lunes, 29 de agosto de 2011

"Hello, My love"




No. Tú estás aquí. Hay algo que prevalece en tu resistencia. La mirada del tango  que no te he dado, mi cintura apenas, rodando por el piso. Hay algo tuyo entre estas piernas, ya es hablar demás. Pero sí, prevaleces. Como si fuese un frío que entra en la planta del pie izquierdo. Estás. Es como decir: hay pequeños pasos impronunciables en mi cadera. Decir otra vez: Sí, prevaleces. Se me rompe la piel sobre la espalda y maldigo mis excesos. Y es poco, ya ves. La habitación es pequeña. Hay agua en los vasos y en las rodillas. Los días continúan inevitablemente su don de fluir entre las cosas. Tengo cierto plan, y unas zapatillas azules que no voy a presentarte. Quedaran casi tristes debajo de la cama. Pero la verdad es que, envuelvo la pintura con mis manos, como dando una forma a una anatomía que aun no aprendo a descifrar, y se derrite entre mis dedos.  Hay gravedad en los líquidos. Inflamaciones oscuras y delicadezas sombrías. No. No tú no estás aquí. Estás en algún sitio bajo barrotes. Estás como palpitando y dando balazos a los muros que, aun no te destruyes. Pero sí, es que no hay soledad ni tristeza. Hay tragos resbalando por la garganta y frío. Un frío, no sé si tenga que ver contigo. La verdad lo dudo. Contigo vienen los sonoros desastres que no recorro, más bien por decencia. Cuando lo hago es realmente por dulzura. Y no. No. Es un rehilete que se convierte en vórtice que me pronuncia despacio. Todavía no lo reconoces.  Aprendes a pasos diminutos porque las palabras así lo requieren.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------Y estás aquí.

Estás contando los relieves de una cara que no has besado lo suficiente. Aun. Y hay devaneos que adormecen al final. Ya te lo explico. Es revivir un poco entre movimientos incomprensibles a nuestros cuerpos. Hay algo que prevalece a la medida de la madrugada. La verdad es que al despertar, el temblor es lento. Que ahora queda estar con el cigarro entre los labios, como un adiós, con una sonrisa resbalándose a arañazos de la boca. 

martes, 23 de agosto de 2011

Lenta la noche II





Ya sé que te dejo así, ya lo sé. Estabas esperando la caída y no fui más que delirantes subidas desde un abismo. Y lo contrario. Me callaba -a momentos- suspirabas -a momentos-. Todo se disfraza de azul. Un azul nuevo que no comprendemos. Agua entre los muslos, y mi voz, que si no me dices te juro que sé que la amas. Mira, la gente piensa a veces en  nosotros y se masturba (la mente al menos) esto te lo digo bajito en el oído, y sonrío. Inevitablemente. Hay esa música. Las voces graves de nuestros artísticos ombligos entre la sombra, y la luz pese nuestra oscuridad, de las botellas de cristal fundido a no sé que cantidad estratosférica de grados Celsius.  

                                                      [Este dato técnico te fascina y lo escribes en un cuadernillo cualquiera. Pero intento regalarte mis rodillas]

Y tú no me creías. Pero haces tu guerra deforme. Huyes cuando faltan veinte minutos para las nueve. No me crees que por las noches me peino y me visto para no sé que fronteras divisorias, como debajo del mar, como danzando bajo del mar con interesantes obsesiones por la arena. Llegar al fondo así. Estamos sopesando profundidades extremas. Sin embargo preguntas, supones, que la medida de la estancia infiere en si tengo la fuerza suficiente en los ojos para verte aun de madrugada. ¡Ah cariño! esto es tan lento. El delirio de las dentelladas al aire, que me quedo quieta. Y yo, que casi apuesto tu llegada y tu venida. Abro las ventanas y las puertas. Me vuelvo más yo, como hace años. No te lo sé explicar. Levanto especulaciones falaces. Y bailo con una copa antes de aterrizar en la cama, tú me conoces el cabello suelto a medio lavar, jugándote en la cara hasta que te rindes al terrible y estrepitoso salvajismo de mis manos. Que te dejan así, como si nada.




viernes, 19 de agosto de 2011

Habrá de ser un tango nuestra herida*


Quería decirte algo -que no se te olvide- y te haga caer
 muy
                    len ta mente
                                            en


                                                       el
                                                                 suelo. Tengo los ojos irritados, limitados y empieza a darme mi dolor. Y calor e inocencia. Una guitarra suena, y no recordaba la cartera detrás de mi pantalón. Ni los cigarros. Tampoco esas depresiones de mi madre, pero no sé, no sé cómo decírtelo todo junto, en una sola palabra que no olvides nunca. Así, para que me lleves contigo antes de que nos comience a dar sueño y aquél apetito feroz. De las cosas que no hacemos, y no haremos nunca. Debo comprender la intoxicación que nos enaltece, y que si nos descuidamos, nos nubla. Debo comprender el silencio después de las notorias muertes que se observan en las esquinas ¿las notaste? Cada esquina es una muerte y más si observas quien las habita.

                                                                            .  .  .
Los acordes se hacen casi tristes. Pero es como quien comienza a acechar, y el otro no se da cuenta. No se da cuenta, de los mínimos movimientos con las manos, y los grandes con la boca. O el cabello. No reconozco esto. Son los ojos, y las no palabras. Las no palabras underneth it all, una canción impronunciable cuando todas las luces se apagan. Y ya, comienzo a cerrar todas las puertas. Me queda el té y los cigarrillos. Me quedo allí como ferviente al corte fino de tu sombra. Y que no puedes conmigo, no puedes. En vano te busco hirviente entre la gente. Cuántos poemas se han hecho sobre eso, ya ves. Pero no tengo suficiente perfección para asesinarte ahora. Es como decirte que me juego la vida intentándolo. Que tengo miedo de esta edad en la que no te veo, y a mí los ojos se me caen de las ganas.  Es este radicalismo en las canciones. Dolorosas todas, de mujeres todas. Y sin hablar con tanta gente, está ese ruido…como tambores, como sollozos de mi país que tanto hemos amado.

                                                                              .   .   . 
 Al final quedan mis cuadros en su mutismo febril. Mis ojos no están, no existen, las personas no dicen adiós. Todo se vuelve mentira, y todo se vuelve realidad dentro de mis sabanas; y el calor de un cuerpo pequeño, que casi, casi me posee. Está allí, tibio, rozando mis piernas. Y quería decirte algo, principalmente, que te doliese de tal forma que volvieras a mí por los recuerdos. Que no pudieses regresar tan cerca de ti; llegar con mi voz aproximándose a tu espíritu, que no pudieses regresar a ti, a pesar de que todas las veces que te dejo libre
después de las tormentas.  

viernes, 12 de agosto de 2011

- fur rial-


A alguien le contabas que yo era irreal. No sé muy bien a quién pero lo hacías. Por eso te dejé una nota muy simple debajo de ese cenicero: estoy triste. Así, “estoy triste”, “e s t o y”, pero no estoy, la verdad no estoy. Y si estoy, es triste. Mis ojos se cansan de ver hacia todos lados y nada. Escucho muchos waltz a esta hora. Algo le falta a mi habitación, la veo tan vacía. Los cuadros de Vincent y Matisse parecen caerse de las paredes, así sin entenderlo. Y tengo hambre. Soledad y hambre, y frío. Pero no quiero decir tu nombre, ni en la nota he firmado con el mío. Hay mucho silencio embadurnado a mi piel. Creo que voy a dormirme. Necesito a mi séquito de amigos, o aquél que dices que existen sólo para velar nuestro sueño. Necesito que llegues, hace tanto tiempo que no pronunciaba esas palabras en ningún idioma familiar. Necesito que vengas. Estoy quedándome sin fuerzas. Completamente irreal. Esto no soy yo. Es que no soy nada. Y lo soy todo. Voy a contar hasta díez, hasta que me lo creas…un, deux, trois… y todo esto sucede aunque no me lo creas.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Sin hacerlo


Te voy a flagelar con un tipo de indiferencia que no has escuchado jamás. Mira, estos juegos son así, permíteme aclararte. Hay algo acerca de la majestuosidad de la música en ello, pero es que es todo arte. Hablo de arte como su tuviese puta idea, pero la verdad…es que no. La verdad que a lo mejor sólo sé traducir algunos sentimientos, algunas fotografías también. Algunos momentos en los que rozo mi piel con cualquiera y luego voy corriendo a lavarme. La verdad que no sé mucho de nada. De todo te hablo pero no sé nada. Y estoy harta de la gente que llega a decirte lo genial que puedes ser y una sólo quiere matarlos a todos. Hay sentimientos así, tú al igual que yo los conoces. Luego estamos dentro de los objetos, y muy frecuentemente esos objetos eran unas copas o un cuchillo. Me trasladaban allí, son indecencias muy mías. Luego solamente era tristeza de un instrumento arcaico, pueblos milenarios que no voy a comprender jamás y también una orquesta sinfónica. Te confunden con eso, sucede que te confunden. Y te haces muy grande o pequeña y temblorosa. Alguien desea venir a cuidarte. Pero tú anotas en un cuaderno viejo: encierra todo en esta hoja. Lo iluminado, lo mágico, las canciones de cuna. Los días cuando la nada ocupa sin espacio los lugares. Los cigarrillos que saciaban el hambre a los diecinueve. Pero al final conocíamos los atajos pertinentes para escaparnos sin llegar al telón. Es un escenario, Shakespeare decía (o es me parece) que la vida era un escenario. Y en estas noches modernas de mi edad veintitrés, colocamos parsimoniosamente todo en sitio de penumbra y luz. La música es sexual hasta los huesos, la amo sin medida, pero pertenezco a mundo donde me interesa que vengas, que venga, que todo venga para marcharme al minuto después. Ves, es lo que te explico, voy a tomarte unos segundos para pensarlo detenidamente. Los sonidos nos gustaran, mis sollozos te gustaran, y cada una de las vidas que voy a destajarte. Así, voy a verte, así desde lejos. Dime, ¿lo comprendes?, no sé muy bien cómo nos llamamos. Traté de esquematizártelo todo. Habemos gentes que llegamos para habitar donde tú no conocías. Tengo la hostilidad de un ser que distingue soledades y juegos pirotécnicos. Excesos y virtudes de folklores, placeres insaciables que te hieren mejor. Ay, casi me sucede extrañarte cuando menciono todas estas cosas. Sin hacerlo.

domingo, 7 de agosto de 2011

People you have been with


Agosto tiene un ritmo agitado e irreal. Los ojos duelen tanto que el sol y el aire traspasan la cortina a cualquier hora, y en la tarde. Y en la noche con lunas que nunca vemos, hiere de igual forma cuando si acaso sobreviven las luces de madrugada. Ya ves, te lo dije: Mi cuerpo consiste en mareas implacables que no comprendes un día domingo. También en callar, callar, sobre todo. No voy a decir nada demasiado formal. Ni continúo. El mes comienza y termina contigo o conmigo. Cómo explicarlo. Las situaciones son así si juegas con ellas y no puedes levantar su desastre. Decirte: voy a bajar a cenar. Que hay segundos que te pertenecen y de pronto dejan de existir; como tú dejas de hacerlo, todo, con extrema frialdad que ni yo entiendo. Decirte también “la voz me arde”, “hace calor”, “debo irme”. Girar rápidamente en la esquina, saludar a un anciano, sonreírle. Confesar que en realidad tengo poca paciencia con los niños. Ya ves, todo era verdad. Pero me deletrean a g o s t o, le explico a alguien que es también una película: Anthony Hopkins, y una actriz rubia de la cual nunca aprendí el nombre.  La vida de campo que va tan bien conmigo pero que no alcanzo a elegir o pude elegir un día. Y no sé. Aun con eso, hay ciertas flagelaciones pausadas. Pero seguimos. Nadie lo comprende, y tienes la sutileza de contarme cómo suceden estas cosas. Y tengo palabras y canciones que nadie te dará nunca. Música de bares inhabitables and I will kiss you again,  por si acaso. Dentro de la casa, en el pasillo, afuera, sobre el baúl. Todo ese montón de promesas. La gente se asombra. Nos preguntan y piden sinceridad como si tuviese que darles respuestas. Me dan su mano, horrorizada me escondo tras cualquier poste. La ciudad es grande, y es chica. Tan chica que a veces cabe entre mis pechos y se agita al compás del verano de agosto. Tú sabes, no me conoces, esto no ha sucedido todavía.  Por eso todo gira en un espiral y en vértigo, sopesamos la idea de repetir, de repetirnos. Como si fuese cierto el calor que nos invade.   

 

viernes, 5 de agosto de 2011

Lenta la noche I




Mentir un día. Mentir cualquier día. Mentir porque puedes, porque de pronto “así como si nada”, puedes destruirle la vida a dos o más personas. Y cada una, en todo caso, te sugiere vidas diferentes. Amores diferentes, besos diferentes, muertes sobre todo, distintas. Distintas a todo lo anterior. Y reconciliaciones imposibles, porque claro, no las quieres. Pero están todos los objetos allí, en las repisas, como hablándote y preguntándote “¿qué vas a hacer?” y no decir nada. Eres mayormente imaginario. Vamos, esto de ser mío o mía, duele. Eso yo lo sé. No tienes que repetírmelo cuando cierro la ventana porque nos escuchan. Porque las cosas corren despavoridas entre los muros huyendo de nuestro placer desdichado. Ese, de desdecirnos a todas horas. De no pertenecernos o que me pertenezcas tanto que ya no sabes tu nombre. Pero da igual, da igual, te digo. Porque puedo poner a Debussy y todo se calma. El filo de mis labios o la punta de mis dedos, quietos, y fuera de lugar. Mis pies, los pasos. Un silencio que no podemos esconder debajo de las luces cuando ya no parpadean en nuestros ojos. ¿Sabes cómo? Reconocer y desconocer. Esta indecencia mía y tu reflejo nulo. Ves, todo se calma. Es como llevarte entre los brazos y quedarse allí. Casi dormidos. Tener lentitudes impalpables mientras decimos adiós, y hablar demás y menos. Los ojos como descifrando verdades. Y vuelves a ser de ti. Yo intento dejarte libre. Claro que sigo inventando cosas sobre mi genial sensibilidad o los sueños. O las manos cuando se cuartean de tanto acariciarlas. Mentirte en ellas, dejarme ir también en ellas. (Etcétera).

miércoles, 3 de agosto de 2011

De cuando todo es el Adagio for Strings




Sí, hoy todo es Samuel Barber y su Adagio for strings, y no sé, quizá hasta la brecha se tiña de blanco.

domingo, 31 de julio de 2011

How insensitive*


Estoy comiendo con mi madre, un restaurante muy snob a veces, y me dice: tú y ella son una mentira. Hemos bebido cerveza, yo ensalada de espinacas (?), ella comida tan mexicana que es sobre todo el color rojo del picante. Me dice que me hago cada vez más guapa, que los veintitrés me sientan demasiado bien. Y que no tome demasiada cerveza. No, no demasiado mi amor, nunca. Pero luego comienza a decirme: esa, tu amiga, esa tu jefa. Etcétera. El estómago te sangraba hace una semana, vamos, vamos, no bebas demás. Pero ella bebe demás siempre dándome el mejor ejemplo. Estamos cansadas, vieja. Lo estamos. Qué más da el dinero. Hay días donde lo Waltz te brota del cuerpo y te explota la cabeza. Y no puedes hacer mucho contra ello. Siempre están las paredes y la gente que quiere besarte y poseerte. “Que mi principal interés era dejarte sin habla”, y lo he logrado varias veces. Eso dicen, y te da mucha risa. Ella sigue bebiendo. Sólo me faltaría oscuridad y luces naranjas alrededor. Habría perfección inhumana. También me hace falta tiempo. Del tiempo que puedes gastar en hedonismo como antes lo hacíamos. También me hacen falta unos labios rojos y dulces. O con sabor a tabaco y ya. Se lo cuento y sonríe. Suena una canción a lo lejos. Es sombra. Casi como la penumbra de los minutos ausentes. Pero ella está allí. Y me basta. Tiene una voz madura que intenta calmarte. Entiende dulcemente la calidad del tiempo que nos hace reír el domingo por la tarde. No hay silencios suficientes para llenarnos la euforia. Ni para vaciarla. Tengo cansancio mamá, tengo. Todo se vuelve un gritillo desesperado que se va cayendo. La mesera es amable, decimos. Como si no pudiésemos, nos sirve en los tarros, a mí que no me gustan. Luego con una pequeña seña le indico que no, a mí me gusta beber de la botella, se sonroja, se va. Luego vuelve. Casi ruego por una mano que recoja la tempestad de mis dedos. Pero ella y yo seguimos hablando; mira, tú y yo somos iguales hija, al final nos quedaremos solas. Y me duele un poco lo que dice, como desapareciendo el domingo tal cortina del día. Como pidiendo perdón y no ser perdonado. Ah, hay algo incompleto en estos asuntos. Una infelicidad. Una infelicidad pequeña que se nubla entre mis piernas. Y pareces otra persona. Eres otra persona. Te debilitas. Eres débil ya cuando asumes que las cervezas oscuras te han llegado a las sienes. No sabes como contestarle. Creo le digo algo como “no sé, pero no existe algo más parecido a la perfección, madre”. Pero se ríe, se burla, hiere como es costumbre. Y en el último trago asumir que sin lugar a dudas ella está también allí, poseyéndote perpetuamente. Como en el principio de las cosas. 



viernes, 29 de julio de 2011

Quien escribe una carta al amor en la moleskine


Te confieso, ansiosamente, que anhelo quedarme en casa  todo el día, y besarte los ojos. Como el verano pasado. Yo te descubría. Me trasladaba. Me quedaba en trance contigo, y aun. Antes el color verde y amarillo. Diez minutos más, y mis distracciones. Ahora el frío azul o el violeta. El silencio que aprendías, lo memorizabas. Contábamos siete veces siete hasta que hablaba otra vez y comenzabas a amarme menos, y más. Ahora gritar ‘te extraño’. Y hay una tranquilidad de saberte allí entre las horas. Diciéndote que echo de menos las banquetas donde solía escribir. Que extraño mucho perderme sin dinero en los bolsillos. El amor que me flagela a todas horas. Incertidumbre de música sin letras cosquilleando en los ojos y las orejas. Desear definitivamente eso. Cualquier niño llegaba, me pateaba los zapatos despacio preguntando: qué haces con ese cuadernillo. Yo decir; es solamente algo que hago. Y los encuentros furtivos. Y los amantes asesinos. La dureza de amanecer. Que tu presencia me dicte los pasos siguientes o la estabilidad del estoicismo. El verano pasado estaba con Isabel, cocinábamos canciones, un tiempo. Me emborrachaba en casa de los tíos y comía pescado cerca del mar. Luego tú me llamabas. Luego tú aparecías. Echo de menos mi vida de niña, amor. Ahora uso uniforme y tengo dinero para vino del caro, sigo comprando del barato igual. Tengo las enfermedades del adulto que no duerme y se preocupa. Nunca me había dado tanto asco mi manera de vivir. Pero la gente me mira, y me dice “tienes veinte minutos”. O hay hombres de distintas nacionalidades diciéndome “te quiero hacer el amor”. No les digo que quiero hacerlo sólo contigo como sólo tú y yo sabemos hacerlo. Que mis manos te buscan de tal forma que únicamente pueden apretarme los muslos a las doce con treinta de la noche.  Esperando el invierno. 

jueves, 21 de julio de 2011

Y un cello en la mañana



He repetido tus pasos y tu voz, dos veces, y eran las diez de la mañana. Las piernas continuaban con una flaqueza de tacones indiscutibles, y los pies como dices “tan pequeños”, recordando lo doloroso de no sernos, de no sabernos tan bien. Y de no estar. Que podríamos decir que adivinamos los saltos diariamente. Aun así conocernos, nada, de sernos nada. Acomodarnos por ahí a la vuelta de la esquina y toparnos con el gesto aquél, de las manos en los bolsillos. Y mi incomodidad. Y mi tristeza musical,  perpetua que nadie comprende. Y la indiferencia que no amo ni amaré nunca, grábatelo bien. Ya sé que no tengo que repetírtelo. Ya sé, que todo esto que nos nombran al anochecer, esto sugerido por los demás, no logra cristalizarse. Tengo deseos cautivos debajo de la lengua. Un sentimiento perdido, que no cesa de parpadear sobre todo, en los semáforos por las mañanas. Y todos te nombran con esa delicadeza que ya no padezco. Nadie me ha reconocido con esta desilusión de tus brazos cayéndose de la mesa. Arrastrándose por los muros.  He repetido tus pasos a manera de solidaridad con mis impulsos. Una melodía sigue sonando cuando duermo y me duelen los huesos si abro los ojos y los cierro, y no estás, y no te encuentro. Con una incógnita entre los dedos y la boca. Para decirme que el café ya está puesto, y que debo irme a trabajar.



lunes, 11 de julio de 2011

Normal y noche



Normal que quieras irte, normal que quieras volver. Normal que llegues a casa, me mires [las piernas primero] es normal. Ese gesto tuyo, el brazo que se estira, la palma de tu mano empujándome hacia una pared. Que me coma el vértigo, que te coma a ti.  Que así, como si nada, me muerdas el hombro donde tengo el lunar pequeñito. Una canción de Patrick Watson que me hace llorar cuando bailamos. Es normal que suceda tan rápido mi voz que no se detiene, no se detiene, lo sabes. Es un tren de furia resbalándose en tu cara. Voy a herirte, así, así, voy a herirte con cada susurro. Pero igual escuchas, igual abres los ojos y la boca, y los oídos como si pudiesen notar que se abren cuando hablo. Como si pudiésemos notar el cambio de la risa cuando se trata de nosotras, como si todo lo que se hace es para nosotras e igual mi manera de no verte o mi silencio acurrucándose en cualquier lugar de tu vientre. Es normal, es simple, es discreto. Preciso, perfecto, angular. Y te acuestas y me dices que tienes miedo. Yo, que en estos juegos puedes salir llorando y es mejor que desistas. Y es normal que me toques los labios, que rápidamente te separes de mí. La noche llega danzando con las piruetas de tu estela roja. Yo pensando en que me digas que te vas, pero que te quedas, te quedas.

domingo, 10 de julio de 2011

[ del parpadeo 23 y las luces ]


Tener veintitrés de pronto, y una caja blanca donde encerrar las luces. Las manos, sus manos, las manos de otro, de otra, de la complejidad oblicua que significa estar aquí. Estar aquí, del otro lado, contar protuberancias y huellas dactilares. Líneas azules,  piedras en el asfalto, tres correcciones: me-importa-poco. Respirar. Decimos; respiramos como hablamos, como amamos, y cuento minutos también en el espacio de la boca. El aire, nulo aire, la comprensión de marcharnos bajo siete luces que no brillan a las siete de la mañana, sino están allí. Quietas. Indecibles. Paralelas al piso, un piso que no se mueve, crescendo en los roces y elevaciones. Pero el piso no se mueve. Tampoco hablamos de elevaciones, no le hablé de elevaciones, no hablamos de la diminuta fuerza que ejercen dos cuerpos cuando explotan uno sobre otro o bajo del otro. Y está muy mal. Y está muy bien. Todo está como puesto y sostenido de extremo a extremo. Pensamos, conocemos el lugar, conocemos los pasos. Ochenta y cuatro de la puerta a la cuadra que sigue. Pensamos en las monedas, en la exactitud, en volver a casa. Distancias corruptas. O decimos corruptas porque te llama un taxi por si acaso te dedicas a otras cosas, además de escribir, pero por las noches. Algo más adecuado. Algo más como ella. Pero no lo sabemos. Te lo propusieron tres veces en un lapso de cinco horas. Pero todo es pequeño, todo se vuelve pequeño. Se cierra. Como los ojos se cierran y la mente, los pensamientos, las palabras. Encerramos palabras. Las incendiamos. Luego las colocamos en cierto orden para que duelan. Y no dejarlas que cumplan veintitrés, nunca. Para ser bebidas despacio como los besos, y morir, inevitablemente después.



miércoles, 6 de julio de 2011

Mareos y latitudes



Ella escribe en la pared: lo que se resuma a ti. O algo parecido. Yo le hablo de mareos y latitudes y un incienso que he olvidado en la tienda de junto. Los vestidos de encaje, mis brazos, la sintonía de las mareas. Comprende que tiene que detenerse allí; la hora es perfecta para tres besos. Y que también, son muy diminutos. Me dice: entiendo que debo dejarte. Yo comprender que debe dejarme, y muchas veces la palabra No con dos pasos hacia atrás y luego hacia delante. También sé que tu vida, la real, es otra. También reírse en su cara cuando me predica esto, que no entiende, no lo sabe. También tocarla, también obligarla a que entre despacio a la habitación, susurrarle mientras le muerdes la oreja: sé de igual forma, esto no quieres hacerlo... y se marea. Te toma del brazo, se sostiene de tu cintura, cierra los ojos, abre la boca. Put me down, put me down. Hay vocablos que siempre repite –al igual que yo—y no comprenderlo. La inutilidad se le desarma. Continúa su delicada manera de hablar entre dientes, a veces provocando con la lengua. La lengua filosa deletreando la embriaguez de los sentimientos. Y también me mareo, también le digo al piso que nos merecemos una tregua. Además de la sutil aspereza de las paredes, su frialdad, el color fuerte que te empuja hacia ellas. Coloca de nuevo una pintura blanca con la que dibuja una línea vertical, no me lo dice, pero entiendo que quiere decir: nos hemos perdido.  Verle para volver. Volver para verle. 

Y besarle los pies, siempre de manera sumisa. 

 

domingo, 3 de julio de 2011

If we go out tonight




Hay una dulzura en el viento, como si todo se fuese a caer sobre cristales de frutas, y no hay mucho más que eso, no hay nada más que eso; no hay nada más que tú y algunos sonidos debajo de la cama. Y nos asustan. Pero los ignoramos. Escondí una tristeza allí. A nadie se lo he dicho, a nadie se lo diré. Ni siquiera a ella, que me sabe tanto. A lo mejor lo grito en un caracol, encierro allí ese penoso deseo inconfundible. Como hacían en las piedras según lo contaban en una película de Wong Kar Wai. Según nosotras, y nuestra filosofía de mañanas lacrimosas, no sé ¿ya te lo he contado? Me encerraban por días y noches. Cómo decírtelo. Todo se resumía a llanto, a mis piernas desnudas, casi siempre. Lloraba al amanecer y en las noches. Estaban las luces pequeñas a quienes les encargaron mis padres, rezaran por mí. Este sentimiento me era insoportable. Recuerdo su movimiento una noche que me estiraba la piel de pensarle. Bajo las sabanas, dentro de las sabanas, debajo de la carne, todo se estremecía. Estaba esa desnudez del cuello que pocos me conocen. Las esporas en el aire se partían. Una fotografía de Enrique Bostelmann no publicada más que en revistas, y mis sueños, embadurnados de opio. Escribía con una oración constante debajo de los muros. Arañaba los muros. Y la brecha de frente. Erizaba los vellos de los brazos, y la noche. La noche sobre todo. Siempre. Luego las luces otra vez. Devaneos inusitados cuando parpadeaban sus ojos, inocencia mía que nadie volverá a pronunciar y determinados murmullos, que me agrietaban las líneas de las manos. So long. Un abrazo que no se terminó nunca. Uno que no termina nunca. Sé, que vas a latir de cuerpo y espíritu cuando esto suceda. Que me llamarás una y otra vez, pidiendo exactamente lo que te di: nada. Pero nada, para que nos dure. Así mis manos te contaran de lo que no han hecho todavía. Tendríamos que llorarlo mucho, sufrirlo mucho, aun. Aun. La palabra incompleta que siempre escribo. Él ya no volvió por más semicorcheas. Y tú, y tú, y tú...

Se cierra el mundo cuando te marchas. Destruyes el universo cuando te marchas.





Foto: Enrique Bostelmann 

lunes, 27 de junio de 2011

Dibuje una risa ici


Me explicaban tu risa con un baile tranquilo, ciertas páginas de libros muy salvajes, unos tobillos débiles jugueteando con las cortinas. Todo eso un sábado temprano, hacía frío. Sentir me dolía. Pero demás. Nadie acariciaba mi nariz ni me daba esperanzas. Me explicaban tu risa; luego una mujer llegaba. Me llenaba de preguntas; decía así: si me pudieran definir tu personalidad, ¿qué me dirían? “te dirían que soy muy cruel”, y ¿es cierto?, “claro”. Pero me sentaba e imaginaba una pared amarilla -ahora la tengo- y ella como todos se marchó. Ahora tengo mi pared amarilla y he colgado un Van Gogh, que bien podría ser lo mismo que mi habitación en el cuadro, y visceversa. Esa mujer dijo palabrotas y las guardó en una caja. Supongo que a veces, me recuerda como a las más finas cosas. Y ya con los planos urgentes, esos que indicaban los indicios de tu boca, me quedaba muy quieta. Había una mezcla de manos en mi cara. Unas intentaban sacarme sonrisas que nunca quise dar, amargaban la noche, jugaban con mi cabello –a enredarlo- eran pequeños monstruos. Era ese montón de sentimientos atragantando el ruido. Mi garganta reconocía el sabor, pero no hablaba. Me explicaban tu risa, y soñaba llegar un día a tus conciertos. Ya sabía la manera de aplaudirte, con la mandíbula cerrada, diciéndome la gente ‘señorita’ y yo detestándolos. Cuando a veces observarte ocurría entre un tumulto de raíces enjaulando vivir. Tu risa era una fiesta impronunciable, decíamos. La verdad no era muy bonita, tenías voz de niño, el peor. No era mi voz cantando bosanova o Chanson francesa  cerrando los ojos. O rompiendo aleluyas en un templo. O queriendo comer todos tus sonidos. Me explicaban tu risa y lo único que explicaban era ‘límpiate los ojos’. Me enseñaban a encerrar tu risa entre dos manos, mi llanto entre dos manos, y el sonido de los ecos que nos dejaba dulcemente diciembre, y teníamos que repartirlos todo el año.

domingo, 26 de junio de 2011



Te colocaría una música diferente, pero la verdad es que no me siento muy bien.

A veces me preguntas si todo sería así, si estuviese contigo. Te diría que la tarde se terminó cuando cerraste la puerta, y todo se hizo nublado demás a pesar de mi cansancio. A pesar de ya no ver muy bien con estos ojos marrones, tan grandes; a pesar de la gente insulsa y el piano, que ahora me suena tan a ti cuando no estás alrededor. A pesar de estar aquí. Te diría, que tengo nostalgia de televisor y otros aparatos eléctricos. Su frío me turba. Los dibujos animados de la infancia, caen, como los grandes. Se terminan. También los amores imposibles vestidos de rojo. Un llanto tan intenso como la risa, que a veces se calla. Tengo incertezas atrasadas contando temblores. Mis manos nerviosas pensando que no te gustan para habitarte. Sin hablar. Mira, mi amor, que no sé cómo definirte la penumbra si eso nos sucede. La señora que me cuidaba cuando niña, decía que soy un artista, y por eso me gustaba la música tan lúgubre. Mi madre a veces lo dice igual; dice: qué clase de conciertos fúnebres estás llevando a cabo, Jazmín. Me dice Jazmín, como con S, y le sonrío. Dice que no se aprende mi otro nombre. Hay momentos donde me ve reír mucho y se burla de nosotras. Con toda mi altanería me retiro de su sombra gris, y busco refugio lejos de su crueldad instruida, y tantas veces por mí. Ya tú lo sabes. Estaba supuesta a dejarte hace tiempo. A contarles a muchos cuan afortunadas fuimos, y que nos marchamos sin temor a los mañanas. Pero ahora, tengo miedo. Tengo terror a la felicidad y a la infelicidad. Y a la desnudez. A los grandes aeropuertos y mujeres llamadas María, cuando te dicen adiós. Quisiera colocarte en una orilla esa música de mañanas dulces. A morning song, tan Sergey Yevtushenko, pero son las seis de la tarde y alguien como tú me diría que con un vals es perfecto, y no sé que día es ya, no sé hablarte más de paraísos o carnavales. Voy a poner un waltz, y tú, mi amor… dirías que eso, eso… 

miércoles, 22 de junio de 2011

Azul n° 1 y otras conversaciones con Waltz



“Parece que va llover” era una de mis frases favoritas.

-          Sí, me decías ‘puedo olerlo, ¿no lo hueles?’, me parecía muy tierno que lo dijeras así, tan espontáneo
-          Es que me querías entonces, mucha lo gente lo dice, todos creen de veras entender el génesis de la lluvia
-          ¿Qué? Pues no, me gustaba como lo decías tú, porque lo decías tú, por eso
-          Qué antes me querías mujer, por eso te gustaba
-          Pero yo te quiero todavía, y más que eso
-          Hoy estoy azul, ¿verdad que azul?
-          Sí, azul. Puedo notarlo, la carita se te escurre como el agua
-          Sí, bueno, hay cosas que nunca pueden contenerse con las manos
-          Deberías escribir ahora, justo ahora, justo, tan justo que yo voy a escribir por ti, voy a prestarte mis manos
-          Seguro voy a escribir más tarde, creí que era un pacto
-          Un pacto, ¿con la lluvia?
-          No, no, contigo, claro
-          Conmigo no hiciste ningún pacto, aunque a veces lo parezca
-          Ummm
-          Me gusta cuando haces ‘uhumm’ y suspiras, e inclinas la cabeza, como si de pronto te quedaras sin aire, creo ese era mi gesto favorito, y el de los ojos en no sé donde
-          Tu cuerpo
-          No, no ese no, ese siempre lo odié
-          ¿Oh si? Lo presentía pero no estaba segura
-          En no sé dónde, que no es mi cuerpo; no me gustaba que te gustara mi cuerpo
-          Bueno …
-          Sí, no me digas más. En no sé dónde me refiero a los puntos en el aire a los que siempre te aferras
-          Como el equilibrio
-          La mirada y el equilibrio, sí, algo como eso
-          Parecido a eso
-          Sí, ese  y el de “te odio tanto como te amo”, ese también me gustaba
-          Ese ya no me lo sé
-          Y me alegra, jamás vuelvas a mirarme así, por favor, Waltz…nunca más así
-          Voy a escribir ahora
-          Bien, me quedo a verte
-          No, cuando te vayas
-          Y las manos ¿cómo te doy mis manos?
-          Déjalas allí, sobre el escritorio
-          Chistosa
-          Déjalas allí, te digo
-          Aquí, aquí mis manos, en tu espalda, ¿recuerdas?
-          No, no lo hago
-          Mírame, mírame de veras
-          Te estoy mirando
-          Bien, sigues siendo ciega, tantas películas te dejaron ciega
-          Cierra la puerta cuando te vayas
-          Cuando cierre la puerta no voy a volver
-          Pero deja, deja tus manos sobre el escritorio
-          Llueve
-          Pues les pones una manta, pero las dejas igual.

lunes, 20 de junio de 2011

Más exacta que Elizabeth Shue




Hacíamos las cosas incorrectas. Yo bebía hasta que me encontrabas, yo sufría de verme hasta que me encontrabas, yo viví para encontrarte.

Pero entonces no te conocía. Entonces no me conocías. Entonces éramos gentes en el pesado tráfico, nos mordíamos las muñecas cuando nadie nos veía reírnos, sernos, un rechinar de ansias batiéndose en la boca. Nos adentrábamos en el bullicio cuando nadie veía. Los amores eran cuestiones de colores brillantes que cegaban los sentidos, la mirada era negra, negra, todo era negro hasta esa misma luz. Era la imposibilidad en la oscuridad de mi cabello. Una espesa vacuidad  que tantas veces le cantaba serenatas a un balcón que nunca abrió la puerta. Pero el esplendor estaba allí, tú no estabais allí. Estaba alguien, alguien estaba. Jugaba con mis omoplatos y me daba más alcohol. Yo bebía para beberle. Yo cantaba para saberle, canté para llorarle. Y era todo muy lo mismo.

Tenía fragilidad en los hombros y la cara descompuesta. Vamos, vamos, todos me decían vamos. Así se aprovechaban para manosearme. Me dejé tocar, para tocarle. Me dejé estar allí para sentirle. Sentí antes para hacerme un hueco. Abrí la puerta, ella abrió la puerta para que entraras. Luego me hacía muy dulce y decían que algo malo me ocurría. Decíamos; esto está mal, debimos ser buenas personas –o muy malas personas- para merecernos esto. Pero como ya no importaba, como ya todo estaba allí para encontrarte. Me rendí.

Hacíamos todo para jugar a lo difícil. Son los juegos de amantes, apenas. Lo hacíamos, en serio. No era ir al supermercado, la lavandería, mi azotea –que no era mía- pero que primero nos vio. Primero nos vio, seguro lo recuerdas. Los megáfonos afuera anunciaban campañas políticas y yo pensando: esta mujer se pierde la tarde conmigo. Yo pensando que casi –casi- era mía la posibilidad de poseer a alguien sumamente improbable. Que aquí amaras mis palabras. Qué allá, entonces, mis contradicciones desmedidas, los malos hábitos. Que me quiera follar a algunas, lo digas: sé que es mentira, y sé que es verdad.  Algo así, fue algo así. Dijiste. Pero después fue hacer algo maravilloso contigo –y dos veces-.

Hacíamos todo al revés, hasta dormir con las manos cerradas. Ahora juego los dedos como abriéndome a tu roce. Y bebo específicamente para derretir palabras que siempre sabrían a la primera impresión; yo tenía el cuerpo desmedido con sangre diminuta que dejaron ciertos dientes. Alcanzaba a ser trovador de una banqueta, me dolía en lo desconocido de ti, la flaqueza de pertenecerle a quien no me encontraba nunca.

Pero viví para encontrarte. Viví para encontrarte. Y bebo un poco en esta línea. 

domingo, 19 de junio de 2011

Montón de íntimas cosas


A veces esas conversaciones de café y luces rojas titilando en una cocinilla. La luz  alrededor tenue, tenue, por supuesto. Miradas provenientes de hombres de guitarra, mi sonrisa ensayada muchas veces. Que luego se me desarma de gusto. A veces eso; mi querida sin nombre, a veces silenciosamente como un piquete en la rodilla. Pero es más común esa familiaridad de líneas en las manos, las hojas que ruedan sobre mi calle favorita –la de mi amiga, la más antigua- ya de noche, esas tontas e íntimas cosas. Y un jazz vocal con pianito a lo Charlie Brown, y mi voz que se supone adorabas; y el fragmento de un libro:

“Qué hermosa noche ¿no te parece? Qué maravilla de tiempo, y yo pensé Está pirado, se pone así con la edad, el agua resbalaba sobre el caudal de la espalda...”

Así, esas íntimas cosas. Como a veces olvidar dormir, rezar, comer. Olvidarlo a las doce de la noche, porque el taxi va muy, pero que muy lento, y el señor intenta hacerte plática que ha estado muy tranquila la noche, aun con amenaza de masacre. Y alguien insistiéndote en francés doucement, le ciel… alguna cosa así. Ya luego no me interesa, el cuerpo se te pone blando de pensar en racionalizaciones.  Se tiene que regresar a mirar el reloj y los bailes lentísimos de las pestañas. La garganta nos duele de frío. Hay palabras indescifrables. A veces precisamente murmullos. Ya no los escuchas.

También, el sabor de una frambuesa y pan levemente quemado. La dulzura de una boca que sabe a pastel, por niña. A veces el llegar a casa, desmaquillarte, el agua sobre la cara, mis pastillas de paquete rosa y los pies dolientes.  Y la ambigüedad sonora de los tacones, ¿aun los utilizas? Me descubro cantando en ocasiones. La piel ya no me sabe a nada que reconozca. Hay conciertos de mujeres que me cogería sin pensarlo, las dejo allí. Descanso la cabeza en la nevera. Y vuelve el temblar de las luces como si se murieran en los ojos. Como grititos de amantes que me recuerdan la calentura debajo del ombligo, pero también lo gélido de noviembre, y la parada de autobús, que suponía, lo supuse después de escribir mal alguna palabra mientras todavía era de noche. Esas íntimas menudencias que recalco, cuando me hablan de un vuelo a no sé dónde. La ignorancia de la vida contigo. Decir, afuera, amanece y suenas. Y “mañana despertaré con cuarenta grados de fiebre y una neumonía, preví, y este hablándome de la hermosura de la tarde y de la maravilla del tiempo, el letrero de la cervecería se reflejaba en la acera,…”

La cervecería ante todas las cosas me muerde la soluble sensación del frío. Y me reservo la cruel necesidad de desmemoriártelo todo.

viernes, 17 de junio de 2011

De conversaciones con Waltz y otros métodos de tortura



-          Quería quedarme, te lo juro
-          Era totalmente innecesario, y lo sabes
-   Tal vez por eso. El mero hecho de saber cuánto no me necesitas, y tener la ceguera suficiente para querer estar, insignificantemente, contigo
-          Es que eres muy tonto
-          No, sabes, creo que tú lo eres más
-          How come?
-          ¿Qué?
-          Qué, cómo
-          Sí bueno, creo que la tonta eres tú
-          Que ya me lo has dicho, pero cómo puedo ser tonta yo, eso es imposible
-          Ah ...detesto cuando te pones así, pero lo detesto tanto como me gusta, eso es lo peor que puede pasarte, ¿te ha sucedido?
-          Pues claro; he amado a mujeres, eso viene con el paquete, por ejemplo
-          Nunca he entendido del todo como de pronto te gustaron las mujeres, y a la vez lo entiendo. Pero mira, eso te hace más irresistible…
-          No seas ordinario, eso es algo mejor dicho...natural, que me gusten, y lo otro también. A mi lo que me sorprende es esto, tus sucias manías…
-          Qué es ‘esto’? ah..pero si antes te gustaban
-          Antes era tonta, ¿viste? pero yo hablo de que estés aquí y que sepas que voy a rechazarte y sigas aquí, and so on…
-          Eso, bueno eso va cambiar algún día, no siempre quiero quedarme como el lunes, el lunes quería quedarme
-          Pero yo no te pedí que te quedaras
-          Lo hacías
-          Claro que no
-          Claro que sí
-          Que no
-          Bueno no, pero el lunes quería quedarme, habías sido muy cruel y yo me moría por hacerte el amor debajo de la mesa
-          Jajaja … ya debo irme
-          Tienes un manual a veces, te decía mi deseo y luego ibas a irte
-          Se llama ‘retirada oportuna’, supongo
-          ¿Te estás quedando sin pechos o es mi imaginación?
-          Eres un maldito, pues no, una talla menos no es quedarse sin pechos …
-          Es que me gustaban así …
-          Jajaja…Me voy. Te veo mañana ¿no?