jueves, 6 de noviembre de 2014

Mi mamá dice que moriré sola.

-          Si me acuesto con la pareja de alguien, quien es cercano a mi familia, incluso de mi familia, o simplemente alguien importante para mí, un amigo, no sé… ¿Eso me convierte en mala persona?
-          Depende.
-          ¿De qué depende?
-          De tus intenciones.
-          ¿Cómo hace eso la diferencia? Lo hiciste y ya, es un error. Una traición.
-          Hay gente que se acuesta por mera inocencia. O por lascivia.  O porque puede.
-          ¿Por inocencia? Eso es bastante indulgente ¿no te parece? Por lascivia, bueno, eso lo entiendo. Desear sin detenerse, sin analizar bien quién es la víctima. Porque hay situaciones privilegiadas. Momentos perfectos.
-          A veces son pruebas. Si las pasas, pues, eres otra persona. ¿Te ha pasado?
-          Sí. Creo que soy bastante inocente si quieres verlo así. No sucede mucho más que besos, tomarnos de la mano, estar a centímetros de su boca y, si es muy riesgoso, no besarla. No puedo parar, más si hay alcohol de por medio.
-          Entonces no bebas cuando consideres que hay peligro.
-          Es que no debería haber temor a los límites. Tendría que haberlos sin recurrir desesperadamente a ellos. Como las fronteras. Te piden visa, tu puto pasaporte. Con tristeza me doy cuenta que, a veces, es muy sencillo encamarse con alguien, con el vecino, tu primo, el marido de la amiga de tu madre. No he llegado a hacerlo, pero no me hubiese resultado difícil. Y debes entender que no sería solamente mi responsabilidad.
-          Lo harías con mi esposo, ¿por ejemplo?
-          No.
-          ¿Lo has intentado?
-          No.
-          ¿Te sería fácil? Pequeña puta…

-Silencio de medio minuto-

-          Es posible que en las condiciones adecuadas, sí. Y es lo que más temo.
-          ¿Qué cosa?
-          El odio de quienes amo.
-          Has dicho “sería fácil”, en cualquier circunstancia, te das cuenta lo ofensivo de eso, ¿cierto?
-          Sí. Pero tú empezaste, me has llamado puta. Lo cual, afirma mi teoría: Me convierte en mala persona. Socialmente, y moralmente hablando.
-          Y, ¿eso es tan importante para ti?
-          Sí y no.
-          ¿Ah?
-          Sí, porque no soy mala persona. ¿Me crees, verdad? No tengo sentimientos humanos viles. Me puede el dolor ajeno, tengo empatía. No voy a la iglesia, pero dudo matar a alguien o violar a un niño…
-          Qué cosas tan desagradables dices, y lo que es peor, te tienes en muy alta estima.
-          No quise decir eso. Me importa porque la integridad tambalea de una noche, y no se me debería juzgar por ello. No me importa porque al final, eso también soy yo…
-          Mira, tengo que marcharme. Quedamos uno de estos días. Y recuerda, las decisiones que tomes, cuáles sean, sostenlas. No te arrepientas. Porque eso te convierte en hipócrita.
-          Lo cual es peor que ser una pequeña puta…

-          Pero, por supuesto.

domingo, 12 de octubre de 2014

Texto segundo


Pretendo en somnolencia, silenciosamente, diagramas del ruido. Practico tu regreso con una técnica limpia que nadie me conoce. Hago memorias inocuas de otras épocas. Días purpuras o amarillos. Vaivén de canciones encerradas en elevadores con el estupor exacto que daba un brillo a las heridas, brindándoles un carácter límpido, impoluto y animal. Recuerdo tus ojos así, cerrados, los párpados oprimidos mientras la sonrisa roja delatora de tu alma, viajera del centro de la tierra. Palpitaciones saltarinas, llevándolas a cuestas. Sellos sobre la piel como culpas dermatológicas, si estas quedaran posibles. Primigenia de lunares clavados como abismos dulces; epicentro de tu espalda. Siento aquí tu presencia hiriente en sus caprichos. Te recuerdo, Antonio, quedándote dentro, suponiendo vestigios tempranos. Y desgrano tu voz como si fuese una certeza de semilla germinando en mi conciencia.  No hay mucho de cierto donde no te encuentro. Y si te buscara. Y si llegaras otra vez, emergiendo cíclico desde la espesa neblina nocturna, nuestros vicios a distancias exactas para no morirnos de una vez. Debes tener imágenes recurrentes; por ejemplo, mi cuerpo convulsionado cuando concibe madrugadas acuáticas desbordantes a, por y para las manos tuyas. Esas que desdibujaron curvilíneas, midieron modulaciones a través del tacto, y firmaron la textura de lo blanco cuando respirabas como un caracol fluyendo en mis oídos.  

A veces te extraño y, las piernas que amaste cuando decías “Oh, por Dio-s”, y yo; hacemos de cuenta a que estás, hacemos de cuenta a que sigues en el sitio acostumbrado y repites mucho el nombre elegido para que me evocaras. Pretendo tu inteligencia. Ni la necesitabas. Antonio, cuando vuelvas voy a dejarte  morderme lo que quieras. Añoro las cicatrices que no hiciste, tu ternura cuando te hablé de la cirugía, mi larga cicatriz, y tus dedos sobre ella. Querido, mi vida fluye inevitablemente hacia delante. Y no vuelves. No lo harás nunca. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Texto primero teorizando sobre mi amor al hombre.


Siempre me pareció algo muy loable y sensato que me quisieran con medida. Poseer cintas o correas, ya fuesen en forma de teléfono, direcciones (electrónicas o no), llaves y departamentos, fechas y aniversarios. Hasta la esclavitud de mis cuadernos: Sí, había –hay- suficiente en ambos, para tapizarlos de besos o mugre. Manchitas de café o salsa de tomate sobre el papel. Barcos de grafiti, los vamos abandonando por doquier en nuestra vida de parias. Contienes fuego en ti, Antonio. Mauricio. Gerardo. Manuel. Es la verdad incompleta que comparto contigo; no hay absolutismo en estas torturas. Tampoco es intercambiar respiraciones profundas dentro del mundo. Todavía en distintas latitudes. Imagino tu llegada y tu venida, nuevamente. Hacerte trizas desde ángulos variados. Quiero decir, es cierto: te gusté  porque sí. Sucede como en las utopías o un puente supuesto a caer.  No nos pertenecemos. Tal vez pudiésemos, si todo volviera como en el eterno retorno; un rehilete riéndose en sí mismo. Repitiéndose. Tragándose desde sus brazos. Hasta el final de los tiempos. Creí encontrar en ti y en tonalidades blancas, como si en la saciedad durmiese la ternura de lo suave. Amor, cariño todo lo que dices inventando palabras estruendosas, tempestades húmedas de colores. Pudiésemos conversar en la perpetuidad tuya, eres multitud; ecos sordos. Aún no descifro tu levedad; la sostuve entre mis manos como un desierto colmado de cruces. En todas yacían esperanzas de abismos engendrados en mi voz. Ojalá me quisieras como te quiero; apenas. En mí condeno la aventura. Me llena la visceralidad de tus actos crueles. No estamos y eso lo sabes. Te espero en la ventana o en el buzón. Aunque todas las citas sean inútiles. Lo es esperarte a ti, y a cualquiera. Voy a crearme amores donde solamente halla automóviles, calles, faroles, camas desordenadas, cenizas, exilios, pero una boca como la tuya; real, dura, de hombre.  



martes, 16 de septiembre de 2014

Texas, baby.

Lo que queda de ti después de la luz, después del destierro acurrucado en nuestro murmullo; es una silueta desvaneciéndose o mimetizándose con el vacío. Quisiera llamarte por tu nombre. Lo hice aquél día, cuando me dejaron sola en casa, y lo habías rogado durante semanas. Si me importara más que las especulaciones. Ahora te has ido como la noche de viernes. Ojalá mi voz te haya penetrado el oído y las entrañas. Así, cuando resuenen tus pasos, me llevarás a cuestas como un eco crudo que se repite temblando desde tus pies; hace nido en tu abdomen, como la ansiedad de sentirse con ganas, y luego regrese a tu cabeza donde repites mi nombre: Ofelia, Ofelia, Ofelia Waltz.  A veces me dejo estar hasta que dueles.  Mis piernas te echan de menos. Desoladas. Pareciera que tu boca ya había engendrado a raíces sus garras. Dejaron la piel marcada, y para siempre. El símbolo de tu perpetuidad en mis gritos es una mancha amarilla. Se resbala por el vestido blanco, aún desconocido por tus dedos. Estás, querido mío, y no estás. Todas las conjugaciones: Estás como tiritando en la nada. No te conozco lo suficiente para extrañarte, y sin embargo. Marco una línea imaginaria en el suelo, como midiendo tu ausencia. Como recordando tus palabras después del sexo: al parecer voy a irme de viaje, Texas, pero intento llamarte. Y como fui lo suficientemente idiota, me reí. Tú te reías igual con el acento que estoy aprendiendo a medias. Estoy acostumbrándome a su violencia. Habituándome a su lascivia. O a su goce. No podría decir que me quieres, y me agrada lo mismo que lo detesto. Era una niña mimada después de ella. Todo amor después de un tiempo, es un vestigio que alguien abandonó una tarde de juegos, por desidia. Por lo que quieras tú. Al día siguiente no supe nada de ti. Tuve miedo. Tanta humedad en una oficina. Sabía la vacuidad de los actos nuestros, pero tú te reías, respirabas, sonreías, iluminabas, mordías, gemías. ¿Qué voy hacer contigo? Te imagino de vuelta a México con la sonrisa partida refutando mis cuestionamientos; Texas baby, era Texas baby.

lunes, 25 de agosto de 2014

In a sentimental mood IV


Para que este truco de magia funcione, tendremos que repetirlo. Que el bar esté a la vuelta de Bellas Artes Línea B. Sentirse lo suficientemente simpática para agradarle a todos allí. Recibir esos aplausos. Llegar justo a la hora del mariachi. Ya, ya, el mesero te reconoce.  Creo que sabían que volveríamos al caer la noche, porque la inhibición se había quedado en el mirador de la Torre Latino, colgado de las rejas. Al parecer gritaba, pero esa estridencia es común en esta ciudad, nadie la ha salvado. Tantos escalones de emergencia.  Risas, tanto Waltz en cines o museos.  Como si la urgencia, si tus manos me quisieran ahora, la desesperación de un rompimiento , un cohete detonando en el cielo, o un beso. Los besos: Todos somos adictos, a estos fuegos de artificio*. Me gusta la idea de hacer feliz a alguien. Si tal cosa fuese posible. Con esa responsabilidad de la fragilidad humana entre los dedos. Me gusta jugar a ser un Dio-s que todo lo cumple. Creí amar tu debilidad. Es otro juego de soberbia y egocentrismo. Ensayo estas caídas, mira, te beso porque es posible. Porque eres indefenso, porque hay alcohol suficiente. Te beso porque puedo. Mira, mírame otra vez: No significa nada. Estoy a punto de herirte y no me detengo.  Escogí esta canción en el barecito a costa de mis pies. La bailamos mucho para que creyeran que te quería, si había algo verdadero en el teatro interpretado. Que, tal vez, llegaríamos a casa, y haríamos un amor sincronizado, de olimpiada y medalla. Ya sabías tú que nada tenía de cierto. Iba a tomar el metro a las diez. Iba a dejarme caer. Marcharme. Desistir de ti. Volver a danzar como lo hice en los andenes. Es que no entiendes, es necesario: son miles de explosiones en tus ojos haciéndote un acto de fe. Solo para olvidarnos, de estar adentro o afuera de la vida.  Ahora, si crees poder soportarlo, volvemos a empezar. El ritmo de la acera te dice: un, dos, tres. No me odies si no te recibo los poemas a la mañana siguiente; comprende, fue solamente esto: Una sonrisa, un guiño, Coltrane. Una coreografía donde se oprimen párpados al final, creando pirotecnias imposibles. Para que funcione, vamos a imitarlo de esta forma: Noche, cariños en la mejilla resbalándose por el suelo. Estoy. Ya no estoy. Anda, mi niño sentimental. Cuenta hasta diez…

martes, 8 de julio de 2014

Here. Now.



This road is hard and wild, but it brought me to your door- I'm here now/Motopony


Jaltipan de Morelos, Veracruz a 29 de Junio de 2014

Les dejé una botella vacía de tempranillo, un vaso, con una cantidad de mililitros que no supe calcular. Dos corazones rotos. Platos sucios. Las huellas en la acera. Merodee el jardín de manera discreta, con cierta oscuridad que deja el dolor. Debí quitarme las sandalias otra vez. Debí. Arruino como siempre el momento perfecto. He estado pensando en el escrito que nunca comencé, el que hablaba de los trenes, de la infelicidad de Isabel, los tíos que murieron de hambre. Supongo que tengo miedo. Tengo miedo como ahora a las partidas. Imagino que la vida tenía que ser así. Las piltrafas en las que nos convertimos en las separaciones. Lo grandes, llenos, lo vivos, lo esplendorosos que somos cuando volvemos a estar juntos. Tengo miedo en lo que he de transformarme, si de pronto me encuentro sola con el silencio de las palabras que escribo. Su silencio es el de cristales rompiéndose en los oídos.  Todavía no sé cómo nombrar estos dolores. Podría quedarme quieta –otra vez- por muchos días.  Pienso que uno de estos días lo escribiré: El verano llegó de formas tan violentas.
……….

Siempre me ha parecido increíble cómo una  puede ser tan feliz y tan desdichada, todo, al mismo tiempo.
……....
México, D.F. a 8 de Julio 2014


Pienso en ti lo mismo que en un tiramisú. Me humedezco los labios impertinentemente.  Saboreo en mi boca la suavidad de su textura. Impido a mi cuerpo los impulsos de algo que está en el pasado o en el futuro, donde sea, pero sin mí. En otro sitio donde es presente, pasado, futuro. Ahora. Luego recuerdo que estoy a dieta, y que debo pasar de los azucares. Malditas tendencias sociales. Algo así como contigo. Recuerdo que estoy esperando que  la vida suceda de maneras más insospechadas. Y menos dolorosas. Estoy haciendo lo posible por caminar a ritmos más felices.  Una ciudad abriéndose para que la habitemos. Una voz que se quiebra a las 2:00 de la mañana. Sabemos que los corazones se rompen fácilmente, pero aun con todo lo que sabemos, cariño, pequeño niño, no nos detenemos. Y por qué habríamos. Imagina la embriaguez de dos soles colapsando. Me ocurre pensarlo aunque esté positivamente segura de la ingenuidad en ese acto. De la nada y del vacío que le vendrán a los días. Lo mismo como si estuvieras aquí o aquello prohibido en la nevera frente a mis ojos. La clara diferencia es que a ti quisiera llevarte bajo las luces mientras llueve, y te hablaría en tres idiomas diferentes.  Todos te dirían más o menos cosas similares; qué bonitos tus pies porque te trajeron hacía mí, y tus manos, y tu boca, y lo que no conozco todavía que te construye.  Luego recuerdo que no tienes nada dentro y regreso al principio de mi idea; cuando llegue a casa un tiramisú., un tiramisú. O tú. En una de esas ocurres tú. Como si las dobles vidas funcionaran.

sábado, 17 de mayo de 2014

Cenizas en las piernas #1




Me has visto beber té, fumar, desvestirme. Costurar tus pestañas con mi saliva. Aun así sigues preguntándote en tu juventud si la razón para estar uno frente al otro sin decir mucho, como olvidando, como pretendiendo, como queriendo saltar al precipicio de nuestros cuerpos, como si así reparáramos las soledades que nos ha dejado el alcohol. O el tiempo, y la distancia. Y los portarretratos con manchas de sol. Si todo esto cariño, pequeño; pequeño niño, si la razón tiene importancia. Sé que posiblemente la que se lo pregunta soy yo. Busco incesantemente conversaciones que no me aburran. Pero sólo logro el vicio, las preguntas. Torturarme. Logro hablarte de las uvas de Francia como si supiese algo diferente que intentar sostenerme cuando ha caído la noche. Hemos bebido tanto. Y agua. Es que todo me hace trizas. Te olvidas que siempre estoy marchándome a algún lugar que tú no alcanzas. Por las noches me invita el aroma del tabaco y tu perfume ordinario. Me atrae porque también es una herida. Una herida nueva. Casi tiene el temblor de unos labios. Como el de nosotros cuando besamos, cuando hablamos, cuando bebemos otra vez. Me temes como un pájaro a la altura y que siempre ha vivido enjaulado. Me has visto llegar con la espalda desnuda. Un gesto de vago que estoy aprendiendo a destilar entre tus manos.  Te vi apagar la luz despacio. Cerrar la puerta. Sabiendo que quería tanto desgarrarte. Te he dicho que me dejes salir. Que a lado se encontraban nuestros amigos. He observado tus intenciones. Te dejé besarme a las 23:45. Luego he querido llorar.  O perseguirte. Todos se iban en nuestro inconcluso juego de manos. También escuchaste mis cuentos de fugaz y amantes. Ya ves, a veces no puedo controlarme en mi ego necio. No es nada. Me estoy muriendo de ti y de todos. Hay noches como esta donde las callejuelas están muy solas de nosotros. Sin recuerdos. Ni la textura de tu piel que no se me olvida, como si realmente me importara tanto. Como si no supiera que no hay utilidad en tus sonrisas, ni en la indiferencia que predicamos ahora. Como si no fuera a irme. Te he dicho que me dejes salir de esa habitación. Y no lo haces.  ( …)

domingo, 9 de febrero de 2014

Días y días

Quería decirte algo importante. NO estoy escribiendo. Quizá lo esté haciendo, pero sin darme cuenta. De otra manera. Tal vez por fin me deshago de este sitio -otra vez-. Pero quería decirte que intento que todo pase. Volver, volver pero más feliz. Para siempre. Quería que no olvides que existo. O que existí una vez. Qué encendiste una vela para leerme mejor. Una vez tuviste el valor para encontrarme. No creas que es muy trágico. Posiblemente ya me encuentres en unos años en las librerías o sin el miedo a los autos vagando en bicicleta. Aun no logro superarlo. Creo que he asumido que tengo miedo a mucha cosas absurdas. Sea cual sea el desenlace, deberías despedirte mí. No te preocupes que no voy a olvidarte, todo sucede estos días como en esta canción de Matt Walters.


lunes, 27 de enero de 2014

Lo mal que te deja ver una película de Richard Linklater


Encuentra un motivo. Cualquier motivo. Bailemos Just in time con Nina Simone. Haz que sea el momento preciso, crea en mí esa duda insípida. Matemática. Producida. Echo de menos un palpitar que nunca supe descifrar del todo. Era como disfrutar el voyerismo de venir a este lugar. La verdad es que sólo quiero sentir algo de calor. Necesito sentirme amada. No de la forma en que me ama él. Se despierta pidiéndome que hagamos el amor. Carajo, yo únicamente estaba aburrida. También tú me echas de menos ¿cierto? No me conoces. Pero es como si lo hicieras. Es mucho más real que ese tipo que me despierta con besos y quiere arrancarme la ropa diez veces al día. Tú me añoras. Por eso vienes todos los días. Como si quisieras llegar a mí, al leerme. No es como las fotografías. Uno puede dejar morir al que capturamos. Su futuro no nos concierne. Bueno, no me he muerto. Ni te he olvidado. Probablemente no nos publiquen. Bailar a Nina Simone por estos días no tiene nada de literario. Quizá lo han explotado tanto como nosotros. Qué mas da. Diariamente hay conversaciones en lugares casuales. Sexo. Callejuelas con olores fétidos. Más parias o gente que no sabe ni lo que es. Se muerden la boca mientras comentan que salvaje es el viento. Un pretexto para estar en casa. Paso días en casa. A veces con compañía y otras en el suelo de la cocina. Hoy revisamos la correspondencia y no pude hacer llegar a nadie lo que escribí el domingo.  No es que sea importante, habla de la soledad y de mis voces. De regalos. Cartas desde Angola otra vez. Nostalgias que me permito sentir solamente por aburrimiento. Imagina que en dos mil ocho todo esto tenía sentido. Era valido nuevamente sentirse profundo y perdido. Podías manejar las circunstancias. El alcohol lo hacía soportable hasta el punto de la relatividad. Qué puedo decirte ahora. Me acosté con quienes me lo propuse. A veces sin proponerlo. Estaban en los cuartos, en las azoteas, debajo del puente, en el salón de fiestas y no querían más que eso. Y una siempre quiere lo mismo. Degradaciones necesarias para tirarte de un edificio. No salir en días. Cambiarte de ciudad cada vez. Just because. Constantemente no siento las horas. Necesito que me corrijan el estilo. Y un trabajo. Es que ya no hay vino. Lo quiero para charlar contigo. Tomar valor para enamorarme lo que dura una canción de Nina Simone. No te preocupes porque ya no soy lo que era. Encuentra la manera. Búscame.  Quiéreme.  Un motivo. Cualquiera.

lunes, 13 de enero de 2014

Pues aquí afuera del hotel, triste, como siempre.


Mi vida se había convertido en repetir pasillos. Andamios. Corredores, pórticos. Tenis sucios, jeans con mas de dos puestas. La muchachita con la blusa de anoche y de la mañana siguiente. Sin embargo el olor era siempre dulce. Como el invierno; comida caliente, más calor debajo, colación y abrazos. Tomaba un colectivo por la mañana y otro por la tarde. Todo dependía de las despedidas. Días cortos demás. Junto a las plazas. Mucha gente te conoce, no entiendo porque si no tienes raíces. No tienes casa. No tienes nada mas que tus maletas en la habitación. Dentífrico en el baño. Esos jabones huelen que horrible. Es que tienen el aroma de la culpa. No dormiste en casa decente, dicen. A mi me podría agradar completamente esta situación. O podría odiarlo. Pero tenía,  antes que nada y después de todo, un romance con nuestras siluetas abandonando el cuarto de hotel. Sombras dejando ese lugar varias veces al día. Desayuno o cena para sonreír y reflejarnos en la cerámica. Dibujitos sobre la comida. Qué tierno. No maduramos nunca. Reírnos con películas insignificantes. Y ese momento de partir. Era un pasillo largo, no había escaleras. Un rostro triste que se cae de la felicidad. La recepcionista ya me deja pasar mucho tiempo. Sin preguntas. Creo que le agrado. Ojalá que entre su decoración de los indios Cherokees incluyera un tocadiscos. Bailaría para ti junto Stephan Grapelli y Django Reinhardt, my stardust melody. Ya me apropiaria de la mecedora y pondríamos libros para que fuese más nuestro lobby que del público.  De puntitas hacia las calles que se incendian. Mi vida se había convertido en soles de medio día. Calendarios de Vincent Van gogh, fechado 2006. Travesuras. Y no entendía porque a los veinticinco me seguía partiendo en dos estar afuera del hotel, verte subir al taxi. Despedirme otra vez como una melodía cotidiana y de soledad. Tan absurda, como la retorica de Woody Allen. 

lunes, 6 de enero de 2014

Natalia Lafourcade - María Bonita




Feliz cumpleaños a una mujer que fue y es 

siempre

importante para este lugar, y para mí. 

Te haces mayor querida mía. 
María bonita. María del alma.

jueves, 2 de enero de 2014

Canciones de mar e invierno




[Volvimos de Veracruz, llenos de música y colores. Y nostalgia]


Quería que supieras principalmente tres cosas. La primera es que extrañaba esta casa como no lo sabía. Lo sé ahora. Son todos estos recuerdos que tenemos. Que hemos construido como la decoración de la casa; y van por ahi colgados de los libreros para tenerlos presentes. Tienen su propio pulso. Si pones atención y acercas tu oreja a las paredes. Es casi un ronroneo donde se acercan las olas del mar y alguien cocina con cariño antes de que despiertes. Ruidos de cocina, juegos de té.  Utensilios varios o platería corriente. Y risas. Lo supe de inmediato. Es quedarse apacible, sin movimiento, solamente escuchar. Y es que al final hay un definitivo silencio.  Éste, de nuestras maletas, ¿lo entiendes, no? Tiene que ver con los andenes y las lucesillas de la noche donde no decimos nada. Queda melancolía de marcharse interminablemente a no sé donde. Supongo que a veces quisiera quedarme, como si tuviese sentido, como si hiciera falta. Si mi presencia fuese requerida como el agua de día. Pero que fuese imperceptible como la música de las raíces que no vemos pero existen. Con la pertenencia de estar aquí otra vez. La misma fugacidad. Quería que supieras que todo vale la pena porque estaba contigo, y con ella, y con él. Nuestro caos era más habitable, menos expandible. Asumo que es esa felicidad que soñamos en las manos. Eso es lo segundo que quisiera que sepas. Que he sido muy feliz. No me mal entiendas. Lo soy generalmente estos meses de gloria. Es como habernos rendido y abandonar por completo a la vida. O expresamente lo contrario. Ser la vida. Respirar una y otra vez para darte cuenta que por fin es posible ese oceano en calma. Fluir. A la velocidad de una gota de miel por la espalda. Un tema de Neo-clásico o Mark Bradshaw amaneciendo dentro de un florero. La tercera cosa es que, lo siento. Siento todas las veces que hay dentro de mí un tumulto incontrolable de voces y locuras. Es un torbellino aisaldo que sólo sabe alimentarse o matar. Es un fuego. Una caída. Una explosión. Supongo que a veces quisiera cambiarlo todo cuando amanece. No comprendo la desolación en esos segundos desesperados. Entonces necesito dormir terriblemente durante muchos días hasta que sane. Me desprendo de mí. Cambio. Por todo lo demás, seguramente, olvidarás esa vanidad ebria de nuestras tardes y noches. Toda nuestra palabrería se desvanece y volvemos a comenzar. Charlas que duran horas y amanece. Hoy amanece otra vez. En otra parte. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Algunos encendedores



No es mucho, ni demasiado, ni poco, siempre. Es el frío. Son las azoteas y los fuegos artificiales a lo lejos. Alguien juega con el ardor de la respiración, como si fuese una fruta a punto de reventar. Tiritamos. Temblamos. Nos abrazamos. Es la primera vez. Y la última. Alguien juega, te digo. Sucede en los viajes de verano o invierno. En otoño siempre fracasamos, de alguna forma. Con una melancolía y soledad volteamos la vista. Saboteamos ese encuentro furtivo con los extraños. No es mucho, pero a ellos nunca les importa. Si conocemos la suerte y la voz. Si sabemos esperarlo. Ese latido. ¿Entiendes ese latido? Si te digo amor dentro de dos horas. Es mentira. Es que no siento nada. Es que me he estado marchitando. Calculo la temperatura de tu piel, es helada, como la carne cruda. Saturnina y casual. Inalterable; porque no somos importantes. Me conoces. O es que no lo haces. Somos silencio de los días. Esas cosas también vienen. Vives de tal manera que no te alcanza ya ni para contárselo a nadie. No recuerdas, incluso, ni haberle dado tu nombre. Pero lo tiene. O lo tenía. Calculo que solamente pasaran unas semanas para que lo olvide. Recordará el dinero gastado. La boca mordida. El desazón del desvelo en una oficina. A lo mucho hará una canción debajo del escritorio.  Guitarras insolubles porque es un dato que te dieron. Él toca la guitarra y estudió en el Conservatorio nacional. Ella es sólo ella, y a veces escribe. Te debieron decir eso. En cambio soñaban con una no-certeza de la cual me deshice. Todas las pretensiones en una copa de vino para que ambos tuviésemos que ver. No lo recuerdo bien, todos hablaban de una cosa y otra. Mi padre me callaba. Tú y yo fumábamos dentro de nuestras bocas. No es que me importara. Nunca es eso. Mandarte al carajo a las seis de la mañana. Quisiera entenderlo yo misma. Hay conversaciones que perduran y algunas que no recuerdo. Siempre la oscuridad en medio. Bruma y mareo  como un medicamento que no pronunciamos. Me queda ese olor de extraño y un encendedor debajo de la cama o en el bolsillo. Y la seguridad de que fue tuyo. No voy a devolverlo jamás. 

Aunque tenga varios. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Mientras la ducha


Pensaba en ti con la garganta. Así como podría hacerlo con cualquier parte del cuerpo, y evocarnos colores diferentes. Un género musical brutal, los distintos  grados de las quemaduras. Lo hacía igual que si pienso en mi ex novia, la pienso con las uñas. Una blancura y pulcritud siempre en sus uñas. Qué desgarrador romance tenerlas en mi boca. Tenía esa incómoda situación de sus dedos. Prolongaban una promesa de mordida dactilar. Y al arrancarlas, era una cruda consistencia, la de carne dolida. Era habitar el tacto. De otra manera. Con los dientes. Si pienso en otra persona, podría decir que lo hago con el cabello. Él ama mi cabello. Yo detesto el suyo. Qué horrible manera de llevar esos pelos rígidos como si enfrentase una guerra. Algo o alguien está por caerle sobre la cabeza y aquél necesita ser empalado. Podría continuar a destazarme en cada historia. Vienes a mí con esa idea de llevarte conmigo; introducido, dentro, abducido.  Inevitablemente digerido.  Te pienso con la garganta como si cargara tu sabor, como una asfixia. Un latido. Un corazón. Una daga. La asfixia. […]

viernes, 22 de noviembre de 2013

All your farewells*

A murmullos por la casa. A tientas. A ciegas. Irreconocibles. Estoy con él, le hablo de ti, me mira como si fuese un sueño. Dormido. Me mira como si no existiesen los años atrás. Ni los años delante. Como no me miraste, ni lo harás, nunca. Es mi hambre. No sé si lo entendiste. Si tomaste lo correcto de esa salvaje ocasión. Jamás es la persona que tengo enfrente. Siempre es más dentro. Más. Cautivar. Habitarse. Contar en mi mano los dedos tuyos. Serte. De otra forma. Decir; hay tiempo suficiente para sabernos. Cómo resultamos en la mezcla. Y qué construiremos esta ocasión sin que vuelvas a perderme. Tal vez regrese este invierno. Me quedaré para siempre.  No sé si conoces este camino que me llevará a tu lado. No es estar a tu lado. Son destinos que irrevocablemente tienen que cumplirse. Lo sabias antes que yo. He llenado mi vida de profetas. Todos se han marchado dejándome aquí. Aquí.
                                                                                                                                           Aquí.
                                                                                                                                                        Aquí.
Afuera. A gritos en el baño. A rasguños. Es una dulce desesperación que las dos reconocemos. Amarla a ella. Que sepas el miedo de su distancia. Conoces todos los llantos y todas las caídas. Sin embargo no te sirve de nada. Estoy con él. Te recordamos. Quisiera correr a decírtelo sólo para sabernos en la cotidianidad de la vida. Qué gracioso no haber hecho todo lo que dije. No ser inmortal en tus manías. Llenarte el oído de palabras sin dolor para qué. Ya sé, no te causo dolor ni repulsión. Quién sabe qué será más ofensivo. Ojalá tuviese la necesidad de ir hacia ti de nuevo. Como alguien que camina atrevidamente hacia el mar con los ojos cerrados. Sin vértigo. La arena se encuentra entre tus dedos. Como todos los recuerdos, te tengo en un lugar inaccesible. Recóndito. Paseos que no hicimos. Besos imposibles. Son fotografías mentales que no lograron capturarse al final. Tengo todo tu silencio, querida. Tengo todos tus adioses dentro de una caja de cera. Esperando el calor. El verano. 

*Título de una canción South San Gabriel/Centro-Matic


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Eat





Gracias a Martina
por decir que mi mejor escritura
 proviene del estómago.



A veces no como, por mera enfermedad, por decisión. Me resisto a comer, hasta que me mareo y estoy tan débil y me siento viva en serio o siento venir lo contrario. Entonces veo una película para olvidarme o hurgo en mi correspondencia vieja. Entonces quiero llamarte y que me quieras otra vez. Entonces quiero ponerme vestidos blancos de botones, sin nada abajo. Que la piel no solamente se insinúe, que se revele. Qué puedas tocar el vestido y tocarme hasta la eternidad. Que puedas sentir mis huesos, que puedas casi fracturarme el cuello, y luego puedas hacerme el amor con ese terror de haberme perdido una vez.  También hay días donde se eligen muy bien las especias. Esos días comemos. No sabemos de donde venimos, pero las especias, sin embargo las especias con sus aromas de Estambul o de Chipre. Tengo la pretensión de inundar la casa con una benevolencia tal, con el hambre, con la certeza de ser felices en cuestión de minutos. Desvanecernos hacia el piso y hacer tu nombre con humedades desde la boca a los píes. Inundar la casa. Inundar la casa, mi amor. Y yo que tanto amo apetecer. La sequía arrasando unos labios. Lo plano del cuerpo que no ha sido alimentado. Adolecer en la muerte de uno mismo. No entiendes cómo puedes soportar tanto sufrimiento.  Sufrir es una famélica llama que no puede apagarse, y siempre busca seguir viva. Hoy entiendo ese enigma de la voz. Tu debilidad. La fragilidad de la vida, lo delgada de la línea entre irse y quedarse. La gente es delicada, dice mi padre. Así. Ahora tengo el estómago vacío. Me siento delicada como una flor blanca debajo de tu pena. A veces no como para sentir el cuerpo flotar. Como si fuese posible. Nada puede alimentarme como esta orfandad, la música de bar, de lejanías, de echarte de menos. Una música como el sabor a estar y no estar dentro del mundo. Algo que me diga que estoy más cerca del final. Como si la avidez  me llevara hacía ti. Y estar contigo. Qué puedo atravesar las paredes para estar contigo. Repetir este llanto, que casi se me rompen las manos de tocar el suelo. Y no estar contigo. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Panorámica


Aparentemente me he ido de todos los lugares; principalmente del corazón de ella. De las oficinas y los bancos. De las esquinas esperando mis ojos. Del colectivo de las siete de la noche hasta la escuelita del centro. Aparentemente me he ido, pero estoy más presente que nunca. Él ha vuelto para estar conmigo. Hay momentos de esas gentes; Abel al teléfono siendo las 13:40 o mi padre abriendo un vino a las 16:00. Una caminata que avanza como se me escapa la voz, y me como las letras de en medio. Saltando baldosas y charcos de octubre. Aparentemente está todo en su sitio. Nosotros somos felices. Existe la posibilidad de ello cuando observas fijamente las ramas de un árbol, y otra vez una humeante sensación desde la boca. Se le humedecen los ojos de verte. Pero es que no sabe que ya no estás aquí. Que has partido. Qué estás más lejos que nunca. Y más cerca, más cerca de todo cuando hablas. Nos movemos ligeramente. Podrías relatar la cotidianidad si quisieras. Una cafetería a las 9:00. Ojala ya no te hablara de música o de altos mandos. Guerras que hemos perdido. Ojala ya no tuviésemos que pasear por la ciudad hasta llegar al hotel. Despedirnos cuando se termina el día. Sin embargo sacas fotografías de cómo late tu corazón. Y yo pienso en un barco que te construiré para irnos al océano. Me llevaré mi cuadro de La habitación de Arles. Algunos recuerdos de países donde no hemos estado porque alguien creyó que era buena idea dejar huellas; decirte: estabas aquí, aunque México. Pensar tal cosa ahora es una monstruosidad. Pero creemos todo aquello porque anochece. Él sigue en su habitación rentada. Le habita al mismo tiempo, un tipo de soledad que es para llorarle eternamente. Para hacerle una serie de libros con pasta dura, de esos que se ponen en el Chalet familiar. Aparentemente ya hemos resuelto la vida juntos. Por estos días estamos tan dentro del mundo, y lo llenamos de extremo a extremo, tú y yo. No sé dónde.  

jueves, 24 de octubre de 2013

White winter hymnal

Mañanas de octubre donde todo el mundo se mueve al ritmo de esta canción.



domingo, 20 de octubre de 2013

¿Estamos solas?




Preguntarlo así. Naturalmente. Recuerdas como era preguntarte “estamos solas”. La casa en domingo, la habitación tuya, tu casa otra vez se abría para nosotras. Se abría el día para nuestros cuerpos. Un amanecer aquí, un atardecer allá, ese cerrar de cortinas para que no pasara nadie, ni el sol, ni él con su especia picante enrojeciendo nuestra piel. Yo quería que lo único colapsando con mi piel fuese tu cuerpo. Desde tus tobillos a tu sexo, de tu cintura a tu pecho, y la geometría de los hombros, y era así ¿estamos solas? El principio del deseo. Y no totalmente. Antes de amanecer te deseaba, presentía tu arribo. Tu estrepitoso olor a domingo. A veces era el del pan o un jugo dulce. Pero siempre era rotundo y tibio, ese despertar en ti, por ti. Casi dentro de ti al pronunciar las palabras precisas. Ya ves. Era posible. Hacer las matemáticas entre tú y yo. Odiándolas tanto. Parece otro día al encontrarnos en silencio. El mutismo de unos ojos tristes que realmente no lo son. Is that warm feeling that I told you. Te derretiste como el verano entre mis manos, Martina. 

sábado, 19 de octubre de 2013

Departamentos o casas

Me gusta salir bajo la lluvia, con paraguas azul y tuyo, los zapatos de tela que dicen “Tommy Hilfiger”. Tener cuidado, ir de puntillas por las aceras, como si ya nos hubiesen bajado las nubes. Me gustan esos zapatos y que de pronto se humedezcan tanto como mi cuerpo. Caminar, caminar hasta la esquina, me gusta la farmacia y su gran anuncio luminoso. Me gusta que esté doblando,  al frente y comprar café de sobre, descafeinado, porque a él le gusta. Y así como sin motivo yo también lo consumo. Me gusta el dependiente, como me mira, como a una extraña amable. Escoger madalenas para ti, Decaf, Decaf me da el Decaf. Regresar a tu casa lentamente.  Me gusta la noche y que ya hayamos cenado. Con ella y sin ella. La sonrisa de tu marido que me habla sobre Marte y la vida extraterrestre. Tiene buenas teorías sobre ello, es inteligente, no lo dejes. En general es agradable por el hecho de comprender que dos personas tan distintas pueden quererse, tanto tú como yo. Y que le agrade casi como a ti. Me gusta estar contigo. Me gustan tus muebles que ahora tienen huellas de chocolate, por la hija de ella. Me gusta ese conversar entre el café y las tazas. La llamada de mi padre, siempre, oportuna. Decirle te quiero en tu living, cerrar la puerta. Ponerme los audífonos, cerrar la puerta. Ya no llueve. Me gusta ese regresar a casa de mi madre. Mi estadía. Me gusta mi presencia, mi estadía y marcharme y llegar a casa de mamá para fumar dos cigarros. Me gusta que ella me los obsequie. Y la noche, y ese humo. Aire de lluvia en los pulmones, alquitrán en los pulmones. El mensaje de él, otro él, que sí me ama. Decir; ha pasado un año desde que él me obsequió un encendedor. Preguntarme 365 veces si acaso me recuerda. Llevaba blusa blanca con la leyenda “Beirut”. Me gusta que todo esté desordenado en mi cabeza y pensarlo así, escribirlo así. Todo esto un sábado por la noche, y ya no sé a que otros departamentos o casas acudir para sentir que ha transcurrido el tiempo, y si he hecho algo divertido. 

jueves, 17 de octubre de 2013

Daniel


Eso de “cuando te enojás te ponés tan linda”, no es más que un elogio de macho que no sabe qué hacer. Mira, a mí me da mucha risa. Hoy he coqueteado a hombres con éxito, otras sin éxito, pero qué mas da. A veces juego a ser, juego a serme, juego a ser yo ante los demás. Casi siempre es estoicismo. Me preguntaron que si no me incomoda enamorarme, la verdad es que no. La verdad es que me gustaría. Pero yo que sé, supongo que no estoy para eso. Daniel, Daniel...¿por qué sos tan hijo de puta? Encima no tenés vergüenza ni para explicarme porque no me escribiste en una semana. Perrito malo, malo, malo. Si vivieras conmigo te dejo dormir afuera. Y que te coman los gatos dedito por dedito. Maldito.



[Anda, querías una entrada con tu nombre. Et voilá]

martes, 15 de octubre de 2013

Abel

"I'm still traying to forget
when you said you loved me" 
DevotchKa - You love me

Escuché la tristeza de tu voz. Es un foco apagado; una luz que se escurre donde antes había cegueras extremas. Es tan bonita la tristeza de tu voz; tanto, como tu soberbia. Imagino que ya no me querías hace tiempo. Dejaste de mirar. Dejaste de responderme. Sin signos vitales. Cariño, cuando me haya ido de veras, piensa: yo amaba tus furias sin saberlo del todo. Yo amaba detalles de ti todavía desconocidos, porque descubría lentamente quién eras detrás de tu nombre, y tus ideas.  Adoré ese andar tuyo de hombre seguro y elemental. Tienes argumentos que me dejaban desolada y en silencio, a mí,  que siempre fui de hablar hasta el cansancio. Hasta que se nos secara la voz en nuestras conversaciones. Fueron tan pocas, cariño, pero también las quise, y las quiero. Las quiero como un niño enamorado de las estrellas que lo siguen a casa cuando llega la noche.  Porque me daban un sabor matutino dulce e inexplicable. La intoxicación duraba horas. A veces me seguía hasta los departamentos de amigos, y durante las películas amanecía tu voz, aún sin tristeza. Allí. Con la palabra allí de tu presencia. Tal vez no lo sepas y necesitas saberlo, pero pensé tantas veces en ti con la lluvia o con la insulsa idea del mar, en verano. Nunca supe si te gustaba, debí preguntarlo. Pensé en ti sin ningún tormento. Como si de pronto, llegaras, como si ya fuésemos dos amantes quienes conocen todo el uno del otro. Bailé contigo cada noche, fines de semana y días laborales. Lo sabías, empecé con el romanticismo antes de que el corazón se nos rompiese a ambos. Me decías mi amor, tal si el amor lo conocieras recién, o hace tiempo, pero conmigo. No supe entonces qué decirte. Y ahora es casi tan grande mi tristeza como la que escuché en tu voz, un quince de octubre.


domingo, 13 de octubre de 2013

Esto es como existir, y no. Una doble vida-muerte. Me gustabas toda. Toda. Hasta el techo con juegos cromáticos que cubría tu existencia; tus amigas y tú, todas de negro. Me quedé el domingo viendo fotografías de cuando estabas en la que era tu ciudad aquí, en México. Sonriente. Roja. Radiante. Esplendorosa. A veces olvido que siempre fuiste una persona muy feliz, y yo era quien te hundía. No, tampoco.  No era yo quien pasaba felices las horas. Mi tristeza de esos años te salpicaba hasta los tobillos. Y eras lo suficientemente buena para gozar de mí, levantarme, recordarme que entonces tenía sentido ser quien era. Poetas y compositores hacían reverencia. Aunque hubo momentos donde mi sangre te daba hasta el cuello. Y no podías, no podíamos sernos más. Ahora lo recuerdo bien, fue hace tantos años. Luego conociste el amor después de mí, y con ese te quedaste. Claramente buscabas otras maneras para ahogarte. Ay amor.  Hace tantos años de eso. Ahora me marcharé al océano una vez más. Te escribo otra carta que no envío porque es la única respuesta ante el silencio. Cada vez más lejos. Mi padre nos hará allí una casa, y como no hay a nadie a quien quiera menos, ni más que ti, jamás; no pensaré un sólo segundo en que me abandono otra vez a mí misma. A que jugamos al destierro. No. No pensaremos más. Esta vez actuaremos, y encenderemos fuego. Ya siento como se extingue todo. Es un aire de sur, es una brisa de mar que arrasa con todo. Es más evidente dentro de la música del sueño. Más palpable, más necesario, más rotundo. Es tan absurdo sentir nostalgia de uno mismo. Que el verano se terminó, y estamos tan lejos. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Correspondencia

[Sólo hay correspondencia, lo demás no va, pero da lo mismo.
Alguien me lee y yo le escribo]



Quizá pase un tiempo sin hacer mucho, pero en este punto todo me da alegría. Es curioso que al tomar una decisión por uno mismo te cambie toda la perspectiva. Tal vez me ponga en mejor forma y salga a tomar fotografías, eso sería hermoso ¿no? Tal vez haga eso y espere tus cartas diariamente. Caminar a solas por una ciudad que quiero abandonar tan pronto. Quisiera escuchar música todo el día, mañana, pero en ese burdel no me dejan (gusto de llamarle burdel a la oficina). Es ese aire de octubre que te trae cositas ruidosas. Como vos, por ejemplo. Ah, me viene tu voz de golpe y tu acento porteño, ¿recuerdas mi acento mexicano, querido? Yo creo que cada año que pasa me convierto en una mujer más deliciosa. Por si nadie más lo piensa a mi me gusta pensarlo. A mis 25 seré tan diferente Daniel, ¿lo seremos? Estoy tan feliz de encontrarte. Pero tanto. Ojala un día nos topemos, y sea como ese día donde nos vimos. Donde dijiste “es una asesina”. O cuando te canté Fade into you de Mazzy star. A qué no se te olvida. Ahora estoy leyendo otra vez “Un placer fugaz”, correspondencia de Truman Capote, e imagino que algún día nos robaran nuestras cartas porque soy tan famosa, que buscan en los basureros mis dibujos del kinder.

Waltz. 


lunes, 23 de septiembre de 2013

roger


[No sé qué suceda. A veces asumo que éxito, a veces no. A veces supongo que estoy viviendo pero no. Echo de menos que alguien se pregunte siempre por mi, a las diez menos cuarto. O cualquier hora, da igual]

Él navegaba por tu pecho a dos manos y tú me decías: mírame, mírame, estoy teniendo un terrible orgasmo, y su nombre era Roger. Sólo podía ver tu cara descomponerse al tiempo de los movimientos acelerados que hacías, todavía los recuerdo, como si fuese hoy por la mañana. Al principio no lo adivinaba, eras tú haciendo memoria seguramente, sólo yo te he hecho cerrar así los ojos. Había sabanas blancas o grises; y una blusa a tirantes azul. Nunca te la vi puesta, pero me imagino que la tienes; eres tan de esa austeridad. Yo te veía como antes; sentí por un momento que todavía te quería, que me dolía el hecho de darme cuenta que había dos manos jugando con tus pechos que no eran las tuyas, ni las mías, sino las de Roger. No sé pronunciar ese diminuto dolor. Es más grande si lo comparo cuando es domingo, y él no me ha llamado. Cuando probablemente pasea con sus hijos o sus nietos o su esposa u otra amante. Es tan hijo de puta. Ya siento que lo amo. Aunque sólo sea nuestro juego para no aburrirnos todos los días. Pero no sucede algo trascendente en absoluto, no es como Roger, que probablemente sea un alemán o un inglés cualquiera con su pelito rubio. Te habla de Michelet o Foucault para demostrar que ha ido a escuela extranjera, que se graduó con honores, que sabe los tiempos exactos para conjugar los verbos y no le falla nada, ni la gramática francesa que yo tengo que estudiar. La verdad es que no importa. Pero no sé porque era tan nítido Roger, así, su nombre R-O-G-E-R y tus muslos abiertos como una mariposa. Yo por mi parte hago romance con mi Tom Waits, le digo buenas noches, le envío besos. Me dice que me quiere aunque sea mentira. Nadie lo hace. Supongo que tú, cómo todos, te haces feliz con el hecho de saber que existo. Algún día el amor y la vida se pintó de matices diferentes porque estaba yo allí. Quizá como Roger, en medio de ti, demostrando al mundo lo felices que podemos ser si nos queremos o si lo hacemos con alguien, y se lo restregamos en la cara al otro. Algo así como esto. Años escribiendo en el mismo lugar. Sigo esperando ese momento de la música que es también como los sueños. Así, suspendida sin saberlo del todo, estabas allí como despidiéndote de mí junto a Roger. No dejas mucho; soy la misma de cuando me encontraste. Estoy sin hacer nada. Sólo quiero que alguien me tome la mano cuando escuche la sinfonía No. 3 de Mahler.   

domingo, 8 de septiembre de 2013

Descafeinado, mi amor.







Dejaste de gustarme en un segundo. Es tan fugaz y quemante tal como todo comienza. A veces me pregunto si debería considerar reales esos sentimientos. Son muy de la bohemia y sus alcances ilimitados. Sentir que te quiero al escucharte, sentir que no puedo decirte no, a nada. Todo eso ocurre mientras se evapora mi cuerpo. Te digo que vengas, ven, ven, soy un desastre. Nunca lo había sido de tal forma. Je suis ton cour. Pero tú no lo sabes. Es como esa mirada que nos damos con la boca. Se mantiene en ti cinco segundos, quién diría que dura más que el olvido. Luego es sonrojo y pudor en revuelta. También es mi juventud. Ignoro si exista en mí alguna clase de retroceso. Voy quedándome pequeña, y grande, dentro de ti. Pero tú no lo sabes. No sé que obtienes de nosotros así. Principalmente de mi cuerpo moviéndose a grandes oleajes sobre ti. O de mi flagelando diariamente tus maneras. A medias, debajo de las cosas. No debes preocuparte, todo se irá así, en un segundo. Sólo lo absoluto prevalece. Lamento que a ti te encante mi soberbia, a todas horas; es un filoso cuchillo partiéndote en dos. Es siempre un juego despiadado donde terminas perdiendo. También vas a ganar cuando me beses. Creo que es bastante justo. Si lo piensas es perfecto para nuestro futuro. Inexistente. Sin embargo tienes estos momentos donde llegas, y todo vuelve al principio. Es tan intenso y desconocido que tiemblo. Y me acuesto con la idea de que el descafeinado no nos ayuda un carajo.   

lunes, 2 de septiembre de 2013

Summer old lovers



Tienes como 63 y no sé bien porque dijiste que me quieres (y mucho). No sé tampoco porque te lo dije. Se supone que eres una persona entrañable. Se supone que yo soy adorable o una mierda así. Tenemos la voz, y la incandescente manera de manejar el mundo. Estos son negocios sucios y simples. Solamente transacciones. Sucede un día descubrirlo. A los hombres como tú los debilita la soberbia, y es por eso que sientes un vacío (en el estómago) cuando te hablo. Yo en cambio te siento como Tom Waits cuando pronuncia "Watch her disappear". Es humedecer los labios, los ojos y aglutinar la sangre en cada impulso vocal.  Imagino que has vivido todas las vidas mías mucho antes que yo. Imagino que todo pasará como siempre, y nadie hablará de nosotros, ni Dio´s cuando te pregunte si cometiste errores, y no tengas que pronunciarme a mí todas las veces. Porque no he estado tanto en la vida ni estaré; ya sabes, decirte "estoy afuera, sal, te estoy esperando", "el vuelo sale a las cinco", "llámame a las 21:30". Y tú "no has llegado a casa todavía, puta madre Jazmín", "estoy con unos amigos, sólo un rato, te lo juro". Solamente es eso, y es tan gracioso que me lo digas. No sé como haces para perder mi teléfono todas horas. O es que quizá lo borres, y así te evitas todas las penas que ya voy a causarte. Probablemente me equivoque. Hay maneras de llevar estas situaciones sintiendo absolutamente nada. Solamente hay noches donde ya sea el alcohol o la sangre, llaman a una puerta de la vida inhabitable. No sabes qué insufribles mareas nos vienen. A lo mejor nada sucede. Seguiremos solos y en extremos. Alguien llegará para hacernos la guerra o el amor. Supongo que necesitas a una mujer que vuelva a enseñarte eso. Y yo no sé si un día te hablo o te leo esto, que seas realmente tú cuando me hables, que me ames en serio por todas mis dudas y espacios vacíos que nada puede llenar, ni tu arrogancia. Y yo no sé otra vez. No sé si para salir de esta depresión me corto el cabello y ya. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Interlude



Se que vienes aquí con la idea de que encontrarás a alguien con quien pasarte el próximo otoño. Alguien con quien ver la colección Ingmar Bergman o que diga incoherencias a la hora del té. Alguien quien sin duda te hable de cosas frescas, impresiones, soledades, inocencias. O que te cuente del tipo que quiere tirarse ahora. Un nuevo amante, o como le decíamos el martes, "un nuevo esclavo". Y que luego diga que es todo mentira como si lo escupiera. Sé que te hace feliz su tristeza. Es porque estás igual o más jodido (jodida, según sea el caso). Supongo que aquí, a veces sólo me apetece hablar de las películas que veo, "Saraband", por ejemplo. Intermedio, como ya no puedo concentrarme del todo, pienso en él. Pienso en su edad, inherente a sus canas, en su cuerpo y en su manera de hablarme; es tan despiadado. Pienso en lo mucho que me gusta y como logré tenerlo a mis píes dos minutos. Luego nos rompimos el corazón mutuamente, y que ya me odia mucho mientras me quiere. Quiero decirlo, quiero decirle de verdad que lo quiero. Pero esas cosas ya no las puedo hacer. Quiero bajar de peso también. Fin de semana y me pondré una blusa de un azul marino precioso. Se que te mataría si lo vieras. Una manera letal y acuática de morir. Estoy planeando dejarlo todo. Saraband es dulce todavía. Pienso en él, en su edad, inherente a sus canas, en su cuerpo y en su manera cruel de quererme. Creo que es solamente su deseo que me turba. No importa mucho porque ama a todas las niñas que lo mandan al carajo. No sé lo que tu buscas. Al menos no de cierto. No completamente. Sé que vienes como él, como otros han venido para marcharse después. Te gustaría saber que hay viento afuera. Esa densa oscuridad del verano ido. Y creo que todos ustedes que me buscan están mojándose afuera, y me alegro tanto por ello. 

sábado, 10 de agosto de 2013

Sin título



Extraño todo aquello irrevocable que me recordaba que era tuya. Me pertenecías a mí, y ciertamente, extraño tu compañía, aunque no estabas aquí más que en momentos ardientes como el fuego azul. Extraño tu cara y el placer que me daba saberte cualquier día, a cualquier hora y en el país que fuese, libre, y que yo podía besarte sin prisas ni vergüenzas. Y podíamos decir lo poco que vale el tiempo si lo pasábamos así, enterrados tu pecho y el mío. En el mismo vagón y hacia el mismo lugar. Tengo un miedo esta noche; me duele el corazón (o el pecho) como si ya, por fin, se hubiese roto por completo. A la mitad. En pedacitos. Y con esto no quiero decir que soy muy sentimental o que me duele el hecho absoluto de habernos olvidado del calor, de las manos, de la fascinación que sentíamos por lo precioso del sentimiento si te decía "te quiero", "me gustas, "quiero hacerlo contigo". Es simplemente un hecho físico, químico y mental, una enfermedad que me ensordece. Mi madre quiere llevarme al hospital y me resisto. Es un mareo constante incomprensible. A lo mejor son las pocas calorías que he consumido estos días; dejar el alcohol por más de un mes, perderme entre la gente porque son muy simples y tengo que vivir con ellos. La habitación sin limpiar desde hace dos semanas al punto de la asfixia. Mi cabeza llena de pensamientos que se estrellan uno con otro hasta colapsar en puntos negros que se caen en mis ojos. No lo sé. Se me ocurría esto; escribirte por si la noche con su maldición de brujas no me deja hacerlo otra vez. Por si voy a ser esto, esto que gime, esto que muere, esto que no entiendo. Por si se rompe el hilo que me sostiene en píe o sentada o lúcida en medio del mundo. Quiero decirte la verdad, no me gustaba la tierra sobre la que giramos, ni las flores, ni los días en la playa. Detestaba la sensación quemante del aire entrando en los pulmones en verano, y los lentes de sol y las borlas de colores. Tengo terror de no susurrarlo nunca en tu boca; me gustó porque estaba contigo. Y ahora. Ahora que me muero. Que me revienta el cerebro y todo se nubla para avisarme que es de noche, otra vez, y existe esa probabilidad de no levantarse de la cama. Existe porque no puedo abrir los ojos, porque voy a dejarme estar así. Avísame si vienes por los restos. Podría decirte lo bueno del día: conversaciones llenas de cine y música, comida saludable supuestamente para alargar nuestra existencia. Y para qué. Hacer teorías -otra vez- del porque la industria cinematográfica del país se encuentra estancada en un bache circular; he pensado en la salvación que es ya hacer la historia de mi vida o de mi madre, que es más interesante, más moderna, más de cine. Wes Anderson y ese corto qué va con tu París amado, y el balcón, y las luces. Fotos de Estambúl donde no aparezco. Me dio pena que no hayamos viajado en un globo aerostático como ella lo hizo. No hemos visto Ankara de lejos o Necropolis bajo las ruinas. Ni jugado con la sal que es como la nieve en un tiempo. Restos congelados de mar se nos escapan. Corren de ti y de mí. Pienso decirte lo mucho que te quise antes de marcharme. Otra vez. Si lo olvidaste. Extraño no quererme morir todavía, ese miedo de infante donde no cerrabas los ojos porque un día de abril descubriste esos juegos, ese dulce, esa comida. Esa sonrisa de recreo. Y dijiste, me encanta estar aquí, no me quiero morir, no me quiero morir. Le lloraste a un dio´s que no viste. Porque fue tan maravilloso ese día. De abril o de diciembre. Daba igual. Extraño despreciar el fin de la humanidad exactamente porque te quise, me querías. Porque tenía sentido la hora de la oscuridad en nuestra cama. Quizá esta desesperación agónica y de mareo se termine pronto. Una canción o una película más. No sé qué suceda mañana. Por lo que quieras necesitaba decírtelo. No voy sintiendo más el cuerpo ni nada. Extraño todo aquello que me recordaba que era tuya. Y no podía morirme todavía porque se despertaba de este lado, y del otro, un día diferente con más canciones y prendedores rojos en el pelo. El cielo se abría nuevamente y tenía, indiscutiblemente, que adorarte. Hacerte el amor. Leerte mi último escrito. Y no podía, carajo, no podía morirme todavía. [...]