Estoy comiendo con mi madre, un restaurante muy snob a veces, y me dice: tú y ella son una mentira. Hemos bebido cerveza, yo ensalada de espinacas (?), ella comida tan mexicana que es sobre todo el color rojo del picante. Me dice que me hago cada vez más guapa, que los veintitrés me sientan demasiado bien. Y que no tome demasiada cerveza. No, no demasiado mi amor, nunca. Pero luego comienza a decirme: esa, tu amiga, esa tu jefa. Etcétera. El estómago te sangraba hace una semana, vamos, vamos, no bebas demás. Pero ella bebe demás siempre dándome el mejor ejemplo. Estamos cansadas, vieja. Lo estamos. Qué más da el dinero. Hay días donde lo Waltz te brota del cuerpo y te explota la cabeza. Y no puedes hacer mucho contra ello. Siempre están las paredes y la gente que quiere besarte y poseerte. “Que mi principal interés era dejarte sin habla”, y lo he logrado varias veces. Eso dicen, y te da mucha risa. Ella sigue bebiendo. Sólo me faltaría oscuridad y luces naranjas alrededor. Habría perfección inhumana. También me hace falta tiempo. Del tiempo que puedes gastar en hedonismo como antes lo hacíamos. También me hacen falta unos labios rojos y dulces. O con sabor a tabaco y ya. Se lo cuento y sonríe. Suena una canción a lo lejos. Es sombra. Casi como la penumbra de los minutos ausentes. Pero ella está allí. Y me basta. Tiene una voz madura que intenta calmarte. Entiende dulcemente la calidad del tiempo que nos hace reír el domingo por la tarde. No hay silencios suficientes para llenarnos la euforia. Ni para vaciarla. Tengo cansancio mamá, tengo. Todo se vuelve un gritillo desesperado que se va cayendo. La mesera es amable, decimos. Como si no pudiésemos, nos sirve en los tarros, a mí que no me gustan. Luego con una pequeña seña le indico que no, a mí me gusta beber de la botella, se sonroja, se va. Luego vuelve. Casi ruego por una mano que recoja la tempestad de mis dedos. Pero ella y yo seguimos hablando; mira, tú y yo somos iguales hija, al final nos quedaremos solas. Y me duele un poco lo que dice, como desapareciendo el domingo tal cortina del día. Como pidiendo perdón y no ser perdonado. Ah, hay algo incompleto en estos asuntos. Una infelicidad. Una infelicidad pequeña que se nubla entre mis piernas. Y pareces otra persona. Eres otra persona. Te debilitas. Eres débil ya cuando asumes que las cervezas oscuras te han llegado a las sienes. No sabes como contestarle. Creo le digo algo como “no sé, pero no existe algo más parecido a la perfección, madre”. Pero se ríe, se burla, hiere como es costumbre. Y en el último trago asumir que sin lugar a dudas ella está también allí, poseyéndote perpetuamente. Como en el principio de las cosas.
domingo, 31 de julio de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
Quien escribe una carta al amor en la moleskine
Te confieso, ansiosamente, que anhelo quedarme en casa todo el día, y besarte los ojos. Como el verano pasado. Yo te descubría. Me trasladaba. Me quedaba en trance contigo, y aun. Antes el color verde y amarillo. Diez minutos más, y mis distracciones. Ahora el frío azul o el violeta. El silencio que aprendías, lo memorizabas. Contábamos siete veces siete hasta que hablaba otra vez y comenzabas a amarme menos, y más. Ahora gritar ‘te extraño’. Y hay una tranquilidad de saberte allí entre las horas. Diciéndote que echo de menos las banquetas donde solía escribir. Que extraño mucho perderme sin dinero en los bolsillos. El amor que me flagela a todas horas. Incertidumbre de música sin letras cosquilleando en los ojos y las orejas. Desear definitivamente eso. Cualquier niño llegaba, me pateaba los zapatos despacio preguntando: qué haces con ese cuadernillo. Yo decir; es solamente algo que hago. Y los encuentros furtivos. Y los amantes asesinos. La dureza de amanecer. Que tu presencia me dicte los pasos siguientes o la estabilidad del estoicismo. El verano pasado estaba con Isabel, cocinábamos canciones, un tiempo. Me emborrachaba en casa de los tíos y comía pescado cerca del mar. Luego tú me llamabas. Luego tú aparecías. Echo de menos mi vida de niña, amor. Ahora uso uniforme y tengo dinero para vino del caro, sigo comprando del barato igual. Tengo las enfermedades del adulto que no duerme y se preocupa. Nunca me había dado tanto asco mi manera de vivir. Pero la gente me mira, y me dice “tienes veinte minutos”. O hay hombres de distintas nacionalidades diciéndome “te quiero hacer el amor”. No les digo que quiero hacerlo sólo contigo como sólo tú y yo sabemos hacerlo. Que mis manos te buscan de tal forma que únicamente pueden apretarme los muslos a las doce con treinta de la noche. Esperando el invierno.
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Martine,
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jueves, 21 de julio de 2011
Y un cello en la mañana
He repetido tus pasos y tu voz, dos veces, y eran las diez de la mañana. Las piernas continuaban con una flaqueza de tacones indiscutibles, y los pies como dices “tan pequeños”, recordando lo doloroso de no sernos, de no sabernos tan bien. Y de no estar. Que podríamos decir que adivinamos los saltos diariamente. Aun así conocernos, nada, de sernos nada. Acomodarnos por ahí a la vuelta de la esquina y toparnos con el gesto aquél, de las manos en los bolsillos. Y mi incomodidad. Y mi tristeza musical, perpetua que nadie comprende. Y la indiferencia que no amo ni amaré nunca, grábatelo bien. Ya sé que no tengo que repetírtelo. Ya sé, que todo esto que nos nombran al anochecer, esto sugerido por los demás, no logra cristalizarse. Tengo deseos cautivos debajo de la lengua. Un sentimiento perdido, que no cesa de parpadear sobre todo, en los semáforos por las mañanas. Y todos te nombran con esa delicadeza que ya no padezco. Nadie me ha reconocido con esta desilusión de tus brazos cayéndose de la mesa. Arrastrándose por los muros. He repetido tus pasos a manera de solidaridad con mis impulsos. Una melodía sigue sonando cuando duermo y me duelen los huesos si abro los ojos y los cierro, y no estás, y no te encuentro. Con una incógnita entre los dedos y la boca. Para decirme que el café ya está puesto, y que debo irme a trabajar.
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lunes, 11 de julio de 2011
Normal y noche
Normal que quieras irte, normal que quieras volver. Normal que llegues a casa, me mires [las piernas primero] es normal. Ese gesto tuyo, el brazo que se estira, la palma de tu mano empujándome hacia una pared. Que me coma el vértigo, que te coma a ti. Que así, como si nada, me muerdas el hombro donde tengo el lunar pequeñito. Una canción de Patrick Watson que me hace llorar cuando bailamos. Es normal que suceda tan rápido mi voz que no se detiene, no se detiene, lo sabes. Es un tren de furia resbalándose en tu cara. Voy a herirte, así, así, voy a herirte con cada susurro. Pero igual escuchas, igual abres los ojos y la boca, y los oídos como si pudiesen notar que se abren cuando hablo. Como si pudiésemos notar el cambio de la risa cuando se trata de nosotras, como si todo lo que se hace es para nosotras e igual mi manera de no verte o mi silencio acurrucándose en cualquier lugar de tu vientre. Es normal, es simple, es discreto. Preciso, perfecto, angular. Y te acuestas y me dices que tienes miedo. Yo, que en estos juegos puedes salir llorando y es mejor que desistas. Y es normal que me toques los labios, que rápidamente te separes de mí. La noche llega danzando con las piruetas de tu estela roja. Yo pensando en que me digas que te vas, pero que te quedas, te quedas.
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Qué sé yo
domingo, 10 de julio de 2011
[ del parpadeo 23 y las luces ]
Tener veintitrés de pronto, y una caja blanca donde encerrar las luces. Las manos, sus manos, las manos de otro, de otra, de la complejidad oblicua que significa estar aquí. Estar aquí, del otro lado, contar protuberancias y huellas dactilares. Líneas azules, piedras en el asfalto, tres correcciones: me-importa-poco. Respirar. Decimos; respiramos como hablamos, como amamos, y cuento minutos también en el espacio de la boca. El aire, nulo aire, la comprensión de marcharnos bajo siete luces que no brillan a las siete de la mañana, sino están allí. Quietas. Indecibles. Paralelas al piso, un piso que no se mueve, crescendo en los roces y elevaciones. Pero el piso no se mueve. Tampoco hablamos de elevaciones, no le hablé de elevaciones, no hablamos de la diminuta fuerza que ejercen dos cuerpos cuando explotan uno sobre otro o bajo del otro. Y está muy mal. Y está muy bien. Todo está como puesto y sostenido de extremo a extremo. Pensamos, conocemos el lugar, conocemos los pasos. Ochenta y cuatro de la puerta a la cuadra que sigue. Pensamos en las monedas, en la exactitud, en volver a casa. Distancias corruptas. O decimos corruptas porque te llama un taxi por si acaso te dedicas a otras cosas, además de escribir, pero por las noches. Algo más adecuado. Algo más como ella. Pero no lo sabemos. Te lo propusieron tres veces en un lapso de cinco horas. Pero todo es pequeño, todo se vuelve pequeño. Se cierra. Como los ojos se cierran y la mente, los pensamientos, las palabras. Encerramos palabras. Las incendiamos. Luego las colocamos en cierto orden para que duelan. Y no dejarlas que cumplan veintitrés, nunca. Para ser bebidas despacio como los besos, y morir, inevitablemente después.
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Sobre la lúcidez
miércoles, 6 de julio de 2011
Mareos y latitudes
Ella escribe en la pared: lo que se resuma a ti. O algo parecido. Yo le hablo de mareos y latitudes y un incienso que he olvidado en la tienda de junto. Los vestidos de encaje, mis brazos, la sintonía de las mareas. Comprende que tiene que detenerse allí; la hora es perfecta para tres besos. Y que también, son muy diminutos. Me dice: entiendo que debo dejarte. Yo comprender que debe dejarme, y muchas veces la palabra No con dos pasos hacia atrás y luego hacia delante. También sé que tu vida, la real, es otra. También reírse en su cara cuando me predica esto, que no entiende, no lo sabe. También tocarla, también obligarla a que entre despacio a la habitación, susurrarle mientras le muerdes la oreja: sé de igual forma, esto no quieres hacerlo... y se marea. Te toma del brazo, se sostiene de tu cintura, cierra los ojos, abre la boca. Put me down, put me down. Hay vocablos que siempre repite –al igual que yo—y no comprenderlo. La inutilidad se le desarma. Continúa su delicada manera de hablar entre dientes, a veces provocando con la lengua. La lengua filosa deletreando la embriaguez de los sentimientos. Y también me mareo, también le digo al piso que nos merecemos una tregua. Además de la sutil aspereza de las paredes, su frialdad, el color fuerte que te empuja hacia ellas. Coloca de nuevo una pintura blanca con la que dibuja una línea vertical, no me lo dice, pero entiendo que quiere decir: nos hemos perdido. Verle para volver. Volver para verle.
Y besarle los pies, siempre de manera sumisa.
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Pequeñas cosas
domingo, 3 de julio de 2011
If we go out tonight
Hay una dulzura en el viento, como si todo se fuese a caer sobre cristales de frutas, y no hay mucho más que eso, no hay nada más que eso; no hay nada más que tú y algunos sonidos debajo de la cama. Y nos asustan. Pero los ignoramos. Escondí una tristeza allí. A nadie se lo he dicho, a nadie se lo diré. Ni siquiera a ella, que me sabe tanto. A lo mejor lo grito en un caracol, encierro allí ese penoso deseo inconfundible. Como hacían en las piedras según lo contaban en una película de Wong Kar Wai. Según nosotras, y nuestra filosofía de mañanas lacrimosas, no sé ¿ya te lo he contado? Me encerraban por días y noches. Cómo decírtelo. Todo se resumía a llanto, a mis piernas desnudas, casi siempre. Lloraba al amanecer y en las noches. Estaban las luces pequeñas a quienes les encargaron mis padres, rezaran por mí. Este sentimiento me era insoportable. Recuerdo su movimiento una noche que me estiraba la piel de pensarle. Bajo las sabanas, dentro de las sabanas, debajo de la carne, todo se estremecía. Estaba esa desnudez del cuello que pocos me conocen. Las esporas en el aire se partían. Una fotografía de Enrique Bostelmann no publicada más que en revistas, y mis sueños, embadurnados de opio. Escribía con una oración constante debajo de los muros. Arañaba los muros. Y la brecha de frente. Erizaba los vellos de los brazos, y la noche. La noche sobre todo. Siempre. Luego las luces otra vez. Devaneos inusitados cuando parpadeaban sus ojos, inocencia mía que nadie volverá a pronunciar y determinados murmullos, que me agrietaban las líneas de las manos. So long. Un abrazo que no se terminó nunca. Uno que no termina nunca. Sé, que vas a latir de cuerpo y espíritu cuando esto suceda. Que me llamarás una y otra vez, pidiendo exactamente lo que te di: nada. Pero nada, para que nos dure. Así mis manos te contaran de lo que no han hecho todavía. Tendríamos que llorarlo mucho, sufrirlo mucho, aun. Aun. La palabra incompleta que siempre escribo. Él ya no volvió por más semicorcheas. Y tú, y tú, y tú...
Se cierra el mundo cuando te marchas. Destruyes el universo cuando te marchas.
Foto: Enrique Bostelmann
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La vida contigo y sin ti*,
Pequeñas cosas
lunes, 27 de junio de 2011
Dibuje una risa ici
Me explicaban tu risa con un baile tranquilo, ciertas páginas de libros muy salvajes, unos tobillos débiles jugueteando con las cortinas. Todo eso un sábado temprano, hacía frío. Sentir me dolía. Pero demás. Nadie acariciaba mi nariz ni me daba esperanzas. Me explicaban tu risa; luego una mujer llegaba. Me llenaba de preguntas; decía así: si me pudieran definir tu personalidad, ¿qué me dirían? “te dirían que soy muy cruel”, y ¿es cierto?, “claro”. Pero me sentaba e imaginaba una pared amarilla -ahora la tengo- y ella como todos se marchó. Ahora tengo mi pared amarilla y he colgado un Van Gogh, que bien podría ser lo mismo que mi habitación en el cuadro, y visceversa. Esa mujer dijo palabrotas y las guardó en una caja. Supongo que a veces, me recuerda como a las más finas cosas. Y ya con los planos urgentes, esos que indicaban los indicios de tu boca, me quedaba muy quieta. Había una mezcla de manos en mi cara. Unas intentaban sacarme sonrisas que nunca quise dar, amargaban la noche, jugaban con mi cabello –a enredarlo- eran pequeños monstruos. Era ese montón de sentimientos atragantando el ruido. Mi garganta reconocía el sabor, pero no hablaba. Me explicaban tu risa, y soñaba llegar un día a tus conciertos. Ya sabía la manera de aplaudirte, con la mandíbula cerrada, diciéndome la gente ‘señorita’ y yo detestándolos. Cuando a veces observarte ocurría entre un tumulto de raíces enjaulando vivir. Tu risa era una fiesta impronunciable, decíamos. La verdad no era muy bonita, tenías voz de niño, el peor. No era mi voz cantando bosanova o Chanson francesa cerrando los ojos. O rompiendo aleluyas en un templo. O queriendo comer todos tus sonidos. Me explicaban tu risa y lo único que explicaban era ‘límpiate los ojos’. Me enseñaban a encerrar tu risa entre dos manos, mi llanto entre dos manos, y el sonido de los ecos que nos dejaba dulcemente diciembre, y teníamos que repartirlos todo el año.
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La vida contigo y sin ti*,
Pequeñas cosas,
Qué sé yo
domingo, 26 de junio de 2011
Te colocaría una música diferente, pero la verdad es que no me siento muy bien.
A veces me preguntas si todo sería así, si estuviese contigo. Te diría que la tarde se terminó cuando cerraste la puerta, y todo se hizo nublado demás a pesar de mi cansancio. A pesar de ya no ver muy bien con estos ojos marrones, tan grandes; a pesar de la gente insulsa y el piano, que ahora me suena tan a ti cuando no estás alrededor. A pesar de estar aquí. Te diría, que tengo nostalgia de televisor y otros aparatos eléctricos. Su frío me turba. Los dibujos animados de la infancia, caen, como los grandes. Se terminan. También los amores imposibles vestidos de rojo. Un llanto tan intenso como la risa, que a veces se calla. Tengo incertezas atrasadas contando temblores. Mis manos nerviosas pensando que no te gustan para habitarte. Sin hablar. Mira, mi amor, que no sé cómo definirte la penumbra si eso nos sucede. La señora que me cuidaba cuando niña, decía que soy un artista, y por eso me gustaba la música tan lúgubre. Mi madre a veces lo dice igual; dice: qué clase de conciertos fúnebres estás llevando a cabo, Jazmín. Me dice Jazmín, como con S, y le sonrío. Dice que no se aprende mi otro nombre. Hay momentos donde me ve reír mucho y se burla de nosotras. Con toda mi altanería me retiro de su sombra gris, y busco refugio lejos de su crueldad instruida, y tantas veces por mí. Ya tú lo sabes. Estaba supuesta a dejarte hace tiempo. A contarles a muchos cuan afortunadas fuimos, y que nos marchamos sin temor a los mañanas. Pero ahora, tengo miedo. Tengo terror a la felicidad y a la infelicidad. Y a la desnudez. A los grandes aeropuertos y mujeres llamadas María, cuando te dicen adiós. Quisiera colocarte en una orilla esa música de mañanas dulces. A morning song, tan Sergey Yevtushenko, pero son las seis de la tarde y alguien como tú me diría que con un vals es perfecto, y no sé que día es ya, no sé hablarte más de paraísos o carnavales. Voy a poner un waltz, y tú, mi amor… dirías que eso, eso…
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La vida contigo y sin ti*,
Mamá-mamita,
Martine,
Noviembre,
Pequeñas cosas
miércoles, 22 de junio de 2011
Azul n° 1 y otras conversaciones con Waltz
“Parece que va llover” era una de mis frases favoritas.
- Sí, me decías ‘puedo olerlo, ¿no lo hueles?’, me parecía muy tierno que lo dijeras así, tan espontáneo
- Es que me querías entonces, mucha lo gente lo dice, todos creen de veras entender el génesis de la lluvia
- ¿Qué? Pues no, me gustaba como lo decías tú, porque lo decías tú, por eso
- Qué antes me querías mujer, por eso te gustaba
- Pero yo te quiero todavía, y más que eso
- Hoy estoy azul, ¿verdad que azul?
- Sí, azul. Puedo notarlo, la carita se te escurre como el agua
- Sí, bueno, hay cosas que nunca pueden contenerse con las manos
- Deberías escribir ahora, justo ahora, justo, tan justo que yo voy a escribir por ti, voy a prestarte mis manos
- Seguro voy a escribir más tarde, creí que era un pacto
- Un pacto, ¿con la lluvia?
- No, no, contigo, claro
- Conmigo no hiciste ningún pacto, aunque a veces lo parezca
- Ummm
- Me gusta cuando haces ‘uhumm’ y suspiras, e inclinas la cabeza, como si de pronto te quedaras sin aire, creo ese era mi gesto favorito, y el de los ojos en no sé donde
- Tu cuerpo
- No, no ese no, ese siempre lo odié
- ¿Oh si? Lo presentía pero no estaba segura
- En no sé dónde, que no es mi cuerpo; no me gustaba que te gustara mi cuerpo
- Bueno …
- Sí, no me digas más. En no sé dónde me refiero a los puntos en el aire a los que siempre te aferras
- Como el equilibrio
- La mirada y el equilibrio, sí, algo como eso
- Parecido a eso
- Sí, ese y el de “te odio tanto como te amo”, ese también me gustaba
- Ese ya no me lo sé
- Y me alegra, jamás vuelvas a mirarme así, por favor, Waltz…nunca más así
- Voy a escribir ahora
- Bien, me quedo a verte
- No, cuando te vayas
- Y las manos ¿cómo te doy mis manos?
- Déjalas allí, sobre el escritorio
- Chistosa
- Déjalas allí, te digo
- Aquí, aquí mis manos, en tu espalda, ¿recuerdas?
- No, no lo hago
- Mírame, mírame de veras
- Te estoy mirando
- Bien, sigues siendo ciega, tantas películas te dejaron ciega
- Cierra la puerta cuando te vayas
- Cuando cierre la puerta no voy a volver
- Pero deja, deja tus manos sobre el escritorio
- Llueve
- Pues les pones una manta, pero las dejas igual.
lunes, 20 de junio de 2011
Más exacta que Elizabeth Shue
Hacíamos las cosas incorrectas. Yo bebía hasta que me encontrabas, yo sufría de verme hasta que me encontrabas, yo viví para encontrarte.
Pero entonces no te conocía. Entonces no me conocías. Entonces éramos gentes en el pesado tráfico, nos mordíamos las muñecas cuando nadie nos veía reírnos, sernos, un rechinar de ansias batiéndose en la boca. Nos adentrábamos en el bullicio cuando nadie veía. Los amores eran cuestiones de colores brillantes que cegaban los sentidos, la mirada era negra, negra, todo era negro hasta esa misma luz. Era la imposibilidad en la oscuridad de mi cabello. Una espesa vacuidad que tantas veces le cantaba serenatas a un balcón que nunca abrió la puerta. Pero el esplendor estaba allí, tú no estabais allí. Estaba alguien, alguien estaba. Jugaba con mis omoplatos y me daba más alcohol. Yo bebía para beberle. Yo cantaba para saberle, canté para llorarle. Y era todo muy lo mismo.
Tenía fragilidad en los hombros y la cara descompuesta. Vamos, vamos, todos me decían vamos. Así se aprovechaban para manosearme. Me dejé tocar, para tocarle. Me dejé estar allí para sentirle. Sentí antes para hacerme un hueco. Abrí la puerta, ella abrió la puerta para que entraras. Luego me hacía muy dulce y decían que algo malo me ocurría. Decíamos; esto está mal, debimos ser buenas personas –o muy malas personas- para merecernos esto. Pero como ya no importaba, como ya todo estaba allí para encontrarte. Me rendí.
Hacíamos todo para jugar a lo difícil. Son los juegos de amantes, apenas. Lo hacíamos, en serio. No era ir al supermercado, la lavandería, mi azotea –que no era mía- pero que primero nos vio. Primero nos vio, seguro lo recuerdas. Los megáfonos afuera anunciaban campañas políticas y yo pensando: esta mujer se pierde la tarde conmigo. Yo pensando que casi –casi- era mía la posibilidad de poseer a alguien sumamente improbable. Que aquí amaras mis palabras. Qué allá, entonces, mis contradicciones desmedidas, los malos hábitos. Que me quiera follar a algunas, lo digas: sé que es mentira, y sé que es verdad. Algo así, fue algo así. Dijiste. Pero después fue hacer algo maravilloso contigo –y dos veces-.
Hacíamos todo al revés, hasta dormir con las manos cerradas. Ahora juego los dedos como abriéndome a tu roce. Y bebo específicamente para derretir palabras que siempre sabrían a la primera impresión; yo tenía el cuerpo desmedido con sangre diminuta que dejaron ciertos dientes. Alcanzaba a ser trovador de una banqueta, me dolía en lo desconocido de ti, la flaqueza de pertenecerle a quien no me encontraba nunca.
Pero viví para encontrarte. Viví para encontrarte. Y bebo un poco en esta línea.
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Martine,
Qué sé yo
domingo, 19 de junio de 2011
Montón de íntimas cosas
A veces esas conversaciones de café y luces rojas titilando en una cocinilla. La luz alrededor tenue, tenue, por supuesto. Miradas provenientes de hombres de guitarra, mi sonrisa ensayada muchas veces. Que luego se me desarma de gusto. A veces eso; mi querida sin nombre, a veces silenciosamente como un piquete en la rodilla. Pero es más común esa familiaridad de líneas en las manos, las hojas que ruedan sobre mi calle favorita –la de mi amiga, la más antigua- ya de noche, esas tontas e íntimas cosas. Y un jazz vocal con pianito a lo Charlie Brown, y mi voz que se supone adorabas; y el fragmento de un libro:
“Qué hermosa noche ¿no te parece? Qué maravilla de tiempo, y yo pensé Está pirado, se pone así con la edad, el agua resbalaba sobre el caudal de la espalda...”
Así, esas íntimas cosas. Como a veces olvidar dormir, rezar, comer. Olvidarlo a las doce de la noche, porque el taxi va muy, pero que muy lento, y el señor intenta hacerte plática que ha estado muy tranquila la noche, aun con amenaza de masacre. Y alguien insistiéndote en francés doucement, le ciel… alguna cosa así. Ya luego no me interesa, el cuerpo se te pone blando de pensar en racionalizaciones. Se tiene que regresar a mirar el reloj y los bailes lentísimos de las pestañas. La garganta nos duele de frío. Hay palabras indescifrables. A veces precisamente murmullos. Ya no los escuchas.
También, el sabor de una frambuesa y pan levemente quemado. La dulzura de una boca que sabe a pastel, por niña. A veces el llegar a casa, desmaquillarte, el agua sobre la cara, mis pastillas de paquete rosa y los pies dolientes. Y la ambigüedad sonora de los tacones, ¿aun los utilizas? Me descubro cantando en ocasiones. La piel ya no me sabe a nada que reconozca. Hay conciertos de mujeres que me cogería sin pensarlo, las dejo allí. Descanso la cabeza en la nevera. Y vuelve el temblar de las luces como si se murieran en los ojos. Como grititos de amantes que me recuerdan la calentura debajo del ombligo, pero también lo gélido de noviembre, y la parada de autobús, que suponía, lo supuse después de escribir mal alguna palabra mientras todavía era de noche. Esas íntimas menudencias que recalco, cuando me hablan de un vuelo a no sé dónde. La ignorancia de la vida contigo. Decir, afuera, amanece y suenas. Y “mañana despertaré con cuarenta grados de fiebre y una neumonía, preví, y este hablándome de la hermosura de la tarde y de la maravilla del tiempo, el letrero de la cervecería se reflejaba en la acera,…”
La cervecería ante todas las cosas me muerde la soluble sensación del frío. Y me reservo la cruel necesidad de desmemoriártelo todo.
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viernes, 17 de junio de 2011
De conversaciones con Waltz y otros métodos de tortura
- Quería quedarme, te lo juro
- Era totalmente innecesario, y lo sabes
- Tal vez por eso. El mero hecho de saber cuánto no me necesitas, y tener la ceguera suficiente para querer estar, insignificantemente, contigo
- Es que eres muy tonto
- No, sabes, creo que tú lo eres más
- How come?
- ¿Qué?
- Qué, cómo
- Sí bueno, creo que la tonta eres tú
- Que ya me lo has dicho, pero cómo puedo ser tonta yo, eso es imposible
- Ah ...detesto cuando te pones así, pero lo detesto tanto como me gusta, eso es lo peor que puede pasarte, ¿te ha sucedido?
- Pues claro; he amado a mujeres, eso viene con el paquete, por ejemplo
- Nunca he entendido del todo como de pronto te gustaron las mujeres, y a la vez lo entiendo. Pero mira, eso te hace más irresistible…
- No seas ordinario, eso es algo mejor dicho...natural, que me gusten, y lo otro también. A mi lo que me sorprende es esto, tus sucias manías…
- Qué es ‘esto’? ah..pero si antes te gustaban
- Antes era tonta, ¿viste? pero yo hablo de que estés aquí y que sepas que voy a rechazarte y sigas aquí, and so on…
- Eso, bueno eso va cambiar algún día, no siempre quiero quedarme como el lunes, el lunes quería quedarme
- Pero yo no te pedí que te quedaras
- Lo hacías
- Claro que no
- Claro que sí
- Que no
- Bueno no, pero el lunes quería quedarme, habías sido muy cruel y yo me moría por hacerte el amor debajo de la mesa
- Jajaja … ya debo irme
- Tienes un manual a veces, te decía mi deseo y luego ibas a irte
- Se llama ‘retirada oportuna’, supongo
- ¿Te estás quedando sin pechos o es mi imaginación?
- Eres un maldito, pues no, una talla menos no es quedarse sin pechos …
- Es que me gustaban así …
- Jajaja…Me voy. Te veo mañana ¿no?
martes, 14 de junio de 2011
Requerida y noche
Desearía la noche
como el movimiento constante
de los muslos
atravesando el mar.
Sus pies pequeños, arrugando las sabanas
a la espera de mis dientes,
el sonido de mi piel estrellándose
con suavidades extremas,
y su voz amortajándome el nombre
con el que me busca,
y que fuese requerida como la espuma
en los bailes de salón.
:::
Amaría la noche como
al viento matutino
y las manos triturando viejos olores,
esos
en los pueblos que no nos solicitan.
Que la capilla se vaciara,
y por fin cupiésemos nosotras sin velo alguno,
y la oscuridad en los ojos se disolviese
en las pupilas como juegos pirotécnicos.
Pero sólo alcanzo a parafrasear
idiomas anglosajones
mientras mi lengua desenlaza tormentos,
pregunto por alguien,
la vida se oscurece
cuando me estira los brazos
me besa con los dedos en la boca
y se eclipsa la luz.
domingo, 12 de junio de 2011
Vespertine in M
Ella se va cuando anochece, y me queda
el ruido de la gente que no me puedo soportar.
Queda también, una música verde y su silueta blanca,
como desvaneciéndose entre cosas
y tumultos eclesiásticos,
como derritiéndose por fin
entre frágiles mareas en el ocaso.
Y mi voz le canta un ‘tonight’ en un ritmo de Idaho,
y pensamos, y decimos que simplemente
no se puede ser más exacto
o más perfecto
oscurecer
sobre el columpio de su pestañeo.
Although,
existen, ciertos placeres vespertinos innombrables.
Están los de cama, los de sofá, y los de piso
están los del aire, los del agua, los de raíces
y están los de escuchar un ukelele mientras
le dices adiós, hasta mañana,
y te muerdes los labios.
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Martine,
Poesía
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