivientes con ojos. Fuiste terrible, Madeleine, también eras todos los monstruos debajo de la cama. El coco, una semana sin viernes en la noche. Cuando se va al baño y se ha quedado sin papel. Yo no me río, de verdad, te lo digo con amargura. Salvaje, Madeleine.

Voy a dedicarme enteramente a ti estas semanas. Sabes porque ¿cierto? Las partidas son procesos de innumerables pérdidas. Me debo preparar a tu mutismo. Aunque nuestra ausencia parece clarísima desde hace años. Pero, cómo olvidar tus pecas y esa sutil manera de construir la añoranza de la tarde.  Haré paseos, Madeleine. Alguien me llevará películas a la habitación. Llenaré otra vez los estantes. El abuelo me hará otros más, de madera. Voy a seguir siendo yo. Nombrarte es vivir como masticando cenizas.

Hey, Madeleine, aunque la vida te distraiga ven a verme, cuando puedas. Me acordaré de ti. Olfatearé tus restos. Lameré tu recuerdo como un perro nostálgico. Cuando quieras, cualquier día, coloca ese gesto incomprensible de tu fatalismo delante de mí. Te quedarás en el cajón a salvo, te lo prometo. Ah! cómo amé y amo a tu pueblo, Madeleine!

viernes, 18 de febrero de 2011

My DEAR* [dos maneras de ver bajo mi falda]


FOTO ©2004-2011 ~AlexWilson

Creo que en treinta segundos voy a besarte. Me has dicho que el cabello largo me queda bien, y tu cotidiano ‘ha pasado el tiempo’. Yo te sonrío. Bebo mucha agua. Te cuento sobre mi dolor de cabeza y náuseas. No haces mucho, sólo te preocupas, das recomendaciones y me hablas sobre ella. Tienes otro acento. A mí me vienen recuerdos infantiles como la vez que me mordiste el hombro mientras te leía un poema, mis celos apenas (inútiles) ante tus parejas anteriores, y el cachorro que rescataste de la calle y luego tuviste que devolver. No me preguntes en ese momento por qué. Por qué mirarte. Detenidamente. Estas cosas sucedieron todas ‘hace tiempo’. De cualquier modo cierro los ojos cuando tú volteas. Hago como besarme con las manos. Luego me vistes entera con parpadeos. No sé como lo logras. A veces parece que susurras para que no escuche. Es negar. Ocultar. Minimizar. Es tal aquella vez; mi imagen egotista ‘no necesito a demasiada gente en mi vida, lo sabes’. Quería decir solamente tú me eres necesaria, y los demás salían sobrando. Pero no te lo ponía así. Por eso las risas a veces. Estoy pensando. Sin que signifique mucho. Tenemos calor. Tenemos frío. Y ya, te sonrojas. ‘Mira un momento a la mesera, te pregunta si necesitas algo’. Y yo mirando sus zapatos: no, nada, gracias. Muerdes tu boca. Según ibas a dejar de hacerlo en mi presencia. El lugar se inunda y todos te conocen. Me intuyes la molestia y el desprecio. Ya, ya se fueron, querida. Y no te he besado todavía. Es chistoso como nos cambia el tono de voz. Muy susurrado. O comiendo las palabras. Saborear nuestra conversación de todo y nada.  Simulamos  que nos queremos.  No te he besado, no todavía.

‘¿Qué harás cuando te marches a casa?’
–       No lo sé. Probablemente me acueste con alguien


...

Reconoces que esto de odiarlos a todos, no nos sirve de mucho. Estamos fumando como a los diecisiete y me rasco sobre la clavícula. No comprendo mucho. Permanecer en departamentos, sin dormir, hasta las ocho de la mañana. Amanecer en el suelo. Vodka barato. Eso ya no es usual. Te repites: mañana domingo. Mañana domingo como si hubiese algo. De pronto te esfumarás. Heredarás una fotografía que muestre lo grande que soy, y lo insignificante. Pero tendrás memorias de mis orgasmos. Y de mi música. No hacer mucho los sábados. Buscar momentos para saltar de la cama y morderte los pies. O nada de eso. Las letras están ahí, eso, seguro. Como un mapita inconcluso que me di la tarea de hacer para el naufragio. Y mi sudor. Y mi insaciable cadera. Sobre todo la mirada perdida al anochecer. Y que no me peino jamás. Pero estamos oliéndonos los brazos y acariciando las cortinas. No sé que hacer contigo.
 [A los demás puedo odiarlos, al menos]

jueves, 17 de febrero de 2011

Relato de un martes no pronunciado





I

Of course, the sound.

Las luces naranjas te recorren la piel, como transitando, entre sombras, esos sitios donde no llegaron los dedos a contar protuberancias. Ni las heridas existen [cicatrices imbéciles, sin nombre] en medio del pecho. Hoy, pronuncio debajo de bombillas defectuosas, algunos dolores, especificaciones, ropa negra -dándonos calor- todos los signos tan distintos. Ellos me halan, con la debilidad aquella después del alcohol por la mañana., llevada a cuatro patas. No música, no personas, nada. También es caminar a través de largos y blancos pasillos. La parada del colectivo. La mirada de las mujeres pretendiendo que no te miran los labios, y no se preguntan por lo tacones que hacen falta.

II

Fue no mirar, también. Se perdían entre volutas y canciones derramándose sobre los oídos. No podíamos escuchar, no podíamos hablar. El amor, no existía. Era una silueta intocable en tonos verdosos y resaca.

No.
No, nos llamábamos.
No te precisaba.

Tampoco estaba la necesidad de buscar a otra mujer o dos. Ya no aparecía la verdad descubierta: no se ir más. Ya-no-sé-ir-a-ti. Pero tampoco. Enumeraba diminutos hilos desvainando la piel. Apretaba los puños para no gritar en medio de las gentes. Contenía el agua para no inundar los cuartos. IBT Test Classroom. Cambridge Test Clasroom. Y todo lo demás. Escribir cartas nocturnas, matutinas y vespertinas. Intentarlo al menos. No tener nombres con cual firmarlas. Me encontraba hasta abajo y el mareo fugaz me estiraba las extremidades hasta que pensar desaparecía.

Ni siquiera escribirlo.

III

Entonces ya no supe qué hacer. Volver a casa a píe. Encender aparatos. Dejarlos con su zumbido. Dejarse caer y dolerse el cansancio. Y pude luego decirle, rápidamente, que no entendía vivirme un día jueves, y los demás días tampoco.

Lamenté entonces ya no tener más tierra bajo los pies, de tal modo, poder crecer las raíces para quedarme inmóvil, entre los objetos, me between the yellow lights, ¿y me recordarían así? Cruzando los días de puntitas, y mareadamente, nauseabundamente.

Ha pasado el tiempo ya. Hoy el sol, y las olas. Los dedos vuelven a andar. Hay sensaciones muertas, y los pensamientos que creíamos no volverían a arrancarnos un pedazo de martes, todo el martes, tres días.

Todavía la memoria, y mi figura exhausta, de cuando llegaba la tarde.







©2011 ~ElifKarakoc

miércoles, 9 de febrero de 2011

Entre líneas




Yo, como todos, sólo hablo de ti –y demás- cuando he  bebido mucho alcohol. Pero trato de recordarte según situaciones muy específicas. Lo intento, entre otras cuestiones, para no borrar nuestros -todavía- nítidos padecimientos. Sirven, constantemente, para que el día no sea solamente un ‘día’ donde no se pudo beber, comer o volar. Un montón de sentimientos indescifrables haciéndonos nudos los músculos y recordando que dentro tenemos arterías, hierro etc. De esa forma, podemos simplemente agradecer cuando la felicidad sucede. Por ejemplo, esta mañana, amanecí odiando completamente la sincronía de vivir un miércoles: trabajar, tener que hacerle remodelaciones a la casa y salir muy a prisa, con cuatro personas más hacia los bancos. Después otra vez a la escuela. Almorzar con un hombre extranjero hablando en idiomas que no son tuyos. Comprendes lo tedioso que llega a ser. Después explicarles eso de las monedas a mujeres impacientes. A veces parar un minuto para olfatear el día. Hago aquello de poner las yemas de los dedos sobre mis labios y estremecerme, y cerrar los ojos. Es desolación. Creo que luego me enfermo del estómago. Deambulo por los blancos pasillos buscando donde descargar la náusea, el encendedor en la mochila, el teléfono.  Todas las razones porque pintamos el día de rojo, si no sabemos explicar la impotencia a puño cerrado. Supones las horas pasando, como llegar a casa, trabajar otro turno. Quizá saborear los dedos de alguien. Eso, en  el mejor de los casos. Entonces la música muy al final del día. El cigarrillo. Y todo aquello motivando no borrarte del espejo. Entonces sucedes tú.  A cierta medida del dolor: tan propio de la noche. Yo, como siempre, quiero decir que hago lo que puedo. Esto de vivir -como se puede-  es lo que hay, pero no me gusta. Con suerte alguien premiará mi esfuerzo con unos tragos de anís  mañana jueves. Y allí en la cocina le hablo de ti entre líneas, seguro.

lunes, 7 de febrero de 2011

[Ofelia Waltz: Algunos textos (in)Completos]



A modo de debut
o re-inauguraciones
[Foto: M.M]

El insecto se aleja de mí, huyendo bajo de la cama. Tal parece estuvo jugando conmigo dentro del sueño. Era aquello escondiéndome llaves, bolsos, etc. He soñado con mi padre de todos modos. The morning it’s very fine. Hay un amanecer envolviéndome los brazos. Alguien pequeño durmiendo junto a mí. Aun. Pero siento tu abrazo, y mi indiferencia. Lo entenderías nulamente todavía. También es hacer el amor. Mis dedos recorriendo el pliegue de la sábana. Cerrando los ojos y abriendo los oídos a la poesía. O dejarme ir dentro. Hacer música con caricias, apenas tocando. Y hay una tristeza que me desconoces. Ya no tiene nombre femenino. Pero es admirar los objetos y sus bordes. Como verme pasear por la casa con los brazos abiertos y la cabeza inclinada. También es felicidad, lo sabes. Totalmente distinta e impenetrable.  Ese baile inocuo que me hizo diferente a las demás. El sufrimiento egoísta. O la belleza tonta de alguien diminuto e ignorante de la vida y sus edades. Hoy haría doblar todos los manteles, las fundas de las sabanas, los bordados de Isabel, todo eso con un amor definitivo al silencio. Es una tranquilidad perpetua dentro de mí de la que a veces no te hablo. Es soledad imaginaria. Cierto mareo sin apellido que se intensifica por las tardes. Aunque me cubre tu abrigo, miro hacia atrás sobre mi hombro. And the difference it’s amazing, love. 

...

Necesito llegar y besarte las manos. Soplarte en ellas un sueño que ya olvidé. Pero hacerlo calladamente una mañana de martes más o menos a las ocho. Observa, es explicarte que podemos estar así simplemente: yo, sentada en una orilla y tú, caminando sobre espirales de piel blanca. Es posible traspasar paredes en ese instante si nos olvidamos de todo.  Verás, hemos vivido así. Los dos en habitaciones separadas escuchando los muros. O sobre una calle danzando y murmurando los juegos abandonados hace años. Bajo un cielo suciamente gris de noviembre así, silenciosamente, bajando la cabeza y dejándose diluir un poco en el asfalto. Pero a muchos metros de distancia y queriendo no encontrarse jamás. Y sintiendo a momentos ahogarse. O como un orgasmo que se acerca desde abajo. Pero no pensar en ti a esa hora. No pensar en ti. Pasar la página temblando.

...

De pronto en la cara una mueca. Como si me vieras. Aquí. A solas. Sobre la cama, desnudas, la cama y yo. A veces tecleo con tal delicadeza como si fuesen las vértebras de una mujer vulnerable. Desde allí, ya no entiendo ni los ojos llorosos cuando te escucho nombrarme tal y como si significara la vida, que se refleja en ti, siendo una piel y un beso nuevo. Todo es mejor dicho: una sonrisa. Mi cuerpo como ayer que no es más el mismo. Posiciones mías; películas, caridad, besos inoportunos en cada uno de los dedos. Eso te decía: qué estás demasiado guapa, y me muero. Y las muecas. Decías que te las habías aprendido todas. Y no lo decías. Creo que entonces tomabas un cigarro e incendiabas una banqueta. Colocabas tres gritos a la altura de mi garganta para describirme la euforia que significaba: habernos encontrado a las nueve de la noche en cualquier lugar. Ahora permanezco así. Soy una figura pequeña en la oscuridad nocturna y con dos metros así, tuyos, le dibujo un gesto al aire, contando respiraciones perdidas en un momento de excitación. 

...

Sé que en unos días veré una película triste y me acordaré de ti. Lo sé por el ritmo de los parpadeos de ese hombre. Lo sé porque estamos de pie sobre esta acera, él y yo, y hacemos las miradas más adecuadas demostrando cuan serenos nos sentimos. O cuánto pretendemos serlo. También lo sé porque mi madre me da besos dosificados a las doce del día. Y me dice: esa mirada la conozco. Luego se ríe de mí mientras se aleja. Lo presiento, porque igual, por las mañanas me río mucho y juego con los pequeños, y ya por la tarde, cuando todo se va, se muere, se oculta; busco una esquina y el silencio. En un rincón: soledad y azotes fríos contra la carne. Me estoy allí sentada contando pelusitas en el aire. Cuantos pasos ha dado el chico de la mochila. Preguntándome el porque esa mujer maltrata a su hijo y me nacen ganas de golpearla a ella, y no lo hago. Pero sin decir mucho. Diciendo nada. Como esperando los insignificantes signos. De todos modos no haré demasiado cuando recordarte suceda. Ella me mirará con una nostalgia que nulamente reconoce. Sabrá del cine y los alfajores que comeremos, masajeara mis párpados que, prematuramente, se cansan. Claro que voy a intentar elegir. Por supuesto que voy a evadirte. Luego llegarías por la tarde diciéndome del mundo que te tiene harta, y ya no sabes qué hacer con tu nostalgia entera; antes tenía algo de congruencia sufrirnos porque los imposibles son la pimienta de las utopías. Ahora te sufres porque no te queda nada más. Sé que uno de estos días voy acordarme inocentemente de ti. Lo estoy haciendo. Te estoy hablando.


Bah! Ya estoy bajando por una cerveza…