veo la luz que a nada me conduce,
regreso, abro la puerta de mi casa; no espero ningún asesino,
no quiero cogerme a nadie, sólo quiero llegar, desnudarme
y esperar por ti: invitarte un cigarrillo."



Esperar a que hierva el té. Me decía, Yo me decía. Lavaba los platos, los vasos. Me pregunto si cualquier nuevo hogar que me pertenezca tendrá una cocina pequeña en tonos rojos o verdes. No sé si allí lavare los platos mientras espero el té. No sé si allí, como a las seis de la tarde, se nos encarame el mutismo con todo su peso de perpetuidad. Con toda nuestra culpa. Después, recargarse en la repisa y sobre el azulejo blanco. Y su limpieza te conversa de cosas que jamás van a venir. Me hablaba de ti, me hablaba de nadie. Un Nadie muy grande a la orilla de cada escalón que da hacia las habitaciones. Tú sabes, esas cosas duelen. Duele, por ejemplo, ver una bacinica pegada a una pared azul. Una fotografía pequeña donde dices se ve el mar medio de lejos, o el sitio donde se guardan los zapatos. El gancho para colgar pantalones desgastados. Para mí, eso duele. Nunca he sido tan complicada. Ni tan especial, ni tan artística. Sólo soy yo y como esperando el té, hablándome, hablándote de estanterías como se habla del clima, como la gente de diario dice: hace un buen sol. Pero no. No sé, si algo de esta posición se llame cansancio. O soledad. Por que he puesto dos sobrecitos dentro del agua. Dos tazas a lado. Espero a que hierva el té, para servirme. Servirte, por si acaso quieres. De lejos, y en silencio.
A Stephen Crown
Siempre fui una niña muy enferma. Ahora estoy en el mismo hospital. Ella no ha venido a verme, ni…vendrá. Tú estás como todos los días, desde hace unos cuantos años. Me proporcionas mis medicinas. Los sábados por la mañana cambias el color del tulipán. Le pones agua. Me lees un libro que me haga reír. Y hace semanas que ya no hablo, estoy, nada más estoy. A veces te veo y te admiro hasta que mis ojos se parecen más a ti. Al reflejo de ti. Y te sonrío. Te mando un beso como sólo los sé mandar yo. A veces viene mi madre, y llora un poco, me da un beso sobre la mano, sabes que me gusta besar a mí también esa parte del cuerpo. Cuando estaba un poco sana, le tomaba fotos a mis muñecas, que como nadie muerde, me gusta morderlas yo. También me das masajes. Cepillas mi cabello. Me tocas los labios con los dedos cuando crees que duermo y no me doy cuenta. Parece que después de todo no está tan mal, esto. Y tú cuidándome por las noches. Y estar ahí cuando toda mi familia viene, se lamentan, me hacen un pequeño show. Luego se van y te quedas. Te llama el médico diciendo que hay una nueva opción. Lo piensas un rato. Pero sientes que eso no está bien. Me han llenado de jeringas el cuerpo, ya antes. Alguna vez rechazaste el viaje hacia una clínica ubicada allá al norte. Te has cansado de todo lo que me dicen, de los químicos, de los tratamientos que me queman los pulmones. Así que haces como vimos en televisión. Tomas mi camilla, y corres, corres y corres. Evades, burlas a las enfermeras y los señores doctores. Salimos hasta la calle. Yo te veo al revés, desde abajo. Tienes una cara aventurera y segura. Y vamos a través de las aceras, y de pronto alzas los brazos, señalas el nuevo bazar. La mujer delgada que antes era gorda. Los niños de colores. Te miro, dices: Don’t worry beautiful. Me miras, te sonrío. Y supongo que seguimos, y sigues corriendo. No hemos encontrado ningún lugar llamado algo así como “Heartbreak wonderland”.