martes, 20 de abril de 2010

Carta a Berenice (I)

Berenice; nunca te escribo cartas en esta costa. Desde aquí, te he contado, la vida se vislumbra como algo demasiado lejano a ti, y duele. Pues tú eres mi hermana, y representas duramente el mundo familiar al que ahora ya no voy. Eres la poesía y el arte plástico mezclado con ácido y pastillas azules estridentes. La costa aquí no es lo mismo que el mar eterno de los abuelos, y las lunas negras de julio que nunca volveremos a tener. Parecemos lejanas sobre las azoteas de la capital del país. Parecemos oscuras entre las cenizas no nuestras. Pero confío, como en nadie más confío, como sólo se puede decir: si con un cuchillo filoso y febril corto mi piel, tendré sangre. Tú serás la revolución turquesa de los días. Porque pienso en ti y todas las guitarras, y toda la tierra, y todos los ojos negros de Veracruz se me vienen de golpe. Y entonces estás en las trincheras, esperando agazapada, para salir radiante a la vida a luchar por nuevas causas. Te veré inmensa. Tomaré fotografías. Por las tardes tomaremos café. Pero ahora, en la orfandad de tabaco, Berenice, te escribo para dejar un nuevo relato de existencia. Bien sabes, necesito escribir para vivir. Y como también te vivo, vivimos siempre, me es necesario hablarte solitariamente y naturalmente, ahora. Según nosotros, los que creemos saber, enfrentamos el vivir diariamente entre cuestionamientos tontos. Es decir, vivo, tengo certezas, pero todo se resume en charlas inhumanas contigo o con alguien más, y prometo viajes en los próximos seis meses. No lo sé. Hay voces que nos abruman, hay palabras lejanas que dicen: after everything. Hay promesas, Berenice, después de tanta búsqueda. Y llegar a las conclusiones de las que ya te hablé, al menos me tranquilizan. Me hacen cerrar los ojos, aguardar para comer. Y al siguiente día, lo mismo. Aguardar para decirte: seremos. Veremos. Tendremos victoria al final de los tiempos. Intento ser lúcida. Quiero decir que pienso en el futuro como un vaso lleno de cerveza un día domingo. Donde por fin el cine, el bosque, y la música bohemia. Tenemos que apartarnos duramente del sueño. De la casa. De la infancia sublime. Para virar, para volver incansablemente a lo básico. Soy. Somos. Necesitamos el arte. No sé que tan bien me haya hecho entender, pero mi hermana, no te lo he dicho, Berenice, me llenas de luz azul. Por eso te hablo sobre costas y folklore apenas comprendiendo la grandeza de palabras que tengo para ti. Y nunca serán suficientes. Nunca hay suficiente tiempo prestado. Me detengo. Y me marcho.

No sin antes decirte: te elijo una vez más. Y mil veces más. Para siempre.



Jazmín

martes, 6 de abril de 2010

Yo tendría uno y muchos mótivos más, para buscarte. Seguramente sería todo muy parecido a los escritos, o al sentimiento cargado en todo eso que lees, que me pertenece, y te hace tener cual sea tu idea -no dolorosa- de mí. Qué no me creerías. Pero eso, de igual manera, me sería grato, voluptuoso, coqueto y perfecto. Y me haría sonreír a las siete de la mañana. Mientras el sol. Mientras apenas la noche. Como ahora en las improvisaciones, como las cosas que no se hacen. A la gente a quien no se saluda. Yo nunca saludo al menos que tenga algo importante que cuestionar, y eso cabalmente, supongo, te molestaría. O no. Siendo sinceras eso no lo sabemos. Me gusta imaginarlo, al menos. Tengo poco tiempo, querida. Debo pensar en mudarme. Debo lo de las veinte cuartillas. Y al final del día no hago demasiado. Salir. Ir por papas a la francesa con mucha catsup. Comer en soledad arbitraria, mientras las visitas que te cuento. Igual ya tenemos el jueves, jueves, jueves. Voy a Chen's restaurant a la una, intento. Llamar desde ahi al número con el siete a la mitad. O en la mitad del siete. Entonces, bruscamente, sugerirte un lapsus linguae: has venido a comer. Eso quisiera. Porque hoy, mientras tanto hacia los planes, los del jueves, jueves, jueves, no resultaba la emoción. La misma. La misma que es cuando vas a comer a un restaurant extranjero, o cuando estaba en Le petit toul brisoit du Paris, o cuando suena el teléfono con N° Privado. Es eso. Querida, el tiempo siempre se va. Debo salir de esta cabina tonta y fría, dejarte con la duda. Y la emoción reciente y, las negaciones que sé me harás. Y la emoción en los mótivos, que no voy a enumerarte.

viernes, 2 de abril de 2010

Afirmación

Estoy escribiéndote, todavía. Como si no sucedieras tú muy al final del día. Tú sabes. Cuando los recuerdos, apenas eso son. Y todo es sólo una reminiscencia de sentir. Sin en realidad existir. Sin seguir siendo.


Me tendría que estar muriendo.
Tendría que morir una y otra vez, por siempre.

Eso te lo digo a solas. Dentro de todo. Y de mí. La tierra es tan azul que duelen los cobrizos y las apariciones, y la improvisación de parecer “escribiendo”. Lo que sucede al final, cuando comienza la noche, y pareciera que siempre estamos, y es noche. Oscurecemos. Por eso caminamos y nos sentimos más contentos en medio de la oscuridad. Esperamos la soledad. Qué todos se vayan de la casa hacia viejos pueblos mayas, y tú quedarte. Entre las sombras. Esperándo. O solamente a travesar el pasillo corto, en realidad, corto. Seguir observando la bicicleta del fondo. Interrogarte. Si lo piensas detenidamente no hay mucho. Solo deseos. Entrepiernas. Amenizar la mañana con pequeños parpadeos. Corazones inhumanos. Cantar una de The innocence mission. No sé porque peleo con los pies mios, y voy de arriba abajo contándole a las personas lo que se siente vivir enajenada de una misma y no parar nunca y gritar, dejarles claro, lo último que digo, la hora fría donde se retuercen y se aseveran dos cosas: me tendría que estar muriendo. Y ya no serías tú color carmín entre las horas. Y ya no vendrías sigilosa como la muerte que asfixia, como reconociendolo todo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Ofelia's Day Off

Sabes que es domingo porque yaces en la cama con una indeferencia voráz a los relojes.
Te despiertas lentamente porque se abren tus ojos sencibles a la luz. Pretendes ignorar el entorno general de las cosas. Qué no hay gente debajo de ti, ni a lado, ni una biclicleta al fondo. Tu mano trémula sostiene un aparato musical anunciando a Ólafur Arnalds. Todo esto en tu mente, con una comunicación intrapersonal ruidosa. Y, en realidad, no te mueves. Piensas en Martina y en el Bilbao gris, que detesta. A lo mejor piensas en ella porque tiene todos los discos, o no, o algo más.  Apenas ejercitas los párpados. Tienes que responder el teléfono. Levantarte. Comer cereal. Lavar los platos. Salir a la calle en busca de nuevas direcciones dinámicas. Sentir calor. Ver a lo lejos nubes de lluvia. Ordenar tu mañana como indicio de vida latente: Ólafur arnalds. Martina. El domingo. Vuelves a las sabanas y a los dedos fríos que bien puedes imaginar –los suyos- mientras te habita La lucidez cada vez más, despacio. Logras decirle, a ella, entre pequeños balbuceos: me colocó a la orilla. La cuerda. Esas cosas que sólo entenderíamos las dos; el domingo, la lavandería, el piso compartido. Las llamadas de mi madre. Las listas que se hacen mientras se escribe, como haciendo siempre un interminable inventario de sustantivos propios. Saber que no te creera mucho después de la primera vez. Y qué perdonará la mala conjugación de los verbos. O lo infinitivo. Eso lo asumes. Mientras al final del día le regalas una canción de Library tapes.

viernes, 19 de marzo de 2010

The prettiest thing

Para mí era suficiente ser “lo más bonito” en la vida de ella. Y eso era fácil, decíamos. En algún modo faltante. Para Rosa, por ejemplo, era así desde mi nacimiento pequeño y prematuro. Lo importante de esto, era, realmente, convencerme de serlo. Actuar como tal. Como “lo más bonito” en la vida de alguien. Al principio, uno tonto, incrédulo, renegado; se rehúsa a cumplir su misión. La misión que supone ser lo más bonito. Es, por el contrario, ese monstruo iracundo de los días y las noches. Ser el antónimo de antónimos. El antagónico. Y todo aquello propio que el puesto llegase a requerir. Te enajenas con la más profunda negación al Ser. Luego, con lo puta que es la vida, sucede prontamente comprenderlo. Siendo todo menos lo que competía entonces, como la prettiest thing de mi madre; un día llega alguien gigante, luminoso, aerostático, perfecto. Encuentras a tu propía prettiest thing. Después no sabes que es peor. Serlo o tenerlo. Pero saber que siéndolo, tienes la obligación de comportarte indómitamente, y tenerlo, estúpidamente, no es más que, de cierta manera, esperar reciprocidad.

domingo, 14 de marzo de 2010

"My oldest memory"

[Fragmento]

Pareciera, a veces, que tú fueses mi primer recuerdo. El único. El primero. Te tengo junto a mi madre y a mi padre, quienes han sido los más grandes amores de mi vida. Compartes habitación con la abuela Isabel, y con Carmela. Eres el pensamiento primogénito cuando transito carreteras federales, y salen todos los árboles, a través de la ventana.
[...]






miércoles, 10 de marzo de 2010




Voy a escribirte desde el fondo de mi cuerpo como siempre.

Como me conociste un febrero. Esta era, en nuestro tiempo actual, febrero.

Hablarte ahora de Joanna Newsom y su arpa. O de A Hawk & A Hacksaw, y que no puedo escucharlo tan alto como para encontrarte, en el mismo fondo, en las raíces donde nacen las venas con sus bracitos encarnados. Todas esas cosas que hierven en la sangre. Las mías. Porque, bueno, la verdad es que nunca he sido húngara, serbia u otomana. Y no sé si en realidad algún día lo fui. Antes, antes nos vimos de lejos desde las tribus vecinas, y entonces bailábamos y te decía: voy a bailarte desde el fondo de mi cuerpo. Algo parecido a eso. O no, no lo sabemos. Seguramente simplemente de lejos, desde siempre. Y desde entonces la vida nos sonreía con una mueca a lo lejos. Lejana como siempre. En señas. La forma exacta de doblar mis piernas, y balancear la cintura y acomodar las caderas para incitar-te. Y ya después de ese pensamiento vuelvo a mi asiento tranquila. Luego respiro. Me deslizo más lento para no azotarte con mi fuerza de adicta. Generalizo mi opción de dedicarte un libro que sólo magnifique la idolatría al whisky o la reverencia mía hacia la cerveza. Mis estados mentales. El hecho de estar enferma y pensar muchísimo más en mi mamá y en la abuela. Que necesito besos y abrazos constantemente sobre todos los primeros días de julio. Mi aversión profunda hacia la vida, sino he de pasarla borracha, y mi enajenación por la palabra “amour”. “Je t’aime mon amour”. En ese libro volveré al principio nuestro a todas horas. No recuerdo bien porque comencé a escribirlo. Porque me vino A Hawk & A Hacksaw o Andrew Bird a la cabeza. Porque no lo pensé, con otras gentes, y al fin contigo. Con los piecitos fríos. Quisiera justificar de mejor forma mis mentiras, digo, escribo un libro que no tiene nombre. Y el cual nadie más compraría, sólo tú. Algo sobre amor y canibalismo. Esas diminutas letras para ti. Las que eternamente escribo, y de dónde más. Sólo desde el profundo, grávido, herrumbrado y melancólico; el abismo eterno de mi cuerpo.

jueves, 4 de marzo de 2010



Me dice mamá: recibí tus cartas. Y yo lloro. Le digo que hoy y todos los días lloro, si la escucho, si persiste con sus llamadas después de trabajar. Me dice: son ciertas tus palabras, y escribes muy bonito. Yo repito “ah..muy bonito”. Y cómo ella me lo dice a lo mejor es verdad. Probablemente me lo creo. Porque luego continua: me has hecho llorar. Y yo no quiero su llanto. Yo quiero toda su risa en una botella de cristal, para abrirla después, como los ecos. Me llama mamá de nuevo, me pregunta “estás bien”,de nuevo estás bien, no te escucho bien, me estás mintiendo. No sé ni que decirle. Sumo las monedas para salir al otro día. Ella entonces me regala un “te presto”. A lo cual no le digo que no. Hay que estar en la lavandería, desear un trago de vodka o mata ratas. Algo. Desear todos los libros de poesía. Decirle: eso y mucho más. Mamá es una caja de música, mi caja de música predilecta. No acepta mis acetatos ni mi música clásica. Pero toca en mí, la membrana más triste, las letras y ojos más terriblemente tristes, de toda mi vida…

domingo, 28 de febrero de 2010

For Isabel






Isabel; pienso en ti y traigo a mi lengua la palabra: verano. La calidez y voluptuosidad del verano. Y en algunos temas de Joe Hisaishi, cuando el último día en tu hogar, te decía: bailamos, si, por favor, bailamos. Eres la mujer más bonita que he visto. Eres la abuelita más bella de todo el mundo. Y trato, claro, no recordarte en el último viernes que te vi; a momentos crueles, en la soledad tan mía, que yo misma he elegido. Pero te veo, nos veo, es nuestra imagen, y tú, hermosa como un otoño cobrizo con tu vestidito café, y tus zapatitos abiertos. Pues lloraría todo el día, Isabel. Así que hago lo que debo. Voy por las calles, río, me baño en el mar del Caribe. Te llamo por teléfono cuando el dinero está de mi parte, cuando debo. Tú no puedes llamarme con tu dulce voz sólo para preguntarme cómo estoy o si el trabajo ya está en puerta. Somos animalitos de los primeros meses, hacemos de comer todo el día y por las noches vemos películas cómicas. No. Eso es un crimen a la añoranza de todos tus cuadros, y todas las sopas de coditos. No, mi amada, no me llames cuando te escribo: abuelita pienso en ti. Lloro. Le escribo a Martina sobre estos mismos hechos. Lloro, Isabel amada. Sé bien que te aburres, y sé que tu soledad no es tibia, ni te mece en el frío de tu casa. Sé bien que me llamas porque tu esposo, el abuelo, no está y sufres sola, sola en una tarde de domingo, donde yo siempre lucho por sobrevivir, pues en esas tardes de domingo tan hostiles, tendría que suicidarme. Yo podría bien soportar el frío y la humedad de tu casa, vivir eternamente ahí, pero cómo hago con la austeridad de los años. Se me va la máquina de escribir, los paseos vespertinos sobre las colinas. Y no puedo, no puedo sólo estar y esperar, escribir cartas al exterior, como único oficio al final de la vida.
Luego pienso en la muerte. En la inevitable muerte que cargamos, tú, yo, todos. Y no sé a dónde voltear para no verte, un millón de veces, a ti, y pensar en el verano. Isabel eres tan bella y necesaria como la música con la que escribo ahora; donde Hisaishi compuso sobre el viento, y mucho más. Mucho más. Y al decirte eso tan lejos de ti,  muero un poquito, entre las lágrimas.


miércoles, 24 de febrero de 2010

LA SEMANA CUANDO EL CORREO DE MÉXICO SE ATRASO #1


Sucedía siempre una melancolía incomparable, cuando dentro del dulce calor que son las maletas, aspiraba el aroma a casa que todavia podía percibirse de mi ropa vieja. Esa que aun no había querido usar. Era la blusa verde de escote pronunciado. O la camisita azul, regalo de la abuela. Y esa tristeza definitiva de los días de lluvia –los cuales me alejan de la playa turquesa- mi reencuentro con los vidrios empañados, que hasta hoy, beso tranquila hacía el frio; hundían mis ojos hasta las entrañas como a los dieciocho años. Era ir en un colectivo color blanco y pensar, pensar muchísimo en olor a detergente y suavizante de casa, de mi casa. La casa. Es imposible no llenar los ojos con líquido transparente y salado. La verdad, sugiero más que tristeza ácida ante las emociones descritas por mi larga nostalgia. Un día decides irte, y nadie te dice que después de muchos días tus prendas sencillas huelen a casa y te pones a llorar como un loco sin hogar, quien de hecho, eres. Como una niña lejana, a kilómetros del columpio predilecto, a millas de tu madre, llena de hastío por todas partes, y a la vez, sabiendo por supuesto el andar errado de los pasos. Alguien te lo dice a las nueve de la mañana. Le sonríes, tienes que sonreírle, te ha dado una verdad de frente después de mucho tiempo. Pero cómo hacer cuando ella te llama por teléfono: ¿ya comiste? ¿te tratan bien? El perrito también te extraña. Lo terrible que es el correo cuando no llega a tiempo. Voy a escuchar canciones de invierno de dos mil cinco, como no reconociendo su eternidad en mis huesos. Voy a ser muy dulce con el mundo como pidiendo reciprocidad. Que estos hechos, esa ropa, las llamadas, son cariñitos sutiles que todavía me quedan para guardar. Imaginar que la vida no te ha quitado los juguetes, ni los besos del más grande amor de mi vida, ni toda la inocencia. Me parecía fascinante el hecho de cómo de pronto, eso, la infancia, te abandona. Como describe Vanessa Redgrave pasa cuando mueres. El alma abandona el cuerpo como un alumno abandona el aula. Así, así de prisa, así los dulces años rojos. Me disgusta, en cambio, no tener miedo de las calles. Me preocupa tener que sentarme bien, sino, no me llaman. Detesto que el dinero del teléfono se esfume antes de decir: te quiero. Recuerdo los poemas que hablaban de la verde oscuridad, y la vez que me hinqué por aquello de los momentos perfectos. Y me duele tanto, y tanto más, el aroma a la ropa cuando todavía era diciembre. Y mis cartas no llegaban a mamá, nunca a mamá.

martes, 16 de febrero de 2010

(Hache) [2]



Me despierto un día, hoy, de un sueño acerca de ti. Es, a decir verdad, bastante extraño. No me dormí pensándote. Es más, casi nunca te pienso. Soñé una o dos veces contigo, pero eso seguido a una noche donde te decía: no te vayas, por favor no te vayas. Y tú te ibas, tenías que irte; y me quedaba, así, huérfana de ti como esperando que una quimera estuviese prendida para siempre. Pero esos, son deseos de las seis de la mañana –cuando me decías ya tener lista toda tu ropa- y siempre intento –inútilmente- mantenerlos o me disculpo por ellos, y cómo a ti no te importa demasiado –aunque lleguemos a habar de ‘necesidad y resistencia’- los dejas pasar. Puedes observar mi debilidad de escalera, la libertad propia de los vicios, y eso está bien. Digo, cómo si tú no supieras sobre vicios...

Ahora voy a hablarte sobre el sueño. En él, tú y yo estudiábamos en el mismo colegio –por ende, universitarios- alguno muy parecido a mi jardín de niños, aquí, en el pequeño pueblo de la abuela. Mantenía su mismo color, un beige chillante entre el verde magro de la hiedra en sus paredes. Éramos ahí, pupilos de resistencia. Éramos ahí, amigos, creo. O eso intentabas tú. Yo seguía siendo muy yo. No hablaba con nadie, pero tú sonreías y me invitabas a tus fiestas (A lo Freudiano pienso que probablemente eso se debe a tus recientes noticias sobre tu banda de rock-blues). Éramos ahí, lo contrario. Alguien hablaba de una despedida. Tú viajabas, creo. Apuntabas en un papelito la dirección del lugar: Ruiz Cortines #313. Una chica se acercaba y me decía: sí, Ruiz Cortines #313, yo sé donde es. En el sueño pensaba - pensé- de esa chica tu novia. Tu novia en el sueño. Era ahí bonita, claro. Y yo con todo mi aislamiento decía: tal vez. Ella era muy amable conmigo, y de pronto había mucho ruido en nuestro salón. El aula era amenizada por una rubia con trenzas, eso sinceramente debe ser fruto del soft porn o noticas policiacas que he visto.

Luego a partir de ahí, me confundo. Escuchaba México a lo lejos. Así, la palabra de tierra que es pronunciar: ‘México’. Supongo después vinieron sueños acerca de mi madre. Últimamente lo hago, eso, soñarle a ella. Anoche la hice llorar de nuevo, por aquello de las distancias, sin embargo, mi madre, ya debería saber que soy de las personas por quienes se llora mucho, porque están lejos o porque se mueren trágicamente.

(Hache), hice levantarme hoy, más o menos temprano. Preparé mi té acostumbrado. Aspiré el humo. Escuché a Bon Iver –Indie lejos del Rock-blues-y bebí té, resistí el frío de silla de madera azul. Te escribí: soñé contigo, y que es, la verdad demasiado extraño. Pues te pienso tanto como tú a mí. Y eso ya es decir bastante…

____________________________



lunes, 15 de febrero de 2010

Discúlpas públicas.

Hay momentos –sobre todo nocturnos- donde destruyes todo lo que eres. Donde reconoces tu calidad de sombra. Te conviertes en una deconstrucción humana. Los sitios musicales sobre el cuerpo se tornan en (mejor dicho) ruido. Ese ruido, luego son gritos e impertinencias. Una canción lenta de cierto aragonés. La boca carmín de una mujer blanquísima. Y todas esas cosas portátiles, sencillas, para meter en una bolsa de jean (azul marino). Como pelusita de lavandería donde se conocen a veces las personas. Habitamos ahí dulcemente en las fatalidades. Y claro, me encantan esos tranquilos reproches después de todo. Era la hora. Pero me conoces muy bien, incluso presumes sobre eso. Piénsalo/pensémoslo; como una tregua a lo Benedetti. Yo por el contrario no soy mucho si no sueño. Por eso, aun, en todo aquél derrumbe del que te hablo, consideramos (considero) costuras más fuertes entre tu brazo y el mío. Debió ser así desde el principio. O cambiar la perspectiva como dos seres muy hambrientos después de las cartas últimas. Tiene que suceder esa catástrofe avara para meternos (me) en la boca una lengua franco-mexicana que arde. Tú sabes, esa de Jeunet petrificado.

Hay banda sonora para el alud en altas horas de la noche, por supuesto. Puede ser la misma de siempre. Pero ya nos aburrimos. Preferí darte muchas veces un te amo francés –o eso intentaba- junto a un te odio alemán, y obligarte a decir tantas palabras que tal vez no querías decir, y a lo mejor por eso a esta hora me rio pudorosamente, y te agradezco en silencio. Y si ese fuese el caso hazmelo saber, en ambas partes. De esto también puedo regalarte una Fe de erratas.

domingo, 14 de febrero de 2010

Aquello del cuello desnudo, que desata....



No voy a cuestionarte lo absurdo. Mira, esto de las voces a lo lejos y lamentar los tonos [beep beep] de llamada perdida, porque me mata tu voz, ya es suficiente para –ahora- recurrir a la coherencia. O mejor dicho, a lo –normal- o no lo sé. En cambio, escribo por ahí que tú viniste. Es una forma de venir, de verdad, en forma de aire tóxico a las once, empapelada o a sonidos de carnaval con tu amiga madrileña. Pienso a momentos, en micro-segundos, que puedes quedarte conmigo a lo Coixet. Son sinceramente unas ganas que me nacen desde el vientre o más debajo de él, o más arriba, pero con una sonrisa muy blanca y roja. Pienso:

Voy a invitarte.

Te invito.

Es más, te espero.

A la manera waltziana de esperar, porque ahí habita la belleza de todos los instantes bipolares, de todas las vidas que bien podría relatarte simplemente en la palabra: dolor. Dolor en lo absurdo. Y por eso te escribí en una zona del dolor: ven, ven. Y viniste. Y después de ahí no pienso mucho. A lo mejor te quedas como el silencio a beso pausado. O de los ojos cenicientos, de las bocinas. Del alcohol que ahora voy a contarte. Aquí hay alcohol –mucho- y en cambio, de tomar un cuerpo blanco y redondo cualquiera, o un teléfono para decir crueldades; transformo una libreta electrónica en lo que podría ser mi manera –nueva, por supuesto desde tu sueño- para traducirte los pensamientos circundantes cuando el reloj marca las seis con quince, y que, irónicamente-absurdamente, no pensaría en compartir – la mañana- con otra persona mas que contigo y ese cabello rubio, que aun me sigo cuestionando.
Y yo no te perdonaría que lo adjetivaras absurdo. Es decir, no te lo preguntaría “quieres”, “puedo”. Porque soy aquella que quiere poseer todo el mundo y no puedo dar explicaciones sobre eso. Yo voy a echar abajo esa puerta. Y tú, vas a aceptarme, y probablemente podrías sólo querer sucumbir a la idea de posesión, o no. Pero seguir escribiendo cartas como si fuésemos Sartre y Beauvoir, o no sé quien, otro tipo con otra fémina, quienes se escriben cartas hasta la eternidad.
No voy a negarte esa desnudes en el cuello. La quiero. Le necesito a las siete treinta y uno. Y que inmediatamente me viene la boca, cálida y rosa, si el alcohol. Sólo por eso. Y por eso. Y que pienso que en el absurdo el kilometraje es el problema. Los mares, la música: permítanme tantito que quiero escuchar esta. ¿Puedo decirte, cariño? Sucede una música, no de concierto, ni chelo muy Rachmaninov  a las cuatro. Mejor dicho de guitarras mexicanas. A la voz que podría cantarte, y decirte los mas tristes amores de Acapulco. Y besarte en ese cuello desnudo, a la hora de la llamada, a la que nunca quieres colgar….

viernes, 12 de febrero de 2010

Cosas que nunca te dije de Isabel Coixet. (Por ejemplo)





Bueno, que esta es una chica genial que reproduce el monòlogo e igual me gusta...Y còmo no lo encontrè en inglès, pues bueno...

miércoles, 10 de febrero de 2010

EL AMIGO IDO

Me escribe Napoleón:
“El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente en inglés,
te mando un retrato del edificio…”

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo…

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.


SALVADOR NOVO

martes, 9 de febrero de 2010

Unas cuantas reglas cuando se está lejos ...




A nadie vas hablarle de mí. [No existo]No me conoces. Tienes la idea de mis pensamientos. Y esos dolorosamente, no son muchos. Son muy lucidos. Y no.

No contaras mis extrañas emociones. Porque soy odio y amor, por todas partes. Me observas como lo hacen las gentes del supermercado. A medias. De prisa. Entre objetos comestibles, no perecederos y detergentes.

No vas a decirle a tu madre, ni a tu vecino: pensé en ella al despertarme. Sobre todo no (por favor) cuando llores mucho no me eches a mí la culpa. Yo te advertí desde el principio. Yo no te dije que me prestaras tus juguetes, ni que me sonrieses tanto, hasta que memoricé tu boca y también la hice mi boca y después, sencillamente ya no pudieras hablarme.

No hables sobre mí. No hagas participe a tus amigos, ni a tus otros amantes. Sobre ti, y Ofelia. Yo no soy. Yo no puedo. Y no me digas que puedo. No voy a dejarte caer, pero no. No me compartas, con nadie...

_____________________________________________________________________

A veces -suponía- tu letra entre mis manos. Yo perseguía cuadernos. Yo escribía como tú. Tú letra era mi letra, y nuestra literatura se partía en cuatro como los puntos cardinales. Podríamos ser. Estar. Desdibujarnos. Era la posesión universal del pensamiento. Tú estabas lejos, a kilómetros, pero mi letra fluctuaba sobre tu cabeza, tomabas toda tu existencia. Comenzabas a escribir. Y era yo. Cuando mis manos temblaban, eras tú. Y suponía tu letra entre mis manos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Certezas

Tuve la tonta sensación de quedarme contigo. Era más bien, un deseo. Una certeza . Pero sabemos ahora que era sólo una ceguera temprana, en la mañana. A las seis.

.........................................[Era ese momento frágil al admirar tu boca de mandarina y presentirla agridulce.]

Estabas quieta a las once de la noche. Creo, presentía tu quietud. Y entre el hedor y la fragancia -tan bilateral entre tú y yo- te extinguías tú, como una sombra debajo de la mesa. Hubiésemos amarrado entonces los pies a la madera, entre nosotros, los seres, la vida en dos cuerpos afligidos, atorados, distintos. Y desnudos.

Era esa facultad tuya. El suelo es frío y te gustaba. Era la vulnerabilidad al azufre y a las peras muy verdes. O a las fresas muy ácidas. O que me llame Jazmín en lugar de Ana y pueda tener muchos más nombres. Y que pueda llegar, decirte, escribirte, desearte a todas las horas y en todo lugar.

Murmurarte en el olvido: No existíamos. No estamos a las diez de la mañana.

viernes, 29 de enero de 2010

Poema amable y sincero

Imagen en dA



















Si pudieras verme.

Ahora estoy tan tranquila.

Las mañanas son, a través del jade,
muy verdes. Y hay inutilidades, claro.
Pero sólo si pudiéramos cruzar
/los ojos nuestros/
veríamos esos dedos colgados
en vertebras ajenas,
todavía.
Tienes el sabor que sólo se complementa
con el mío.
Es como ser la amargura y la acidez.
Y ser toda la ternura, de todos los niños.

Si pudieras caminar sobre esta tierra,
y entre este viento, vendrías, lentamente
danzando con las hojas y caerías.
Pues inconmensurable es el deseo.
Y la emoción andante sobre las horas
de febril imaginación.

Mi pecho no se nubla,
ni se advierte desnudo.

El agua fría lo baña todos los días,
lo llena de vida azul y soles amarillos.
De truenos y tormentas que no hacen
mas que renovar nuestra tierra diariamente.

Las canciones despiertan la aurora.
Mis pies van hacia el norte y hacia al sur,
desgarrándose, gustosos.
La gente me sonríe. Me saluda.
Uso sombrillas de colores y muy a veces,
me peino.

Si me vieras hoy, tendrías que ser
amable y sincero.

Me tomarías de la mano
hacia la sombra ocre de un gran árbol
con el que también hacen té.
Y en la punta de mis dedos,
y con mi voz pequeña y roja
te diría

tranquila
humana
gris
de agua, y miel:

Y nunca te amé tanto, y tan profundo
como ahora.

lunes, 25 de enero de 2010

Carta roja



Veracruz, a 19 de enero de 2010


Mi corazón:


                                   Te escribo a las nueve de la mañana. Hace frio en esta casa hacia el sureste. Es cruel a momentos, como la piedra helada entre monte muy espeso. Ayer vi una película sobre un “bosque maldito” y tuve miedo. Hoy voy a mandar unas cartas, tú sabes, las pendientes. Pero tú eres mi corazón. Y por las mañana, cuando todos andan arreglando, procurando su vida, pongo agua a calentar para bañarme o para el café y te pienso. Debes estar en cualquier clase sobre profundidad y vacío. Líneas rectas o curvas. ¿Me sientes allí? Mi corazón, te extraño. Aquí lates todos los días, a veces apenas, como durmiendo. Las emociones descansan de tanto vivir.
Estoy preocupada por mi vista. Mis ojos se esfuerzan y ya no ven perfectamente –como antes- a diez metros. Estoy preocupada porque ¿qué haríamos tú y yo sin ojos? Qué haríamos sin los colores y sus formas. Mi corazón, serías entonces tú, ¿mis ojos? Mis corneas, mis retinas, ¿el globo ocular?

Sólo estarías en mi cuerpo, grande, como tu risa. Viajando a gotas, de extremo a extremo. En la fiebre y en el llanto.

APARTE

Mi corazón, hace poco llamó mi madre. Me preguntó por el desayuno ¿desayunaste ya? Debes corazón, debes comer bien por aquello de tu estomago y las enfermedades.

Me enteré por los medios más indiscretos que cumpliste años con tu amor. Te felicito. Ya sé que no lo necesitas, pero igual. Cuídalo mucho. Aliméntalo diariamente. El amor es un niño que hay que procurar llegué a su madurez. Entonces uno se siente enteramente feliz, y también grande.

Y cuídate tú, demasiado. Yo te quiero viva, al menos hasta que yo muera, porque después nadie tendrá la indecencia de informarme. Me despido querida, no olvides: Te pienso diariamente. Estás aquí, corazón, roja y poderosa como sólo la sangre. Mi sangre.

Hermana mía (Narniana).




                                                                                                                                Ofelia Waltz



miércoles, 20 de enero de 2010

Confesiones e indiscreciones

“Cierto día me confesaste que rompiste tu celular cuando no te llamé. Ergo, siendo así este asunto, ahora procuro llamarte cuando es pertinente. Es decir, trato de no olvidar tu cumpleaños, o cuando has vuelto por fin, después de una semana tan pesada de trabajo en no sé que marginada localidad. Pero, fulano, debes de saberlo: no memorizo ningún onomástico hasta que han pasado diez largos años de olvidarlos consecutivamente. Al menos que esa fecha sea siete. O dieciséis. O catorce. O seas mi abuela Isabel. Pero no tienes que provocar sismos por que olvido felicitarle. Decirte: te quiero. Cantarte como tú lo haces. Puedo con tus reclamos, soy inmune. Pero luego retomas un aliento psicótico que no comprendo. Lo peor de todo es que intentas callarme mientras mi cigarro francés no es suficiente para hacerlo. Y sí, si bueno ya no debo contestar cartas o llamadas. Pero lo haré, y no voy a reducir mi opinión respecto a eso. Es como curarse los oídos después de una gran infección. Y no debe importarte. Son mis oídos. Tampoco debes decirme más qué no puedes. Y que te mueres por mí todos los días, de todas tus semanas, cuando no me tienes en la puerta esperándote. Y que rompes el teléfono o que me calle. No me importa. Porque igual, voy a seguir siendo aquello, lo único que quieres, deseas, pides y necesitas ese puto día ...cuándo cumples años.”

Poema ciego




















Soy del color ciego que nombras antes de irte.
Un minuto es entendido. Es nervioso.
Es colérico. Es necesario. Y luego, es insensible.
Ya ha pasado. Habitan unos labios rotos
y agujetas sueltas sobre el piso.
El café. Periódicos venezolanos.
Mi diario verde y su árbol. Los acentos.
Y soy como tú en este momento.
Porque con la sombra inclinada,
desde la punta de tu seno,
nombrabas todas las cosas,
decías todas las palabras.
Y así, en el mareo, pronunciabas “amor”
entre un rumor de bocas hablantes en 1926


LEJOS
Soy el color ciego nombrado por ti
al mismo tiempo;
en el mismo instante donde
con tu dedo índice, escoges un hotel.
Y te mueves con la fatalidad simétrica
a cuando se cierra un libro de hojas
muy viejas y amarillas.

NOTA
Por favor, no escribas en 1927.
Estaremos viviendo todos en blanco y negro.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Noticias, etc.

"Salgo y camino tras la noche:
veo la luz que a nada me conduce,
regreso, abro la puerta de mi casa; no espero ningún asesino,
no quiero cogerme a nadie, sólo quiero llegar, desnudarme
y esperar por ti: invitarte un cigarrillo."

Fragmento 
A la deriva
Miguél Ángel Galván

lunes, 14 de diciembre de 2009

PPP: Pretenciones, y pequeños pensamientos.

Las calles comienzan a vaciarse.

Ocurre cierto ritmo inaccesible a los pasos. Algo parecido a la niebla del dos mil uno, no sé, no logro entenderme, ni recomponerme aun veinticuatro horas después de los temblores del sábado-domingo. Son pequeñas frases. Pequeños pensamientos, qué hay que decir, como hay que hacer y como todo, deben olvidarse después de escribirlos. Hace frío, y bebo, y como, y me embriago posteriormente en casas nunca antes vistas y no comprendo del todo esta manía temprana de pedirle al chico delgado que acomode mi bufanda. No sé como recitarle a “C” muchas disculpas a las cuatro, y a la vez nada, qué no me disculpo. Porque es verdad, todo lo que digo siempre es tan cierto y cómo discutir conmigo misma. Pretendo explicar las banquetas como una manera de concebir los pies siempre cansados. Y es curioso, no es tan tarde, pero toma un momento contemplar la vastedad de ecos en los rincones. Tú sabes, el día atareado. Cuidar cachorros de tres meses, besarlos, dormir la mitad del día. No es mucho trabajo, pero, los otros. Los otros que se observan entre ellos con su complicidad de adultez elegida. Y yo digo, La náusea.
-Y tengo pendiente pedirte matrimonio- Pequeños pensamientos: A veces caes directo en el ridículo. Hay lugares ásperos, claro, pero tú, tú lo sabes y notas de lejos –entre la vacuidad de la acera- tu aspecto de suéter andante no deja de ser un vago típico y desvalido. Pero el diario verde está listo, y nadie escribe en él, y a nadie le importa el buzón de abajo. Mi barrio se deshabita de a poco como transcurre diciembre. Como todo. Romeo y yo damos paseos de treinta minutos diariamente y detestamos el sol. Al llegar a casa, veremos televisión, el problema es si vemos aquella caricatura sobre la perra gorda, que además habla, o esa sobre la vida de Sylvia Plath, qué joder…comienzaba a las ocho y media y la he visto ya, dos veces.

martes, 1 de diciembre de 2009

Y, ¿Qué tiene que ver Bon Iver con Bruckner?

Siempre quería hablarte de Bruckner. En el DW, descrito con un pésimo alemán (el de mi boca), lograba entender la fascinación heroica de ese director canoso llamado “ya no recuerdo”. Lo importante en realidad, era esa manera en que decidieron ilustrar una de sus sinfonías: Árboles. Muchos árboles. Ya sabes, uno toma su camino al campo, y de pronto te encuentras en un túnel de barrotes-madera. Y era pues, perfecto. La naturaleza iba a la par con los oboes. Era preciso entonces invocarte, como hablarte –otra vez- en cierto alemán torpe y a medias. Desvarío bosques, y carreteras rurales. La TV satelital. El sábado esclavizo los ojos después de las tres de la tarde. Así que fue ver DW, donde un director habla de Bruckner desde Frankfurt, y luego dice enseñar música a los niños a cambio de sonrisas, y a las tres veinticuatro, querer compartir ese diminuto acto contigo sólo por el hecho de que, tú, también lo sepas.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Hacer el retorno. Os digo bailando, llorando, sosteniéndome de una pared. A veces es lo mismo, en el mismo espacio. Domingo, y para entonces habré bebido mucha cerveza. Mucha, cariño. Es domingo, para alimentarse; sentir el calor de vicio desenfrenado y retornar a las sobras nuestras, siempre. Cuando ya no hay nada que hacer y recurrimos a nuestro oficio de pensarnos. Pensarnos como un murmullo de bocas españolas. En el interior de dos habitaciones azules medio vacías. Alrededor de los libros. Os digo viéndole, y mis ojos viajan sobre su rostro con tal desconsuelo, y con tanta penumbra. Llega un momento preciso. Y os busco estrictamente en rincones habitados por total oscuridad. Ese revés de sombras con la prescripción medicinal de tu nombre. Con la cara inusitada de sueño. Y unos párpados a medio doblar, y a medio sufrir. Porque todo ha sido construido para nosotros. Y no sabíamos. Dudábamos constantemente de las cuerdas entre nuestros hombros. Créeme, bailando. Créeme a la hora tres ,si fragmentas en tres partes el día. Retornar es un verbo dorado, y teatral. El domingo escuché muchos disparos pero seguía con los vicios. Por la noche destruí todos los aparatos. Para que no obstruyeran, para que no estorbaran antes de ti. Y era posible entonces, tomarte de la mano, y después ponerlo todo en orden.

lunes, 12 de octubre de 2009

En la sombra de las cosas

Yo prefiero quedar en la penumbra; quedarme en el secreto de las cosas. Me gusta introducirme en las criaturas. Errar como una idea. Extraño como el arte. Anónimo, incierto y olvidado. Naciendo, nuevamente, en cada día.
Ali Ahmad Said Esber

domingo, 27 de septiembre de 2009

Del otoño y similitudes

I
Esta vez es seguro que nadie puede ayudarnos. Ni siquiera juntos, a nosotros mismos, ni cargarnos, ni llorarnos con ojos ajenos o prestados. Somos un fracaso tú y yo que, en la soledad, simplemente no somos. Tampoco tenemos la fuerza suficiente para vernos desde la otra puerta que atraviesa nuestra casa, y hace sus orificios como la trayectoria de una flecha inoportuna. Aunque antes, era un motivo más para salirnos del cuerpo –de la casa- o solamente de estar dentro. Para ser los de la herida y la sangre. Bueno, motivos sobraban. Y muchos. Pero ahora te digo con todos mis dedos que estamos creciendo debajo de la tierra. Somos la tierra. Y hay piedras en nuestros pulmones y nada hacemos. La vereda que pasa por encima está infestada de trapos con sudor, y no luchamos. Quiénes vienen a visitarnos. Es decir, suelen preguntarme por ti. O yo me pregunto. Hacen un juego las palabras mías que tuve desde el vientre, y para ti. Yo alzo una mirada hasta el techo del mundo y no hago más que sonreír con mi infortunio de puta. Claro, lo hago muy bien. Pero muriendo. Hay otros lobos acechando mis pies, y suponiendo los próximos pasos hacia el infinito. No confío en ellos. Todos me buscan, pero los aborrezco de tal forma que no logro verlos. Alguien arruinó mi direccional para volver, eso es verdad y seguro. Así que esa jamás le uso. Por eso creo que todavía estamos esperando el clímax de nuestra historia, por toda la vida, inconclusa. He de confirmar ideas agonizantes, que no pueden serlo todo. Según la búsqueda incansable por pupilas más serenas, más tuyas, sobre todo en las mañanas de cobre. Sólo anoto esto a forma de bitácora. Un vaivén más de acostumbrados gritos de auxilio dentro mi abdomen. Porque sé que ahora nada hay que hacer ni por remembranzas, o por nuestras existencias efímeras sobre el agua amarilla. Nunca los pequeños olores nocturnos fueron tan tortuosos como cuando no estuviste tú. Quedé viéndonos detenidamente: Somos dos pilluelos derrotados y sin comida. Y nadie puede ayudarnos. Estamos solos, solos como antiguas sequías que todo mundo quisiera olvidar.
II
Nataly:
No sé que tenemos tú y yo con la tercera estación del año. Mejor dicho, qué tengo yo con el pasado, y contigo, hecha de tardes de lluvia donde seguro después, inevitablemente ante la ausencia, me llega una urgencia de ti. Desconozco el porque de mis evocaciones a la hora de pasear al perro - sobre todo dentro la oscuridad tan sola - cuando azota un viento de norte, deshabitando casualmente la urbanidad que puede tener un vecindario corriente, como el mío. Alguna vez tan tuyo. Te escribo como siempre y a puertas del otoño. No comprendo muy bien. Igual sé que disfrutas leyendo: Estoy creciendo desmedidamente. Mañana iré a una entrevista de trabajo. ¿Ya volviste a trabajar? ¿Cómo está tu hija? Yo no sé que esperar de mañana. El futuro me molesta. Nunca llega, pero siempre está. He cortado mi cabello, tanto. Fluctúa entre glamour de los años 30’s y por supuesto, esa psicodélica actitud tan funky. Aunque esta tarde me pareció el momento incorrecto del año. Reconoces que en medio del invierno todo es mejor cuando es realmente largo. Hay algo principalmente preocupante estos días. En definitiva las personas ya murmuran sobre mi probable insensatez y falta de cordura. Creo es por eso de verme hablando sola o con Romeo cuando paseo frente al Kinder garden. Y nunca hablo con ellos. Necesito que vengas para defenderme como otros años. Entonces yo te defendía a ti porque mi padre te odiaba, y para consolarte, te mandaba besos a través de mi pared “que no me dejaba verte”. En otoño y en invierno salíamos más cuando llovía sin tregua sobre ciudades cercanas. Eso nunca lo olvidaré. Ni dejaré de decírtelo; yo, mi suéter azul y tu cuello de tortuga eran suficiente entonces. Los cafés cibernéticos. La inexorable situación de estar juntas, más en estas fechas. Y saber que ni el peso del mundo podía contra eso.

martes, 8 de septiembre de 2009

ALGO MÁS COMO TÚ
-------------------yo busco, constantemente,
en el minuto cautivo entre dos manos.
 Lo busco como a una imagen muerta
que no termina de resplandecer,
sola y en el recuerdo.
  --------------------------Algo más como yo,
 ------------------------------------------también.
------------------------ ¿Por qué no?
--------------------------------Hemos sobrevivido.
 Qué te diga el lugar húmedo y exacto
donde se incendian los besos.
Y donde perdemos el viento,
que nos trajo juntos
hasta el fondo del austero caudal,
el cual sólo se alimenta de nosotros mismos.

Es una búsqueda incansable a nuestros restos.
 Habrá quien diga que no somos, y no fuimos nunca.
Lo sabes, lo sé, lo sabemos.
Siempre marchamos lucidos y anticristianos.
Jamás negamos la indulgencia con la que nos llamábamos
“madre e hijo” o “amor” o “amante”.
 Y volveremos.
Yo tendré cenizas mías para darte
 –otra vez-
lo único que soy al final del camino,
muerto, claro pero igual: Yo.
 Algo más como tú para otros siglos.
Quien me diga dónde estamos, cómo,
con cual música, si incluso estamos vivos.

Porque mi inutilidad, y no arañarnos ni sernos,
ni buscarnos es una cruda duda donde nada va,
ni nada viene.

domingo, 23 de agosto de 2009

Some numbers

Veintisiete, él tiene veintisiete años y vive a una hora de aquí. . Y dice querer darme mi tortuga uno de estos días, o pronto. Él es muy ridículo. La ha llamado Alex. Al final ha mandado un beso a través de su bocina del teléfono viejo, como a las seis, eso antes de marcharme a cenar ………………………Amarillas, Emma cortó para mí esas flores amarillas porque no las alcanzaba. Ya se marchitaron. Eran bonitas cuando estaban realmente vivas. Me recuerdo a mi misma dentro de la destrucción del mundo. Algo más sobre Emma: Vimos su partido hoy, pero después hablaré de eso. Le sonreí con mi boca cerrada cuatro veces. Perdieron el partido. .....................................Como seis, eran como seis de la asociación de Lesbianas no sé qué rayos, que nos invitaron a la coronación de una reina en un bar al que antes acudía frecuentemente. Luego me asqueaba cuando yo arriba las mesas ahí. Juraba no volver. Mamá dice que iremos, no lo sé. La chica principal me miraba mucho. Vestía una playera azul con una bandera de colores. Quizá vayamos, mamá dijo que quizá. Cinco sillas frente a una laguna azul. No sé qué azul. Turquesa, real. Pero estábamos, y yo con mis lentes intentaba decir muchas cosas dulces a una mujer de cabello teñido. …………Trescientas cincuenta y tres fotografías en el memory stick. Todas son muy similares pero no voy a borrarlas. ………………………………………….Alrededor de mil doscientos cincuenta y cuatro pasos hasta el restaurante de quesadillas. Me comí dos, champiñones y espinacas. Y cuando he llegado no dormir. Nada de dormir. Tenía fiebre en las piernas como es acostumbrado ………………..Dos horas. Intenté dormir dos horas con mi abuela. Pero no hacíamos más que tener frío de aire acondicionado, y me preguntaba si ya tomé leche con miel por aquello de la depresión.…….....Puertas no había. Era más bien un péndulo peligroso. Igual entré. Era tarde pero entré, nadie me esperaba nunca. Pero llegué. …………………….Me iré el martes y no te voy avisar ¿o te estoy avisando? …..Cajetillas de cigarro al menos dos, y el suéter verde. Empacar, no te olvides. Ah, y el libro de poesía chilena. Apunta. Apunta. …………………………………….Uno. Primero. Ahora: No me vuelvo a olvidar de nuestros pactos. Mucho menos suponerte a dos metros hacia arriba, y hacia abajo. Ni pensar en escribir poesía sobre tus manos, que la verdad, no conozco.

viernes, 21 de agosto de 2009

Jazmín*

Este es uno de los días donde te pido que no te vayas. Y que nunca lo hagas. Y que eres lo único que he amado más que a mí -muchísimas veces- porque claro, soy una torre egocéntrica, que después, siempre vale extremadamente poco. Va, hoy es simplemente maravilloso. Es muy de la felicidad ¿viste? Aunque nunca hemos creído demasiado en ella, ni en su duración, en todo caso, eso. Me coloco suavemente a tus pies y lloro nuestras historias con tanta benevolencia. Cuando no te culpo demasiado, ni a mí, y espero en una puertita de madera a que pase la bicicleta adecuada, la del nombre de tu recuerdo. La de tu soluble y dulce existencia a través de mis huesos. Todo tan roído y de años atrás. Luego, convierto a Ofelia, en un ser comatoso lo suficientemente transparente para borrarle heridas a las tres de la mañana. Pero también perdono esta situación. Quién más sino yo. Vuelvo de mí hacia ti. Revuelco mis manos en tierra suelta de nuestros pasos, me siento tan hermosa así, frágil. Deforme Ya no me invento muchos nombres ni los hago rimar a las nueve cuarenta y dos. Sólo es una ráfaga de verdad, tampoco te confíes. Al final ya sabemos que tengo una naturaleza traicionera e irracionalmente torpe. Y que digo mentiras –él me dice “mentirosa” cada que puede- no patológicamente, las únicamente necesarias para una mujer como yo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Agosto (2)

-notas rápidas de porque escribo acá de nuevo-
Voy a escribir aquí y así, más bien por la costumbre de –siempre- mirar hacia un abismo, y verte a ti, en el otro borde - al otro lado. Y decirte -claro- mis anécdotas de odio y todo -sí- a veces de manera cronológica. Porque bueno, ya sabemos que te escribo por las noches cuando ya te has ido, y de sobra supongo tus piernas acercándose a mí, si me acerco demasiado a la cama, porque no hay otro roce más certero que frotarlas contra las mías. Pero hace calor, no quiero hablarte de eso. Entonces habría que enumerarte una serie de causas en cuanto al destierro de tus cosas -que tú llamas de otra forma que no voy a repetir- el destierro pues, de mi departamento o habitación y para que no te sintieras mal, al final de cada oración te diría: sí, si pero te amo. Igual ha llegado mi abuela y no sé porque todos en casa me miran con amor. Ese muy de olor a comida, y chocolate y paseos vespertinos. No sé tampoco porque aun no te he contado sobre eso, es decir la abuela. Ya sé que te gustan mis abuelos –digo, a quien no- y que te gustaría estar aquí por las tardes, para actividades varias:
Primero: tomarme de la mano y hacerme cariños. Segundo: es mi turno, tendría que leerte poesía, morderte cualquiera de los dos omoplatos, no sé demasiados métodos de seducción. Tercero: comer/beber junto a mi familia, por supuesto.
Y ya cuando todos se hayan ido a continuar su vida, y yo sin nada qué hacer –amor- me pongo muy sería a platicarte perdiciones, y la película que vi de último. Ya, acaricias mi cabeza. Me ayudas a escribir correo atrasado porque soy tan distraída o me hago distraída por no tener qué hacer. Después sí, me pongo formal, sí, sí, muy formal. Saco todos nuestros papeles y empiezo con la inutilidad de leer nuestros tratados viejos. Como justo ahora. No tengo orden ni disciplina al escribir, en cambio leo. Leo series de poemas del verbo gustar. O de mi éxodo al sur. O “lejos te amo”. Porque odiamos volver a este sitio lleno de tierra. Lleno de nosotros mismos con todos nuestros tropiezos, y muertes, y besos. Y todo lo demás. Pero ya sabemos que no es otra cosa que rutina o costumbre de sernos valientes a todas horas. De querer rompernos la boquita roja a mordiscones y de olvidar tu nombre, tu ciudad, tus manías que nunca me aprendí demasiado y tú, me reclames, hagas tu escándalo a solas para que después venga, te grite: sí, sí, pero te amo…Y ahora, tengo que irme de aquí.

martes, 31 de marzo de 2009

I was waiting...

La vida estaba llena de asombrosos nuevos conceptos.
Pero yo no podía respirar. No podía pensar.
Estaba esperando a que ella volviera.
Por que ella lo era todo.
Ella lo era todo, para mí. Danny (Heath Ledger)
Candy (Australia, 2006)
Hablemos de amor verdadero. Antes que todo, déjame aclararte algo; esto, mis letras sobrexpuestas, estarán vivas sólo una semana más. Después voy a matarlas. Voy a quemarlas, habrá sólo vapor de ellas y sus ecos. Los días pasaran muy rápido. Sabrás, una mariposa de aire se esfuma en la memoria como el efecto del alcohol después de ponerte muy nervioso al esperar por alguien, a que doblen esa esquina, a que salgan del auto. Pero el tiempo nos deberá ser suficiente. Voy a dejarte las llaves de mis cajones, no obstante. Puedes abrir. Puedes visitarme. Puedes vestirte con la ropa que alguna vez compré para ti. Decirme adiós, desearme buenos días. O buenas tardes. Voy a darte el orificio mío que lleva hasta el mar, hasta que vuelvas, por si es que vuelves. Por si volvemos. Si acaso necesito que seas otra vez. Enarbolada a la nada que suponen mis intentos de vida. Conmigo todo siempre es un intento. Conmigo todo es otra cosa. Yo no comprendo muy bien. Sólo puedo estar a la ventana de tu vida, y de la mía. Abrir de repente la puerta los días sábados, y los domingos, desde la banqueta de mi amada amiga, pero no así. Hay varios narcóticos que ya no sirven. Entonces sólo puedo estar muy cansada por la noche, tirarme sobre una cama, fumar, ahora fumo cómo no sabes. Estoy esperando a que algo se queme dentro de mí. Y generalmente lo logro, vamos, que siempre he sido un animal incandescente. Te hablé de las estrellas y las mujeres. Todos los días, fuimos monstruos perdidos a la hora de la cena. Fuimos de tabaco y chocolate. Menta y amor. Balas y huecos, y sangre, y labios mordidos. Fuimos todo eso, y en nuestra mente. Me veo la espalda, y veo la tuya, y me veo con flores amarillas, y nada. Aun así, nada. Es primavera, hay muchas de esas flores sin fondo por todos los espacios verdes de mi pervertida ciudad. Escucha, hablemos de amor verdadero, digamos una vez mas “aquí estoy, me ves, aquí estoy”. Pero ya sé que tú no puedes. Y yo sé que yo no quiero. Sé también las horas masoquistas de la eternidad que nos espera. Por favor discúlpame…yo estaba, yo sólo estaba, tú sabes... esperando…

domingo, 29 de marzo de 2009

Nota: cómo hacer estupideces una noche de sábado

Cómo voltear la mirada mientras piensas: ojala no hubiese pasado. Y qué bueno que pasó, o vaya, no decir que no son más que decisiones estúpidas, o arranques metálicos o mucho vodka vertido en jugo de uva. Y eso, eso, tratar de ver a la calle, a la banqueta, y no a ti, ni a mí. A las horas menos solicitadas, con la ropa menos linda, con la cara menos azul, sólo así. Esto es una recopilación de “cómo hacer tonterías una noche de sábado”. El domingo tienes que llegar a casa, bañarte, intentar recopilar también cada uno de los errores, meterlos en una caja, decir que ya de nada sirve, que de hecho tú no sirves. Gritar contra la almohada algo así como “aaaaarrggggg”. Yo no sé, sólo espero haber volteado la mirada suficientes veces, no haberte tocado tanto….y no, no hacerte, que no parezca nada raro...¡Mierda!
_____________________________________________________________
¿Por qué no me llevas atrás? Al fondo. Sabes cuantas camas hay, sino, puedo decirtelo. Tampoco es necesario, recuerdas, dije "eso no es necesario". Respondiste "ah no?", y subiste a tu auto, tu ruidoso auto. Deberias volver. Llevarme a donde te pido. De verdad que no hay nada mas espeso que la sangre dentro de mi cuerpo, de verdad, qué yo no hago daño. Todo eso que te dije son mentiras. No soy. Y tampoco llevo a nadie conmigo, donde quiera que voy. Soy como tú. Qué dice con indiferencia "bueno, a veces...". Soy cómo tú sintiendome cómoda conmigo. Y contigo. Yo no observo mucho tus manos, ni las observé, aunque me digas que esos instrumentos son tuyos, yo no. De verdad que no. Si mal no recuerdas acordamos años antes que es un final inevitable: nosotros somos hechos y nos buscamos, nos buscamos los unos a los otros como si fuesemos una sola compleja cosa que no funciona sin el otro (sin ti). Pero ya sé que no eres tú. No tendrías que ser tú. Son intentos desesperados por raspar otras pieles. Mucho de todo, desesperado por el tacto. Y es que estabas disponible. Por eso voy a dejar de persuadirte ahora. Ya, puedes volver a casa....déjame ya...es otro día, cómo hago para soltar la soga, que lleva al fondo...

martes, 24 de marzo de 2009

Weekend after you, or it, whatever

Supongo que esta imagen de mí, tendida sobre la cama, llorando, haciendo muecas de dolor justo después de ver de nuevo “Modigliani”…no es más que una imagen típica. E intento no repetir (y repetir) las frases de Jeanne “Quiero que lo sepas, quiero que lo entiendas, perdóname, por favor…” O querer reclamarle a Picasso sobre su vida “llena y sustanciosa”. Porque en realidad, sólo me agrada un poco el periodo azul, la mujer flor…vamos, que el cubismo no me sensibiliza. Ah…de nuevo todo es tan típico. No es una profesión, ni un privilegio, ser, estar, ser, estar. Siempre, en partes desiguales sobre el colchón viejo, y dejarse caer para que sufra, sufra y sufra tanto. Hasta convencerme de que esto es totalmente normal. Ver más de quince veces una película, y llorar, llorar…Volver a llorar.
…………………..
Desde entonces no he tocado más el libro que siempre huele a ti. Aunque perfectamente sé que no es otra cosa que la magnifica realidad de tu aun palpable existencia. Tu existencia en mi librero. En la música del siglo XIX. Y en todas las pequeñas cosas con sabor agridulce y añejo. Hará unos meses tuve noticias tuyas, y no hice más que reír, eso, y todo el día. Me senté por horas en la silla acostumbrada. Tenemos esta inexorable forma de vivir a través de los ojos. Te lo expliqué muchas veces. Fue como el primer día que conversamos. No te miento si confieso: extraño a veces esos días. Días de fotografía. Días de café y cigarrillos a las cuatro de la tarde. De esas épocas donde estuve cerca de comprender como era vivir dentro de mi cuerpo. El desgastado. El torpe. El doloroso. No hacía más que resignarme a que la gente no me agradará nunca. Tú más que nadie lo sabes. Días de amigos. No tenía que preocuparme por las situaciones de ahora. Y quisiera contártelo todo. Ya no voy a pedirte que vengas. De sobra sé que no lo harás. Y supongo que tampoco lo necesito. Una cosa es clara: sucede que he intentado de alguna forma, remplazar la ausencia de tus días. Pero por supuesto que “desde entonces” he llegado a la conclusión de que es inútil. Nadie es tan prosaico como tú a la hora de escribirme, ni tampoco tan complejo. Por lo tanto, tampoco tan poético. Así que en noches como esta, uno sabe de esas cosas. Al menos trato de escribírtelo fuerte y claro. Ya no pido que vengas. Si acaso es el libro que se posa atolondrado sobre mis piernas. Y no puedo fumar más. Ni besar ya mis paredes. Mi casa es la misma has de saber, todavía así, no me has escrito. Por eso tengo tristeza sureña ahora, y desde que sé que no vendrás, que no vienes, qué sin duda no vienes…no hago más que huir de los aeropuertos…
…………
Recibo una llamada la noche de viernes. Eres tú. Quieres saber si estaré libre el domingo después de las doce. Preguntas “¿cómo estás?”. Yo te doy mis respuestas usuales “Tú sabes, no sé, si estoy viva para entonces, claro. Sí”. Y lo estarás, ¡tienes que estarlo! .. “si, bueno..je ne sais pas, todo depende de la noche de sábado”. Luego, me llamas el día pactado. Ahora dices que estás enferma. Para entonces ya he decidido ir, mas tarde, claro. Los domingos siempre tienen un pedal qué para o sigue. Depende del clima. Un domingo caluroso no es más que una tortura depresiva si no hay playa o lentes de sol. Pero si llueve, si las horas se prestan, si hay té, cigarros…y tu olor, tu cara enferma, la cama de tu madre, bueno, seguro algo podríamos hacer.
................
Despierto: Todavía puedo soñar contigo. Puedo tomar mi cuerpo y colocarlo a orillas de la cama, garabatear un abismo entre el suelo y mis pies. Y soñarte. Soñarte como si aun estuvieras, o estuviste antes. Y sé que nunca será después. Aun puedo encender el televisor. Decirle que no al porno. Apagarlo. Arroparme bien bajo mis sabanas. Morderme mucho la boca como nuevo gesto adoptado. Verás, procuro explicarme toda esta situación. El por qué soñar contigo cuando diariamente no hay nada que me recuerde a ti. Pues no hago más que vivir como dice la gente que se hace. Tomar un transporte. Escuchar música y no ver a nadie que no sea del sexo femenino. Sonreírle a esa mujer, al hombre, a la nueva psicóloga. Qué es tan personal, si yo lo quiero. Sin embargo, despierto día a día a la misma hora, tarde, como hoy, domingo, y me repito, muy egoísta: “todavía puedo soñar…” (Si pongo “contigo”, rima, y sabes perfectamente, que no me gusta rimar…).

martes, 17 de marzo de 2009

Dinámicas inofensivas del silencio II


Después de varios sorbos a la taza de café. Después de ver como limpia sus labios cuidadosamente con la punta de su lengua, y después de beber también un poco de mi té, entonces, nos miramos. Cansadamente, por supuesto. Quiero decir con cansadamente que no pasamos mas de dos segundos con la vista fija en un mismo lugar. Es un juego de parpados-parpadeos. Podría, luego, interrumpir una vez más el silencio como haciendo otro comentario de lo mal que le sienta el tabaco ahora, o a esta hora. Sin necesidad de comer. Antes podíamos estar nada más en silencio. Ver los relojes, retar a los relojes. Asimilar el tiempo que es un bolso roto. Y desaparecer.

 - Y bueno, el amor qué, tú y el amor qué…

Estúpida pregunta. Pienso. La miro fumar y beber café. Y le respondo mientras juego con mi bolígrafo.

- Creo que él y yo nunca nos hemos llevado muy bien…

Se acerca con aire burlón, la muy cínica.

- Creí que el problema era que se llevaban demasiado bien…

Me alejo hacia el respaldo de la silla.

– Nunca lo pensé de ese modo, pero es cuestión de percepciones claro, de cualquier forma eso no va, al menos por el momento… -

“Este momento” – hace una pausa, suspira – el momento que parece has prolongado toda tu vida. En eso qué…sí. Tu búsqueda de la “perfección posible”, son humanos Waltz, pides demasiado…te dije tantas veces que no existe… 


- No he insinuado tal cosa – le digo indiferentemente.

- Bueno, de cualquier modo, enamorarse es tan sobrevalorado. Es inútil. No sé siquiera si lo he sentido alguna vez.

Contemplo sus manos. Son realmente grandes, blancas, pálidas. Como hilos de hielo que se funden con la mesa de metal.

 - En eso te equivocas, en lo de inútil, claro – sonrío para ella –

- Te sirvió de algo, ¿waltz?

 Tendría que pensar la respuesta. Lo suficiente. Intento voltear hacia la calle, estamos justo a lado de una avenida. Los transeúntes siempre tienen una mirada para gente como yo, ella dice.

 - Si te refieres a estarlo, sí. Me sirvió – hago una pausa – Decírtelo, nunca. No. No me sirvió de nada. Pero no esperaba que eso me sirviese de algo. He ahí la libertad del acto. La libertad mía que tú ni nadie puede tocar. Tampoco pienso en su utilidad por supuesto. Más bien lo pienso como un lapso, de muchos años, pero eso, un lapso, un vado…

Su mirada interrumpe mi monologo. Ahora todo su rostro se ha descompuesto. Hace todas las muecas sin hacerlas. Así, con un remolino de mementos en su cabeza, una piensa que tal vez se desmayará, entonces dice:

 - Pensé que no íbamos a tocar ni remotamente ese tema – lo dice azotando la cuchara, mirando hacia la mesa inmóvil que sostiene sus manos - .
 - ¿Qué cosa? ¿qué tema? La parte donde te mezclo a ti con el amor, o que… 
- Cállate Jazmín – ordena mirando cualquier cosa que no sea yo -.

Entonces, cuando dice así “cállate Jazmín”, sé que el silencio gobernará unos cuantos minutos. Y era pues mejor callarse. Pronto diré “tengo que irme”, o ella dirá “me voy ahora”. Me busco en el bolsillo cualquier billete para abandonar cerca del servilletero. Me preparo para verle por última vez. Verle sin darle un beso. Ya he dicho que jamás nos tocamos. Regalarle, quizá, un boleto para el subterráneo, pedirle que esta vez se vaya, de una vez, y para siempre…

 - No quiero irme aun, espera unos minutos, carajo Waltz…

Y maldice con desdén. O a decir verdad, ya no sé por qué maldice. De repente se acerca, pretende preguntarme algo. Coloca las palmas de sus manos sobre la mesa, quiere la verdad…

- ¿Ya no me amas, Jazmín? 

Tengo que acercarme a su pequeña oreja traslucida. Aspirar genuinamente su perfume. Lo hago más por maldad. Más por lascivia. Más por dolor.

- Te amo mucho, y de verdad, bien sabes…que eso tampoco nos sirve…

 Se aleja. Tiene esa risilla de satisfacción.

- Naturalmente.

- La diferencia es que hoy, ya no estoy, cómo es que dicen, ah sí… enamorada de ti. Pude por supuesto, y si existe ese del que vos hablaste tanto un día, y él sabe que pude hacerlo, qué digo hacerlo ¡estarlo!, y por siempre, pero bueno, tampoco iba ser infiel a tu deseo. 
- Y cual exactamente era mi deseo, según tú 
- Qué no lo estuviese, lo dijiste tantas veces. Todas iguales como balas que se alojan en el tórax. Luego en los brazos, en las piernas, y ya, cuando no te puedes mover, piensas un poco en dejarte ir. Lo haces, te vences…porque después de todo, bueno…después de todo, es lo que tú quieres, o mejor dicho “querías”…
 - ¡Qué sabes tú de lo que yo quería!
 - Sólo lo que tú me decías, o me permitías saber, lo siento… 
- Claro, sacando conclusiones como te arrancas un cabello, ¿no? 

 Bebe café. Fuma. Aun tiene en la cara huellas de la arrogancia que contiene. Yo me detengo por que sé que es lo más sano. Decir nada. Minutos después levanta la mirada, me mira fijamente.

 - … y cómo sabes, que ya no estás enamorada de una persona… - Ella traga saliva de vez en vez. Oprime sus labios. Tiene un semblante apacible, tierno.
- Uhmm pues, no sé como sea para alguien que no sea yo. Es simplemente que ahora puedo convivir más con el mundo. Él y yo. Una sola batalla. Luego, bueno, duermo más. O mejor, eso, sobre todo. – Ríe un poco entre dientes – Puedo pasar un día sabiendo que a lo mejor será como yo lo espero. Es decir, puedo hacer de él lo que quiera. No vas a venir tú desde abajo. Al final de todo. En algún bar, con cualquier gente. Cuando veo una obra, voy a un recital, leo un buen libro, no estoy pensando nada más en ti, ni deseo sólo llegar a casa para decirte, o querer hacerlo todo contigo. No me estoy muriendo porque cuando más te amo no estás. Ni porque en el fondo sé que planeas tu vida y hasta el último peldaño me encuentro yo, y para mí, tú podías estar antes que todo, tan fácilmente. Ya no estás más en las canciones. Eso es definitivo. Y sobre todo…- silencio – ya no me importa que tú no lo estés. Qué ni siquiera pienses que lo estés…porque claro, está, jodidamente sobrevalorado…
- Uhmm…- lentamente coloca su cabeza sobre sus manos, inexplicablemente tan fijas a la mesa. Su respiración era profunda. Tranquila. Parecía que el fin del mundo se asomaba por sus fosas nasales.

Y, por primera vez, tuve la certeza de que ella, así, con su cabeza recostada sobre sus manos, respirando suavemente, dejando nadar los ojos, ella, esta vez, se sentía un poco más triste que yo…