Encuentra un motivo. Cualquier
motivo. Bailemos Just in time con Nina Simone. Haz que sea el momento preciso, crea en mí esa
duda insípida. Matemática. Producida. Echo de menos un palpitar que nunca supe
descifrar del todo. Era como disfrutar el voyerismo de venir a este lugar. La verdad es que sólo quiero sentir algo de calor. Necesito sentirme amada. No de la forma en que me ama él. Se despierta pidiéndome que hagamos el amor. Carajo, yo únicamente estaba aburrida. También tú me echas de menos ¿cierto? No me conoces. Pero es como si lo hicieras. Es mucho más real que ese tipo que me despierta con besos y quiere arrancarme la ropa diez veces al día. Tú me añoras. Por eso vienes todos los días. Como si quisieras llegar a mí, al leerme. No es como las fotografías. Uno puede dejar morir al que capturamos. Su futuro no nos concierne. Bueno, no me he muerto. Ni te he olvidado. Probablemente no nos publiquen. Bailar a Nina Simone por estos días no tiene nada de literario. Quizá lo han explotado tanto como nosotros. Qué mas da. Diariamente hay conversaciones en lugares casuales. Sexo. Callejuelas con olores fétidos. Más parias o gente que no sabe ni lo que es. Se muerden la boca mientras comentan que salvaje es el viento. Un pretexto para estar en casa. Paso días en casa. A veces con compañía y otras en el suelo de la cocina. Hoy revisamos la correspondencia
y no pude hacer llegar a nadie lo que escribí el domingo. No es que sea importante, habla de la soledad
y de mis voces. De regalos. Cartas desde Angola otra vez. Nostalgias que me permito sentir solamente por aburrimiento. Imagina que en dos mil ocho todo esto tenía sentido. Era valido nuevamente sentirse profundo y perdido. Podías manejar las circunstancias. El alcohol lo hacía soportable hasta el punto de la relatividad. Qué puedo decirte ahora. Me acosté con quienes me lo propuse. A veces sin proponerlo. Estaban en los cuartos, en las azoteas, debajo del puente, en el salón de fiestas y no querían más que eso. Y una siempre quiere lo mismo. Degradaciones necesarias para tirarte de un edificio. No salir en días. Cambiarte de ciudad cada vez. Just because. Constantemente no siento las horas. Necesito que me corrijan el estilo. Y un trabajo. Es que ya no hay vino. Lo quiero para charlar contigo. Tomar valor para enamorarme lo que dura una canción de Nina Simone. No te preocupes porque ya no soy lo que era. Encuentra la manera. Búscame. Quiéreme. Un motivo. Cualquiera.
lunes, 27 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
Pues aquí afuera del hotel, triste, como siempre.
Mi vida se había convertido en repetir pasillos. Andamios. Corredores, pórticos. Tenis sucios, jeans con mas de dos puestas. La muchachita con la blusa de anoche y de la mañana siguiente. Sin embargo el olor era siempre dulce. Como el invierno; comida caliente, más calor debajo, colación y abrazos. Tomaba un colectivo por la mañana y otro por la tarde. Todo dependía de las despedidas. Días cortos demás. Junto a las plazas. Mucha gente te conoce, no entiendo porque si no tienes raíces. No tienes casa. No tienes nada mas que tus maletas en la habitación. Dentífrico en el baño. Esos jabones huelen que horrible. Es que tienen el aroma de la culpa. No dormiste en casa decente, dicen. A mi me podría agradar completamente esta situación. O podría odiarlo. Pero tenía, antes que nada y después de todo, un romance con nuestras siluetas abandonando el cuarto de hotel. Sombras dejando ese lugar varias veces al día. Desayuno o cena para sonreír y reflejarnos en la cerámica. Dibujitos sobre la comida. Qué tierno. No maduramos nunca. Reírnos con películas insignificantes. Y ese momento de partir. Era un pasillo largo, no había escaleras. Un rostro triste que se cae de la felicidad. La recepcionista ya me deja pasar mucho tiempo. Sin preguntas. Creo que le agrado. Ojalá que entre su decoración de los indios Cherokees incluyera un tocadiscos. Bailaría para ti junto Stephan Grapelli y Django Reinhardt, my stardust melody. Ya me apropiaria de la mecedora y pondríamos libros para que fuese más nuestro lobby que del público. De puntitas hacia las calles que se incendian. Mi vida se había convertido en soles de medio día. Calendarios de Vincent Van gogh, fechado 2006. Travesuras. Y no entendía porque a los veinticinco me seguía partiendo en dos estar afuera del hotel, verte subir al taxi. Despedirme otra vez como una melodía cotidiana y de soledad. Tan absurda, como la retorica de Woody Allen.
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lunes, 6 de enero de 2014
Natalia Lafourcade - María Bonita
Feliz cumpleaños a una mujer que fue y es
siempre
importante para este lugar, y para mí.
Te haces mayor querida mía.
María bonita. María del alma.
jueves, 2 de enero de 2014
Canciones de mar e invierno
[Volvimos de Veracruz, llenos de música y colores. Y nostalgia]
Quería que supieras principalmente tres cosas. La primera es que extrañaba esta casa como no lo sabía. Lo sé ahora. Son todos estos recuerdos que tenemos. Que hemos construido como la decoración de la casa; y van por ahi colgados de los libreros para tenerlos presentes. Tienen su propio pulso. Si pones atención y acercas tu oreja a las paredes. Es casi un ronroneo donde se acercan las olas del mar y alguien cocina con cariño antes de que despiertes. Ruidos de cocina, juegos de té. Utensilios varios o platería corriente. Y risas. Lo supe de inmediato. Es quedarse apacible, sin movimiento, solamente escuchar. Y es que al final hay un definitivo silencio. Éste, de nuestras maletas, ¿lo entiendes, no? Tiene que ver con los andenes y las lucesillas de la noche donde no decimos nada. Queda melancolía de marcharse interminablemente a no sé donde. Supongo que a veces quisiera quedarme, como si tuviese sentido, como si hiciera falta. Si mi presencia fuese requerida como el agua de día. Pero que fuese imperceptible como la música de las raíces que no vemos pero existen. Con la pertenencia de estar aquí otra vez. La misma fugacidad. Quería que supieras que todo vale la pena porque estaba contigo, y con ella, y con él. Nuestro caos era más habitable, menos expandible. Asumo que es esa felicidad que soñamos en las manos. Eso es lo segundo que quisiera que sepas. Que he sido muy feliz. No me mal entiendas. Lo soy generalmente estos meses de gloria. Es como habernos rendido y abandonar por completo a la vida. O expresamente lo contrario. Ser la vida. Respirar una y otra vez para darte cuenta que por fin es posible ese oceano en calma. Fluir. A la velocidad de una gota de miel por la espalda. Un tema de Neo-clásico o Mark Bradshaw amaneciendo dentro de un florero. La tercera cosa es que, lo siento. Siento todas las veces que hay dentro de mí un tumulto incontrolable de voces y locuras. Es un torbellino aisaldo que sólo sabe alimentarse o matar. Es un fuego. Una caída. Una explosión. Supongo que a veces quisiera cambiarlo todo cuando amanece. No comprendo la desolación en esos segundos desesperados. Entonces necesito dormir terriblemente durante muchos días hasta que sane. Me desprendo de mí. Cambio. Por todo lo demás, seguramente, olvidarás esa vanidad ebria de nuestras tardes y noches. Toda nuestra palabrería se desvanece y volvemos a comenzar. Charlas que duran horas y amanece. Hoy amanece otra vez. En otra parte.
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Sueños de Sur
jueves, 26 de diciembre de 2013
Algunos encendedores
No es mucho, ni
demasiado, ni poco, siempre. Es el frío. Son las azoteas y los fuegos
artificiales a lo lejos. Alguien juega con el ardor de la respiración, como si
fuese una fruta a punto de reventar. Tiritamos. Temblamos. Nos abrazamos. Es la
primera vez. Y la última. Alguien juega, te digo. Sucede en los viajes de
verano o invierno. En otoño siempre fracasamos, de alguna forma. Con
una melancolía y soledad volteamos la vista. Saboteamos ese encuentro
furtivo con los extraños. No es mucho, pero a ellos nunca les importa. Si
conocemos la suerte y la voz. Si sabemos esperarlo. Ese latido. ¿Entiendes ese
latido? Si te digo amor dentro de dos horas. Es mentira. Es que no siento nada.
Es que me he estado marchitando. Calculo la temperatura de tu piel, es
helada, como la carne cruda. Saturnina y casual. Inalterable; porque no somos
importantes. Me conoces. O es que no lo haces. Somos silencio de los días. Esas
cosas también vienen. Vives de tal manera que no te alcanza ya ni
para contárselo a nadie. No recuerdas, incluso, ni haberle dado tu
nombre. Pero lo tiene. O lo tenía. Calculo que solamente pasaran unas semanas
para que lo olvide. Recordará el dinero gastado. La boca mordida. El desazón
del desvelo en una oficina. A lo mucho hará una canción debajo del escritorio.
Guitarras insolubles porque es un dato que te dieron. Él
toca la guitarra y estudió en el Conservatorio nacional. Ella es sólo ella, y a
veces escribe. Te debieron decir eso. En cambio soñaban con una no-certeza
de la cual me deshice. Todas las pretensiones en una copa de vino para que ambos tuviésemos que ver. No lo
recuerdo bien, todos hablaban de una cosa y otra. Mi padre me callaba. Tú y
yo fumábamos dentro de nuestras bocas. No es que me importara. Nunca
es eso. Mandarte al carajo a las seis de la mañana. Quisiera entenderlo yo misma. Hay conversaciones que perduran y algunas
que no recuerdo. Siempre la oscuridad en medio. Bruma y mareo como un
medicamento que no pronunciamos. Me queda ese olor de extraño y un encendedor
debajo de la cama o en el bolsillo. Y la seguridad de que fue tuyo. No voy
a devolverlo jamás.
Aunque tenga varios.
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Strange to meet you
viernes, 6 de diciembre de 2013
Mientras la ducha
Pensaba
en ti con la garganta. Así como podría hacerlo con cualquier parte del cuerpo,
y evocarnos colores diferentes. Un género musical brutal, los distintos grados de las quemaduras. Lo hacía igual que
si pienso en mi ex novia, la pienso con las uñas. Una blancura y pulcritud
siempre en sus uñas. Qué desgarrador romance tenerlas en mi boca. Tenía esa incómoda
situación de sus dedos. Prolongaban una promesa de mordida dactilar. Y al
arrancarlas, era una cruda consistencia, la de carne dolida. Era habitar el
tacto. De otra manera. Con los dientes. Si pienso en otra persona, podría decir
que lo hago con el cabello. Él ama mi cabello. Yo detesto el suyo. Qué horrible
manera de llevar esos pelos rígidos como si enfrentase una guerra. Algo o
alguien está por caerle sobre la cabeza y aquél necesita ser empalado. Podría
continuar a destazarme en cada historia. Vienes a mí con esa idea de llevarte
conmigo; introducido, dentro, abducido. Inevitablemente
digerido. Te pienso con la garganta como
si cargara tu sabor, como una asfixia. Un latido. Un corazón. Una daga. La
asfixia. […]
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Sobre la lúcidez
viernes, 22 de noviembre de 2013
All your farewells*
A
murmullos por la casa. A tientas. A ciegas. Irreconocibles. Estoy con él, le
hablo de ti, me mira como si fuese un sueño. Dormido. Me mira como si no
existiesen los años atrás. Ni los años delante. Como no me miraste, ni lo harás,
nunca. Es mi hambre. No sé si lo entendiste. Si tomaste lo correcto de esa
salvaje ocasión. Jamás es la persona que tengo enfrente. Siempre es más dentro.
Más. Cautivar. Habitarse. Contar en mi mano los dedos tuyos. Serte. De otra forma. Decir; hay tiempo suficiente para sabernos. Cómo resultamos en la
mezcla. Y qué construiremos esta ocasión sin que vuelvas a perderme. Tal vez regrese este invierno. Me quedaré para siempre. No sé si conoces este camino que me llevará a
tu lado. No es estar a tu lado. Son destinos que irrevocablemente tienen que
cumplirse. Lo sabias antes que yo. He llenado mi vida de profetas. Todos se han
marchado dejándome aquí. Aquí.
Aquí.
Aquí.
Afuera.
A gritos en el baño. A rasguños. Es una dulce desesperación que las dos
reconocemos. Amarla a ella. Que sepas el miedo de su distancia. Conoces todos
los llantos y todas las caídas. Sin embargo no te sirve de nada. Estoy con él.
Te recordamos. Quisiera correr a decírtelo sólo para sabernos en la
cotidianidad de la vida. Qué gracioso no haber hecho todo lo que dije. No ser
inmortal en tus manías. Llenarte el oído de palabras sin dolor para qué. Ya sé,
no te causo dolor ni repulsión. Quién sabe qué será más ofensivo. Ojalá tuviese
la necesidad de ir hacia ti de nuevo. Como alguien que camina atrevidamente hacia
el mar con los ojos cerrados. Sin vértigo. La arena se encuentra entre tus dedos. Como todos los recuerdos, te tengo en un lugar inaccesible. Recóndito.
Paseos que no hicimos. Besos imposibles. Son fotografías mentales que no
lograron capturarse al final. Tengo todo tu silencio, querida. Tengo todos tus
adioses dentro de una caja de cera. Esperando el calor. El verano.
*Título de una canción South San Gabriel/Centro-Matic
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miércoles, 6 de noviembre de 2013
Eat
Gracias a Martina
por decir que mi mejor escritura
proviene del
estómago.
A veces no como, por mera enfermedad, por
decisión. Me resisto a comer, hasta que me mareo y estoy tan débil y me siento viva en
serio o siento venir lo contrario. Entonces veo una película para olvidarme o
hurgo en mi correspondencia vieja. Entonces quiero llamarte y que me quieras
otra vez. Entonces quiero ponerme vestidos blancos de botones, sin nada abajo.
Que la piel no solamente se insinúe, que se revele. Qué puedas tocar el vestido
y tocarme hasta la eternidad. Que puedas sentir mis huesos, que puedas casi
fracturarme el cuello, y luego puedas hacerme el amor con ese terror de haberme
perdido una vez. También hay días donde
se eligen muy bien las especias. Esos días comemos. No sabemos de donde
venimos, pero las especias, sin embargo las especias con sus aromas de Estambul
o de Chipre. Tengo la pretensión de inundar la casa con una benevolencia tal,
con el hambre, con la certeza de ser felices en cuestión de minutos. Desvanecernos
hacia el piso y hacer tu nombre con humedades desde la boca a los píes. Inundar
la casa. Inundar la casa, mi amor. Y yo que tanto amo apetecer. La sequía arrasando unos labios. Lo plano del cuerpo que
no ha sido alimentado. Adolecer en la muerte de uno mismo. No entiendes cómo
puedes soportar tanto sufrimiento. Sufrir es una famélica llama que no puede
apagarse, y siempre busca seguir viva. Hoy entiendo ese enigma de la voz. Tu
debilidad. La fragilidad de la vida, lo delgada de la línea entre irse y
quedarse. La gente es delicada, dice mi padre. Así. Ahora tengo el estómago
vacío. Me siento delicada como una flor blanca debajo de tu pena. A veces no
como para sentir el cuerpo flotar. Como si fuese posible. Nada puede alimentarme
como esta orfandad, la música de bar, de lejanías, de echarte de menos. Una
música como el sabor a estar y no estar dentro del mundo. Algo que me diga que
estoy más cerca del final. Como si la avidez
me llevara hacía ti. Y estar contigo. Qué puedo atravesar las paredes
para estar contigo. Repetir este llanto, que casi se me rompen las manos de
tocar el suelo. Y no estar contigo.
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lunes, 28 de octubre de 2013
Panorámica
Aparentemente me he
ido de todos los lugares; principalmente del corazón de ella. De las oficinas y
los bancos. De las esquinas esperando mis ojos. Del colectivo de las siete de
la noche hasta la escuelita del centro. Aparentemente me he ido, pero estoy más presente que nunca. Él ha vuelto para estar conmigo.
Hay momentos de esas gentes; Abel al teléfono siendo las 13:40 o mi padre
abriendo un vino a las 16:00. Una caminata que avanza como se me escapa la voz,
y me como las letras de en medio. Saltando baldosas y charcos de octubre. Aparentemente
está todo en su sitio. Nosotros somos felices. Existe la posibilidad de ello
cuando observas fijamente las ramas de un árbol, y otra vez una humeante sensación
desde la boca. Se le humedecen los ojos de verte. Pero es que no sabe que ya no
estás aquí. Que has partido. Qué estás más lejos que nunca. Y más cerca, más
cerca de todo cuando hablas. Nos movemos ligeramente.
Podrías relatar la cotidianidad si quisieras. Una cafetería a las 9:00. Ojala
ya no te hablara de música o de altos mandos. Guerras que hemos perdido. Ojala
ya no tuviésemos que pasear por la ciudad hasta llegar al hotel. Despedirnos
cuando se termina el día. Sin embargo sacas fotografías de cómo late tu corazón.
Y yo pienso en un barco que te construiré para irnos al océano. Me llevaré mi
cuadro de La habitación de Arles. Algunos recuerdos de países donde no hemos
estado porque alguien creyó que era buena idea dejar huellas; decirte: estabas aquí, aunque México. Pensar tal
cosa ahora es una monstruosidad. Pero creemos todo aquello porque anochece. Él
sigue en su habitación rentada. Le habita al mismo tiempo, un tipo de soledad que
es para llorarle eternamente. Para hacerle
una serie de libros con pasta dura, de esos que se ponen en el Chalet familiar.
Aparentemente ya hemos resuelto la vida juntos. Por estos días estamos tan dentro del mundo, y
lo llenamos de extremo a extremo, tú y yo. No sé dónde.
jueves, 24 de octubre de 2013
White winter hymnal
Mañanas de octubre donde todo el mundo se mueve al ritmo de esta canción.
domingo, 20 de octubre de 2013
¿Estamos solas?
Preguntarlo así.
Naturalmente. Recuerdas como era preguntarte “estamos solas”. La casa en
domingo, la habitación tuya, tu casa otra vez se abría para nosotras. Se abría
el día para nuestros cuerpos. Un amanecer aquí, un atardecer allá, ese cerrar
de cortinas para que no pasara nadie, ni el sol, ni él con su especia picante
enrojeciendo nuestra piel. Yo quería que lo único colapsando con mi piel fuese
tu cuerpo. Desde tus tobillos a tu sexo, de tu cintura a tu pecho, y la
geometría de los hombros, y era así ¿estamos solas? El principio del deseo. Y
no totalmente. Antes de amanecer te deseaba, presentía tu arribo. Tu
estrepitoso olor a domingo. A veces era el del pan o un jugo dulce. Pero
siempre era rotundo y tibio, ese despertar en ti, por ti. Casi dentro de ti al
pronunciar las palabras precisas. Ya ves. Era posible. Hacer las matemáticas
entre tú y yo. Odiándolas tanto. Parece otro día al encontrarnos en silencio.
El mutismo de unos ojos tristes que realmente no lo son. Is that warm feeling that I told you. Te derretiste como el verano entre mis
manos, Martina.
sábado, 19 de octubre de 2013
Departamentos o casas
Me gusta salir
bajo la lluvia, con paraguas azul y tuyo, los zapatos de tela que dicen “Tommy
Hilfiger”. Tener cuidado, ir de puntillas por las aceras, como si ya nos
hubiesen bajado las nubes. Me gustan esos zapatos y que de pronto se humedezcan
tanto como mi cuerpo. Caminar, caminar hasta la esquina, me gusta la farmacia y
su gran anuncio luminoso. Me gusta que esté doblando, al frente y comprar café de sobre,
descafeinado, porque a él le gusta. Y así como sin motivo yo también lo consumo.
Me gusta el dependiente, como me mira, como a una extraña amable. Escoger madalenas para ti, Decaf, Decaf me da el Decaf.
Regresar a tu casa lentamente. Me gusta
la noche y que ya hayamos cenado. Con ella y sin ella. La sonrisa de tu marido
que me habla sobre Marte y la vida extraterrestre. Tiene buenas teorías sobre
ello, es inteligente, no lo dejes. En general es agradable por el hecho de
comprender que dos personas tan distintas pueden quererse, tanto tú como yo. Y
que le agrade casi como a ti. Me gusta estar contigo. Me gustan tus muebles que
ahora tienen huellas de chocolate, por la hija de ella. Me gusta ese conversar
entre el café y las tazas. La llamada de mi padre, siempre, oportuna. Decirle te quiero en tu living, cerrar la
puerta. Ponerme los audífonos, cerrar la puerta. Ya no llueve. Me gusta ese
regresar a casa de mi madre. Mi estadía. Me gusta mi presencia, mi estadía y
marcharme y llegar a casa de mamá para fumar dos cigarros. Me gusta que ella me
los obsequie. Y la noche, y ese humo. Aire de lluvia en los pulmones, alquitrán
en los pulmones. El mensaje de él, otro él, que sí me ama. Decir; ha pasado un
año desde que él me obsequió un encendedor. Preguntarme 365 veces si acaso me
recuerda. Llevaba blusa blanca con la leyenda “Beirut”. Me gusta que todo esté
desordenado en mi cabeza y pensarlo así, escribirlo así. Todo esto un sábado por
la noche, y ya no sé a que otros departamentos o casas acudir para sentir que
ha transcurrido el tiempo, y si he hecho algo divertido.
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jueves, 17 de octubre de 2013
Daniel
Eso de “cuando te enojás te ponés tan linda”, no es más que un elogio de macho que no sabe qué hacer. Mira, a mí me da mucha risa. Hoy he coqueteado a hombres con éxito, otras sin éxito, pero qué mas da. A veces juego a ser, juego a serme, juego a ser yo ante los demás. Casi siempre es estoicismo. Me preguntaron que si no me incomoda enamorarme, la verdad es que no. La verdad es que me gustaría. Pero yo que sé, supongo que no estoy para eso. Daniel, Daniel...¿por qué sos tan hijo de puta? Encima no tenés vergüenza ni para explicarme porque no me escribiste en una semana. Perrito malo, malo, malo. Si vivieras conmigo te dejo dormir afuera. Y que te coman los gatos dedito por dedito. Maldito.
[Anda, querías una entrada con tu nombre. Et voilá]
martes, 15 de octubre de 2013
Abel
"I'm still traying to forget
when you said you loved me"
DevotchKa - You love me
Escuché la
tristeza de tu voz. Es un foco apagado; una luz que se escurre donde antes
había cegueras extremas. Es tan bonita la tristeza de tu voz; tanto, como tu soberbia.
Imagino que ya no me querías hace tiempo. Dejaste de mirar. Dejaste de
responderme. Sin signos vitales. Cariño, cuando me haya ido de veras, piensa: yo amaba tus furias sin saberlo del todo. Yo amaba detalles de ti todavía desconocidos, porque descubría lentamente quién eras detrás de tu nombre, y tus
ideas. Adoré ese andar tuyo de hombre
seguro y elemental. Tienes argumentos que me dejaban desolada y en silencio, a mí, que siempre fui de hablar hasta el
cansancio. Hasta que se nos secara la voz en nuestras conversaciones. Fueron
tan pocas, cariño, pero también las quise, y las quiero. Las quiero como un niño
enamorado de las estrellas que lo siguen a casa cuando llega la noche.
Porque me daban un sabor matutino dulce e inexplicable. La intoxicación duraba
horas. A veces me seguía hasta los departamentos de amigos, y durante las películas amanecía tu voz, aún sin tristeza. Allí.
Con la palabra allí de tu
presencia. Tal vez no lo sepas y necesitas saberlo, pero pensé tantas veces en
ti con la lluvia o con la insulsa idea del mar, en verano. Nunca supe si te
gustaba, debí preguntarlo. Pensé en ti sin ningún tormento. Como si de pronto,
llegaras, como si ya fuésemos dos amantes quienes conocen todo el uno del otro. Bailé
contigo cada noche, fines de semana y días laborales. Lo sabías, empecé con el
romanticismo antes de que el corazón se nos rompiese a ambos. Me decías mi amor, tal si el amor lo conocieras recién, o hace tiempo, pero conmigo.
No supe entonces qué decirte. Y ahora es casi tan grande mi tristeza como la que
escuché en tu voz, un quince de octubre.
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domingo, 13 de octubre de 2013
Esto es como existir, y no. Una doble vida-muerte. Me gustabas
toda. Toda. Hasta el techo con juegos cromáticos que cubría tu existencia; tus
amigas y tú, todas de negro. Me quedé el domingo viendo fotografías de cuando
estabas en la que era tu ciudad aquí, en México. Sonriente. Roja.
Radiante. Esplendorosa. A veces olvido que siempre fuiste una persona muy
feliz, y yo era quien te hundía. No, tampoco. No era yo quien
pasaba felices las horas. Mi tristeza de esos años te salpicaba hasta los
tobillos. Y eras lo suficientemente buena para gozar de mí,
levantarme, recordarme que entonces tenía sentido ser quien era.
Poetas y compositores hacían reverencia. Aunque hubo momentos donde mi sangre
te daba hasta el cuello. Y no podías, no podíamos sernos más. Ahora lo recuerdo
bien, fue hace tantos años. Luego conociste el amor después de mí, y con ese te
quedaste. Claramente buscabas otras maneras para ahogarte. Ay amor. Hace
tantos años de eso. Ahora me marcharé al océano una vez más. Te
escribo otra carta que no envío porque es la única respuesta ante el silencio.
Cada vez más lejos. Mi padre nos hará allí una casa, y como no hay a nadie a
quien quiera menos, ni más que ti, jamás; no pensaré un sólo segundo en que me
abandono otra vez a mí misma. A que jugamos al destierro. No. No pensaremos
más. Esta vez actuaremos, y encenderemos fuego. Ya siento como se extingue
todo. Es un aire de sur, es una brisa de mar que arrasa con todo. Es más
evidente dentro de la música del sueño. Más palpable, más necesario, más rotundo.
Es tan absurdo sentir nostalgia de uno mismo. Que el verano se terminó, y estamos tan lejos.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Correspondencia
[Sólo hay correspondencia, lo demás no va, pero da lo mismo.
Alguien me lee y yo le escribo]
Quizá pase un tiempo sin hacer mucho, pero en este punto todo me da alegría. Es curioso que al tomar una decisión por uno mismo te cambie toda la perspectiva. Tal vez me ponga en mejor forma y salga a tomar fotografías, eso sería hermoso ¿no? Tal vez haga eso y espere tus cartas diariamente. Caminar a solas por una ciudad que quiero abandonar tan pronto. Quisiera escuchar música todo el día, mañana, pero en ese burdel no me dejan (gusto de llamarle burdel a la oficina). Es ese aire de octubre que te trae cositas ruidosas. Como vos, por ejemplo. Ah, me viene tu voz de golpe y tu acento porteño, ¿recuerdas mi acento mexicano, querido? Yo creo que cada año que pasa me convierto en una mujer más deliciosa. Por si nadie más lo piensa a mi me gusta pensarlo. A mis 25 seré tan diferente Daniel, ¿lo seremos? Estoy tan feliz de encontrarte. Pero tanto. Ojala un día nos topemos, y sea como ese día donde nos vimos. Donde dijiste “es una asesina”. O cuando te canté Fade into you de Mazzy star. A qué no se te olvida. Ahora estoy leyendo otra vez “Un placer fugaz”, correspondencia de Truman Capote, e imagino que algún día nos robaran nuestras cartas porque soy tan famosa, que buscan en los basureros mis dibujos del kinder.
Waltz.
lunes, 23 de septiembre de 2013
roger
[No sé qué suceda. A veces asumo que éxito, a veces no. A veces supongo que estoy viviendo pero no. Echo de menos que alguien se pregunte siempre por mi, a las diez menos cuarto. O cualquier hora, da igual]
Él navegaba por
tu pecho a dos manos y tú me decías: mírame, mírame, estoy teniendo un
terrible orgasmo, y su nombre era Roger. Sólo podía ver tu cara descomponerse
al tiempo de los movimientos acelerados que hacías, todavía los recuerdo, como
si fuese hoy por la mañana. Al principio no lo adivinaba, eras tú haciendo
memoria seguramente, sólo yo te he hecho cerrar así los ojos. Había sabanas
blancas o grises; y una blusa a tirantes azul. Nunca te la vi puesta, pero me
imagino que la tienes; eres tan de esa austeridad. Yo te veía como antes; sentí
por un momento que todavía te quería, que me dolía el hecho de darme cuenta que
había dos manos jugando con tus pechos que no eran las tuyas, ni las mías, sino
las de Roger. No sé pronunciar ese diminuto dolor. Es más grande si lo comparo
cuando es domingo, y él no me ha llamado. Cuando probablemente pasea con sus
hijos o sus nietos o su esposa u otra amante. Es tan hijo de puta. Ya siento
que lo amo. Aunque sólo sea nuestro juego para no aburrirnos todos los días. Pero
no sucede algo trascendente en absoluto, no es como Roger, que probablemente
sea un alemán o un inglés cualquiera con su pelito rubio. Te habla
de Michelet o Foucault para demostrar
que ha ido a escuela extranjera, que se graduó con honores, que sabe los
tiempos exactos para conjugar los verbos y no le falla nada, ni la gramática
francesa que yo tengo que estudiar. La verdad es que no importa. Pero no sé
porque era tan nítido Roger, así, su nombre R-O-G-E-R y tus muslos abiertos como una mariposa. Yo por mi parte hago romance con mi Tom Waits, le digo
buenas noches, le envío besos. Me dice que me quiere aunque sea mentira. Nadie
lo hace. Supongo que tú, cómo todos, te haces feliz con el hecho de saber que
existo. Algún día el amor y la vida se pintó de matices diferentes porque
estaba yo allí. Quizá como Roger, en medio de ti, demostrando al mundo lo
felices que podemos ser si nos queremos o si lo hacemos con alguien, y se lo
restregamos en la cara al otro. Algo así como esto. Años escribiendo en el mismo
lugar. Sigo esperando ese momento de la música que es también como los sueños.
Así, suspendida sin saberlo del todo, estabas allí como despidiéndote de mí junto a Roger. No dejas mucho; soy la misma de cuando me encontraste. Estoy sin
hacer nada. Sólo quiero que alguien me tome la mano cuando escuche la sinfonía
No. 3 de Mahler.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Descafeinado, mi amor.
Dejaste de gustarme en un segundo. Es tan
fugaz y quemante tal como todo comienza. A veces me pregunto si debería
considerar reales esos sentimientos. Son muy de la bohemia y sus alcances
ilimitados. Sentir que te quiero al escucharte, sentir que no puedo decirte no,
a nada. Todo eso ocurre mientras se evapora mi cuerpo. Te digo que vengas, ven,
ven, soy un desastre. Nunca lo había sido de tal forma. Je suis ton
cour. Pero tú no lo sabes. Es como esa mirada que nos damos con la boca. Se
mantiene en ti cinco segundos, quién diría que dura más que el olvido. Luego es
sonrojo y pudor en revuelta. También es mi juventud. Ignoro si exista en mí
alguna clase de retroceso. Voy quedándome pequeña, y grande, dentro de ti.
Pero tú no lo sabes. No sé que obtienes de nosotros así. Principalmente de mi
cuerpo moviéndose a grandes oleajes sobre ti. O de mi flagelando diariamente
tus maneras. A medias, debajo de las cosas. No debes preocuparte, todo se irá
así, en un segundo. Sólo lo absoluto prevalece. Lamento que a ti te
encante mi soberbia, a todas horas; es un filoso cuchillo partiéndote en dos.
Es siempre un juego despiadado donde terminas perdiendo. También vas a ganar
cuando me beses. Creo que es bastante justo. Si lo piensas es perfecto para
nuestro futuro. Inexistente. Sin embargo tienes estos momentos donde llegas, y
todo vuelve al principio. Es tan intenso y desconocido que tiemblo. Y me
acuesto con la idea de que el descafeinado no nos ayuda un carajo.
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lunes, 2 de septiembre de 2013
Summer old lovers
Tienes como 63 y no sé bien porque dijiste que me quieres (y mucho). No sé tampoco porque te lo dije. Se supone que eres una persona entrañable. Se supone que yo soy adorable o una mierda así. Tenemos la voz, y la incandescente manera de manejar el mundo. Estos son negocios sucios y simples. Solamente transacciones. Sucede un día descubrirlo. A los hombres como tú los debilita la soberbia, y es por eso que sientes un vacío (en el estómago) cuando te hablo. Yo en cambio te siento como Tom Waits cuando pronuncia "Watch her disappear". Es humedecer los labios, los ojos y aglutinar la sangre en cada impulso vocal. Imagino que has vivido todas las vidas mías mucho antes que yo. Imagino que todo pasará como siempre, y nadie hablará de nosotros, ni Dio´s cuando te pregunte si cometiste errores, y no tengas que pronunciarme a mí todas las veces. Porque no he estado tanto en la vida ni estaré; ya sabes, decirte "estoy afuera, sal, te estoy esperando", "el vuelo sale a las cinco", "llámame a las 21:30". Y tú "no has llegado a casa todavía, puta madre Jazmín", "estoy con unos amigos, sólo un rato, te lo juro". Solamente es eso, y es tan gracioso que me lo digas. No sé como haces para perder mi teléfono todas horas. O es que quizá lo borres, y así te evitas todas las penas que ya voy a causarte. Probablemente me equivoque. Hay maneras de llevar estas situaciones sintiendo absolutamente nada. Solamente hay noches donde ya sea el alcohol o la sangre, llaman a una puerta de la vida inhabitable. No sabes qué insufribles mareas nos vienen. A lo mejor nada sucede. Seguiremos solos y en extremos. Alguien llegará para hacernos la guerra o el amor. Supongo que necesitas a una mujer que vuelva a enseñarte eso. Y yo no sé si un día te hablo o te leo esto, que seas realmente tú cuando me hables, que me ames en serio por todas mis dudas y espacios vacíos que nada puede llenar, ni tu arrogancia. Y yo no sé otra vez. No sé si para salir de esta depresión me corto el cabello y ya.
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martes, 27 de agosto de 2013
Y si te lo digo con los ojos
domingo, 25 de agosto de 2013
Interlude
Se que vienes aquí con la idea de que encontrarás a alguien con quien pasarte el próximo otoño. Alguien con quien ver la colección Ingmar Bergman o que diga incoherencias a la hora del té. Alguien quien sin duda te hable de cosas frescas, impresiones, soledades, inocencias. O que te cuente del tipo que quiere tirarse ahora. Un nuevo amante, o como le decíamos el martes, "un nuevo esclavo". Y que luego diga que es todo mentira como si lo escupiera. Sé que te hace feliz su tristeza. Es porque estás igual o más jodido (jodida, según sea el caso). Supongo que aquí, a veces sólo me apetece hablar de las películas que veo, "Saraband", por ejemplo. Intermedio, como ya no puedo concentrarme del todo, pienso en él. Pienso en su edad, inherente a sus canas, en su cuerpo y en su manera de hablarme; es tan despiadado. Pienso en lo mucho que me gusta y como logré tenerlo a mis píes dos minutos. Luego nos rompimos el corazón mutuamente, y que ya me odia mucho mientras me quiere. Quiero decirlo, quiero decirle de verdad que lo quiero. Pero esas cosas ya no las puedo hacer. Quiero bajar de peso también. Fin de semana y me pondré una blusa de un azul marino precioso. Se que te mataría si lo vieras. Una manera letal y acuática de morir. Estoy planeando dejarlo todo. Saraband es dulce todavía. Pienso en él, en su edad, inherente a sus canas, en su cuerpo y en su manera cruel de quererme. Creo que es solamente su deseo que me turba. No importa mucho porque ama a todas las niñas que lo mandan al carajo. No sé lo que tu buscas. Al menos no de cierto. No completamente. Sé que vienes como él, como otros han venido para marcharse después. Te gustaría saber que hay viento afuera. Esa densa oscuridad del verano ido. Y creo que todos ustedes que me buscan están mojándose afuera, y me alegro tanto por ello.
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sábado, 10 de agosto de 2013
Sin título
Extraño todo aquello irrevocable que me recordaba que era tuya. Me pertenecías a mí, y ciertamente, extraño tu compañía, aunque no estabas aquí más que en momentos ardientes como el fuego azul. Extraño tu cara y el placer que me daba saberte cualquier día, a cualquier hora y en el país que fuese, libre, y que yo podía besarte sin prisas ni vergüenzas. Y podíamos decir lo poco que vale el tiempo si lo pasábamos así, enterrados tu pecho y el mío. En el mismo vagón y hacia el mismo lugar. Tengo un miedo esta noche; me duele el corazón (o el pecho) como si ya, por fin, se hubiese roto por completo. A la mitad. En pedacitos. Y con esto no quiero decir que soy muy sentimental o que me duele el hecho absoluto de habernos olvidado del calor, de las manos, de la fascinación que sentíamos por lo precioso del sentimiento si te decía "te quiero", "me gustas, "quiero hacerlo contigo". Es simplemente un hecho físico, químico y mental, una enfermedad que me ensordece. Mi madre quiere llevarme al hospital y me resisto. Es un mareo constante incomprensible. A lo mejor son las pocas calorías que he consumido estos días; dejar el alcohol por más de un mes, perderme entre la gente porque son muy simples y tengo que vivir con ellos. La habitación sin limpiar desde hace dos semanas al punto de la asfixia. Mi cabeza llena de pensamientos que se estrellan uno con otro hasta colapsar en puntos negros que se caen en mis ojos. No lo sé. Se me ocurría esto; escribirte por si la noche con su maldición de brujas no me deja hacerlo otra vez. Por si voy a ser esto, esto que gime, esto que muere, esto que no entiendo. Por si se rompe el hilo que me sostiene en píe o sentada o lúcida en medio del mundo. Quiero decirte la verdad, no me gustaba la tierra sobre la que giramos, ni las flores, ni los días en la playa. Detestaba la sensación quemante del aire entrando en los pulmones en verano, y los lentes de sol y las borlas de colores. Tengo terror de no susurrarlo nunca en tu boca; me gustó porque estaba contigo. Y ahora. Ahora que me muero. Que me revienta el cerebro y todo se nubla para avisarme que es de noche, otra vez, y existe esa probabilidad de no levantarse de la cama. Existe porque no puedo abrir los ojos, porque voy a dejarme estar así. Avísame si vienes por los restos. Podría decirte lo bueno del día: conversaciones llenas de cine y música, comida saludable supuestamente para alargar nuestra existencia. Y para qué. Hacer teorías -otra vez- del porque la industria cinematográfica del país se encuentra estancada en un bache circular; he pensado en la salvación que es ya hacer la historia de mi vida o de mi madre, que es más interesante, más moderna, más de cine. Wes Anderson y ese corto qué va con tu París amado, y el balcón, y las luces. Fotos de Estambúl donde no aparezco. Me dio pena que no hayamos viajado en un globo aerostático como ella lo hizo. No hemos visto Ankara de lejos o Necropolis bajo las ruinas. Ni jugado con la sal que es como la nieve en un tiempo. Restos congelados de mar se nos escapan. Corren de ti y de mí. Pienso decirte lo mucho que te quise antes de marcharme. Otra vez. Si lo olvidaste. Extraño no quererme morir todavía, ese miedo de infante donde no cerrabas los ojos porque un día de abril descubriste esos juegos, ese dulce, esa comida. Esa sonrisa de recreo. Y dijiste, me encanta estar aquí, no me quiero morir, no me quiero morir. Le lloraste a un dio´s que no viste. Porque fue tan maravilloso ese día. De abril o de diciembre. Daba igual. Extraño despreciar el fin de la humanidad exactamente porque te quise, me querías. Porque tenía sentido la hora de la oscuridad en nuestra cama. Quizá esta desesperación agónica y de mareo se termine pronto. Una canción o una película más. No sé qué suceda mañana. Por lo que quieras necesitaba decírtelo. No voy sintiendo más el cuerpo ni nada. Extraño todo aquello que me recordaba que era tuya. Y no podía morirme todavía porque se despertaba de este lado, y del otro, un día diferente con más canciones y prendedores rojos en el pelo. El cielo se abría nuevamente y tenía, indiscutiblemente, que adorarte. Hacerte el amor. Leerte mi último escrito. Y no podía, carajo, no podía morirme todavía. [...]
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miércoles, 31 de julio de 2013
Noches como granos de arena, Sr. Aldiss.
Había algo perfectamente
claro; la historia tendría que comenzar de noche. La calle guardaría una
cotidianidad vaporosa en su humedad, habría silbidos, aroma a tabaco o almizcle.
Olores cuajados en la nariz de la gente haciéndolos respirar profundo o hacer
gestos; aspirar y cerrar los ojos. Abrirlos. Se escucharía a Hoagy Carmichael y su polvo de
estrellas. También se esbozarían saludos, como si la ciudad denotara un ir y
venir de los ritmos; allí todos conocemos nuestros nombres. Como si al vernos,
nos leyéramos en partituras previamente ensayadas. Tendríamos las escalas, y el
lenguaje. De este modo, seríamos amantes de una complicidad no pactada y
contemplaríamos la belleza sólo con el
hecho de comprar pan, té verde y cigarros. Aunque hayas dejado de fumar hace
meses. Sería por mera costumbre o pasión por la decadencia. Porque tu boca ya
aprendió a moverse de cierta forma, y tus dedos, y tu manera de caminar se
asegura en el ardor de cenizas. “Estoy esperando a que algo se queme dentro de
mí”, diría. Pedacitos del cuerpo esparcidos en ese curioso modus vivendi. Has logrado amarlo dentro del odio en su ejecución.
A reiterar el vaivén de las cosas y los actos. Una desesperación por intentar
la vida. Normalizar un poco, sentirse tan afuera y estar tan dentro. Y
viceversa.
En la historia habría
mujeres. El mundo sin mujeres no existe. Sería una sucesiva vivencia de
derrotas. Batallas de arena contra el tiempo. Espacios carentes de sílabas y
tejidos suaves de la carne. Existiría la hermosura del mundo sin decirla. Pero
ellas, estas mujeres, no tendrían nombre. No hay pronunciación en su
existencia.
La mirada hablaría
porque la boca no. Se limitaría a caminar mientras se hace del tránsito un
baile. Las aceras, las cortinas que se van cerrando. El sonido del claxon
porque ya son más de las siete. Apúrate,
ven, dile. Se dirigiría entre elevaciones y ruidos. El ruido siempre. No es
el del piano golpeando, no el saxofón, ni la guitarra. Hay crudeza en él.
Intensidades. También lamentos. Distintos en su primigenia, pero los logra
escuchar, puede mezclarlos. Rayan de la felicidad a la nada. De lo divertido al
hastío. Y algo quedaría en su oído, como ecos. Las últimas frases de la gente.
Adioses y buenas noches. O susurros casi “te espero en casa”, “no te voy a
besar”. Y eso la fascinaría. Casi podría verlos danzando al llegar a sus
departamentos y buscarse. Le encantaría el acecho de los amantes. Se haría
feliz con eso.
Observaría detenidamente
el sube y baja de los tonos. La percusión que suponen los pasos cuando sabe
subir escaleras. Buscaría las llaves que nunca encuentra con facilidad.
Entraría a su casa, saludaría al perro con un beso en la frente. Le diría
“amor” como signo de algo. Las historias de gente triste están muy trilladas
ya. Así que no sería ese el rostro de ella. Sería expectante. Siempre
expectante, como devorar el mundo desde las pupilas.
Tampoco habría hambre.
La gente dice que existe esa necesidad imperiosa de alimentar el cuerpo cuando
realmente, no es más que la idea de satisfacernos. Somos unos adictos a esos
placeres. Ella no tendría hambre esa noche. Para poner a trabajar la estufa
encendería un fósforo. El olor del agua caliente empezaría a llenar cada
habitación ¿se ha notado el aroma del agua hirviente? Se siente como la crudeza
invadiéndote el olfato. Como un olor que casi no es un olor, sino una
presencia. Prepararía el té. Viraría la
mirada a la cajetilla de tabaco sin abrir. Jugaría con las letras sobre el
empaque. El sonido del celofán que lo cubre hace una música callada. Un tierno
sonido de novedad y frescura. Pero la dejaría intacta. La colocaría en una
mesilla sin limpiar hace un par de días. Tendría que haber estos de comida
sobre esa mesa. Cuadernos, vasos, y un libro. Un bolígrafo de tinta negra. La
ventana de junto sería amplia y estaría siempre abierta. Las cortinas tendrían
un color oscuro para que el sol no entrara violentamente todos los días. Sólo una
habitación al fondo. Un baño pequeño e incómodo. La nevera color amarillo
pálido. Estarían pegados unos poemas allí, escritos a mano alzada, con borrones
de agua. Cada que pasara cerca de ellos, los acariciaría con la mano abierta.
Se iría desnudando a
media sala. Pasaría los dedos tibios por el filo de los muebles, rondando la
cocina. Libros apilados sin leer, porque sí. Así abandonamos lo que amamos.
Como un ejercicio de ruina y destierro sin motivos. Y el sonido de la soledad
en los cuartos, la búsqueda del perro hacia su mano, beber el té lentamente. Armarían
un escenario tal, que se quedaría el silencio resbalando finamente, como si no
quedara en el mundo más que esa habitación donde siempre hay una luz encendida.
Una cama individual donde a veces cabe ella, y el perro. Y hay un escritorio
donde se encentrarían cajas llenas de correspondencia. Perfumes y cremas de
tonos verdes. Todos a medio usar. Aún no llegaría a la habitación, es lejana y
prohibida por meros recuerdos.
A veces se llevaría los
dedos a la boca. Tiene ese rozar de las yemas como besarse a si misma con las
manos. Los labios serían suaves y color no sabes si carmín o amarillo. No sabes cómo no serían unos labios no suaves.
Dicen que son como acariciar las grietas en las manos o en las paredes. Te
murmuran derrumbes sostenidos. Ella pensaría en ese derrumbe, si pudiera, con
la continuidad del tacto hacia el cuello, el pecho, luego en retroceso a los
hombros y los ojos cerrados. Hablaría de una comunión entre cuerpo y mente o
simple deseo. Pero es una manera de sostenerse.
De aguantar en la caída. Como detener una fuga de si misma, para no caer
completamente todavía y sin indagar en el equilibrio. Lo supondrían sus manos.
Quizá sería nostalgia.
Esa fiebre de enfermo que surge cuando se comienza el juego del cabello sobre
la frente, y la respiración varía en cortarse o ya no tener más pulmones que
llenar. Su andar sería pausado y firme. Necesitaría llorar o sucumbir. Sucumbir
es morir un poco. Dejarse caer al suelo frío con el dramatismo de un chelo a
medianoche. Echarse así como flotando en el aire, entre el cuerpo y el piso.
Levitar allí en una tranquilidad acuosa. Sentiría que se hunde. Nadie iría a
salvarla. Aguantaría la respiración, y nadie le diría que existe a la par el
desplome y el vuelo. Y casi podríamos escuchar las explosiones de su corazón.
Son revoluciones milimétricas que van haciendo saltar el pecho, y la harían
continuamente hacer círculos con los dedos. Diría: “aquí comienzas tú”. Se
respondería “aquí termino yo”.
El perro se aburriría.
Intentaría revivirla a besos. No sabría desdecir las historias que le lame en
el oído. Entonces sonreiría, también, porque sí. Le halaría desde quién sabe
que sitio muy abajo, con los dientes, hasta que se encontrara otra vez. O
volviese a levitar pero dentro. Como si ella fuese un globo de helio, y él, un
niño. Aparentemente estarían ahí. Pero no. Ella navegaría entre intempestivas
mareas. Como buscando perderse en ese encanto de la noche. La noche que es un piano. Habría que correr sobre él a grandes
pasos. Sus piernas serían delgadas y ligeras. Él no la soltaría. Los
movimientos serían lentos. Su cabello volaría entre el viento y el agua. Sería
fría como la escarcha de invierno. Lucharía por alcanzar una ventana abierta. Y
sería casi un sueño tal espectáculo; no se podría imaginar el abismo cerrado de
su angustia. La humedad sería fina sobre su piel. El calor también se fugaría
por la ventana.
Afuera habría luces
naranjas como pequeños botones flotantes, jugando en su vida artificial.
Tiritan si así lo queremos. En los parpadeos de ella, permanecerían como
flashes diminutos. La noche continuaría su vida falaz más viva que antes. Se escucharían
los animales rondando como una vida salvaje que nunca descansa. Sin embargo
todo se asemeja a la mentira. Prevalecería un mutismo deforme. Como si ya nadie
existiera. Y queda el barullo de las ambulancias, las alarmas de autos, alguien
tocando una puerta que del otro lado nadie quiere abrir. Ese ruido prevalecería
mientras logra el aterrizaje.
Ya no se escucha más polvo de estrellas o clásicos norteamericanos
hace tiempo. Su cuerpo volvería cada vez a sí mismo y él la esperaría allí.
Casi riendo. Saltando a los signos de vida. Respiraría de nuevo entonces. Se
daría lentamente la vuelta para poder sentarse. Regresaría a ella misma casi
con un cansancio de guerras perdidas. Tocaría la pequeña cabeza del animal, lo
dejaría soltarla, se dejarían libres después del vuelo. Y dónde habría ido, se preguntarían. Aparecerían marcas en las
muñecas, a lo mejor de aferrarse en el vuelo. Cierto es, la intranquilidad de
la mente o lo contrario. La dejarían exhausta esas latitudes y habría que
buscar refugio en el calor, otra vez. El del cuerpo del perro o de los espacios
cerrados.
Podría ser que entonces se dirigiera a la
habitación. Los pies serían más presurosos, justo cuando sólo es correr a
los brazos tardíos de alguien que se espera hace siglos. Recogería aquella
cajetilla de cigarrillos, esta vez la abriría. Tomaría uno, se lo llevaría a la
boca pero no habría fuego que lo prenda. Esa sensación de humedecer la boquilla
la sentiríamos con un sabor a papel mientras se habla. La luz en el
cuarto continuaría encendida. De nuevo serían los devaneos de la cabeza y las
manos, tratando de poblarle la dermis de recientes caricias. La música se
intercambia por canciones de pena, casi serían un consuelo para acompañarla a
dormir. O el tacto. Como una bienvenida vienesa dentro de la habitación. Hay
momentos donde parecería infinita y azul, como un océano abierto. Llegaría a la
cama con el mareo, un retumbar de dolores en la sienes. Podrían observarse sus
gestos fúnebres fácilmente desde la puerta. Se cubriría el rostro con ambas
manos. Volvería la vista hacia aquella caja llena de cartas. Mantendría los
dedos buscando algo en específico, haciendo muecas al no encontrarlo. Y a veces
lo hallaría. Lo sabríamos por su faz de pronto, apacible. Contendría una
alegría que sólo sería comparable a una mirada. Esa dada a quien se le ha
extrañado mucho. Alzaría esas hojas de papel de colores más bien oscuros.
Amarillos ocres y marrón, también. Pero las llevaría hacia su pecho con extremo
cuidado. Sin ninguna intención de romperlas. Si no lo opuesto. La vida
pareciera írsele allí. En esos trozos de papel tostado por el tiempo.
Carecerían de suavidad a la vista. Los esparciría uno a uno sobre la cama, como
un lecho de letras. Ordenaría parsimoniosamente estos símbolos. Toda
continuidad es necesaria al dirigirse a su pasado. Que no pudiese buscarle más
que entre restos y ruinas. Recovecos fortuitos si se deja caer de una vez. Esta
ocasión sobre blancuras extremas, y una balsa. Se movería como un péndulo. Las
cartas harían de manto hasta que lograra dormir, venciéndose en el crepitar de
los sueños. El pequeño perro entraría a la habitación. Con calma y alivio. Se
quedaría a la orilla, en espera, en guardia. Valiente y siempre fiel compañero.
No le temerían al sueño porque es radiante. Lleno de humedad en las pestañas y
calidez. Tanta calidez como un beso de abuela. Y dormirían los dos. Bastaría
para dormir las demás cosas. La ciudad, el aire, la luz afuera. Los
aparatos domésticos parecerían por fin en hibernación. Las ventanas no serían
más que ventanas. Los autos más que autos aparcados junto a las banquetas, y
las palabras que ya quedan nada más formando tic tacs en los relojes.
Ella amanecería a la orilla de la cama.
Despertaría pensando que habrá un sonido especial cuando el autobús se
estacione. Cuando gire de tal forma para que ella no camine demás. Que debería
despertarse para ser escuchado. Qué existe para ser escuchado. Que hay una
flaqueza en los brazos porque todo sabe a nada a las seis. Y todo
pesaría, y no. A la vez no. Todo sería levedad como un parpadeo sobre los ojos.
También sería una sordera. Obviaríamos todo lo que ocurre alrededor y sólo
permanecerían los ruidos específicos que se inventan a esas horas. Sabes
esos ruidos; el rasgar de una uña, el goteo siempre tonto en el lavabo, cuando
amanece, el masticar de las cosas. El trago viajando en la garganta. La
enfermedad que crece dentro pero no se dice. Ya por la mañana, cuando todo
dolería de una forma distinta, habría que admitirlo. Siempre tendría el nombre
de una mujer colgando en la comisura de la boca. La enfermedad se llamaría “la
otra ella”. Escribiría en una hoja de papel:
Siempre es muy temprano para pensar en
ti. O muy tarde. Continuamente dejo de hacerlo. Pensar, digo. Tengo una
avalancha de ti, de mi sed de ti, de la conciencia inconforme. El amor siempre
me pareció demás a la hora de pensar en la vida. No tienen que ver aunque lo
tengan todo. Voy a corregir todos los escritos de una vez. Aún no me atrevo a
decirnos, todavía no me acostumbro a ocultarnos tampoco. Me harás falta a la
hora de corregirlos. Y de puntuarlos al final. Y desconcentrarlos en el medio.
Manchar las hojas con húmedos y filosos placeres. Hasta que todo no era más que
nosotras. La fiebre corrupta que es decir “nosotras”. La ignominia, el ardor,
las habitaciones con mares dentro. Las cortinas que describiste como “pulmones
de aire”. Nosotras. Ves, cómo amo ese pronombre. Cómo podría no amarlo.
Debo marcharme ahora. Tenía esta costumbre de
irme a otro lugar. El perro está bien. Sigo comprando cigarrillos. Me los llevo
a la boca por ansiedad. No te echo de menos pero, los vuelos son muy
solitarios. No sé si me explique. Es necesario que lo sepas, no estoy comiendo
bien y no sé si se relacione contigo. Ya deberías de saber que los recados son
algo escueto y yo siempre extendiéndome. Hablando demás. Me dejaste esta
terrible manía de contártelo todo. Adiós. Adiós ahora. Es tarde. Beso todas las
letras. Adiós. Adiós.
Dejaría el papel
dentro de la caja, sobre la mesilla, en la habitación donde siempre hay una luz
encendida. Se quedaría encogida de hombros observándolo un rato. Luego lo
sacaría. Lo pondría en la mesa donde no hubo hambre la noche anterior. Un vaso
transparente de vidrio, redondo y largo quedaría sobre él. Lo volvería a
observar, esta vez enchuecaría la boca como muestra de inseguridad y desdicha.
Esta vez, sí, desdicha. Se bañaría rápidamente pero sintiendo las temperaturas.
Atenta a los cambios a través del cuerpo. Son fragmentos quedándose muy fríos o
tibios. Y el jabón contaría espumas que dan mimos. Luego el agua otra vez. En
un limpiar continuo de cicatrices. Al salir sería ropa delgada.
Pocos colores, maquillaje ligero. Pero la boca muy roja. La boca sería siempre
muy roja. Tomaría la cabeza del perro entre sus manos. Muchas caricias a él.
Llenaría su tazón: agua y comida. Abandonaría la casa como otro acto de
desolación hasta que vuelva. Los ruidos de ahora serían diferentes.
Nadie te dice que la
luminosidad en un día entrante tiene un engranaje orquestal. Tienes que
aprenderlo. Los ritmos son más acelerados que antes. Y ella no se acostumbraría
a tal violencia en su ser taciturno. Pasarían minutos en pantallas grandes o
pequeñas. El sol haría su trazar de las horas. El día sólo tiene la asiduidad
del que lo intenta. Y ella no intentaría nada. Se dejaría estar y contar
esporas en el aire. Como pasar todo el día viajando en el auto. Y pensaríamos
que después de unos minutos algo extraordinario sucedería o ella muere. Pero la
muerte así, como si nada, como un acto ensayado, no tendría validez en esta
historia. En cambio, como a las diez de la mañana tendría una silla de oficina,
negra, acogedora, y giraría de vez en vez en ella. Con esa ininterrumpible
manía de mirar hacia el resplandor de una ventana amplia, y otra vez los ruidos, y la gente haría su danza
risueña frente a sus ojos.
Comería a las tres.
Sería un cliente frecuente de pequeños restaurantes con terraza y sillas blancas.
No nombraríamos su renuncia a los platos. Pero a veces el agua, el vino, el té
de las cuatro harían la avidez menos eminente. Los pies menudos de una chica se
quedarían estáticos frente a su mesa. Ella los podría mirar fijamente, sin
contar ninguna imperfección en sus zapatos planos y color marrón. Contemplaría
sin detenerse el movimiento abrupto de su cuerpo al sentarse frente a ella. Tal
vez le diría: sabía que estarías aquí.
Tal vez no le diría nada. Sólo estaría mirando con tremenda seriedad a su alrededor,
como quien no cree el tiempo ni el lugar donde se ha predestinado estar por fin,
de ese lado, sin espera, sin el frío. Algo
de mí sabía que vendrías, algún día; podría responderle.
-
Nunca te gustaron estos lugares
-
Pero a ti sí. A mi no, claro. Tienen
algo imperfecto, son comunes
-
Me gusta su cotidianidad, hay
encuentros furtivos, como este
-
Y, ¿hay besos allí?
-
Eso depende
-
¿De qué depende?
-
Si es de día o es de noche, la
calidad de la luz, la disponibilidad de los amantes...
La otra ella
bajaría el rostro hacia la mesa, y debería sonreír. No sé cómo decirte que te he echado de menos, sin decirte exactamente
eso. El diálogo seguiría un hilo delgado hacia los gestos nerviosos.
Comezón en la nuca, labios apretados. Los pies se moverían incesablemente.
-No lo digas, es decir, no tienes que decirlo. Hay guerras insalvables
- Pero quiero que lo sepas, ¿cómo lo llevas tú?
Su mirada se hundiría en
los vasos. Con una parálisis de los músculos, y una aceleración en los
sentidos. La mesa se haría más grande, la gente más escandalosa, ella más cerca
aún, más cerca. No sabría como responderle. Esa clase de eventos vertiginosos
que sólo tienen al perro de testigo. Decirlos o no decirlos. Pensaría: se
atreve a preguntar “cómo lo llevas”. Le contestaría “qué cinismo, mujer”. Qué
cinismo el tuyo.
- Lo siento, quizá lo preguntaba por cierta cortesía, aunque me interesa
más allá de eso. ¿Sabes?
- Escucha, no te voy a decir cómo lo llevo. “Hay guerras insalvables”,
ya lo sabías. Debes saber que te escribo, en ocasiones por las mañanas y de una
u otra forma por las noches. Sobre todo por las noches. Es como un desierto
estar allí. Un país lleno de ruinas cuando antes hubo agua dentro del fuego y
hay huellas de las olas en las orillas, en las entradas y las salidas de ese
lugar. Y duele verlas. Reconoces los objetos como vestigios. Esto también lo
es. Ya es casi un recuerdo hablarte así.
- Debería irme entonces, no irrumpir así, dejar que todo pase
- No, puedes quedarte, yo sólo dispongo de unos minutos más, también es
bueno saber que existes todavía
- Es que he pasado por el departamento… y tomé el recado…
- Son sólo costumbres
- Ya veo, me voy de cualquier modo, como al principio. No sé cómo
sonreírte más y demostrarte que me da gusto verte, debes de comer más. Hazlo
por favor.
Se iría apresuradamente
como lo había sido su llegada. Ese lapso de su conversación, sería seguido del
más hondo silencio de cafetería. Aquél de cuando todos se han ido. Y por
supuesto, todos querríamos salir de ese lugar dejándola. Esperaríamos a que
ella salga. La tarde se haría en pedazos porque no sabría si moverse o quedarse
allí sentada, estoica en su fatalidad elegida. Hay pérdidas insondables en la
promiscuidad diaria, el sueño abandonado e inocuo de pertenécele tanto a
alguien, que no te queda nada más que el panfleto a la salida para poder llorar.
Para recordar que se hace tarde. Y anochecería
en la ciudad otra vez. Le daríamos paso a la sombras, y a las cortinas
cerradas, a los gritos, los silbidos. Una canción de felicidad sonaría porque
te vuelves a casa. Ya no sé muy bien a
quién o qué nos recordaría. Pero, sí, supongo que la historia de mis noches
iría algo así, si la dejo, me deja o nos dejamos.
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sábado, 27 de julio de 2013
Entra. Ven. Apaga la luz.
| DV |
[A mi lector favorito]
"No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre,
que cada cosa cruel sea tú que vuelves..."
Julio Cortázar
Entra. Ven. Apaga la luz. No, mejor enciende la luz, y mírame. Imagina tu boca estrellándose cada vez sobre mí haciendo aberturas a carne viva. También es un espejo. A veces se puede ver el líquido que represento empezando a flotar. Mis palabras ya no le pertenecen a nadie. También imaginaste que todo eso sucedería. Todavía no escribo aquél libro donde hablo del amor como una teoría revolucionaria e inútil. Dime que me echas de menos, porque llegas a casa, y antes de los demás estoy yo, y después, y al partir al sueño acudes a esa parte de la vida donde ocurro; siempre son las mismas manías. Te relatan sobre alguien, en algún sitio, recordándote el salto que no te atreves a dar. No es demasiado; son relatos de piernas, piel, aroma a tabaco y vino tinto. No te comprendo ya ves, mantienes esta ilusión incomprensible. Esperas no sé qué cosa. Nadie me ama como tú, eso es seguro. He caminado por el barrio esta noche, hace tanto que no lo hacía. Visité personas para creer que pertenezco a u circulo social activo. Vimos televisión para enterarme que existe más estupidez. Cocinamos por aburrimiento. Me dieron de cenar para no recordar la orfandad. Reímos para no sentirnos muertos. Luego he vuelto con esta soledad de tierra . Mis perros me esperan, y no hay entonces más alegría que la de sus ojos caninos. Es un poco como la mía. Todo a punto de explotar en luces o instantes agónicos. Puede ser que trate de revivirlos si acudes tú. Me guardas el deseo y una mirada de consuelo que he olvidado lentamente. Fue como el deshielo. Poco a poco en un mar congelado fuimos ahogándonos, y ya inconsciente, todavía me dolía olvidarle. Hay dolores de esa naturaleza. Fueron muriendo como lo hace el mundo, las personas, las palabra. Cosas que no valen nada prevalecen. Pero ojalá todo desapareciera de una vez para no volver nunca a esta tierra. Ven. Estoy tan hecha pedazos. Exteriormente los hombres creen en la posibilidad de amarme. Pero es mentira. Calculo un par de años antes de que nuevamente me muera. Estoy metida en mí, como nerviosa, como soluble. Y tú no vienes. De cierto y casi rogando que sea mentira, no llegas, no vienes. Me sudan las manos y el cuerpo entero. Me duelen los dedos y la sal de las lagrimas porque ya no lloro. Ha sido una guerra interminable contra el mar, y su duelo de aire. [...]
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Electricidad y cenizas,
Strange to meet you,
Summer Waltz
viernes, 19 de julio de 2013
jueves, 18 de julio de 2013
Summer in the city
- Tu t’accroches á des histories – dice Crevel-. Tu
étreins des mots...
-
No, viejo, eso se hace más bien del
otro lado del mar, que no conocés. Hace rato que no me acuesto con las
palabras. Las sigo usando, como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo
antes de ponérmelas.
Rayuela, Julio Cortázar.
Creo en la
posibilidad del encanto, y en la rapidez de estas horas. La vida continúa de
maneras imperceptibles durante 10,080 minutos humanos. El
verano nos alcanzó de una forma impresionante. A veces era un giro. Una pirueta
de color anís o rojo para tocarte la
mejilla. A veces era él. O ella. Él que te tomaba de la mano, pero
no te besaba. Ella que te tomaba de
la mano para no perderte en la noche, así como si nada. Nos hemos perdido, sin
embargo en el olor de las calles, de un profundo color ocre. Respirar una y
otra vez la gracia de estar vivos. Con todos estos sentimientos atravesándote
los ojos como espadas finas, o la luz, un frío perpetuo en el aire. A veces no
sabían ni de lo que hablaba. Supongo que he perdido lentamente la capacidad
verbal para seducir o pedir direcciones. Pero luego llegaba la noche otra vez y
ya, con todas estas imágenes podíamos apropiarnos de todo. Y ya como la
sensación del beso estaba cerca, y ya como nada importaba –ni importa ahora- dejábamos
que ocurriera la vida. Las noches de
verano que son tan un hombre que quiere llamarte al otro día. Aunque no lo
hace. Ni lo hará. O su voz diciéndote “me gustas mucho, muchísimo” cuando te
besa el pecho sigilosamente, y estás sobre él. La expresión de su cuerpo,
inflamada, para recibirte en su vida.
Supongo que vamos por los bares con un hambre perpetua o con esa soledad
marcada en la frente. Al final de la noche te intentan convencer “no lo
olvido”, “a mí si me importa”, “cuándo vuelves”, “te voy a esperar”. Luego,
sucede el tiempo y no suena el teléfono. De igual manera existen los que sí te
llaman. Le diste un beso lento pero a través de las manos en aquél vagón de
tren. El no te olvida. El no. Tampoco olvidas la gabardina o el aroma de los
brazos. Su deseo en escaparates de hotel. Café o vino. Librerías. Avenidas. Cigarrillos,
siempre, nocturnos. Mientras, todo sucede en una de las ciudades más grandes
del mundo. Pero también es la dulzura de enseñarle que existen momentos rotos
que nadie puede armarte, ni para hacerte sonreír de veras. Hay esa gente que
tiene que olvidarte porque no tiene de otra. Las hay. Les hay también quienes
todavía te buscan en una canción o un libro grande y blanco. En un boleto del
subterráneo o quizá, en esas huellas de las copas de vino que dejamos allí. Algún día estaremos en el mismo lugar, y
entonces, tal vez. Alguien dibujará nuestros rostros, será verano por
supuesto. Hará con sus dedos, flores, que bien podrías comerte y luego
trasvasar a mi boca; su textura es como la de un pastel de fresas derretidas.
Creo en ese impulso apenas, se desprende de las palpitaciones y parpadeos de
farolas naranjas. La ciudad llena así, para ambos. El baño, la sala, la
habitación que estaba repleta y todos viendo el espectáculo de encontrarnos. Lo
poco que ya echaba de menos conocerte. Estar allí. Haciendo pedazos su
existencia. La tuya, la de ella, la
de todos. No sé bien porque repetirlo. Tiene un sabor a menta o a hornos
caseros, con ese calor. Perfumes de diseñador. Aparatos tecnológicos por el
suelo. Humedad a medias en las piernas. Creo en todo lo que me han dicho los
adultos. Pocas cosas hay como ser joven o poeta. Desarmar a los hombres y a las
mujeres. La voluptuosidad del verano en la boca, ¿recuerdas? Ya de mí no recuerdas
nada, seguro. Ni la cadencia de mis labios, las palabras puntiagudas o la famélica tristeza de mi cuerpo. Es todo muy lo mismo. Ojala todos hubiesen
sido menos amables. Creo que ya me odiabas antes de soltarme. Todavía recuerdo sus manos en los
bolsillos saliendo del edificio, y no decirle ni adiós.
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Cabaretito,
Dinámicas inofensivas del silencio,
Electricidad y cenizas,
La vida contigo y sin ti*,
Verano
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