miércoles, 30 de marzo de 2011

Canciones de mar I


Querida María:

La mañana de miércoles desperté sin ti. Lenta y taciturna me movía, con ese ronroneo melodioso del llanto que pasó. Un llanto nocturno inconfundible, cuando se va a la cama resuelta a dejar ir las tristezas propias, y las que se sienten por del mundo. Cuando no podemos hacer jamás demasiado. Dos generaciones perdidas por los ideales y por haber peleado siempre ‘por lo bueno,  lo justo y lo mejor de la vida’. A veces también siento gran ternura por  la bondad de la humanidad. Pero eso no sucede muy seguido. Recuerdo que el invierno pasado dejé una carta trunca que comenzaba más o menos así: Amor, hoy he llorado de ternura por el amor de los hombres.  Hay tantas cosas que no te he dado, y de las que tampoco te hablo. A pesar de hablar mucho. Tú sabes que mi verborrea sin sentido, frecuentemente, es solamente eso. Intentas acomodarlo todo para que al final brille ese rastro de genialidad, pero no. Debes tomarme así.  Mis recuerdos del mar, de las casas, y los bosques. Los besos de Isabel. Canciones que provienen desde el fondo del océano. Hoy he pensado en mi abuela. Debe ser que estoy próxima a los viajes, y a la familia, la luminosidad de su casa, los árboles en primavera, los ríos, el altiplano que solamente veo desde lejos.  Salí a la caminata matutina. Pensaba en llegar a escribirte. El olor del viento, tibio, las nubes muchas sobre nosotros. Todos esos signos me obligaban a cerrar los ojos, encogerme de hombros, conoces esa imagen.  Pensar en ti. Recuerdas cuando te dije, que desde que llegaste tú, ¿me encanta el sol? Me encanta el sol, María. También he aprendido a reconocer el aroma del calor, ese cálido aire atravesando la piel, como si fueses tú. Te cuento, mi recuerdo de Isabel es simple. Las mañanas de marzo como diminutos besos en los hombros. La gente quemando basura, ese humo, amor…el aroma del humo que sé que no soportas. Pero a mi me recuerda su casa. Las cenizas. La madera ardiendo. Señoras moviéndose entre el colectivo y las calles. Sus morrales de mercado. Su expresa amabilidad con los extraños y los turistas. Me venía como el sonido de las playas tan temprano, como amando la vida con todo lo que viene.  Mi melancolía de ciudad, esa donde te dije por primera vez que te amaba.

Mira, no todas las canciones de mar son tristes. A veces es mi madre gritándome que no me vaya tan lejos, que no camine hacia lo hondo.  Nos vamos pronto ‘o este año no sé si iremos’. Como una puerta abriéndose y cerrándose. Amaneciendo a media tarde, los ritmos lentos, María. Me he quedado en casa escribiendo, a ver si de pronto me llamas o te hago llegar la carta por los medios más veloces. La he de pegar en el sitio de siempre, con un clavo, y una melodía.

Y no estoy nostálgica María, es el mismo método de mi cuerpo latiendo y separándose de aceites y líquidos azules. Estoy jugando a los bolígrafos, las hojas de papel, y esta manera mía –tan tuya- de derramar  la vida  con delicados placeres húmedos: mis lágrimas, tus espasmos, y el agua de marzo que ya te contaré.

Waltz - Ella


[Ao, te puse a Tiersen. 
A que te acuerdas de una larga carta 
con Au dessous du volcan o ... era otra ...]  

sábado, 19 de marzo de 2011

Para salvarme




Estás llegando a ese sitio en mí, donde definitivamente, no hay regreso.  Lo digo más por ti que por mí. O viceversa. Yo te lo advertía desde el principio: vamos, hermana…no caigas. No me dejes entrar. Tú me explicabas diariamente más o menos las mismas cosas: cállate, no me resisto. Cállate porque nada de esto es cosa tuya. Después yo agachaba la cabeza, apretaba los labios. Me ponía a escribir en esa vieja máquina. Desenredabas mi cabello con tus dedos. Pretendías que mi bien lograda nostalgia, no reinara ni un solo minuto más. Pero claro, colocaba en el aparato de música aquella sonata triste. Y heroica. Nos llenábamos de gozo. Nos llenábamos de algo…. verás, aun no sé exactamente que era. Llegabas a mi espalda y me abrazabas desde allí. Y ya no te ibas. Regabas las plantas. Regabas las plantas porque a mí todas se me mueren. Intento agradecértelo con tres horas de estupor. O una llamada los lunes, para que la semana encerrada en nuestra estúpida vida no te desgarre los pies. Hay que andarla. Hay que andarla, hermana, aunque cuando vea largos caminos me quede estática o temblando, intentando dar un paso de vuelta, y dar un paso para seguir, y no hacer ninguno al final. Hay que seguir aunque nos duela. Pretendo hacerte entender de una vez cómo es que aunque el agua fluya, los besos se me prendan del vientre o del sexo, llego a condenarme en los barrancos, y en los altos edificios cuando ser yo se me viene muy encima. Y no puedo no pensar en la manera dramática en que tus manos se agitan cuando se despiden de mí. ¿Sabes lo que te digo? Un teatro fugaz cerrando sus cortinas a la tarde y todo me destruye.

Para salvarme, pretendo coquetearle a todos. Hacerles felices a todos. Pero tú con tu risa blanca habitas esa zona inerte –no se te olvide- de donde ya no puedes salir. Juegas, cierras las ventanas a las seis. Caminas descalza mientras no, mientras no quiero susurrarte: Me voy a quedar dormida en el piso de la sala. Y no tengas que besarme, hasta que todos los candados se encuentren en su sitio. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cúmulo y Tardes provincianas





Algún día alcanzarás
esta llamarada de sol

no pronunciaras palabras humanas,

querrás subirte
bajar
entrar
en
mí

a lo mejor vuelvo a ser
lo que antes

corregiré guiones por las noches
escribiré por las mañanas,

el café será amargo
y el aire muy quieto

los pianos como siempre,
encenderán
nuestras piernas.

A lo mejor re-nombramos
las horas

inventamos un nuevo arte

mientras sigamos vivos
y no te busco, ni me buscas,
no hacemos nada grande con la vida
nadie recuerda nuestros nombres.

Quiero decir que me estoy tendida
sobre la cama
como susurrándote utopías,

pero no logro más que estudiar
sobre gramática inglesa,
leer a Alexandr Pushkin
o a Ibn Hazm
y escuchar la banda sonora
de Goodbye Lenin,

perder el tiempo

y contar razón por razón
del porque me encuentro 

aquí, inmóvil, esperando.

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Quería llegar a ti. Tenía ya listas las maletas, y todo lo sobrante. Un sagrado sacrificio de mi piel, y las condenas. Todas listas, en fila, para embarcarme a lo que decimos: será mi destino. Había esa necesidad compulsiva de dolerme esparcida sobre todo el piso. Odiaba tanto a mi madre, que ya no alcanzaba odio para ninguna otra mujer, mucho menos para un hombre. Y muchísimo menos para ti. Por eso me quedé a medias calculando las frases de una tarde común. Los libros, los himnarios, y tal, serían únicamente luces diluyéndose en la acera. Quería llegar a ti con muchos discos, con nuevas canciones y sonrisas. Casi podría ponerme a llorar, en soledad y sabanas, cuando no me quedan más lámparas para esta oscuridad. Me revolotean unas preguntas en la boca. No hago nada. Separo fotografías en blanco negro y las de color, donde se me ven bien los labios o por textura.

Tenía ganas de llorar, y me puse a pensarte.

Por eso estoy aquí, con las piernas desnudas y con una melancolía de viejos libros que no sé cómo explicarte. Al menos no sin desvariar.



:::::::::::

Los días han pasado imperceptiblemente. Vivo y no vivo, y todas estas paredes se incrustan en mi propia geografía. Tengo el orgullo –y la pena- de leer incansablemente, hasta que se me secan los ojos, hasta que los ojos no son. Hasta que se pasan las horas, y no me disuelvo entre el hedor de enfermedad. El malestar y el no estar. La lentitud del enfermo. Las cicatrices y  resequedad de un cuerpo que no encuentra respuestas. Mi propia carne retando a la edad en el encierro. ¿Cómo sostenemos la vida? Enumeramos motivos, y esperamos a que amanezca. A ver si amaneciendo el andar se nos compone. Los días no son más días contándolos en un papel con dígitos consecutivos. Pero hacemos comer y beber en los domingos. También suceden caminatas en la tarde, en ocasiones. Eso cuando los días han transcurrido inevitablemente y la recuperación no se escapo de la conocida ‘mejora gradual’. Tomas placer al pasear a los pequeños. Re-conocer las calles entre el olor ahumado del barrio, la hierba tostada, fundiéndose con los sonidos de la vendedora de tamales. Ese carrito chueco y lento con su megáfono anunciando que, si lo deseas, la cena ya estará servida. Los niños ya conocen la tonada y la repiten, van atrás del auto. Y me lleno de ternura. Pienso en llamarle. Invitarle a observar al faro y su pintura desvaída azul. Vivirnos levemente. Recoger la tierra que nos sobre dentro de los pies. O entrelazar las manos, para que la idea de no aferrarse al piso tenga sentido. Despertar. Había que volver a casa con esa imperceptibilidad del después. Juntar este montón de sentimientos. Vivirlos a la velocidad de la luz. Aspirar la debilidad de los huesos, dormirse cuando haya pasado el temblor. En la majestuosidad de no merecernos –todavía- la muerte. La crónica de un día apagándose con las bombillas de la noche.

 Como las vibraciones de una orquesta, luego el silencio.

viernes, 4 de marzo de 2011

De un bar y sus luces



Alguien sin rostro llegaba a decirte: sí, ella pasó a buscarte, pero no estabas. Tú con la altanería tan propia de tu nombre –y tu país- alzabas las cejas. Luego te acariciabas la boca, te dabas la vuelta, decías que ibas a estar en el bar around the corner. Que no te esperara despierta. Eso. Dos o tres notas. De la otra cosa me olvide, si lo recuerdo te lo digo. Yo me puse a jugar en la acera. Era de noche. Pinte con tiza dos círculos enormes. Luego entré al bar, entonces, todavía ponerme zapatillas de tacón fino era posible. Estabas allí, guapísima como siempre. Ahí todos nos conocen –conocían- y procuran darnos mesas de extremo a extremo. Me traían vodka, llegaban unos hombres. No sé que decían de mi cabello, del escote, que tengo que arreglarme los dientes. Pero sólo abría mi boca para beber más. Claro, hago ese gesto, la enchuecaba para que se largaran de una vez. Pasaban más gentes. Sólo tenía que inclinar mi cabeza, y allí estabas. Coqueteabas con todos. Pero de vez en cuando volteabas la mirada, soltabas una carcajada y otra vez las cejas. Luego te rascabas los parpados. Esos idiotas comenzaban a aburrirte. Después llegaban unas mujeres muy altas, se sentaban contigo, leí de tus labios: sí, y un viaje a Japón. A mí me llegó un tipo muy creído –ya sabes, no me gustan- a decirme que se había acostado contigo, captó mi atención. Le vi a él, luego a ti, te hice una seña; me dijiste con la cabeza que no. Llamé a seguridad. Se lo llevaron. De a poco y de pronto me iba sintiendo ebria. Me conoces ebria, tengo orgasmos con la música, a veces te lloraba en las piernas, hablo mucho –pura pendejada-. Me venían a decir que en realidad si lo hiciste con varios, pero no te gustaban tanto. Y tenía yo que conformarme con eso. Me iba venciendo. Las manos las estiraba y con toda la palma me sostenía de la mesa, el cuerpo me escurría en la silla. Tú te veías cada vez más endemoniadamente bonita y sin prisas. A mi ya nadie me hacía caso. Entonces notaba tus ojos como creciendo en la espera a mi muerte. Ya,  te ponías de píe. Creo decías adiós, te despedías con un movimiento de cabeza, como mandándolos a todos al carajo. Yo no lo sé, esas imágenes de las noches, tal parece siempre las he distorsionado. Igual me pediste un taxi para que llegase a salvo a la puerta de la casa –de lejos unos metros-. O me llevaste tu misma, pero me abandonaste después. Amanecía con lágrimas, vómito y amnesia.  Ya no sabía de ti en varios días. Como que a las tres de la mañana te dispersaste con las luces de la ciudad. Mientras dormía la gracia de vivirme, y me daba tanta risa, que la otra nota decía que me extrañabas. 

Foto: Stolen
by ~instantvoodo

lunes, 28 de febrero de 2011

Lunes de febrero



Déjame contarte de hoy: al despertar ha sido cine dramático, lágrimas y pañuelos. Suecia, y el autismo de mi mujer. No puedo, todavía, después de veinte años, comprender los susurros de mañana. Los llantos de mañana, los pañuelos, la tristeza de mañana en el televisor. No a las noticias, los pronósticos del weather, esa misma boca tuya, roja, apretando los gestos para que yo me los coma después. Hacemos actuar. Te lo digo así, porque despertamos desnudas a veces, y no sé cómo moverme para no despertarte o cómo encender el radio, colocarme frente a la puerta, voltear a mirarte con toda mi melancolía sobre los hombros. Para que no lo notes cuando nos marchemos de aquí. Todos los olores matutinos se confunden. Lo mismo la piel a las sabanas. Trato de hablarte claramente. Así cuando hables de mí, no tengas que extenderte mucho, sólo: tiene esta costumbre de describirme todas las cosas. Y de hacerse muy grande y muy pequeña. Llora por las mañanas, sabe’. Y que no te explicas por qué, nunca muy bien por qué. Constantemente ese momento te lo pierdes. Porque cuando me miras, ya es de tarde o de noche, y viernes. Hasta entonces no me sabes. Guardamos silencios debajo de los párpados. De tal modo que podemos vivir perfectamente separadas y sufrirnos –acaso- levemente en un domingo frente al río, y el sol se ve muy cerca, la barriga llena (el corazón contento) pero no del todo, del todo, jamás. Allí se escriben notas: te amo, te beso, te quiero a ti. Allí te pienso como amaneciendo en ti sin hablarte. Hundo los píes en el agua. Respiro como dejando ir la voz en un goteo. Hasta que anochece.

Al contrario, ahora me sucede el lunes como a los dieciséis. Me voy con un vacío en el estómago, y los ojos llenos. Libros y cartas en el bolso. Pero no a clases. Iré a almorzar con una chica, otra chica, la misma de siempre. Déjame contarte de hoy: he partido de mí. Ya no me habito. Pero ya, ya veremos mañana.

lunes, 21 de febrero de 2011

Hey, Madeleine



Me quedan dos semanas para guardar, sí, tu voz tristísima y nuestra destreza de alcoba, en mi cajón de lencería. Ya, tus pelusitas de calcetín, y las no llamadas vespertinas, amenazaban con marcharse desde la primavera. Pero hacíamos caso omiso, Madeleine, tal tú y tus manos sobre mi librero. Yo diciéndole a tu espalda: no, no los he leído todos.  -Deberías, uno de estos días ¿sabes? Son para eso - Sí, lo sé. Bueno, que no todos los días está la luz, tan clara, tu espalda… de esta manera - Qué no lo sabes, Waltz, en domingo sucede siempre la misma luz, déjame explicarte. Y seguiste conjugando verbos para salvar el domingo. Madeleine, ¿qué decías también de mi blusa? Ahora que te marchas debo guardártela en una bolsita de papel. Porque según tú, desde mi escote, desde allí,  nacían unos pájaros rojos, y las ramas de mi cuerpo se balanceaban junto con ellos, para hacer la banqueta crepitar con nuestro estruendoso andar de ninfas. Pero yo te decía que no era más que levedad insólita. Alucinabas. Me engrandecías. Como todas las mujeres en mi vida. Yo intentando decirte del gato y el trueno. Qué ese día llovió, que nunca me han gustado mucho los gatos desde mi adolescencia, pero lo cubrí, Madeleine, lo cubrí. Teníamos frío. Y tú no abrías la puerta. Fue entonces que te hice aquella carta tan larga, y te prohibí venir a mi casa. Pero te quedabas en la esquina a observarnos a Romeo y a mí. Eras todas las cosas vivientes con ojos. Fuiste terrible, Madeleine, también eras todos los monstruos debajo de la cama. El coco, una semana sin viernes en la noche. Cuando se va al baño y se ha quedado sin papel. Yo no me río, de verdad, te lo digo con amargura. Salvaje, Madeleine.

Voy a dedicarme enteramente a ti estas semanas. Sabes porque ¿cierto? Las partidas son procesos de innumerables pérdidas. Me debo preparar a tu mutismo. Aunque nuestra ausencia parece clarísima desde hace años. Pero, cómo olvidar tus pecas y esa sutil manera de construir la añoranza de la tarde.  Haré paseos, Madeleine. Alguien me llevará películas a la habitación. Llenaré otra vez los estantes. El abuelo me hará otros más, de madera. Voy a seguir siendo yo. Nombrarte es vivir como masticando cenizas.

Hey, Madeleine, aunque la vida te distraiga ven a verme, cuando puedas. Me acordaré de ti. Olfatearé tus restos. Lameré tu recuerdo como un perro nostálgico. Cuando quieras, cualquier día, coloca ese gesto incomprensible de tu fatalismo delante de mí. Te quedarás en el cajón a salvo, te lo prometo. Ah! cómo amé y amo a tu pueblo, Madeleine!

viernes, 18 de febrero de 2011

My DEAR* [dos maneras de ver bajo mi falda]


FOTO ©2004-2011 ~AlexWilson

Creo que en treinta segundos voy a besarte. Me has dicho que el cabello largo me queda bien, y tu cotidiano ‘ha pasado el tiempo’. Yo te sonrío. Bebo mucha agua. Te cuento sobre mi dolor de cabeza y náuseas. No haces mucho, sólo te preocupas, das recomendaciones y me hablas sobre ella. Tienes otro acento. A mí me vienen recuerdos infantiles como la vez que me mordiste el hombro mientras te leía un poema, mis celos apenas (inútiles) ante tus parejas anteriores, y el cachorro que rescataste de la calle y luego tuviste que devolver. No me preguntes en ese momento por qué. Por qué mirarte. Detenidamente. Estas cosas sucedieron todas ‘hace tiempo’. De cualquier modo cierro los ojos cuando tú volteas. Hago como besarme con las manos. Luego me vistes entera con parpadeos. No sé como lo logras. A veces parece que susurras para que no escuche. Es negar. Ocultar. Minimizar. Es tal aquella vez; mi imagen egotista ‘no necesito a demasiada gente en mi vida, lo sabes’. Quería decir solamente tú me eres necesaria, y los demás salían sobrando. Pero no te lo ponía así. Por eso las risas a veces. Estoy pensando. Sin que signifique mucho. Tenemos calor. Tenemos frío. Y ya, te sonrojas. ‘Mira un momento a la mesera, te pregunta si necesitas algo’. Y yo mirando sus zapatos: no, nada, gracias. Muerdes tu boca. Según ibas a dejar de hacerlo en mi presencia. El lugar se inunda y todos te conocen. Me intuyes la molestia y el desprecio. Ya, ya se fueron, querida. Y no te he besado todavía. Es chistoso como nos cambia el tono de voz. Muy susurrado. O comiendo las palabras. Saborear nuestra conversación de todo y nada.  Simulamos  que nos queremos.  No te he besado, no todavía.

‘¿Qué harás cuando te marches a casa?’
–       No lo sé. Probablemente me acueste con alguien


...

Reconoces que esto de odiarlos a todos, no nos sirve de mucho. Estamos fumando como a los diecisiete y me rasco sobre la clavícula. No comprendo mucho. Permanecer en departamentos, sin dormir, hasta las ocho de la mañana. Amanecer en el suelo. Vodka barato. Eso ya no es usual. Te repites: mañana domingo. Mañana domingo como si hubiese algo. De pronto te esfumarás. Heredarás una fotografía que muestre lo grande que soy, y lo insignificante. Pero tendrás memorias de mis orgasmos. Y de mi música. No hacer mucho los sábados. Buscar momentos para saltar de la cama y morderte los pies. O nada de eso. Las letras están ahí, eso, seguro. Como un mapita inconcluso que me di la tarea de hacer para el naufragio. Y mi sudor. Y mi insaciable cadera. Sobre todo la mirada perdida al anochecer. Y que no me peino jamás. Pero estamos oliéndonos los brazos y acariciando las cortinas. No sé que hacer contigo.
 [A los demás puedo odiarlos, al menos]

jueves, 17 de febrero de 2011

Relato de un martes no pronunciado





I

Of course, the sound.

Las luces naranjas te recorren la piel, como transitando, entre sombras, esos sitios donde no llegaron los dedos a contar protuberancias. Ni las heridas existen [cicatrices imbéciles, sin nombre] en medio del pecho. Hoy, pronuncio debajo de bombillas defectuosas, algunos dolores, especificaciones, ropa negra -dándonos calor- todos los signos tan distintos. Ellos me halan, con la debilidad aquella después del alcohol por la mañana., llevada a cuatro patas. No música, no personas, nada. También es caminar a través de largos y blancos pasillos. La parada del colectivo. La mirada de las mujeres pretendiendo que no te miran los labios, y no se preguntan por lo tacones que hacen falta.

II

Fue no mirar, también. Se perdían entre volutas y canciones derramándose sobre los oídos. No podíamos escuchar, no podíamos hablar. El amor, no existía. Era una silueta intocable en tonos verdosos y resaca.

No.
No, nos llamábamos.
No te precisaba.

Tampoco estaba la necesidad de buscar a otra mujer o dos. Ya no aparecía la verdad descubierta: no se ir más. Ya-no-sé-ir-a-ti. Pero tampoco. Enumeraba diminutos hilos desvainando la piel. Apretaba los puños para no gritar en medio de las gentes. Contenía el agua para no inundar los cuartos. IBT Test Classroom. Cambridge Test Clasroom. Y todo lo demás. Escribir cartas nocturnas, matutinas y vespertinas. Intentarlo al menos. No tener nombres con cual firmarlas. Me encontraba hasta abajo y el mareo fugaz me estiraba las extremidades hasta que pensar desaparecía.

Ni siquiera escribirlo.

III

Entonces ya no supe qué hacer. Volver a casa a píe. Encender aparatos. Dejarlos con su zumbido. Dejarse caer y dolerse el cansancio. Y pude luego decirle, rápidamente, que no entendía vivirme un día jueves, y los demás días tampoco.

Lamenté entonces ya no tener más tierra bajo los pies, de tal modo, poder crecer las raíces para quedarme inmóvil, entre los objetos, me between the yellow lights, ¿y me recordarían así? Cruzando los días de puntitas, y mareadamente, nauseabundamente.

Ha pasado el tiempo ya. Hoy el sol, y las olas. Los dedos vuelven a andar. Hay sensaciones muertas, y los pensamientos que creíamos no volverían a arrancarnos un pedazo de martes, todo el martes, tres días.

Todavía la memoria, y mi figura exhausta, de cuando llegaba la tarde.







©2011 ~ElifKarakoc

miércoles, 9 de febrero de 2011

Entre líneas




Yo, como todos, sólo hablo de ti –y demás- cuando he  bebido mucho alcohol. Pero trato de recordarte según situaciones muy específicas. Lo intento, entre otras cuestiones, para no borrar nuestros -todavía- nítidos padecimientos. Sirven, constantemente, para que el día no sea solamente un ‘día’ donde no se pudo beber, comer o volar. Un montón de sentimientos indescifrables haciéndonos nudos los músculos y recordando que dentro tenemos arterías, hierro etc. De esa forma, podemos simplemente agradecer cuando la felicidad sucede. Por ejemplo, esta mañana, amanecí odiando completamente la sincronía de vivir un miércoles: trabajar, tener que hacerle remodelaciones a la casa y salir muy a prisa, con cuatro personas más hacia los bancos. Después otra vez a la escuela. Almorzar con un hombre extranjero hablando en idiomas que no son tuyos. Comprendes lo tedioso que llega a ser. Después explicarles eso de las monedas a mujeres impacientes. A veces parar un minuto para olfatear el día. Hago aquello de poner las yemas de los dedos sobre mis labios y estremecerme, y cerrar los ojos. Es desolación. Creo que luego me enfermo del estómago. Deambulo por los blancos pasillos buscando donde descargar la náusea, el encendedor en la mochila, el teléfono.  Todas las razones porque pintamos el día de rojo, si no sabemos explicar la impotencia a puño cerrado. Supones las horas pasando, como llegar a casa, trabajar otro turno. Quizá saborear los dedos de alguien. Eso, en  el mejor de los casos. Entonces la música muy al final del día. El cigarrillo. Y todo aquello motivando no borrarte del espejo. Entonces sucedes tú.  A cierta medida del dolor: tan propio de la noche. Yo, como siempre, quiero decir que hago lo que puedo. Esto de vivir -como se puede-  es lo que hay, pero no me gusta. Con suerte alguien premiará mi esfuerzo con unos tragos de anís  mañana jueves. Y allí en la cocina le hablo de ti entre líneas, seguro.

lunes, 7 de febrero de 2011

[Ofelia Waltz: Algunos textos (in)Completos]



A modo de debut
o re-inauguraciones
[Foto: M.M]

El insecto se aleja de mí, huyendo bajo de la cama. Tal parece estuvo jugando conmigo dentro del sueño. Era aquello escondiéndome llaves, bolsos, etc. He soñado con mi padre de todos modos. The morning it’s very fine. Hay un amanecer envolviéndome los brazos. Alguien pequeño durmiendo junto a mí. Aun. Pero siento tu abrazo, y mi indiferencia. Lo entenderías nulamente todavía. También es hacer el amor. Mis dedos recorriendo el pliegue de la sábana. Cerrando los ojos y abriendo los oídos a la poesía. O dejarme ir dentro. Hacer música con caricias, apenas tocando. Y hay una tristeza que me desconoces. Ya no tiene nombre femenino. Pero es admirar los objetos y sus bordes. Como verme pasear por la casa con los brazos abiertos y la cabeza inclinada. También es felicidad, lo sabes. Totalmente distinta e impenetrable.  Ese baile inocuo que me hizo diferente a las demás. El sufrimiento egoísta. O la belleza tonta de alguien diminuto e ignorante de la vida y sus edades. Hoy haría doblar todos los manteles, las fundas de las sabanas, los bordados de Isabel, todo eso con un amor definitivo al silencio. Es una tranquilidad perpetua dentro de mí de la que a veces no te hablo. Es soledad imaginaria. Cierto mareo sin apellido que se intensifica por las tardes. Aunque me cubre tu abrigo, miro hacia atrás sobre mi hombro. And the difference it’s amazing, love. 

...

Necesito llegar y besarte las manos. Soplarte en ellas un sueño que ya olvidé. Pero hacerlo calladamente una mañana de martes más o menos a las ocho. Observa, es explicarte que podemos estar así simplemente: yo, sentada en una orilla y tú, caminando sobre espirales de piel blanca. Es posible traspasar paredes en ese instante si nos olvidamos de todo.  Verás, hemos vivido así. Los dos en habitaciones separadas escuchando los muros. O sobre una calle danzando y murmurando los juegos abandonados hace años. Bajo un cielo suciamente gris de noviembre así, silenciosamente, bajando la cabeza y dejándose diluir un poco en el asfalto. Pero a muchos metros de distancia y queriendo no encontrarse jamás. Y sintiendo a momentos ahogarse. O como un orgasmo que se acerca desde abajo. Pero no pensar en ti a esa hora. No pensar en ti. Pasar la página temblando.

...

De pronto en la cara una mueca. Como si me vieras. Aquí. A solas. Sobre la cama, desnudas, la cama y yo. A veces tecleo con tal delicadeza como si fuesen las vértebras de una mujer vulnerable. Desde allí, ya no entiendo ni los ojos llorosos cuando te escucho nombrarme tal y como si significara la vida, que se refleja en ti, siendo una piel y un beso nuevo. Todo es mejor dicho: una sonrisa. Mi cuerpo como ayer que no es más el mismo. Posiciones mías; películas, caridad, besos inoportunos en cada uno de los dedos. Eso te decía: qué estás demasiado guapa, y me muero. Y las muecas. Decías que te las habías aprendido todas. Y no lo decías. Creo que entonces tomabas un cigarro e incendiabas una banqueta. Colocabas tres gritos a la altura de mi garganta para describirme la euforia que significaba: habernos encontrado a las nueve de la noche en cualquier lugar. Ahora permanezco así. Soy una figura pequeña en la oscuridad nocturna y con dos metros así, tuyos, le dibujo un gesto al aire, contando respiraciones perdidas en un momento de excitación. 

...

Sé que en unos días veré una película triste y me acordaré de ti. Lo sé por el ritmo de los parpadeos de ese hombre. Lo sé porque estamos de pie sobre esta acera, él y yo, y hacemos las miradas más adecuadas demostrando cuan serenos nos sentimos. O cuánto pretendemos serlo. También lo sé porque mi madre me da besos dosificados a las doce del día. Y me dice: esa mirada la conozco. Luego se ríe de mí mientras se aleja. Lo presiento, porque igual, por las mañanas me río mucho y juego con los pequeños, y ya por la tarde, cuando todo se va, se muere, se oculta; busco una esquina y el silencio. En un rincón: soledad y azotes fríos contra la carne. Me estoy allí sentada contando pelusitas en el aire. Cuantos pasos ha dado el chico de la mochila. Preguntándome el porque esa mujer maltrata a su hijo y me nacen ganas de golpearla a ella, y no lo hago. Pero sin decir mucho. Diciendo nada. Como esperando los insignificantes signos. De todos modos no haré demasiado cuando recordarte suceda. Ella me mirará con una nostalgia que nulamente reconoce. Sabrá del cine y los alfajores que comeremos, masajeara mis párpados que, prematuramente, se cansan. Claro que voy a intentar elegir. Por supuesto que voy a evadirte. Luego llegarías por la tarde diciéndome del mundo que te tiene harta, y ya no sabes qué hacer con tu nostalgia entera; antes tenía algo de congruencia sufrirnos porque los imposibles son la pimienta de las utopías. Ahora te sufres porque no te queda nada más. Sé que uno de estos días voy acordarme inocentemente de ti. Lo estoy haciendo. Te estoy hablando.


Bah! Ya estoy bajando por una cerveza…



miércoles, 2 de febrero de 2011

Juegos de niños I


Detesto los ‘closed’ signs entre tú y yo. Las horas donde lo único que nos queda un ‘no te vayas’, no puedo quedarme,  ‘ya no tengo dinero’.  Y los etcéteras donde no cabemos más.  Todo eso me duele flotando sobre el aire de la risa. Compréndeme. Es decirte: te preciso a una hora donde no puedes estar. Y lamentarlo, pero estar feliz cuando llegues cualquier día en forma de papel. Desearte besos, chocolate y cigarrillos. Que no tenga nada que ver yo con eso. Pero de igual manera querer tus manos para soplarles vida azul. O crecer dentro de la espalda como arbustos, tal tus poemas oníricos dentro de mi oído. Necesito cantarte a media noche. El íntimo sonido mío haciéndote pájaros sobre el cuello. No sé cómo nace mi afán de perpetuarte el amor, despacio. Arrullarte. Comer de ti. Hablarte hasta que no sepas más de los otros. Sólo mi nombre en tu barbilla. El juego perpetuo de buscarnos debajo de las cosas. Nuestros relatos de lluvia humedeciéndolo todo. Imitando a los adultos en sus prácticas de odio mientras beben café. Te digo que no lo sé. Esta, nuestra vida torpe, nos tiene confundidos. Te digo que no lo sé cuando me preguntas el por qué de mis abrazos. Mi hambre de los huesos tuyos. Bajo el frío de maquina nocturna. Parece que volvemos con otros ojos y otras bocas, que se buscan. Como si no fuesen nuestras, y en pretérito.   

martes, 25 de enero de 2011

And now I lay down





Sé que estas cosas que vienen nombrándote, llegan impetuosamente y sin aviso. Que no se puede inmutar a la ciudad con tu llanto sublime muy de niña rechazada. O con mis gritos silenciosos del medio día. Eran comunes en el duelo hace años. Nunca lo escribía del todo, nunca tan claramente, pero sucedía después del té. Me dirigía a mi habitación. La música me formaba mares debajo de los dedos.  Alguna vez invocamos esa imagen mía frente a la ventana. Y el viento entonces. Tan salvaje. Nos desparpajaba los ojos, y toda la piel alrededor de ellos. Mis viejos vestidos de blanca tela muy vieja y delgada. La foto tuya, impresa en tonos débiles. Esos infalibles recuerdos entre mis manos. A veces arrugando el escote, a veces borrando tu fotografía con arañazos. Pero casi siempre dejándola dormir bajo lápiz labial. Y mis pies descalzos por toda la casa, huyendo. Y mis oídos adormecidos de escuchar tu nombre en los hilos de luz cubriendo el pasillo. Y lo sé. Ya, no es que hable de ti. No es que me sucedas.  Yo ya no sé a quién le hablo. Lo que te cuento es esto. Las visiones ruidosas una mañana ordinaria, cuando enero no es enero o lo es demás a mi sombra. Estoy otra vez cayendo en la oscuridad que me adorabas. Pero ya no puedo sólo llamarte con el ritmo del día, a las diez o a las cinco. Tampoco refugiarme en tus maneras violentas que daban sentido a todas estas cicatrices. No puedo fumarme un cigarrillo antes de dormir. Ya ni siquiera desnudarme ante los hombres. Este cuerpo ya no me pertenece. Le temo lo mismo a la poesía que a la inmortalidad del alma. A la soledad nunca, but still.  Al contrario, abro mis oídos para hacerte entrar por donde siempre hacías. El sonido como un mareo glorioso, seguido de mis lágrimas. Abrazarme. Rezar. Y caer diminutamente. Casi en la derrota recetada por ti. 

Ya no es común verme rendida.  Aun así, clamo entre la náusea por un gesto conocido. Que estoy en este sitio y no entiendo nada. Decir: and now I lay down. A sufrirte un poco. Vivirle menos. Regresar donde tus ecos estrepitosos no me dejaban tan sola. Y al menos, frente a esa ventana, como soñando más limpias, y 

ma
jes
tuo
sas 


tormentas 

jueves, 30 de diciembre de 2010

Sin remitente

¿Cómo estás?

Realmente espero que estés mejor que bien. Sé que no te he escrito en mucho tiempo. Tú lo hiciste la navidad del año pasado. Gracias por tus cartas, son muy bonitas y emotivas. Siempre lo son. Es eso o que yo soy muy melancólica respecto a ti o que las haces de una manera lúgubre, porque siempre termino llorando y ¡sin ganas de saber de ti nunca más! ¿Te han dicho esto antes?  “no quiero saber nada de ti”. A que son duras esas palabras. A mí solo me da rabia que seas tan exactamente adorable y que estemos tan lejos.

¿Cómo está tu mamá? Y tu perro, ¿con nombre shakesperiano? ¿Ya no tienes más? Lo digo porque, sé que querías mucho a Ángelus y cuando esos amiguitos mueren uno sufre  mucho y generalmente se opta por no volver a tener otro jamás. Cuéntame. Me enternecía mucho tu pasión por los animales. Me gustó eso que dijiste un día: sabes que alguien ama los animales porque puedes confiar en su amabilidad. Pues, Jazmín, como todas las contradicciones de tu vida: tú rompías la regla. Bueno, eras amable, eres, no lo niego. Pero recuerdo un día donde hiciste llorar a una señora en el negocio de tu mamá. Tenías creo que catorce años, pero ya tenías la dureza y crueldad, me atrevo a decir, para expresar sin tapujos lo que sentías. Me río ahora recordándolo –jajaja- tú diciéndole a una mujer madura: es que no tiene idea de lo que es el sentido común. Nunca tuviste paciencia con las personas estúpidas, decías. Pero a lo que me dices en cartas anteriores, veo que ya estás trabajando en tu tolerancia. Y qué bueno. No los tomes muy en serio. No debes dejar que te afecten, esas personas, sin sentido común por ejemplo. Yo estoy muy bien, ¿sabes? Te conté que me casé por la iglesia el año pasado, y aun con la cara refunfuñona que te hubieses echado, lamenté que no estuvieses aquí. Eso va bien según yo. No tiene mucho chiste, Jazmín, es la vida. Compartirla con alguien que quiera compartirla contigo y nada más. Soportarse, y por qué no, quererse a pesar de todas las menudencias del día. Prométeme una cosa: la persona con la que vayas a elegir para quedarte, al menos me dirás cómo se llama. Me quedé en que no creías en el matrimonio y los hombres no te satisfacían. Estoy esperando me cuentes esa historia de amor, la que me dijiste la otra vez. Hará dos años. Dijiste que te ibas de viaje con tu abuelita Chabela y no sabías cuando volvías porque querías sanar un poco. Sí, fueron unas cartas súper lindas del mes de octubre de dos mil ocho. ¿Ya sanaste? Te pregunto más por curiosidad, por ilusión. Es que tu manera de ver el amor siempre me pareció tan bellamente romántica. A veces te envidiaba. A tus quince había un hombre mucho mayor que tú llorando por ti y diciéndome en un café: no me hables de ella, no quiero hablar de eso. No sé cómo lo hacías, igual dabas unos consejos de la puta madre a tu corta edad –jajaja- no sé, siempre me gustaban tus largas cátedras. Lo que hayas tenido de último te lo guardaste muy bien. No sé, me intriga, quiero saber ¡eres mi mejor amiga en todo el mundo! ¿Si sabías eso? Acá la muchacha que me recuerda a ti, no sé, no es lo mismo. Tienen el mismo pésimo carácter eso sí… pero siempre te recuerdo mi pequeña. ¡Enojona pequeña! Mis niños están muy bien, ya sabes, creciendo. Espero que sean todos bilingües como tú. Ya sabes, la ventaja de estar acá y aprenden bastante rápido.  Ojala los conocieras pronto, ojala estuviésemos juntas, te acuerdas cuando decíamos “mis hijos te llamaran tía” y así ¡tan cursis éramos Jazmín! Oye, ya ve pensando si vas a tener hijos, no querrás que cuando tengas cincuenta apenas los lleves a la secundaria. Serás una mamá increíble. Siempre te lo dije. ¡Tus hijos todos locos como tú! No sé, eso puede resultar muy bien o muy mal, mi queridísima. Pueden ser unos artistas inmaculados o unos drogadictos cualquiera. No te ofendas cuando te leas esto, es que me pongo a pensar a veces en ti, como una chica que te quiso. Por lo tanto a veces uno observa tu naturaleza siempre primitiva y salvaje y no sabemos en realidad el camino que tomarán las cosas que provienen de ti.

Y, ¿la música?  ¿Todavía la pones muy alto para que la escuchen los vecinos? “Hay que educarles el oído N, hay que educarlos”. Amiga, me escuche al tal Bob Dylan con el que dices estabas escribiendo. Obvio me aburrí. Lo siento. Bueno, creo que en realidad me puse triste. Te envuelve en mucha bohemia incomprensible para mí. Siento mi vida, ahí diluirse por una coladera, y no puedo con esa clase de sentimientos. Supongo que lo sabes.

Mi jazmín, lo que no debes olvidar es que yo te quiero mucho todavía. Como siempre y más. ¿Jazmín? Tienes otro nombre con el que te llaman ahora, seguro. Te los cambiabas y yo sin entender por qué, tú nombre ya es my bonito: Jazmín. Jazmín. Jazmín. Repítelo muchas veces. Aun hoy, no pierde su significado.

Recibe abrazos de navidad y los mejores deseos para el año que viene. 

Te pensaré al momento de las uvas –las que nunca nos terminábamos- y deseare que seas muy feliz. Más feliz.


N.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Luces nocturnas



Cuando en un silencio prolongado de pronto vienen las luces nocturnas, las palabras correctas no son exactamente: buenas noches. Tienes que acercarte a mí con cierta nostalgia por los amaneceres fríos o las paradas de autobuses olvidadas. Esas que ya nadie se atreve a visitar. Con esa calma de la voz en off, la mía, háblame. Y recuerda también las máquinas de escribir. Una pausa exacta entre tecla y tecla con su golpeteo engendrando todos los sonidos viejos. Pero inalienable a cualquier otro. Podría ser, únicamente: tus ojos como posándose insurrectos a los caprichos adolescentes, y verme en paz, haciéndote más grande, más completa, más como jamás lo fuiste. Así, cuando secretamente se voltea la mirada hacía lo equivocado, con esa indecencia eminente seguida por la crueldad de los demás. Así, con ese dolor no pronunciado. Consecuentemente yo voy a tratarte con la misma clemencia y ternura. Es decir: abrirte los brazos. De esa forma puedo sonreírte amplio, grande y certero. Dibujarte un árbol en navidad y correr hacía ti de una esquina a la otra bajo las farolas naranjas. Pero no con miedo. Sino balanceándome como me miraste un día. Jugando sobre las orillas del mundo, y las aceras, y el viento. Sucia, rota y demacrada. Yo, unificando música de trompeta y un acordeón francés. El rojo en una pared de café citadino. Dos situaciones paralelas pero distintas en tamaño: Yo - te - quería -mucho - más. Y el piano inolvidable, y todos los libros nuestros. Así. Aproxímate a mí con todos esos cuadros y pequeñas canciones taciturnas. Me voy a quedar sentada y partiéndome las manos para recolectar la tierra en un puño de mementos. Después bajaré a la cocina a prepararme té. Voy acariciar tanto a mis perros. Dibujaré en el aire dos casas inmensas. En una vas a vacacionar tú los veranos. En la otra vivirás pero no te visitaré nunca. Te necesito así para reconocerte y olvidarte todavía. Como un juego mediocre que a veces nos hace reír por las mañanas. Pero por las noches, cuando vengas a mí, con los labios rotos de tristeza, sumida en incomprensión o de fatalismo temprano. Y cuando lo hagas feliz y llena de la vida amarilla por tanto sol. Hazlo como en un vuelo suspendido por notas musicales; ciegas, mudas e impenetrables al subtexto disimulado. Inventa las formas que no podrían pensarse la muerte, ni mi nostalgia o mi conformismo. Y si no, lo mejor es no llegar a mí. No lo hagas. No repetirlo en absoluto

martes, 23 de noviembre de 2010

Le Matin


Pensamos, que esta generosidad de mañana nubosa será permanente. Que vamos a bajar las escaleras, el desayuno listo, y alguien nos dejó café en una taza roja. Y el silencio de no preguntar cosa alguna. Y los besos de los pequeños, esperando. Luego salir al patio trasero. El cielo tiene grietas de luz. Las señalas, dices “mira, grietas de luz”. Volver a entrar a casa en el ritual de vals que es ser una persona sola. Sola. Sola. Hay esas sillitas de madera brillante, deshabitadas. Como una nota gris que se sostiene debajo del ruido. Fluctuando en la nada. Haces verbos conjugados (y sugestivos) en presente: Besarse un poco los labios. Apretarlos con un gesto natural. Piensas. Subir de nuevo. Situarse frente a la pared amarilla. Observar unos cuantos cuadros. Leer noticias con un fondo de piano alrededor, y arriba de tu cabeza. Saber, decir: esta música no es correcta. “See you, Sunday”.

De verdad esperar el domingo prematuramente.

Y dices de pronto: les he mentido tantas veces. Pero continuas el camino como hablando de cosas inútiles y riéndose al final. Aun así paseas por toda la casa. Prosigues danzando la mañana. Pasos lentos y, todavía, plantas enarbolándose a la ventana, animándote un poco. Hay gestos propios y prestados. Arañar un poco el cuello. La mirada perdida hacia un punto fijo en la pared. Sobre todo un llanto, un llanto silencioso que no se explica ni un rincón. Sabíamos que solamente podía habitar allí. Y también un ruido, los últimos ruidos, como los gritos de niños que se aburrieron de jugar dentro y salieron al jardín, enajenados. Pero seguimos pensando que esta somnolencia de mañana en la casa de tus padres, toda, los más mínimos detalles. Van a conseguirte un beso, y la felicidad efímera. A las diez, menos cuarto.

martes, 16 de noviembre de 2010

Weekend Off



Nos acostamos a las ocho de la noche. Ha sido madrugar, una blusa verde con azul, los lentes, limpiar los lentes, empacar comida para todos. El viaje de dos horas. Claude Debussy y el mundo exterior. El camino del campo todo alrededor nuestro. Y lentamente, querer dormirse. El diminuto mareo del movimiento que te eleva, en una nota sostenida de bienestar. Los niños, a veces cierran los ojos. Pero, despacio, te colocan besitos a un lado de la nariz. Ellos sonríen. Se sugiere un piano mudo dentro de todo. Te lo dicen las sonrisas. Sobre todo las sonrisas mientras ella maneja el auto, y tú cuidas a uno dos, tres perros. Y luego llegar. Bajar a pasitos con las maletas más importantes y unos zapatos verdes llevándote, muy cómodos. Instalarse en un cuarto con tres ventanas magnificas. Respirar otra vez el aire líquido del campo. Sentir su deslizar en el interior del cuerpo. Satisfacerse con saludos sutiles y cálidos: un beso en la mejilla, y vine. Un beso en la mejilla abriéndote las puertas. Para pasar a los largos jardines, arrullarse con el mínimo ruido. Copulando el aire y el silencio. Estar. Emito el verbo “estar” como unificando el panorama de paz en nuestros rostros. Allí, polvo y viento descifrando corrientes. Gente amable transitando un camino recto que los lleva a la ciudad. Y te besan. Te besan y saludan. Y luego se van. Te queda tomar una siesta por eso de las dos de la tarde, y el propósito de un sol maduro. Malestar y un sol maduro que no toca la habitación más alta de una casa de piedra. Dormir los tres juntos. Robar unas sandalias doradas para ir al servicio siempre afuera. Levantarse, abrir los brazos. Como tragándote el mundo, y abriéndole el pecho. Todo él podría así, caber en el marco de una ventana. Bajar las escaleras avanzando torpe. Esperar, siempre esperar. Hacer coros con la letra eme, arrullar a un pequeño. Esperar su sueño con la suavidad de un murmullo de madre prematura. Pero no haciéndolo en realidad, a nadie. Pasearte por los corredores de roca fría. Un almuerzo perfecto que prepara tu madre. Reír. Gritar. Comer. Hablar. Beber. Los verbos indicados un fin de semana. En los paseos de otoño. Por si acaso sentarse a ver la combustión precisa en una olla. Leña y cenizas. El sonido del fuego. Todo eso ya por las seis de la tarde. Admirar la soledad y la precisión de la hora del té. Se hace un intercambio sano de goteos desde una cuchara. Despedirse. Llegar a la cama con el balanceo de un pantaloncillo a cuadros. Observarla a ella de lejos, acariciar su figura. Apagar la luz. Y un parpadeo, recordándote “son solo las ocho de la noche”. Pero afuera, escuchas ya perfectamente el crujir de la madera disolviéndose en un bostezo azul. Desde una voz, gruñendo el “hasta mañana” que se extingue.

martes, 9 de noviembre de 2010

Sleeping Beauty



Parece poco, permanecer frente a ti y verte como rezando. Cruzar las manos en forma de tregua distante, y no mirar al suelo. Y a veces, mirarlo, digo. Tus pies haciéndole trazos al mundo. Ellos, y tres acordes de guitarra con piano sonando, repetitivamente. Tú sabes cuales. Comparando uñas o sonriendo diminutamente. O darle tu nombre al aire, soplándolo como se le hace a una pelusa en la palma de la mano. Irse en el eco al pronunciarlo y galopando, libre, y con los ojos cerrados. Entonces, allí, parece poco también besar los bordes de un brazo. Como hace tiempo, en un lugar de paredes blancas y otras verdes. Dejándose ir el cuerpo en el llanto y la zozobra mía hacía un océano sin fin. Con notas ondulándose sobre cabellos que no habremos de recortar jamás. Ahora, es mínimo doblar unas sabanas a medio día, y sonreírles a los perros. Al igual que decirte muy sin preocuparse qué va pasar mañana, y así, renovarnos todos los días. Ya no oprimir párpados a las doce de la noche. Pero verte cabizbaja como teniendo sueño, como creciendo en la suerte de vivir. O casualmente soñando dentro los ojos. Dormitando al ritmo de una canción de cuna que te di. Y luego cayendo. Sumergida en la profundidad blanca, como suspendida en cantos de bosques, balanceándose sobre las ramas. Y, pareciera poco llegar a ti. Descalza, con los tobillos anudados a un cordón azul. Entre un resplandor amarillo que susurra “vuelve”. Encontrando pestañas pernoctando en una sombra. Lo cual no significa mirarme en el mismo lugar jugando con horas siempre desiguales. Por la tarde los labios rosas. Y en las mañanas llamarte con pupilas y verte, como invocando tempestades.


sábado, 30 de octubre de 2010

Watch your weight, your powers*



Todas estas sensaciones que vivimos en el interior, vamos a quemarlas. Porque hay un incendio del que no nos percatamos todavía. A ti te cuento estas desgracias y también, te acaricio el tobillo a modo que camines un poco más. Que sigas llorando pero afuera. Fuera de mí. Ya no voy a llorarte yo sobre las manos. Quedó un ruido en el pasillo, que no describí jamás. Era un sollozo muy sufrido y silencioso. Como si nadie lo hizo nunca. Cuando se descompone la cara por la pérdida y las respiraciones comienzan a actuarse para sobrevivir. Una calle sucia. Un último suspiro flagelado. Todo eso permanece allí, inamovible a lo que llamamos invierno. Esto te lo digo yo por si de pronto, muy lejos, lo olvidas. También por si un día llegas a reclamarme cómo pude ignorar tus ojos a tres metros de distancia. Es que surgía en medio de las cosas, un aire extrañísimo que nos alejaba aun los fines de semana. Era la misma música quieta de las noches. Cuando sabías que cerraba los ojos mientras pensaba despacio cómo no asesinarte una vez más. Era eso, lo sabes. Dolerse. Como nadie. Bailarnos las pestañas compensando su humedad posterior. Y sus besos. Los de la pared y el azulejo de la ducha. O dejarme caer sobre ti con cierto ardor en los dedos. Esos del hambre de teclas blancas y negras que nunca he acertado muy bien. Era lo mínimo, igual. Sólo oprimir un botón de encendido y abrir bien las cortinas de una habitación pequeña. Dejar que la luz penetre los libreros y la cama. O los rincones que ya no se pronuncian porque se abandonaron junto con la niñez. El baúl, la lámpara precisa. Y, ahora, el cenicero.

A ti te cuento todos estos asuntos porque eres tibia ante el equinoccio que viene. Porque me cantas, y te mezclo con la vida para beberte en las mañanas. Un poco de ron, un trago de whisky. Música clásica y conciertos.

Vamos a observar mientras se esparcen las cenizas, y dibujamos cómo caen sobre las repisas del baño.

jueves, 14 de octubre de 2010

Sueños y el putisimo Otoño



No sé cómo explicarte esto. Por la mañana son los ojos. Rojos e hinchados. Arañar una vez, otra vez mis sabanas, cómo buscándote al salir del sueño. Tener ese sueño repetitivo de ti. Contigo. Qué te paseas a oscuras por una ciudad que apenas habito, porque tampoco camino en ella. A veces son los colectivos, sucios y apretados. Tomo uno todos los días, a las doce. Me dirijo a la universidad pensando un poco, pero siempre sin hacerme consciente del paseo por las ciudades que este hecho supone. No puedo levantarme de cama un día así. Soñar una serie de eventos que te contienen, tú paseando, hablando con aquél chico llamado Alex, ignorando mi presencia en una fiesta, yo al final colocando muchas bocinas y nuevos discos. Alguien, recuerdo, te reclamaba. Te decían: ella estaba allí, y no la viste. Creo que eso lo hacía mi mejor amiga. Pero luego estaba con Isabel, como retorcer ropas mojadas y añorando pasar con ella el otoño. Y me decían de a poco: camina. Y yo caminaba, pero pensando en ti. Cómo preguntándole al mundo porque te habías ido. Por qué no me habías visto, si yo estaba allí.