miércoles, 29 de mayo de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Sunday calling






He de pedirte que seas razonable. No me dejes de querer. Ni así. Aunque me odies. Aunque necesites rutinariamente verme ir y venir y hacer que gozo el amor con tantos otros.
                                                                      Autres

                                             Autres                                             a u t r e s.

Ya muchas veces hemos hablado sobre estas posibilidades banales. Pero no me escuches. No, no lo hagas. Es que me gusta callar cuando empieza a llover. El verano se acerca con su agua de muerte. También es la vida cuando era niña. La otra noche le dije a él, después de llorar mucho, que mi infancia se resumía en eso; hojas verdes, tierra mojada y charcos. Algunos barcos de papel por si me daban ganas de partir de la tierra. Y tenía siete. Tengo que repetirlo porque lo sueño todas las  noches.  Había esas cascadas de terror. Y yo las observaba por horas entendiendo la hidráulica como un concepto más de caída. Profundidades verdes y azules donde cabíamos. Ya hablaba de ti sin conocerte. Mar abierto. Suavidad. Destierro. Como éramos cuando me amaste. Sonaba Akira Kosemura, no sentía el peso de fantasmas en mi colchón, no les preguntaba “¿estás aquí?” “¿estás aquí, has vuelto?”. No eran cristales partiéndose a polvo sobre mis hombros. Yo te pido desde este dolor de útero, que vuelvas. No que vuelvas a mí. Yo sé que soy inolvidable. Vuelve a darme los colores. Es que me los han arrebatado todos. Vuelve a ser. Ya no puedo más con las manos adivinando vacíos. Hago como si atrapara el aire. Es que el día que descubrí que no podía jamás entender el espacio y sus partículas tan leves, sentí pánico. Tengo ese sentimiento otra vez de no encontrarte. Pero callamos todo. Principalmente los verbos conjugados en amor o esperanza. Realmente no sé las razones de este mutismo inoportuno. Desconozco huellas  inclementes; es como el viento. Una tarde, domingo, húmeda como tus ojos ante la luz. Húmeda y gris para derretirse sobre mi cuerpo, porque te gustaba imprescindiblemente mi felicidad de mujer triste. Un pulgar borrando mi boca que no hacía más que hablar teorías innombrables; ¿qué te explicaba?

| Lo blanco del techo.       |  El té se enfría.          |Ser como una                         ……………………………………………………......................…definición o textura de lo blanco.  

Debo llamarle a mi abuela pronto. Julio viene azotando las puertas después de Junio. De volcanes o tierra abriéndose. Deja un estruendo detrás que sólo puede confundirse con otros desastres. Menos certeros. Ahora lloverá todos los días. No hay puentes ni luces de donde colgarse. Creo que haré esa dinámica de rogarte con el susurro de mi recuerdo. Yo ya no tengo nada. Ni esa incompleta capacidad de armarte cuando estabas rota. Pero no te pierdas por mí. Tampoco sé dónde me encuentro. Ven. Ven aunque no me lo digas. 

martes, 21 de mayo de 2013

Alguien que...

cuide de mí (como la canción)
que me lleve a cenar
que me despierte
con quien desayunar
hacer ejercicio
que me visite

pero sobre todo que me lleve a cenar
y que pueda recordar las noches
donde una botella de vino, viento, sofá
o casa de campo
son suficientes,
y amanecer así una y otra vez
para recordar
q u i é n    c a r a j o   s o y


Solicitudes mandarlas al e-mail o no las mande.

Gracias.

viernes, 17 de mayo de 2013

Juegos sentimentales parte 2


Los días pasarán, otra vez, imperceptiblemente. Estoy intentando olvidar ese placer mío que obtuve desde tus ojos. O al ver tus ojos a través del cristal. Esa posibilidad turbia de la noche. Ya sé que él te ha preguntado por mí, y que no has negado nada. Es como si la presencia del tacto siguiese vigente aun sin existir. Como si nos escucharan de a poco esas risas que intentamos un día.  Tal vez es porque sabes que él también me quiere, y no podrías ofenderme en su cara. Pero no lo sé. Si la frialdad tuya es relativa a la mía. Espero que sí. Que todo lo hayas aprendido el lunes, de golpe. Que te hayas sentido tan mal al ir a la cama. Casi triste. Desamparado. Estos juegos sentimentales son únicamente de esta forma. Y yo pensando que había dejado atrás la crueldad hace años. Ahora todo sería más fácil, más sencillo. Tenemos la edad suficiente para abrirnos a la vida y los deseos. Caminar en soledad y sin preguntas. ¿Sabes cómo? Era un calor mientras buscaba no sé que cosas frente a él. En el auto. Pero ya no entendí muy bien esa mañana. Decían que sólo venías a despedirte. Ella lo dijo, mi amiga. Dijiste en alto mi nombre mientras te daba la espalda. Como si no quisiera voltear y decirte; ven, anda, lamento lo de la cena. Tuve dolor de pecho por dejarte allí. No me malentiendas. Siempre rompo las expectativas. Soy un ciclo de derrotas continuas.  Tengo la tonta idea de que ya lo sabes. Que no necesito repetírtelo cuando vuelvas a casa. No podía quedarme todavía. Me habita un pánico de niña por la libertad. Las habitaciones de hotel. Algo que me recuerda que mi futuro no es lo que soñaba. Nadie lo sabe. Pero me crece ese ardor o el salto del cuerpo cuando suena el teléfono. En una de esas eres tú. Con ese acento adulador de centro del país. Luego me nublo donde todo suena, menos aquí, a mi lado. Un ringing que lo hace todo eterno en un segundo. 

lunes, 13 de mayo de 2013

Sentimental




Solamente té verde y cigarrillos mentol. Bien lo dice ella, mi amiga, soy un fraude. Lo primero que haré cuando cobre mi cheque es comprar Chardonnay y reparar este asunto de no poder beber vino llegando a casa. Por eso té verde y cigarrillos mentol. Por eso no haberte besado o visto a la cara el tiempo suficiente para que supieras que soy yo, eso, idealizado. Eso que pensabas. La playa o el boulevard iluminado. Sobre tus lentes o los míos. A que yo podría hacer tu vida mejor. Sí, estoy segura. Quitarte esa sencillez anonadada que me provocaba reír en silencio. A hurtadillas, cerca del baño. A lado del refrigerador. Entre cajas de almacén. Por eso no sé si decir que estabas con los nervios o sí el único motivo del viaje era yo. O no. Y te he dejado allí, con ellos, como si nada. Como si no quisieras hablar de Jean Pierre Jeunet otra vez. O estar aquí dentro, nadar entre esta colección de imágenes rojas y verdes. Presentarte la ropa que utilicé. Con la que ya no podrías dormir. Según tú así. Pero es mentira. Seguro le celebrabas a tu madre el día diez. Por eso sólo escribías unas líneas. Por eso no supe de ti una semana. Pero es extraño todo esto. Sentir los pies airosos por volver. Preguntarme si escuchas In a sentimental mood y te arrepientes de no estar conmigo. Contemplar el mismo espacio a kilómetros cortos. Tu habitación de hotel viajero. Ese perfume que inundaba los cubículos. Seguro de marca, para que no olvidara la primera ves que me viste. Es que lo inundó todo; las paredes de madera. Incluso mi cuadro de Van Gogh, La habitación de Arles, que la llevo a todo sitio que voy porque me recuerda a ella. Supongo que ambos estamos igual de perdidos. Aunque a tu vida le encuentro más sentido que a esto. Yo siempre mal logro todos estos negocios. Por eso tampoco pudiste hablarme. Por eso han puesto una barrera entre nosotros. Nadie dijo que esto estaba supuesto a suceder. Yo le digo a ella, mi amiga, que entre más huya de los amantes, ellos llegarán para enjuiciarme cualquier día. Ella vuelve a decirme que no le ayudo a mi vida ni un poco. Al final creo que me siento muy triste cuando no vivo todos estos frenesís. Que son posibles contigo o con alguien más. Sólo tengo una botella de té y la amargura, estatua de ceniza. Me queda ese tabaco. Observar el barrio con las mismas lucecillas pálidas que estremecen en mis ojos. Frecuentemente es el llanto o yo jugando a que se ocultan. Abriéndose y cerrándose. Un buen poeta me dijo hace años “tú vas de más a menos y viceversa”. Creo que ahora es un político y médico especializado. Supongo que realmente lo que sucede, es que él me imaginaba con todos los matices de la oscuridad a los veinte. Tú querías la hora o a lo mejor no querías nada. Querías la luz. A lo mejor no estás leyendo sobre posibilidades. Ni pensando en esa manera leve de ignorar tu presencia. Quizá solamente duermes en tu habitación de motel. Mañana volverás a manejar y cuando vuelvas no hablaremos más, ni de dinero. Yo bueno, tengo todas las versiones de In a sentimental mood. No sé con cual extrañarte. Me vienen muchas noches de remordimientos. Eso puede ser algo positivo, verás. Huele a mentol o a cigarro. A noches como pequeñas sombras que contengo como un temblor de rodillas. En todas escribo porque es probable que aquí, entre las letras existas. Y yo también contigo. Si vale la pena decirlo. 

sábado, 11 de mayo de 2013

That sparkle in your eyes it's gone




“Recuerdo bien tus ojos”, escribiste. Se lo dijiste a él como si yo ya hubiese dejado de existir hace tiempo. Era un poco verdad. Aunque ya sé, toda verdad es absoluta porque si no, deja de serlo. Digamos que ya había dejado de existir hace tiempo, y aunque era sábado, y yo cantase lo que fuese, “You’ve changed, the sparkle in your eyes it’s gone”, tu boca roja no era mía sino de él. Aunque recordarás bien mis ojos o mi crueldad de las seis de la tarde.  O si yo te contara sobre aquella lectora que me lo dijo muy cerca “me encanta lo que haces”, que le respondí  - y exactamente qué es lo que hago; - Escribir, claro. Cómo lo haces y por que lo haces. Y yo me paré y me fui. Ahora me lee en secreto. Pero le cuenta a la gente que soy muy engreída cuando nunca voy a ganarme un premio.  Qué no soy nada guapa y no sé qué otras cosas. Tú sabes que miente, sobre lo del premio, claro.  Tú como nadie me leíste, y te revolcaste entre mis palabras para que te tocase al menos ese desprecio. Supongo que era más para encontrar un motivo o un camino. Ya sabemos que no vale de mucho, pero para nosotras fue el mundo. Una sonrisa o la palabra “each” de My funny Valentine. Y es que nadie entiende eso por estos días. Por la tarde de sábado, hoy, alguien hurga en mis palabras y busco algo en la nevera que no encuentro.  Es como esa desazón de tu “recuerdo bien tus ojos” ajeno. Como si yo te quisiera todavía, imagínate.  Un frío sobre la cara en pleno verano que termina por destruirte los pulmones. He vuelto a fumar, es un ciclo de destrucción incontrolable. En la oficina no puede irme peor o mejor. Me topo en cada rincón con que hay vida lejos de ti, lejos de todo, pero de todo. Con sus olores y sus miradas de adultos que me desnudan en segundos. Quiero correr. Quiero escapar de todos ellos. Es inútil adaptarse a la vida para sobrevivir. Hay momentos como ese crepitar en tu voz de despedida. Recuerdo tus ojos. Los recuerdo porque no eran del norte o del sur. Ni de occidente u oriente. Tenían una oscuridad inmensa a la que tenías que saltar  y caer dentro indefinidamente. Que tú no eras de ningún lugar. Y luego los demás murmurando que yo tampoco. El acento francés era de mi abuela, pero no.   Probablemente hay un sello de extranjero implícito en cada acto. Es realmente un hambre insaciable de algo que siempre desconozco. Quiero cantar hasta quedarme sin voz. O que haya demasiada luz para quedarme sin ver, y luego que suene tanto una trompeta para no escuchar más.  Hablo de ti por la mañana que tuve. Quería un sábado de ventanas y besos. Pero ya del amor no sé mucho. Tampoco lo supe cuando estabas tú. Empiezo a creer que todo es como la música que amo, y vivir sucede allí. Todo cambia. Ella lo hizo.  She´s breaking my heart.

domingo, 5 de mayo de 2013

Delirios I y II

- A propósito de mis charlas mentales y delirios, 
alguien de mirada curiosa o que echo de menos escribir.
 Lo pego sin ediciones, ni siquiera mentales -



Me gustaste para decirte:
¿Ya te vas?,
¿Tan pronto?

The sky was blue, and the beach was nearby.  
[Olas aquí y allá bla bla bla, la brisa de tu pelo
nadando hasta la orilla
la orilla de todo
despertar, de-sumergir
dentro del agua
 orilla de ti]

Hace tanto calor, te dije. Mi falda no se podía levantar más, ni los brazos, ni el ego. Ni este olor a aceite tibio sobre el cuerpo. Aceite de almendras o Karité dice. Casi un sabor dulce a primavera meciéndote en sus brazos. Ese transpirar en los hombros. Parecemos salvajes en estas situaciones premeditadas. Hay infinitos tactos que no sentimos si son a través de la boca. Una vez un hombre quitó mi sudor con su dedo, y fue la cosa más terrible que alguien pudo hacer frente a mí. Y él, es sólo agua, y ella “es que no pudo detenerse, le gustas”. Prefiero una conversación, le dije. Y no sé porque sentirme caliente de pronto si lo recuerdo. Qué quieras irte, que no pueda detenerte, que no vaya a hacerlo. Que así, tan débilmente, me mires venir hacia ti. With your wishful thinking.  No sé dónde estás. No sé dónde has ido.

[yo trepando, rapaz, con los dientes
y que la boca es
murmullo de fresas
o estrellas
devorando
como un fuego
intenso]
[medimos el calor en temperatura y grados Celsius
todo depende hacia donde gire el mundo
todo fuego es intenso

voraz

no hay términos exactos para describir
evanescer
ni en cenizas]


tic
tic tic tic
-          She used to smoke, do you?
-          sometimes, when I’m nervious
-          So, always, don’t you?
-          Yeah, you got me –dibujé una sonrisa aquí-
-          I think I wanna make love to you
-          Oh, really? Why’s that?
-          You remind me to her
-          How come?
-          You’re lost, I’ll  have to find you



Pero suena una guitarra que es como nombrarte en la huida  No sé qué clase de juego es pensar. Sería más fácil resolverlo todo con los labios o con esta entrega insana. Mi cabeza en charola o abril.  Abrir tanto el cuerpo para que puedas pasar. Y tus pasos, resonar de bocas mordidas y néctar. Olor a flores.  Ojala todos sintieran como nosotros. Pero los murmullos son momentos o delirios para mí. Creo que me estaré en el patio toda la tarde. Ellos están allí. Alguien pasará y me dirá “qué suaves tus piernas” mientras las toca. No podré defenderme. Me duele el estómago o la inmovilidad de la suerte. Quiero besarte hasta que la vida comience.

II

Siento la necesidad de sonreírte, porque eres una niña.
Tu padre no te suelta. Supongo que me tiene miedo.
Es inútil, no voy ni ha tocarlo con mis ojos.
Creo, me surgen estos sentimientos en domingo.
Hay que sonreírle a los niños. Pagar a los pobres.
Ir a la misa dominical. Darse baños de sol.
Aunque la sombra transparente sobre nuestra casa.
Cantarle a Jesús, aunque suene a blasfemia.
Tengo terror a la inocencia de no saber distinguir
si ya he logrado mi misión en la vida.
No puede ser esto.
¿qué hacen los demás  en domingo?




Lucidez extrema







  • ¿Amor? No, amor la verdad no necesito, de eso siempre tuve bastante. A mi lo que me hace falta es alguien que dentro de cómoda posición, se levante y salga a comprar mis botellas de vino. Hasta los domingos.




lunes, 29 de abril de 2013

"Aquél que salva una vida salva al mundo entero"




No soy más que una cobarde. Nuevamente me he aterrado del mundo. Recuerdas cuando te dije que el mundo es una porquería; y aunque te conozca y existas en él, y seas lo más perfecto que camina sus senderos, sigue siéndolo. Hoy, tuve el cine de la tarde, ese de cuando te vas y el día se termina justo a las cuatro. Y en mi terrible posición de clase media lo he observado desde el sofá, con mis perros, recién bañados con jabón “Consentidor” y con el estómago lleno y no pude más que sentir vergüenza. Ese tonto dolor indescriptible en mi humanidad. Cuando al menos debería hacer foto periodismo o haberme ido de voluntaria al Congo como tantas veces lo quise. Cuidar de los animales o hacer militancia porque todos somos tan infelices. ¿No te lo conté? Ella y yo queríamos irnos África, con los huérfanos. Pero prefirió irse a Israel, con los suyos. Luego se fue y eso también. Yo también lo hubiese hecho. Lo he recordado esta noche. A ella sin demasiada trascendencia. No entiendo mi estúpido llanto de sofá. Como si con eso se limpiara la suciedad de los sentimientos humanos. Y sus masacres. He pensado en qué raza soy yo. No soy lo suficientemente morena ni blanca. Mis antepasados son mitad mulatos, mestizos y españoles. Amo inexplicablemente a todas las culturas ancestrales que han habitado la tierra. Tengo apellido cubano. Mi bisabuela Carmen dejó que sus hijos murieran de hambre. Pero tampoco he luchado por nuestros indígenas, ni por la libertad. Ni por el amor. O la igualdad. Siempre me pensé tan individualista. ¿Qué estamos haciendo? Mamá pasa frente a mí y me observa llorar otra vez. Me dieron ganas de abofetearme. Como si llorar engendrara mas gente común haciendo cosas grandes, como el personaje de Don Cheadle en Hotel Rwanda. O si fuese tan glorioso como esa escena de Schindler’s List cuando se dice asimismo que pudo haber salvado a alguien más.  Si es que todavía valemos algo, cualquiera de nosotros. Pienso que esa gente existe pero rara vez se habla de ellas. Aunque tú y yo no hablemos sobre lo que han hecho. Pienso que a ellos les importa poco que tu y yo lo discutamos. La noche continúa. Como si mañana no tuviese que preocuparme por pruebas hidrostáticas o la presión que soporta el bronce a ciertas temperaturas. Cuando todos los días ya no sabemos por donde pasar para que no nos alcancen las balas. Amor, he llorado porque no me he muerto en la lucha. Porque no hago nada. Ni mi padre ni mi madre tampoco. Él se mudó de esa ciudad donde me dijo que habían empezado a asesinar chicos por cada rufián que muere. Y mi madre se lamenta porque no puede comprarse otro carro. ¿Por qué? No hay explicaciones para estas miserias absurdas. Sé que alguien puede leer esto creyendo que tiene cierta importancia. Yo sólo te las digo a ti porque tengo que decírtelas. Porque debes saberlas. Me sucede sentir que de a poco todos nos morimos y nosotras seguimos sin equilibrar el mundo. Pero ya es tarde. Ellos vienen por mí. Con sus ocupaciones y papeles donde debo poner mi firma. Y cuando ya sea casi inútil la cambiaran por otra. Pero tú, por favor, espérame. No te nubles con estos pensamientos. Yo sigo pretendiendo que la vida es eso que sucede hasta que llega el domingo.


J.

viernes, 26 de abril de 2013

Tracklist y asociados


-          Hola Licenciada ¿cómo está? Habla Marco Carranza de Industrial Omega
-          Hola Marco, estoy, y ¿usted?
-          ¿Cómo es eso Licenciada? ¿No se encuentra bien?
-          No, bueno, no es eso. Pero sí creo que la gente que dice “Estoy bien”, “el día es excelente”, frecuentemente miente
-          Mire usted ¿por qué cree eso?
-          Es muy simple, eso es así
-          Creo que la gente puede estar bien aunque usted no, o yo no, ¿no le parece?
-          Vamos, pueda que sí. Realmente me sucede esto, creo que los demás deberían ser sinceros; quiero decir que quizá estoy ansiosa, triste, aterrada, caliente, insoportable o sin expectativas…y debería decirlo; pero eso no queda entre gente como nosotros. Claro, eso en el supuesto que a usted de verdad le interesa saber cómo es que estoy
-          Licenciada, le gustaría que le preguntara mejor, ¿qué hace?
-          Sí, eso sirve más. He escuchado música desde que desperté
-          Ah bien…y sobre…
-          Ya, era temprano, primero hice escuchar algo que imitara mi felicidad de despertar, “Alright” de Supergrass, fue lento…despertar I mean., me desperté muy temprano pero el silencio. O será el eco de alguien… Luego intenté la idea del amor, para emocionarme ya ve, y puse algo como Paul Anka “Put yourhead on my shoulder”, como si en serio le cantase a alguien, junto al ropero. Cantarle a alguien como usted, por ejemplo
-          Y…
-          Y después eso me recordó a Corinne Bailey Rae, por aquella canción de “Put your records on”, que no me gusta tanto, pero escuché otras. "Like a star", "Trouble sleeping" y que esa me sale muy bien. Tengo la voz así de dulce, ese cover tambien de "Is this love", no sé, dulce ¿entiende?
-          Claro
-          Pero tuve que salir de casa, hay una espera extraña mientras llega el autobús  ¿sabe? Luego me gustó escuchar a Dido, algo como Hasta que descanses aquí conmigo... y es que perdí en las últimas vacaciones el aparato ese donde lo escuchaba; pero cuando mi padre vino me dejo un discman, y tiene cierto encanto eso de la retrospectiva y que me vean de re ojo como si no supiera que es 2013. Tengo pocos discos originales porque esa cosa no da para MP3
-          Ajá…
-          El otro día me hice de una ganga en un Waldo’s Mart, Primeras grabaciones de Jorge Drexler, y tiene como una luz de mañana en su voz, hay que escucharle. Disfruté mucho que traigo en la cabeza así “nos delata el equipaje, y la duda al caminar…” o “la niebla de Barcelona”…qué no sé, no sé cómo estoy Ing. Marco. No sé...
-          Qué interesante es usted Licenciada, y bueno, sobre esos precios que le di…

viernes, 5 de abril de 2013

I'm allright






Te complacería saber que estoy muy bien. Qué sé perfectamente como te sientes, porque me pasa lo mismo. Alargar este sentimiento amargo o insípido de duda. Mera existencia del recuerdo. Reminiscencias, como mis sueños diurnos, a veces. Aunque tengo muchos sueños por las noches también, así que no estoy durmiendo lo que debo. Hoy le dije discretamente a un hombre que soñé con Oscar Wilde el día que volví a casa. No se lo había dicho a nadie. Solamente a él. Después me platicó que amaba la trova. Se rió muy tímidamente, fascinado. Es que Wilde es su favorito. Y yo me reía de la ironía. Es que han pasado muchas cosas que ya no me conoces. Ignoro si me lo dijo porque sí, lo de Wilde, como se hacen estos asuntos de adultos. O si es verdad y tenía que decírselo a él, lo del sueño. Pero estoy bien. No me sucede el mal humor, ni la desesperación o desesperanza. No puedo sostener esto. Los días se diluyen como el agua tibia que no resulta mucho al final. Insatisfacciones. Se lo digo a todos, por teléfono o en persona, pero no comprenden demasiado. 

Todo es continuo, como sobre rieles, y al menos, hoy me regalaron un poema, un almuerzo y también me han invitado a la feria. Pienso en decir que sí. Podré quedarme en casa de ella, como alguna vez lo pensé. Su novio la ha abandonado, y probablemente, se rinda ante la idea de que la hago reír mucho, cuento historias geniales de mi infancia, y son todas verdaderas. Aunque de eso no estoy muy segura. De ella, es decir. Tiene la tesitura de la niñez de la cual tengo en mí suficiente. Yo, a media tarde escucho trompetas y respiro profundo. Doy gracias porque a mi alrededor hay gente que me quiere un poco. Por mi madre que vive y no podría estar completamente sola mientras ella exista. Luego me pongo triste por mi padre. Aunque seguro él está más que bien. Pienso que la vida es así. Que uno de estos días vamos a sonreír mucho, estilo Charles Chaplin. O viene el amor que lo hace todo nuevo cada vez. Estoy bien, de veras, pero me gustaría una mano en la oscuridad. Una que acaricia con la lentitud del jazz de este tema que escuchamos. Con el escalofrío temprano cuando no sabes el final de la historia. Me sirve sólo alguien que sonría con la mirada mientras escucha. Me preocupa la soledad. O pintar la habitación. Un nuevo librero que ya no sé dónde extenderme entre todo el cachivache. Sigo observando a mi tortuga nadar durante horas como un acto verdugo. Pero qué puedo hacer si ya está conmigo. Me voy a obsesionar con los  acuarios como en Rumble Fish, y que yo también terminaré muriéndome. 

Te alegra saber que estoy muy bien, ¿cierto? Yo sé que tú lo estás. A lo mejor me piensas en un acto repetido o porque no has olvidado como hacerlo aun. Todo va bien. Sólo que a veces me quedo pensando antes de dormir, si alguien estará soñando conmigo aunque me muera. Me imagino que existen como tú hiciste alguna vez. Y quieren llegar temprano a besar mis pestañas. Cuidarme en los destierros. Tocarme en mi penumbra. Pero nadie llega ni por casualidad. Estoy aquí y allá. Aunque lloro de emoción cuando escucho a Madeleine Peryroux todo el día. Y me llena de una diminuta y extrañísima ilusión. He venido a decirte “I’m allright. I’ve been lonely before”. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Vacaciones



He de volver en mayo. Cuando las ciruelas sean de un tono rojizo o amarillo. Cuando el árbol rebosante de la primavera este lleno. Esperándome. A esta hora ya sólo quedan los niños en el jardín, jugando a no aburrirse, y los adultos en su cansancio buscan las siestas después de pescar hasta medio día. O él frente a mí. Imitando mi indiferencia. O el sol o el aire y todo lo que no se dice mientras ella duerme. Ayer veía un atardecer perfecto en lugares que nunca conocí. Toscana o un rincón apartado de todos, en la costa, a kilómetros. Nada deben envidiarle al mediterráneo. Un sitio, el sitio, donde te ofrecen la vida en copas; ese subsistir ebrio. Como si no faltase nada más que hacer ridículos o dejar ir el cuerpo. Aquí las cortinas se inflan una y otra vez para anunciar perfecciones. O es que han dejado las ventanas desnudas para que las miren en un acto salvaje y exhibicionista. Afuera cae la tarde. He perdido las fotografías de una vez. Quisiera decir algo tan simple como que el día no terminara; como si observar todo lo que no existe o existe tanto, pero no lo crees tan real. Y casi, casi no lo es. Por eso te mantienes de este lado de la ventana. Viéndoles. Pretendiendo que ya no recuerdas nada.  A salvo de la tristeza de marcharte. De no pensar en nadie. De no extrañar a nadie. Si acaso, precisar una boca dulce antes de marcharte a la cama. Quizá la de Mikél, a quien no conocemos. Pero lo soñamos la primera noche. Hacer eso de abrirle los ojos más con la boca, menos con la luz en la voz. Eso muy temprano en la mañana. Porque no puedes dormir más, es casi un dolor de espalda o el ansia de ver al día amanecer. Amanecerle. Una taza de café y luego el sol hasta las rodillas, ahogándote, con la misma permanencia del agua. Con la misma muerte o el absolutismo de un amor corrosivo. Con la embriaguez similar a abrazarle con las piernas mientras flotas. Lo recuerdas. Es un sabor salado emanando desde la piel, para no olvidarlo. Que no puede resistirse. He de volver en mayo y serán más días. Contaremos las piedras sobre la espalda o las veces que saltamos para liberarnos al aire. También para sentir menos, y no llorar. Nunca es suficiente. Es que cuando menos lo crees ya ha oscurecido. Todo vuelve a comenzar de una forma distinta. La luz es diferente cada vez. Como si unas horas fuesen las exactas y has trabajado, vivido, soñado, comido, dormido simplemente para sentir estas horas y no más. Y hemos caminado tanto y abierto de tal manera los ojos para dejar pasar la belleza a través. Quisiéramos hacer música o llanto. Pero ya nada, nada nos alcanza.


[Creo que alguien me llevó un vaso de cerveza o era la merienda, no sé, que no lo he terminado. ]

domingo, 24 de marzo de 2013

Agosto en C




Quería el vértigo en el calor. Y el devaneo de estar así, otra vez, preguntándonos los nombres. Como si aun no terminaran de lacerarnos con la euforia de vivir, y aun así encontrarnos. Pero, casi es incierto. Te vi solamente un día para comprender que este mundo, tiene cosas así de exactas. Que hay maneras de fluctuar salvajes por una ciudad enardecida de placeres. Y que tú, casi no los tocas, sólo te alimentas. Aterrizas en ocasiones para saber de mí, y de los otros a momentos. Para saber de vanidades fortuitas. Para conocer aquellos cuerpos como palacios. Quería que llegaras aquí. Desatar este hipnotismo. Nunca fui otra cosa que un estoico. Tenías esa idea sobre mí, verás, yo nunca logré comprenderla. Me da gusto ahora, decir, que hubo muchas cosas que tampoco comprendiste. Mi salvajismo, y cuando te hablé del dolor que iba a causarte. Dijiste: prefiero que seas tú. Pero lo dijiste en cambio para marcharte. Mira, no encuentro lógica en esos actos.  Es como esa canción de Devotchka: and you said you loved me, I thought you loved me.  Y nadie te cree ese jueguito presuntuoso jamás. Tengo esta nostalgia de ti como si de verdad te hubiese querido. Y no sé quién me ha heredado esta nostalgia. Si te hablo de ella, te pronunciaría la palabra  s i l e n c i o. Y  todo se oscurecería así, de repente. Absorbiendo la felicidad del mundo como si nada. Quería hablarte de la gente que me quiso. Todos convergen a la misma repetitiva y estúpida idea: tuvieron que olvidarme. Me pregunto si acaso me quisiste de verdad, así, como lo dijiste. Al píe de aquél piano. Y hacía dos horas que te hablé de Mr. Lawrance.  Qué no podías creerlo, casi gritando. La soledad nos había llevado hasta allí, un domingo redondo y tu nombre que iniciaba con la letra “c” o con "a", como corazón y consuelo. También pude comerme tu voz. Partir en la insatisfacción de decirte tantas mentiras. Voltear la cara para besar tu emoción. Y que sonriéramos a las cuatro de la mañana porque la luz era pequeña, tu estómago rugía tanto. No podía con el humo de la noche y la incerteza del despertar. Nunca he sido más sabía o más dulce. Me hubiese gustado hablarte de perfil y soplar en tu mejilla. Me hubiesen gustado tantas cosas.

 El domingo a la tarde es muy cruel. Quería que recordaras aquella vez que te leí y suspiraste como un niño. Ya no escucho esos suspiros por ningún lugar. Los busco indefinidamente en las librerías, y en mis estantes. En las cocinas y en los chinos. Casualmente en el té, bajo las cenizas y en Andrei Machado. Ahora tengo que fumar. Quería decírtelo, somos incompatibles. Pero deseaba ese calor de ti. Me he olvidado hace mucho de varias cosas; cómo resbala la saliva por la garganta si te ríes de tanta felicidad, el olor a vainilla en un beso –el tuyo- y a morirme de ternura debajo de las sabanas.  

Pero ya lo ves, era yo como esa canción de Devotchka. Bajo un cielo mexicano.

Rumble fishes



No puedo dormir. Estoy muy enamorada de Mickey Rourke en Rumble fishes. 

sábado, 16 de marzo de 2013

Jeux jeux, mon cour





Juego con mi corazón. Juego a que no está furioso o a que no arde como las estrellas.

A que es un músculo como todos los músculos, aunque no. Pretendo no recetarle soledad. A pesar de las largas horas impacientes de mutismo y frío. A pesar de su rebeldía de humano o su inconformidad con las pausas. Me gusta pensar en las adolescentes que van por la vida con el corazón remendado con goma de mascar. Y pienso en el mío, tan infame, incrédulo, pero valiente. Pienso en sus cicatrices de guerra como una montaña llena de rocas antiguas, más viejas que las piernas de Dio-s, en las que se sostiene el mundo. Juego con él. Le hago trampas diariamente. Incauto, le inserto una vida que no quiero. La desprecio. Hablo con gente sin substancia ni voz. Incluso me es insoportable el sonido del lenguaje. Cuando todo lo que quiero es agua. Agua en mis oídos. Luz en los ojos. Nieve en las manos. O los glúteos de ella para poder dormir. Qué más da que deteste nuestros juegos. Nos encontró un día cuando llorábamos mucho, él y yo. Incontrolables, y por supuesto, incandescentes. Nuestra llama le habló de sombras y destierros. Hizo quedarse atrapada en nuestras historias de niños salvajes. O de nubes, y destellos de diamantes que nos partían las manos. Toda belleza tiene algo de incomprensible. Como este sonido de olas en una inmersión artificial. Una habitación con una ventana pequeña. Con ese desapego al existir o existir tanto, un asombro de Greg Haines bajo todas las cosas. Estar así debajo. Desistir. Juego a respirar. Mi corazón y yo jugamos a que se detiene. Y luego vuelve a comenzar en los días más certeros. Cada despertar es otra era. Otra yo. Mejor, más inhumana, más monstruo. Más abominable. Y en cada ocasión amo un poco más o un poco menos. Las demás personas no existen y corren despavoridas en el horror de nuestro sonar incomprensible.

A veces jugamos a la niebla o a las mudanzas. Nos gusta la decoración de interiores y el frío matutino. Hacer humo para perderse en él. Como un verde que nunca se seca, amamos los exilios que nos dicen que nunca partimos si nunca llegamos realmente. También jugamos a los barcos de papel y a las cometas. Nadan por los canales intravenosos llevando sueños a lo profundo, que luego se disparaban hacia arriba. No sé donde. Es un continuo vértigo donde no comprendemos la dinámica de compartir espacio y tiempo, si siempre estamos en sitios diferentes. Pero todo parece ser producto de una vida anterior. Más simple. Queremos creer que siempre estuvo ese amigo de ojos celestes acompañándonos en todo. Costuraba los orificios que hacían las piedritas del juego de la tarde. Las piedras como balanzas del mar para que no termináramos ahogándonos. Los mismos barcos nos dejan llevándose todo, a no sé donde.

Mi corazón se defiende ante mi tiranía. Hace la música o el drama teatral para convencerme que la vida no es esto. Me paraliza cuando menos lo espero. Invade todos los sistemas y todos los diagramas de mi cuerpo. Por eso invento su juventud o su vejez. En grandes festines pasamos horas cultivando flores o bebiendo alcohol para que se olvide un poco del verbo pretérito. De los agujeros en los zapatos o los jardines que de a poco se incendian porque no estoy, no estamos verdaderamente aquí. Quiere entender porque lo odio tanto. Porque abrir los brazos y cerrarlos como esperando el toque, el abrazo, la colisión mía con la eternidad prácticamente imperdurable. Quiero separarme de él. Hay sonoros días donde su veneración poética, irascible, se apropia del viento. Juntos me juegan el cabello y las orejas. Me distraen durante todo el día y no puedo con los conocidos, los comedores, las esperas que son filas de supermercado. No puedo esa separación de los pasos o las huellas. Sale triunfador dejando piltrafas, tiritas de piel, pedazos de carne. Inútiles.

Juego con mi corazón. A que es un niño o un pájaro.

Y que vuela igual o que no tiene nada más que hacer que esperar la hora del té o la lluvia. Pero ya se cansa cuando llega la noche o la mañana, y no nos hemos mudado; ni partido, ni redecorado, ni ahogado, y seguimos siendo los mismos. Y lo consuelo un poco porque no se ha congelado todavía.

Juego a que es gran amigo del tiempo, y a que no está siendo devorado por él.

[…]

domingo, 3 de marzo de 2013

Bluc




[Sí, también] Eras parecido al frío un día martes. Andrei Machado tocando glaciares azules dentro de un vaso. El martes llovía. Se hacía tarde. El devaneo en autobús tan lento que cabían rieles allí, como todas las palabras en tu oído. Las gotas contaban la espera inexistente. Y el sol, arriba, en algún lugar pero arriba.  Mis ojos abriéndose y cerrándose. Las miradas de los otros sobre mi cuerpo. Qué no es como todos los cuerpos. Qué tibia la fiebre de desvelo en mi rostro. Qué mentira decir que te buscaba. Qué he llegado hasta aquí para verte. Qué mi manera usual de ser no es así. Es más inhumana. La gente no lo entiende. Tengo continuos juegos y pirotecnia esperando explotar. Pero no me has visto. Tenía aburrimiento entonces. Es que tampoco te lo he dicho. Últimamente me falta concentración. Es como decir que ya no se me nombra con esa furia de andante. Alguien de pronto envía una carta instantánea diciendo “te espero”. Y algo se rompe a las cuatro de la tarde. Es como estar sin manos a momentos. Ya no hay dibujos ni besos. Es una náusea. La totalidad de vacío en un contenedor. La búsqueda de un abandono que arde desde abajo. Porque no llenamos la calma con este silencio.

Y no estamos.  Y no somos.

No nos pertenecemos. No sé describirte todavía. No sé llamarte para que vengas. Con una exterioridad de la vida aun desde mi interior. Como un hueco. Como sombra o manteles limpios con sus bailes al viento. Es como ver el jardín desde un espejo. Y alguien se cepilla el cabello afuera. Recitan poesía del siglo XVI. No hay actualidad en estos sueños. Luego vuelvo a mí. Aterrizando. Hay imágenes que se pierden como suspiros en el aire. El martes llovía así, como el domingo. La electricidad falló varias veces. Y tú no lo sabías. Una nula permanencia de ti en estas paredes. La casi percepción de tu aroma en estas sábanas. Pero el frío. El frío sobre todo. Debes aprender a verme. A adivinarme. A transgredirme. Debes reír. Hallar esta profunda herida que es mi nombre en tu boca. Es como una sordera pronunciada suavemente en tus labios. Me dices de la locura y yo sin creerte, estas limitaciones tienen lo mismo de pragmático que nuestra suerte. Pero no tengas miedo. También eres parecido al calor. Y a la luz que tanto amo. Te pareces al sol un sábado cuando era niña. Entonces podía saber con el olor del día que ciertamente era sábado. Una dulzura nos calaba la garganta. Era suficiente saber de esa dulzura para comenzar a vivir.

[Sí, también]

No entendemos estos juegos. Estos ensayos son mortalmente exagerados. No me escuches aun. No dejes que me acerque. Ahora suena algo de Dakota suite. Es un millar de tormentas en la habitación y mis ojos fijos sobre superficies planas y blancas. No para de llover como un verano de humedad vivaz. Aprendemos a pronunciarnos, casi me duele rematar. En el frío. En el frío sin ti, sobre todo.  

viernes, 11 de enero de 2013

De cómo Dusty Springfield salvó mi vida un martes (y llovía)



Era como revivir en una canción. Mi madre decía que yo sería genial en la lengua inglesa desde los ocho. Descubrí los 60’s a los doce. Y era Dusty Springfield y Ben E. King o los Bee Gees. Y ese anuncio de Clight que me hacía tirarme en el suelo mientras el sol me daba en la cara. Un vaso lleno de juguito y el espejo. Nunca fuimos muy guapas, pero nos gustaba fingir que sí. No bailaba muy bien pero teníamos el disco de los 60’s y la felicidad de la infancia. Creo que eso recuerdo. Usaba un camisón de los Dálmatas de Disney. Nada tan irreal que una niña criada a lo Disney y libros de fantasmas, cantando con Dusty Springfield. Encaja, tiene sentido. Supongo que lo tiene porque escucharlo hoy por ahí de las dos de la tarde fue eso, revivir. Oficinista amargado promedio en tenis Tommy. Y podría ver a mamá cantando, y podría verla como entonces, regañándome con la mirada porque me robaba el disco otra vez. O a mi, doce años, cantándole Stand by me a mi padre. A pasitos por la habitación. A la cocina de esta casa pequeña. Vicios del hijo único. Papá inventando alguna cosa. So Darling Darling stand, by me. Después Dusty Springfield explica muy bien este afán de soledad  a los veinticuatro. Es que por esos días había un dramatismo teatral de sentimientos que parecían atractivos en los adultos. You don’t have to say you love me, just be close at hand. Voy a regalarle a quien quiera mi estúpido razonamiento de adulto. Ahora llueve. You don’t have to stay forever I will understand. Y la vida no tiene mucho sentido como a los doce.  

lunes, 7 de enero de 2013

Sólo el tacto




Habla de mí, ahora.
Así, como en silencio. Callada. Así, quédate. Habla del silencio así, también, como si ya hubieses olvidado todo. Luego calla de nuevo. Repite que no estás aquí conmigo. Y sufre. Y sé muy feliz. Has sido completa, radiante y alegre antes de mí. No es que no puedas. Mira, habla de mí ahora porque ya no me reconoces. Haz este ejercicio. Encuentra el final del hilo. Haz mucho el odio, eso, así. Guárdame tu voz. Y piénsame si puedes. Pero no, mejor no lo hagas. Algún día le contarás a ella que no me conociste en realidad. Que disfrutaba de la lluvia como nadie, que un día te hablé de mi infancia. Nunca lo hablamos del todo bien, por miedo. Mi soledad de niña es muy abrumadora, y todavía no hacemos cine. Por eso quiéreme en mi cumpleaños y en navidad. Esos días soy desesperadamente feliz y triste. No comprendo ni soporto los sentimientos humanos. Y estoy huérfana de piel y manos para tocar la ternura de la vida. Habla de mí, ahora. Sabías las perversiones y los sustos. Rugidos de estómago, anda, habla que no dirás mucho. Estarás un día sonriendo bajo un sol amarillo demás, y a lo mejor los ojos se te nublen del llanto porque todo es demasiado absurdo. Toda esta benevolencia te parecerá tan familiar. Es que nadie te ha querido tanto. Y querrás matarte porque me encontraré aquí, finalmente, del otro lado; sola o acompañada o desnuda. O sin comer. Y querrás también saciar mi hambre, y en la imposibilidad perpetua no podrás nunca con ello. O probablemente nada de esto pase. Porque tus lugares no tienen nada mío. Entonces siéntate en las aceras. Me hallan rayando las aceras. Cuando hace frío o calor. Me quedo con el cuerpo muy abierto y tengo dramas y canciones. Todavía palabras. Por si me pronuncian tus verbos. Formas de adorar lo ausente. Ellos hablan mucho de ti cuando me ven. Pero me hacen llorar en momentos rojos. Y les digo que se callen otra vez. Y otra vez. De una vez.

Habla de mis adicciones. Allí no me encuentras sentido. Como esa pesadilla que padecemos, como estar atadas era otra manera de estar a solas. Pero me gustaba de ti la omnipresencia. El absolutismo. Es un poder tan tuyo en tu inocencia. Que muy pronto desdoblabas la desdicha y retomaba el camino donde ya no me esperas. Habla de mí para que ya no sea tan cierto. Que muy al anochecer no hacías más que implorar porque no hubiese mucha agua en el cuerpo. Ya no se podía llorar más. Sobre todo diles que tengo una insoportable manía de tenerte por todas las veces que te dejo allí. Así. En silencio. A todo momento y en todo lugar. Que te enseñé un poco de cuentos de desenfreno y lujuria. Una vez te conté sobre la libertad. Que hay dolores tan profundos como negras las penumbras.  Lentamente. Háblales. Diles que ya me voy. Que ya me he ido. Diles que sé mucho de poesía pero no sé sobre bancos ni dinero para prosperar.

Y remata con qué una vez soñaste conmigo estar tan cerca, que ya nos hiriera nada la piel; ese verter de la sangre. Nada. Sólo el tacto.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Nadie nos ha preguntado porque seguimos aquí



Es posiblemente el aire. Ese espacio entre tus piernas cuando caminas. Me cuenta historias de simetría. O de hambre. A lo mejor mis pasos cuando te marchas, tres, para alcanzarte. Dos para detenerte. Uno para decirte que si te vas no vuelves nunca. Probablemente mañana esté nublado. No podremos intentar escapar del encierro en nuestro estuche de humano incapaz de olvidar. Siquiera de pensarlo. Intentaré disuadir a mis sentidos de esperarte. Llegar temprano. Tomar un taxi y apresurar a mi madre. Desayuno en el centro. Beber rápido el café, sin pausas, como la vida. Al igual que a él, me gustan las barras de cafetería del centro. Tienen apariencia limpia pero hay relatos de cotilleo e infidelidades sucias. Propuestas de matrimonio sin contestar. Mesoneras tristes y empresarios tristes. Como si hiciese falta recordar que, de alguna manera, todos estamos bajo la misma pesadumbre. Y al salir de este lugar infestado de bullicio falaz, no hacer caso a los semáforos.  Insertar las manos en los jeans. Contar los segundos entre luces porque un día lo leíste, y te diste cuenta que alguien más los contó antes que tú. Llegar. Estar aquí. Qué no sé porque seguimos aquí. A lo mejor es la duda. Poesía para tus ojos que no han visto jamás, el salvajismo arrogante, crepitar en mis paredes. Y tu nombre y el mío en extremos, casi opuestos, tirando. Estirando. Enfermando cada día. Tal vez mañana haga buen tiempo y no se nuble para nada. Tal vez podría decirte que mis teorías se resumen en minutos: A nadie concierne dejarnos de querer. Lo mismo revolvernos cicatrices y huellas. El camino hacia tus tobillos es incierto. Heladas montañas sobre el lago de tu espalda haciendo laberinto, para que no llegue. Con mi bandida manera de reír, tomar tus tierras, dejarme caer en ellas, ahogarme en ellas. He tomado un poco de ese aire del espacio entre tus piernas para sobrevivir. Siempre dejaba ver mis intenciones. No te voy a mentir. Siempre buenas intenciones. Y malas intenciones cuando se trataba de matarte hasta el vértigo. Todas te desvestían sin segundos. Es posible que esto sea todo. Que no te explique estar aquí en verbo presente. Permanece mi silla temblorosa de aguardar. Eres como la calidez de estar en casa. Aquí otra vez. Como desanudando líquidos para dejarlos fluir; es un caudal que lleva voces y momentos dorados. Allí a veces estoy como llorando, como estremeciéndome. Posiblemente tú sigues aquí porque nunca viste tanta penumbra. Nadie te hablo de odiar y amar mucho a los hombres y a las mujeres al mismo tiempo. […]


*Nadie me ha ayudado a terminarlo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Mazel tov. Sarah.

A Sarah, en su cumpleaños 22. 

Tú lo supiste antes que yo. Reconociste el ardor de los poetas que se suicidaron en el siglo pasado y en el 2000. María Mercedes Carranza, nació en Bogotá, en 1945, y murió en la misma ciudad en el año 2003, suicidándose, después de una larga depresión. Y no me lo dijiste tan claro. Imagina, querida mía, que me hubieses contado en toda tu bondad lo que habías aprendido. Una tarde funesta donde no tuviste nada que hacer, y ya lo habías descubierto todo. Hablabas entonces de tu boca mordida, y de la tristeza. Jugabas a la ausencia. Me quisiste. Luego escribías y sacabas fotografías de tu cabello, y tus lentes de marca. Pensaba alguna vez en tu egocentrismo. No sé si siempre fuimos así, o nos hicimos un poco más grandes cuando nos tuvimos. Y valoramos un poco el hecho de ser mujeres que se amaban, o si nos hicimos un poco más dolorosas y bellas al amarnos. Es posible, todo esto, Sarah. Es posible. Aquí todavía no viene el frío. No sé como decírtelo. Esta ciudad sigue siendo de color café y amarillo. Ahora está el muelle abandonado. Recuerdas cuando te decía que era lo único bello de este pueblo, que casi nadie iba, y me gustaba quedarme allí. Todo mundo lo visita ahora, y han puesto parrillas para barbacoas de domingo. Y lo detesto. Ahora tengo enfermedades cardíacas y supongo, que al pecho lo arañan todos los días. Me falta el aire. Le explicaba a un hombre como es esto; despertar, sentir como te desgarran la piel por la mañana. Y durante todo el día. Son finas navajas desangrándolo todo. También dentro; oprimir, liberar, oprimir, liberar, hasta que del corazón no queda un carajo. Después amanece otro día, otro más pesado que el otro. Y así. Pero he leído a Mercedes Carranza que supo terminar con este largo, el triste juego del amor (palabras de Jaime Sabines), pero también dijo “no olvido el paraíso”. Si estuvieras aquí, y si tuviésemos la palabra, la voz, como antes; te lo podría leer. Y tú acaricias mi habla con las letras de tus labios, y abrirías la puerta de tus ojos una y otra vez. Te encantarías. El libro es rojo, como el color de la vida cuando nos quisimos. Es mayormente poemas de gente hispana. Rojo francés, como el de los sellos de mis cartas ¿las conservas todavía? Leerlo a media luz con el rostro que recuerdas. ¿Lo recuerdas? Tenías tantas fotografías. Ahora sé lo mismo que tú, después de una tarde de poesía. Poetas suicidas y vidas truncadas “por el amor y la libertad”. Nunca lo admití, pero eras más sabia. Si lo hubiese sabido entonces, querida. Puedes estar tranquila. Es posible que no me suicide hoy. Ni mañana. Recuerdo cuando te pregunté si me perdonarías algún día, si llegase a hacerlo. No pudiste darme mejor respuesta “yo no soy quien te tendría que perdonar eso, Jazmín”. Tan segura a los diecinueve. Hoy cumples veintidós y no te he podido alcanzar, como es costumbre. Es una avalancha de errores y distancias esta vida mía, pero de distancias tú sabes muy bien. Como de poetas que se suicidan, de paraísos, y de amar, y de morir y de largas depresiones. Por eso no olvido, por eso me acuerdo, siempre era un día siete. Siempre. Ani ohev, ani ohev otaj.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Die in a message





Pensaba en decirte esto, con menos soltura. Como si alguna de todas mis cartas, estas que te escribo, se publicase alguna vez. Sólo contarte que un hombre ha venido a casa, y me ha dicho “te extraño, te amo, no te puedo olvidar”. El verbo extrañar me ha dado mucho asco desde su boca.  El muy infame me dice que su amor, no obstante, no es condicionado. No pide reciprocidad. Válgame. Te juro que de esos amores estoy harta. Aquellas personas que dijeron “voy adorarte por siempre”. Qué hago un café que te cagas, esos que halagaban mi conversación (mi conversación sobre todo), el diálogo de vagabundo (siempre mi diálogo de vagabundo errante) o mi fino gusto o mi olor. Mi olor que es tan el verde. Y mi manera de besar. Y el ego. Pendejos.  Me viene pésima toda promesa a lo “no voy a olvidarte nunca”. Debes de saberlo también tú; todo aquél que tiene amor para mí en una parte del mundo hace bien en guardárselo.  Pero a qué no lo sabes: su amor no me sirve para nada. Esos que juraron no hacerme llorar y hacerme retorcer única y exclusivamente de placer. Los que escribieron “eres tan maravillosa (mi nombre), te llevo a donde quiera que voy”.Inútiles todos.  A lo mejor un día, si su sentimiento ayudara a terminar la pobreza y el hambre de la humanidad. Si su progresión y desesperanza hiciera la cura de una enfermedad letal, esas que atacan nada más a los niños. O si aliviara el dolor de los animales en los mataderos. Pero no. No me facilitan la vida (ni me la complican) igual.

“Vales mucho la pena, como para olvidarte”. Acto seguido dijo mi nombre, el real, con su acento de costa. Con lo que lo odio. Yo tenía un aspecto de puta sin maquillaje, de bailarina exótica cuando no sale de casa y se ha quedado a dormir quince horas. Con una chingada. Lo he mandado a callar. Le dije que no vuelva por aquí en su mediocre vida. No le necesito. Ni a nadie quien “no me ha olvidado jamás”. Te repito, de eso estoy cansada. Qué tontería de la gente al hablarme a deshoras para perturbar la soledad que me ha costado veinticuatro años en construir. Es dura, fría, como las piedras antiguas. Tiene paciencia y tacto japonés. Por las noches llueve. Vamos, a veces hay pequeñas luces azules. Tiene una mirada en su inmovilidad de roca. A todos mira sin mirarlos en verdad, y desea a penas sus manos. Sus manos como un manto de piel para las madrugadas de noviembre. Tiene la corrosión de la sal y sus poderes sobre la sangre. La serenidad de un compositor que murió en los 30’s. O la intranquilidad de un tema de Rachel’s.   

Luego de echarlo volví a la habitación. Me tiré con la cara a las sabanas pensando otra vez en sus palabras “v a l e s  m u c h o  l a  p e n a, c o m o  p a r a  o l v i d a r t e”. L-a --p-e-n-a. E imagino una vida sin pena. Y que alguien me diga, eres mi felicidad. Mi felicidad ahora. Pensaba en esas ridiculeces, pero no sé. Posiblemente tú no lo valgas tanto. Ni él.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Fuck you noviembre I


Querida Nataly:

Afuera llueve y es veintiuno de diciembre todavía. He llegado a casa y mi madre me ha dicho muy triste, así como así, que tu madre ha muerto. Dice que fue un accidente de autobús, que ha salido en los periódicos y en las noticias y  ella tuvo que decirle a tu hermana, y que incluso tuvo que decírtelo a ti por ahí de las seis de la tarde. Tú sabes las desavenencias del día. Llegar, estar muriendo en las esperas de las que no te he hablado. Así, aventé la cara al piso, ahora no sé más que pensarte. En ti, como es costumbre cuando llueve, cuando hace frío, cuando veo a dos personas charlando y siendo felices. Y es que ya hay luces de navidad en el centro, y será otro año donde no te tomo de la mano un veinticuatro de diciembre. No hacemos drama, no dormimos temprano, no reímos un poco del borracho de tu padrastro. Aunque ahora contengo el instante donde tu madre, en una cama de hospital, se alejó de la vida, donde ha cerrado los ojos y estando tan lejos de ti. Quiero decirte algo; no sé que hacer con esta distancia ya. No sé dónde estoy. Con quienes vivo. Yo tengo a mi madre todavía, pero a veces no conozco a esta gente con la que vivo. Estoy cansada de estar lejos de todo lo que amo. Estoy cansada de mí. Como ahora, que quiero romper el mundo, desdoblarlo y llegar allí, contigo, sostener en mi espalda tu llanto. Y es que no encuentro tu teléfono. Se lo he pedido a José  y a Lucía. A mamá que te llamó. Pero no entiendo a tus hermanas trayéndole el teléfono a casa. Y que nadie pueda dármelo. Ya lo sé que no es creíble. Pero qué sería de esta desdicha si te pudiera alcanzar. Me da miedo tomar el papel. Justo ayer me topé con tus cartas. Las he separado para su ritual de invierno donde las destapo todas, y vuelvo a recorrer tus caminos. Como tus brazos. Hablarte de las playas. Del amor. Viajes donde siempre quise llevarte y nunca lo hicimos. Me quedo así como intentando. Ya no tengo tanta amargura ni dulzura. Estoy a la mitad de todo hace meses. Ya ves, yo que decía que jamás sería mediocre. No puedo ni refugiarme en las letras. Me sucede temblar antes del encuentro, como una amenaza a estar con la carne abierta y no quieres que nadie vea tal espectáculo de muerte. Siento tu tristeza atravesando nuestro precioso país. Nataly, a veces hay canciones por la noche. Recuerdas las canciones de noche. Estar en casa de tus padres, las llamadas de mi ex novio, por quien siempre me preguntas, él también me pregunta por ti. Como si nos conociéramos todos desde niños. Tu madre diciendo que tú sin mí morirías y yo “y viceversa”. Supongo que echaré de menos esa posibilidad, que llegues a casa, yo pueda ir a arañazos a tu puerta. A pesar de ser tan mala con el mundo, tú me quieras. Y tu madre allí. Ella allí porque tú la adoras tanto. Me duele porque te duele que no vaya a estar más. Y es que ya viene navidad. Ya te escribiré.
. . .
El día siguiente que confirmamos la muerte de ella, llovió por horas. Tú dabas gracias en un país hipócrita (como si este fuese diferente). Y no te llamé. Hice en un papel “te abrazo mucho”. Y no te alcanzo otra vez. Ya no sé qué decirte. Agradezco poderte escuchar ahora que tengo tu teléfono. Mañana voy a poner el árbol de navidad. Me siguen gustando casi como tus sonrisas cuando pretendo contar chistes. O sólo de estar. Ojala estar. Haré la carta como cada año. Lamento el pésame que esta tendrá. Adjunto esta sin fines literarios. Te quiere como siempre y más, Jazmín.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La banda II





Teniendo en cuenta con lo que nos desprovee una y otra vez esta efímera existencia, he resuelto varias cuestiones; lloraba aquel día en el museo de antropología porque mi sangre palpita por y desde la tierra cuando estoy lejos. Mis abuelos me llenaron de amor y tradiciones, música y sabores. Un color de piel, mis ojos marrones y mi apellido cubano. Y su amor. Su amor. Y la tristeza de mi padre cuando se marcha, y su cancioncita de “la banda dominguera que siempre toca el domingo”. Hay estridentísimos recuerdos en todo mi cuerpo. Tú me sabes. Tú me conoces. Soy toda música y sentimientos imparables. Y tengo esta terrible costumbre de hablarte de todo. De pensar en ti, y hacerte cartas en mi cabeza, como si al momento de hablar, llegase a ti esa picazón incómoda al cuello. Y no puedes más que reír o llorar mientras te encuentras entre la gente. Bellísima. Porque yo lo digo. Ya lo ves, nunca fui realmente coherente o sencilla cuando se trata de elogiarte. Debo decírtelo: Estos niños tocan con vehemencia y sonríen, hablan del mar. El mar que es tan tus piernas, tus rodillas. La memoria de tu voz bajo el sol. Como si todavía me hablara. Como si tanta agua nos cupiese en los ojos. Niños hablando del mar que nunca habían visto, por si no tuviste palabras hermosas un domingo en la mañana. Recuerdo hace poco la emoción de mi tatuaje de la trompeta, esa que voy a ofrendarte cuando te presente mi espalda. Podrás poner la bandera de tu país sobre ella. Tus huellas húmedas donde quieras. También los lamentos. Yo los callaré con mi piel, más oscura que la tuya. Dejaremos espacios para ellos hacía abajo, donde mi lunar. Lloro también, porque nuestros hijos no han visto la luz del sol todavía. Y no les hemos enseñado la belleza de todas las cosas pequeñas. A capturar una luz entre sus manos, porque no hemos bailado con ellos, ni han sido tan amados, deseados y cuidados bajo tu lozanía. Y me pregunto por sus rostros que no conozco. Los veo en cada uno de los niños de La banda. Me da una pena tan grande mi amor, no correr, tomarte la cara y decírtelo. Reconocer tu genética en ellos. Para luego volver al mismo lugar donde encuentro –y no encuentro- razones suficientes para entender porque esta música, este movimiento, esta sal, este azúcar, y estirar mi mano para escribirte todo esto. Como si tú y yo tuviésemos más motivos para sentir que existimos quebrándonos en el temblor del aire. Quizá cuando ellos tocan.