viernes, 25 de junio de 2010

[Y al final no llovio, pero, bueno...]

Es probable que llueva, decíamos. Sin embargo, seguíamos derecho orientando los pasos hacia el sur. El cielo es extenso, y a la mitad de él, se pueden distinguir las nubes grises, grises demás: un cielo encapotado.
Las calles silenciosas, vacías. Todo lejos del sol porque realmente hace daño. Nosotros, los mismos, alejados de la vida. Y parece que en estas calles no hay vida. La gente en su cotidianidad, Y tú, y yo[siempre] animalitos de encierro que se fascinan con el simple hecho de contemplar el mundo. Yo suponía a la gente. A veces me observan, lo sabes, a ti principalmente, y yo como una extensión de ti, de tu pequeña vida negra, que va, una y otra vez, por los mismos baldíos campos.
Camino a casa, las nubes grises cubrían todo. Apartando la luminosidad del día. Entramos llegamos a casa. Y tal vez leer un poco. Tal vez escribir un poco. Pero hay una insuficiencia en el aire, como en todo en lo que algo nos falta. Porque seguimos siendo los mismos. Hacemos los paseos tristes de siempre, mi querido, y pequeño Romeo

martes, 22 de junio de 2010

Karina:



Tuvimos una pequeña casa en el mar. Estábamos por temporadas, claro. Tú sabes que la vida tiene ciertas eras, y en todas hemos estado, y antes, y después, durante. En todas, hemos sido. Hubimos de volver arrastrando bolsos largos sobre la arena cada verano. Y tú, larga y frágil. Y tú, bella y tersa. Todas las veces en invierno en el balcón. Sola. Pues conoces bien el silencio. Y gozas de él. Puedes trazar esa infinita y larga distancia hacia el horizonte: es que parece que ya no hay nada más que agua. Yo pensando que realmente no hay nada más que agua porque tú lo dices. Me decías eso, o no me decías nada, pero el ambiente era siempre el mismo; pensar que podías morir justo allí. Y yo pude morir ayer contigo. Luego volví a casa. Tuve. Volví a llorar. Pero fue hundirme en un sueño intenso donde tuvimos una casa en el mar. Y por las tardes, construíamos banquitas, y dejaba descansar mi cabeza en tu hombro, todos los veranos. Y así se nos pasaban las horas. Hasta que llegaba el invierno, y entonces así, solamente así, éramos inmensamente felices.

miércoles, 16 de junio de 2010

Ciruelas verdes [primera]




Veracruz, a partir del 3 de junio.

I
La casa tiene los colores propios del verano. La sequía, el silencio. El vaho oscuro del vacío. Asumía, claramente, esa perdida del tiempo. Mis cicatrices: piel y arena. Ahora tengo una perra flaca quien me busca mientras escribo. Un pequeño perico chiapaneco. Dos perros más. La mesa de patio llena de fruta fresca. Clair de lune a las dos de la tarde. Una incógnita que se resuelve con una simple borrachera: te duele. Sin embargo disfruto del silencio abyecto. La casa te recibe con ese espacio abierto al desorden. A esa amplia infinidad de palabras. A las pérdidas o los nuevos comienzos. Esos relatados en sueños de autobús. Los escurridos en arruguillas y ojeras de mujer de veinte.

II
Aguardo [siempre] por la fotografía de ellos. No es solamente verlos. No es, incluso, la fotografía; el aire, el agua, besos diminutos en compartimentos gigantes. Sé que están a seis metros. Que allí me esperan los ojos. Sus casi encorvadas espaldas. Ellos hablando con la mascota. Pretenden que de lejos no Dustin O’Halloran, mi pensamiento, escribirles. Pretenden que no estoy, y no me iré. Volveré para el otoño, les digo. El verano, sin ella, es muy cruel. Y es botellas de agua fría, árboles tupidos de notas nostálgicas, neo-clásico. Y etcéteras. Iremos guardando eternamente estas imágenes de ellos: El televisor. Casimiro siendo mimado como un infante. Las ciruelas verdes en el bol. Y la cámara inexistente a la presencia de mis ojos.

III [del Opus 23- Dustin O’Halloran]
Soy esa aparición claroscura muy al fondo de la gran estancia. Por la mañana fueron dos tazas de café. Un vestido de bolitas precioso. Isabel diciendo: eres la tristeza. Eres el sueño. A mi agrada todo eso, y por lo tanto, la beso. Voy lentamente al cuarto mío. En el, sólo una cama. Ella me recuerda: esta, tu recamara. Pero allí solamente maletas, mis desordenados libros; todo lo que se ocupa después de la ducha. Dos ventanas mal terminadas. Una cruz de palma en cada una. Cortinas improvisadas. Cuando yo era niña, solamente una ventana. Todo lo demás eran dibujos a crayolas y un ropero. Telas blanco con rojo; geishas y el jardín chino. Luz. No la de una lámpara. La luz. Algo como la luminosidad sútil de su cabello rubio: eterna. Algo como eso. Después fue caminar descalza a través de la casa, sobre suelo rustico. Cerrar los ojos. Abrir los brazos. Dustin O’Halloran y el Opus 23. Él, dentro del silencio. Escribir, entrever tulipanes rojos a lo lejos. Haciendo un conjunto de cambiantes mareas. Por eso abro los brazos, juego con el viento. E imagino muy bien, ese “aire de tu risa”, del que tú, cariño, me hablas tan exactamente...


NOTA-EN-TU-ALMOHADA

Yo voy a creer en este artefacto. Es de madera. Me recuerda su olor, a la albahaca. Tiene una cruz al final. Voy a creer en él porque tú me lo has dado. Porque dices tú que esto puede cuidarme, porque dices tú me lo das con mucho amor. Yo te lo he pedido. Me lo he puesto en el cuello. Queda bien con todas mis tonalidades verdes. Con mi pecho. Isabel, yo voy a creer en todo lo que creas tú. Si me lo das tú. Si me lo dices tú. Si en este rosario, permaneces conmigo, para siempre.

martes, 8 de junio de 2010

Recado Express tintin*

Esta carta te la hago muy rápido. No es elegante. No es discreta. Es necesaria: no hago más que hablar de ti. Esperando mañana me concedas una cita, no tan tarde, ni tan temprano. A las cuatro, como siempre. Probablemente suceda mi silencio. No voy a mentirte. Pero aun con ello, que sepas, que solamente espero el día despierto para escribirte una nota, un respiro: vivir, hacerlo por ti. Es extraño, ya sabes. Se camina sin rumbo. A la deriva, siempre. Pero cuando llegaste tú era sencillo: amar. Re-escribir el diario verde. Dedicarte todas las letras. Lo demás, parece, es un acto fútil. Ocurre nunca entender, entendernos. No he de negarte ahora que estoy un poco ebria. El viaje es el miércoles y hemos comprado mucho alcohol en familia. Hemos vertido todo el amor en una copa. Planeo eso de casarme contigo, invito a mis mejores amigas. Todas dicen que es fácil amarme. Que en realidad no es que te sacrifiques tanto: soy, la hostia. Y sé bien que lo sabes. Como también el deseo al tocar una cama. Querer llegar a ti. Besarte toda la vida. Empalagarnos. Cansarnos. Aprender de nuevo a besar y hacer el amor. Pues todo debe de ser como te gusta. Amor, esta carta no tiene mucho sentido. Es un recado que alojo debajo de tu cama. Solamente ser una borracha cantando. Y es que te amo. Que hoy me convenzo. Que hoy te espero. Y que todas las puertas, después que entraste tú, las he de cerrar...

Tuya,
Jazmín.

lunes, 7 de junio de 2010

[Hablar]

-Me has arruinado…
- ¿Yo te he arruinado? Claro, sí…
- Sí, me has arruinado para todo el mundo, en especial para los hombres.

Ante esto, intento no reírme. No por su calidad de, ridículo, estúpido. O simplemente, chistoso. Pero bien, bien…

- Me vas a disculpar, no te creo ni un carajo.
- Claro, no me crees un carajo pero solo haces eso, estar, no me hablas, no me dices nada, no tomas tu maldita responsabilidad
- Ahora no sé de qué me estás hablando
- Entonces es cierto; llegas a la vida de alguien, haces tu desastre, tan tú, como solamente tú y luego pretendes que no ha pasado nada ¿no?
- Jajajaja... esa es la idea principal, sí, sin la responsabilidad de tener qué hacer algo, eso me parece más bien un reproche infantil. Creo que deberías, realmente, y te lo digo con todo respeto …
- ¿Respeto? ¡Qué sabes tú de respeto! Si hubieses respetado nuestros acuerdos...
- Cállate y déjame terminar... Creo que esto que voy a decirte puede servirnos más que todo lo anterior ...
- -respira- Voy hacerlo, no por ti, sino porque justo ahora no tengo nada bueno qué decirte...
- Bien, Creo que lo único que debes y puedes hacer es esperar
- ¿Esperar?
- Sí, esperar, ahora la espera toma una dimensión distinta
- Por qué
- Es una espera, absoluta...
- Y eso qué tiene que ver con lo primero, ves, ni siquiera tienes, no sé, coherencia...
- Eso ya lo sabías, desde el principio
- No, en realidad no. Nadie me dijo que me dirías “espera”, al final, casi al final de las cosas...
- No se trata de eso
- Entonces de qué, por favor, dime por qué...
- Lo que intento decirte es solamente eso
- Yo, yo ... sólo creo que necesitas escucharme tranquilamente, uno de estos días...
- Tú eres quién me ha dicho: me has arruinado...
- Es verdad, te odio tanto a veces
- Ya, bueno, así es esto...
- Pero ven, vamos a casa...
- Ya no tenemos casa
- Lo sé, pero igual, acompáñame...
- Sabes bien que no puedo acompañarte
- Pero igual..
- Debo irme.
- Siempre debes irte
- Claro, lo sabías también
- No, eso no lo sabía
- Ummm...
- De haberlo sabido, nunca..nunca hubieses llegado...

domingo, 30 de mayo de 2010

Autumn in my pocket



n° 1

Alguien come una sopa instantánea y piensa en ti. Esa soy yo. Seguramente otra persona más, un hombre italiano, una mujer muy guapa; lo hicieron antes con imágenes más elevadas. Te lo dijeron de mejor manera, mejor que yo. Pues dices, que, en toda tu vida te han dicho cosas muy bonitas, y a mí, varías veces –por el contrario- me han reprochado el egoísmo. Pero tú no. Tus intenciones conmigo no hablan del pasado, ni de cosas que no he hecho. Por eso estás. Lo demás no importa. Por eso te he llamado tres minutos cuarenta y ocho segundos. Y eso significaba la vida a las cinco con trece. El otoño aun se siente tan lejos, Martine. Como tú, anoche. Como yo intentando explicar que quisiera sólo estar sobre el piso de mi casa, que mamá pase por encima. Que aquí no puedo. Deben levantarme ya muy tarde y llevarme a dormir. Que a pesar de la mente, no puedo. Creo que solamente hago esperar la casa. Mi listado de acciones diarias desde la mente. Pensarte. No estar segura de cuánto y cómo. Me dicen que desde que tú estás soy más Jazmín. Y eso la verdad, me tranquiliza. Me dicen, que tengo una emoción constante, muy amarilla. Entonces me supongo aun aturdida, como durmiendo. Como soñando que todavía vienes en camino. Luego caigo en que no sé cómo, ni cuánto. Soy inconsciente de la felicidad que me repartes. Es como llevar el otoño en el bolsillo. Y cada que necesito un poco más de agua, más minutos para escribir, cuando quiero comer, cuando necesito descansar de la esclavitud de humano; saco del bolsillo…y te encuentro a ti, en cada hoja…


P.D. Gracias por los pequeños detalles -el otoño en video- siempre, siempre me gustan.

viernes, 28 de mayo de 2010

Etcétera y amplificados



Sinceramente no tengo mucho que decirte: Un día alguien tomó mi mano. Tenía frío y hambre. Me miraba fijamente a los ojos, y no mirándome. Y no tomándome de la mano. Bailaba lento. Se adentraba fijamente entre mis pechos en forma de calor. Y luego hacía quedarse así. Abrigarme. O no hacía nada. Se quedaba, sólo, firmemente, recorriendo con un dedo, todo lo que significo, yo. Y no tocándome. Todo lo demás, es una extravagante vida. La misma de siempre, viajando etéreamente por el mundo. Odiando el mundo. Caminando por calles llenas de vida. Esta es una ciudad con vida cálida, y ahora, la detesto. Sigo siendo aquello que goza de callar mientras observa. No hay mucho. Sucede una cocinilla a media tarde. Me preparo de cenar. Pienso ahora: los cafés. En muchas ciudades. Soy alguien frente a ti. No lo sé. Pero me pides explicaciones. Yo ya no voy a darte nada. Mucho menos explicaciones. Fumo. Como un acto rebelde hacia mi cuerpo, a manera de brindis. Diciendo adiós a vicios. Ahora serán otros vicios. Seremos otras leyendas. Seremos una escena final. La guitarra de Santana en Europa. Es dolorosa, seductora, definitiva. Y no, no es del todo feliz, pero tampoco triste. No lo es. Lo escuchas. Repite mucho aquellas tres notas, que dicen, me voy, me vengo. No es un tal señor Steve Vai, pero al final la guitarra te destruye en pleno orgasmo. Así que, lo mismo. Son pasitos míos, descalzos. Son grandes pasos, tuyos, ruidosos. Resuenan en algún lugar desconocido. Se adentran en una habitación en tonos naranjas. Dicen que esos lugares suelen tener tonos naranjas que sugieren hambre. Como sabrás, yo alcanzo a comprender muy bien eso. Estando allí, te sientas. Es un suave lugar. De alguna forma se intenta hablar con piernas y manos. Sinceramente yo no digo mucho: te veo. Como un día te vi. Y si sopesamos la posibilidad de medir una cosa con la otra, no es muy diferente. No hay cuantos. Ni quiénes. Tú sabes que soy yo, above everything. Y que nada puedes hacer contra ello. Por eso te sientas en ese suave lugar, como vociferando razones falaces que sabemos bien, nada son. O son sinceramente, solamente eso.

jueves, 27 de mayo de 2010

Oda a mi mano izquierda - JHC

A Ulalume González de León

Donde termina mi mano izquierda empieza el vacío, la región del misterio, la zona inexplorada donde muchos de los que han muerto bailan como si estuvieran vivos.
Donde termina mi mano izquierda empiezas tú, igual que donde termina mi mano derecha, sólo que estás sin poder hacer nada, en medio de lo incomprensible, de lo que me chupa poco a poco los huesos.
Donde termina mi mano izquierda empieza un campo en el que oscilan fantasmas. Y quien no ha visto nunca el fantasma de la margarita no sabe que he llegado al umbral de los enigmas: “Me quiere, no me quiere…” “Tal vez sí, tal vez no…” Las preguntas sin respuestas, o las que no es posible responder, están donde no estás tú, donde termina mi mano izquierda. Yo soy adicto a la nostalgia, y la nostalgia está hecha de naves que se han hundido y reposan en el fondo del mar, en esa región que empieza donde termina mi mano izquierda. La mano con la que no puedo asirte.
Pero toma tú esa mano entre tus dedos de lirio y bésala con devoción, dedo tras dedo, porque encierra el misterio de la música y los instrumentos bien temperados, y allí está soñando en acompañar un día tus canciones.
Deja que mi mano, histérica y mágica, se cargue de más magia todavía acariciando tu seno izquierdo de arriba abajo, lentamente, hasta allí donde empieza un territorio inexplorado. Porque con mi mano izquierda va mi errabunda carne, dispuesta a ser desgarrada por fieras que la tragarán aunque suspirando al divisar los nudos de las montañas lejanas.
Donde termina mi mano izquierda yace el cuerpo de Friedrich Hörderlin aplastado por la losa insoportable de su propio genio.
Donde termina mi mano izquierda empiezas tú, vida mía. Y benditas sean mi mano y la tuya por la energía sobrenatural que al estrecharse me infunden.
Nunca he sido yo un pastor de rebaños, pero mi mano izquierda sostuvo un día un espejo en el que tú admirabas tu belleza.
Esa mano, cargada de entusiasmo, imprimió un día un ángulo propicio a los espejos de mi armario en los que tú admirabas, tendida bajo el mío, nuestros cuerpos.
Esa mano sostiene la mitad de un aplauso que no podría manifestarse sino golpeando la mano derecha. Al presentirlo vago entre espigas de entusiasmo que sólo cosecharé el dìa que tú quieras poner en mi mano derecha la hoz que alguna vez te he pedido.

Entre tanto, bendita seas tú por la carga de energía sobrenatural que me impartes.


25 de noviembre de 1999

JORGE HERNÁNDEZ CAMPOS

miércoles, 26 de mayo de 2010

Mientras cenabas -cursi, un poco-


22 de Mayo 
 [esto fue escrito el último día que te escuché]


MIENTRAS CENABAS. Ayer, mientras cenabas –tú dices que cenabas- de este lado, te buscaba con una añoranza que me había prometido no sentir jamás. Entonces, era yo, con una casa en la espalda, y yo en la casa, sola, rodeando. Comiendo. Esperando. Aunque por la mañana tu beso a la distancia, y la llamada de mi padre. Aunque eso, amor, te buscaba. Era la fiebre de siempre. La que intentaba explicarte los días de incapacidad. Y día a día. Antes era enfermedad. La obtusa sensación de la nada. Hoy es transpiración. Calor absoluto. Mi cabello desordenado seguido del “te dejo”. Tu te dejo. La fina capa de sudor sobre mi frente, hambrienta de tu soplo. Era ver mucho mis pies. Preguntarte “dónde”. Imaginarte allí, al filo de la rodilla. No obstante, intentaba apelar a la paciencia unos segundos más. Tranquilidad. Ser la paciencia. Renovar la piel. Encender el televisor. Hacer la sucesión de eventos tuyos. Lo que sigue después de ti. Mas no durante. Intentar sostener el tiempo entre los dedos. Tuve que ducharme. Rascarme la oreja. Preguntarle a los azulejos por ti como si hablaran, y luego no pedir más lluvia por la tarde. No eran muchas horas. Intentaba calmar esas ansias locas. El animal de hambre que soy yo. El que conoces entre lineas. Después hice salir. Resolví revivirte en lugares donde estuvimos. No me dejaste entrar. Me llabamas. Y con tu desesperación amarilla, hacias como el poema de Pablo Neruda –que ahora detestas-, tú, abres para mí, todas las puertas de la vida...

martes, 25 de mayo de 2010

Martes



 I
M.- El día martes se despertaba de tal forma, que todos los caminos iban a ti. La respiración lenta y claro, cotidiana, de quienes esperan por un autobús. Las nubes tontas advirtiéndose grises, asustándome. Esa fija insinuación de los hombres hacia las faldas. El color amarillo dentro de las cosas. Lo demás, los demás hechos de la vida eran inútiles. Todo iba hacia a ti. La música. El teléfono. Sonreírle a la señora que barre la entrada del hotel. Tú. Y todas nuestras conversaciones se repetían una y otra vez en mi cabeza, sobre mi lengua y mi risa parafraseaba extranjerismos torpes, que, a su vez, me llenaban de ternura. Eras bondad un día martes. Y la luz. El azul turquesa del océano de frente. Todo tú. Para ti. Mi calidad de escritora apenas, aturdida, te buscaba. Te seguía. Como un niño en el portón del colegio esperando por sus padres. Y ninguno de los dos se aparece. Después resignación y calma sobre un banquito marrón.

Así todo el día. Eras las palabras, y toda la arena. Una ensoñación tal, que, los restos de vivir, por vivir, tú sabes. El trabajo, tomar el autobús a las ocho veinte, la hora de la no-comida; se presentan exteriores ante mi rareza al sobrellevarlos. Sabiendo que cualquier acto furtivo, en realidad, se basa en ti. Al final del día a ti. Y todo lo demás, ahora, me es absolutamente inútil…


II
FAREWELL

Creo que me despedí. Creo que nos despedimos. La noche anterior o la noche después, te soñé. Otra vez eras tú en un domingo soleado y sonriente. Lo nuestro era una película. Era una película aquello de tu imagen. Danzabas entre árboles. Me dedicabas tu risa. Parecía, incluso, alguien te hablaba cerca del cuello y te mordías los labios. Corrías. Te divertías. Yo me recuerdo en la butaca siempre. Parecías en un filme hecho en 1965. “Quizá desde entonces…”. Y de alguna manera, hasta ahora. Sostenías entre tus manos una flor grande. Voluptuosa. Muy de primavera. Resolvía que esa era yo. Asumía tu felicidad sosteniéndola (me) y luego dejándola con extremo cuidado entre el pasto muy verde –de ese lugar- en el sueño. Todavía no lo conozco. Después volvías a irte. Brincabas tratando de alcanzar las manzanas. O sólo el reto fructuoso de tocar las hojas más altas. Muy tú. Luego tus tenis grises. Esos que nunca te quité. Se veían pequeños en la floresta de siempre. Donde nos despedimos. O lo has hecho sólo tú. O solamente yo, seguro. No sé exactamente si me dejabas irme. Tu película. 35 mm. El sol que ya no te pertenece. No sé si me sentí triste al final. No. Te veía. Era verte. Despertar esperando que realmente fuese de mañana; soleado y brillante. Lo que siempre pedimos. Era simplemente un día, claro. No había voces. Nada parecido a las voces. Llegar al trabajo. Contarle a alguien sobre querer quedarte. Sobre definitivamente irte. Sobre tu brazo. Y que no me creyera ni-una-sola-palabra.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Aprés toi

Hoy hice de nuevo los eventos sucesivos después de ti: callar. Sonreir dándo la bienvenida a los extraños. Siempre me quedo muy sola después de ti. No sé cómo explicartelo. Es más que el teléfono. Más que la lluvia. Música triste con saxofones. Más que ver toda tu correspondencia en un buzón electrónico y decir: nunca sería suficiente. Me quedo leyendo tus últimas notas. Miro una vez más tus fotografías. Las beso. De a poco te memorizo. Hoy lo he ordenado todo. Lo puse según tu nombre, según las fechas. Luego pensé “todo está bien, ya voy a irme”. Me ha llamado Isabel: ya aprendiste la lección, querida. Siempre tan sabía con su voz de hierro líquido. Luego pienso de nuevo en lo de los libros. En el de J.K que quiero comprar, para mandartelo “desde México, donde fue escrito”. Surge mi emoción por los estantes. Es en realidad, estúpido pensarlo. Leerte a miles de kilometros, pensar en tu soplo en mis ojos, contener en mis manos aquello de los estantes. Hacerte vaciarlos todos. Como si fueses tú, yo. Yo tú, leyendo. Ambas en la habitación, que no te dije, pintaré de rojo. ¿Te gustaría el rojo? De qué color pintas mañana? Qué melodías colocas, con cuales me piensas. A mi me sucede al hacer la infinidad de escritos diarios en mi cabeza que dicen más o menos “ahora observo la creciente furia del mar ”. Vienes a mí con la furia del mar. Construyo una metáfora incompleta: te paras frente al atlántico. Viras hacia mi latitud. Colocas las manos en tu pecho. Piensas en mí. Dices: tuya. Después respiras, lanzas un sonido como el de los besos que te hablé. Luego, sentada en mi silla verde, siento tu pequeño y sumiso “hola” en mi oído. Con tu respiro de temblor formas una onda expansiva hasta mi costa. Observo el mar otra vez. Eres tú. Es una brisa leve, a veces fría, y me muerde los labios. Asumo entonces que me piensas y sigo con el día donde no hago más allá de lo antes dicho. Lo demás es lo que sabes. Te espero al salir. Te busco al salir. Qué me beses los ojos. Aunque al marcharte de golpe me quede con un desorden de letras que tengo que venir a escribir…

                                                                                                                     Foto por: Martina Margarit

sábado, 15 de mayo de 2010

Somewhere not here



Esta es una serie de momentos tuyos: Tu toque de marfil canario. Los ojos claros. Una sonrisa que creí jamás. Esto soy yo saliendo de casa con solamente una cerveza en la sangre. Dosificada. Esperando a que salgas del auto, para decir: llegué, ya llegué. En medio de eso escribo con minutos cortos, improvisados. Quiero decirte después que lo leas, que al igual te espero el martes. No lo olvides. A veces, siempre, me parece, estamos dentro de un bar, y las voces son demás sensuales y nos invitan –claro- a cine griego/cena/bailar. Parece, incluso, estuviésemos ya, ahí, un lugar que no es aquí. Canto: I dream, I see your face I see, I dream of you, If you were here we'd watch, If you were here we'd see. Que ha sido escrita para ti, y recién la descubro. Y desde ahora es nuestra canción. Tenemos que tener una canción, tú sabes. Por si acaso todos los colores amarillos no nos abandonan. O solamente por bailar. Tener café por las mañana, vino por las noches. Una sonrisa casi silente hacia los hechos: describir como se muere una batería. Amo. Amo tu risa. Es, en realidad, sencillo en toda esa complejidad. ¿Es esto? ¿Es eso? ¿Viramos? ¿Esperamos? ¿Seguimos? Ya ves que cuando hablo, después de todo, nada es demasiado fino o literario. Mezclo cosas que solo nos conciernen a nosotras. Que lo demás sólo es alguien observando todas las dinámicas inofensivas del silencio entre dos personas que quieren comerse la una a la otra, quienes comparten melodías, alcoholes, días sábados. Llamadas telefónicas. Esto no podría ir en un librillo y viajar a la capital de mi país. Es solamente eso. Hablarte. Recitar mis diminutos pensamientos después de bajar una azotea. Ya todos se habían retirado a sus casas. Todas las mujeres se estaban duchando y yo esperando ir al super market por algo más frío para beber. Pero ya sabes, no tengo dinero. Así que de todas formas podría ser mejor así. No sé cómo las horas fueron lentas, ahora, si lo vemos. No deberíamos pedir demasiado a un viejo móvil. Tú seguías danzante, igual que un piano a media luz. Te esperaba. Yo te esperaba aun si las horas no existen. La serie de momentos tuyos: You were safe and warm. I was in your hands. We were moved in time, to another space. Somewhere, not here. Somewhere, not here. Et toujours...So, little time. So, little time

viernes, 14 de mayo de 2010

Ahora me gustan las rubias.

Martine; tú eres las horas. Igual una canción de Grant Lee Buffalo que dice: Heavenly. También Sometime later de Alpha o sencillamente, la hora de desayunar a solas sobre una barra con azulejos sucios. Silencio y perfección. Pero te busco definiciones imprecisas. Honestamente, te digo, eres “las horas”. Estos últimos tres días parece que estuvieses entre la arena de mis pantalones. Y que te asomas en todas las piernas de mujeres que provienen de UK a las cuales no les pongo mucha atención. Son demasiado mayores. Vienes, como la sucesión de segundos tibios. Yo sabía que la palabra tibieza te molestaba por su calidad de punto medio, o muy apenas, y no la totalidad que solamente nos habla de hambre. Pero no lo decía. Tú tampoco lo decías. Pero anoche fui sincera y por fin te hablé intensamente del hambre. La cama tonta donde duermo es muy calurosa, y no es mía y voy a dejarla el domingo. Sin embargo era suficiente para abrazarme a que en tu reloj eran las seis y media de la mañana y que no dejabas de hablarme. Que yo no quería ni infinitamente dejases de hacerlo. Que el beso partido por el mar me provocaba un calor absoluto desde los pies a la cintura. Pero eso tampoco iba a decírtelo. Más bien humedecía mis labios. Deseaba que fuese octubre. Ambas con Isabel. O en el auto, o la bicicleta esa donde puedes llevarme. ¿Por qué, Martine? Porque las horas. Comprendo que la culpa la tiene el silencio y tu perfección al decirme exactamente: sé cómo me quedo yo. Y todo menos “amo”, y los escritos que ahora intento terminar. Y que probablemente terminaré en unas semanas porque voy abrumarme cuando amanece o voy a sentir un cosquilleo fatal cuando vea de lejos encenderse el móvil. No sé que voy hacer con el tiempo. No sé ni cómo salir de este establecimiento sin explicártelo: tú me eres. Creo porque habitas en todo lo intangible ahora. Y en la simplicidad de los hechos más hermosos también. Son las situaciones específicas por las que te has establecido inhumanamente, para no doler, para no ignorarme, para entrar en toda mi vida. La verdad, M, que no podría explicarlo sino con otro silencio más. O la próxima vez que te escuche, y la próxima vez que te llene y te vacíe: aquí también. Por lo otro, no quiero que sientas tristeza mía, ni por mí, ni por lo que escribo. Ya mucho me han dicho que soy la melancolía de las cosas verdes, azules, y rojas. Y no me cansa ese mero hecho, pero no quiero. Alcanzo a comprender la posibilidad del porque suceden dichos eventos. Pero mientras tú me lo dices, o me llevas la contraria, te confieso que eres todas las horas, incluso las que se van, las que yo pierdo. Y las que gano y las que invierto. Intensamente pensándote como hacen los niños en su madre, cuando quieren llegar a casa.



Foto por: Martina Margarit

sábado, 8 de mayo de 2010

No culpo tu frivolidad al decir: tú eres mía y yo tengo que cuidar de ti. Es, en cambio, lo menos que puedes decirme. Lo más inocente. Y cierto, también. Después de esas palabras tuyas tuve que llorar un poco, no voy a mentirte. Estaba en la azotea entre el viento y ropas que se presumen lavadas y limpias. Y no estabas, pero acababas de renombrarme tuya y eso suponía simplemente fumarme tres cigarros más o arrojarme los dos pisos hacia abajo, y esperar por ti. Lo demás era solamente eso. Vivir. Mendigar. Querer siempre mudarse o volver contigo. Estar. Ampliar nuestra casa. Pintar las paredes de verde. Dices que pintaste toda la casa de verde ahora que ya no vivo ahí. “Para pensarme”, y que haces comida cantonesa, para lo mismo. Porque extrañas mis sabores. Todo lo que te evoque a mí. Sinceramente yo suelo hacer cosas similares. Voy por la calle. Comparo esta vez, bastante objetivamente, porque la gente te confunde con un hombre y vuelvo a molestarme enteramente con el mundo exterior, que no vale, ni ha valido nunca mucho. Camino el asfalto vacío los sábados por la noche. Antes, contigo, era el sábado en la noche; la cerveza, alguna pelea estúpida e ir a ese cuarto lleno de libros y películas. Flagelarme con mi antigua relación. Arrastrarte con ella. Obligarte a los abrazos: entiéndeme, es que duele. Tom Waits y más alcohol los días sábados. ¿Recuerdas? Yo halaba una sabana hasta tu cama y cargaba con ese olor a ausencia tan mío murmurando que tenía que dormir contigo para no sentirme completamente sola, ni lo suficientemente amada a medias. Como para no querer levantarme y trabajar. O ser. Simplemente ser. Siempre tan doloroso y tan difícil, apenas. Porque ese sencillo acto, era honestamente posible gracias a ti. A que soy tuya, y cuidabas de mí. A que pertenecíamos al mismo espacio- tiempo. A que a veces, habitaciones. Alcohol. Camas. Restaurantes. Rodeaban nuestra existencia y al final del día no hablábamos más que de felicidad. Me dabas besos. Por fin confesabas: eres lo que más amo en todo el mundo. Y que sin mí te habrías muerto. Y yo correspondía recíprocamente aquella situación. Por eso no te culpo en las llamadas. Me quedo con toda la melancolía completa de noche de sábado en una silla. Siempre en una silla. Y tú, como siempre, mirando calladamente mi espalda. Ahora has de imaginar mi espalda allí. Como se traen a la mente los fantasmas.  

lunes, 3 de mayo de 2010

Yo voy a decirte: No. Te gritaré a lo sumo: es ideal ésta condena. Y que solamente veo de lejos tu oreja arrugada. Sino suponiera su perfección, sería deforme. La observo no timidamente entre tu cabello largo y cenizo. Entre lo que parece viento, y el Sunday. Es una fotografía muy sobrexpuesta. Aquí digo mucho “Sunday” ,“comment”, “great” and “see you later”. Pero aquí no habitas tú. Y cuando termina la jornada de trabajo , me nublo. O su opuesto. Y hago tomar un teléfono móvil. Y después buscar mi oreja –tan diferente a la tuya- para alcanzar notas agudas a las seis. Luego escuchamos canciones viejas todas nosotras, las mismas. Siento de a poco una sensualidad danzando al ritmo de mis dedos, ese acto sensual. Mis manos escribiendo. Y escribiendo-te. No podría hacer mucho además de eso. La gente aquí me reprocha que no tengo para comer. Que no tengo dónde vivir. Pero igual esclavizo esos ojos mios, antes tuyos, a las blancas y planas pantallas de ordenador. Vuelvo como se retorna suavemente a los vicios. Es una acción casi sumisa. Seguido de “ya no voy a fumar”. O “ya no voy a buscar tanto sexo”.Y al día siguiente era tener una cajetilla llena, azoteas, viento del sur y piernas muy largas. O simplemente había cambiado de identidad. Y ya no me llamaba Ofelia. Ni Jazmín. Ahora estaba enamorada de un hombre y le llamaba temprano en la mañana. Todas esas mentiras que no sucedían al final y no me reventaban las horas.
Cierto día observo unas letras tuyas. Esas colocadas. Por colocar. Engendradas por existir. Dichas y hechas como igual te mueves a contra luz o aspiras el aroma de una almohada. Y me surgen como siempre olas bohemias dentro del cuerpo. Pienso en decirte: No. En volver. En trangredirte. Burlarme de tu presente y tu pasado. Palabrear finalizando: solamente yo. Me desdoblo. Bebo una cerveza puntual. Y te observo: todo el mundo se paraliza en tu oreja. Deforme y absoluta.

sábado, 1 de mayo de 2010

Carta pueril a Martina

Cuando falté al trabajar,


y era gris, todo el cielo era gris, te contaba.

Cuando la lluvia no paró por tres dìas

te contaba,

y me llamabas y con tu voz llenabas todo el cuarto,

volvías a llamar, dos minutos más, después colgabas.

No te decía cómo se abrían los vórtices en las paredes

y cómo me quedaba sola, sola

……………….y cómo pensaba en ti hasta cansarme

-no de ti, ni de pensarte-

sino de la soledad, porque no estabas.

Sino a una línea recta e inclinada de miles

de kilómetros bajo del mar.

Salías de él, te imaginaba salada.

E intentaba a susurros hablarte más de

Jennifer Clement y su casa en el océano.

Querernos ahí sobre el remate.

Ser el remate. Pues en el encierro venías

con nuevas plataformas andantes

y de nuevo era yo, tan grande dentro de ti

por ti, a oídas

en el silencio tan propio

cuando disminuye el ardor y la fiebre,

engendro de tu voz,

relatos de mantequilla

tan finos y dulces como la infancia.

martes, 20 de abril de 2010

Carta a Berenice (I)

Berenice; nunca te escribo cartas en esta costa. Desde aquí, te he contado, la vida se vislumbra como algo demasiado lejano a ti, y duele. Pues tú eres mi hermana, y representas duramente el mundo familiar al que ahora ya no voy. Eres la poesía y el arte plástico mezclado con ácido y pastillas azules estridentes. La costa aquí no es lo mismo que el mar eterno de los abuelos, y las lunas negras de julio que nunca volveremos a tener. Parecemos lejanas sobre las azoteas de la capital del país. Parecemos oscuras entre las cenizas no nuestras. Pero confío, como en nadie más confío, como sólo se puede decir: si con un cuchillo filoso y febril corto mi piel, tendré sangre. Tú serás la revolución turquesa de los días. Porque pienso en ti y todas las guitarras, y toda la tierra, y todos los ojos negros de Veracruz se me vienen de golpe. Y entonces estás en las trincheras, esperando agazapada, para salir radiante a la vida a luchar por nuevas causas. Te veré inmensa. Tomaré fotografías. Por las tardes tomaremos café. Pero ahora, en la orfandad de tabaco, Berenice, te escribo para dejar un nuevo relato de existencia. Bien sabes, necesito escribir para vivir. Y como también te vivo, vivimos siempre, me es necesario hablarte solitariamente y naturalmente, ahora. Según nosotros, los que creemos saber, enfrentamos el vivir diariamente entre cuestionamientos tontos. Es decir, vivo, tengo certezas, pero todo se resume en charlas inhumanas contigo o con alguien más, y prometo viajes en los próximos seis meses. No lo sé. Hay voces que nos abruman, hay palabras lejanas que dicen: after everything. Hay promesas, Berenice, después de tanta búsqueda. Y llegar a las conclusiones de las que ya te hablé, al menos me tranquilizan. Me hacen cerrar los ojos, aguardar para comer. Y al siguiente día, lo mismo. Aguardar para decirte: seremos. Veremos. Tendremos victoria al final de los tiempos. Intento ser lúcida. Quiero decir que pienso en el futuro como un vaso lleno de cerveza un día domingo. Donde por fin el cine, el bosque, y la música bohemia. Tenemos que apartarnos duramente del sueño. De la casa. De la infancia sublime. Para virar, para volver incansablemente a lo básico. Soy. Somos. Necesitamos el arte. No sé que tan bien me haya hecho entender, pero mi hermana, no te lo he dicho, Berenice, me llenas de luz azul. Por eso te hablo sobre costas y folklore apenas comprendiendo la grandeza de palabras que tengo para ti. Y nunca serán suficientes. Nunca hay suficiente tiempo prestado. Me detengo. Y me marcho.

No sin antes decirte: te elijo una vez más. Y mil veces más. Para siempre.



Jazmín

martes, 6 de abril de 2010

Yo tendría uno y muchos mótivos más, para buscarte. Seguramente sería todo muy parecido a los escritos, o al sentimiento cargado en todo eso que lees, que me pertenece, y te hace tener cual sea tu idea -no dolorosa- de mí. Qué no me creerías. Pero eso, de igual manera, me sería grato, voluptuoso, coqueto y perfecto. Y me haría sonreír a las siete de la mañana. Mientras el sol. Mientras apenas la noche. Como ahora en las improvisaciones, como las cosas que no se hacen. A la gente a quien no se saluda. Yo nunca saludo al menos que tenga algo importante que cuestionar, y eso cabalmente, supongo, te molestaría. O no. Siendo sinceras eso no lo sabemos. Me gusta imaginarlo, al menos. Tengo poco tiempo, querida. Debo pensar en mudarme. Debo lo de las veinte cuartillas. Y al final del día no hago demasiado. Salir. Ir por papas a la francesa con mucha catsup. Comer en soledad arbitraria, mientras las visitas que te cuento. Igual ya tenemos el jueves, jueves, jueves. Voy a Chen's restaurant a la una, intento. Llamar desde ahi al número con el siete a la mitad. O en la mitad del siete. Entonces, bruscamente, sugerirte un lapsus linguae: has venido a comer. Eso quisiera. Porque hoy, mientras tanto hacia los planes, los del jueves, jueves, jueves, no resultaba la emoción. La misma. La misma que es cuando vas a comer a un restaurant extranjero, o cuando estaba en Le petit toul brisoit du Paris, o cuando suena el teléfono con N° Privado. Es eso. Querida, el tiempo siempre se va. Debo salir de esta cabina tonta y fría, dejarte con la duda. Y la emoción reciente y, las negaciones que sé me harás. Y la emoción en los mótivos, que no voy a enumerarte.

viernes, 2 de abril de 2010

Afirmación

Estoy escribiéndote, todavía. Como si no sucedieras tú muy al final del día. Tú sabes. Cuando los recuerdos, apenas eso son. Y todo es sólo una reminiscencia de sentir. Sin en realidad existir. Sin seguir siendo.


Me tendría que estar muriendo.
Tendría que morir una y otra vez, por siempre.

Eso te lo digo a solas. Dentro de todo. Y de mí. La tierra es tan azul que duelen los cobrizos y las apariciones, y la improvisación de parecer “escribiendo”. Lo que sucede al final, cuando comienza la noche, y pareciera que siempre estamos, y es noche. Oscurecemos. Por eso caminamos y nos sentimos más contentos en medio de la oscuridad. Esperamos la soledad. Qué todos se vayan de la casa hacia viejos pueblos mayas, y quedarte. Entre las sombras. Esperándo. O solamente a travesar el pasillo corto, en realidad, corto. Seguir observando la bicicleta del fondo. Interrogarte. Si lo piensas detenidamente no hay mucho. Solo deseos. Entrepiernas. Amenizar la mañana con pequeños parpadeos. Corazones inhumanos. Cantar una de The innocence mission. No sé porque peleo con los pies mios, y voy de arriba abajo contándole a las personas lo que se siente vivir enajenada de una misma y no parar nunca y gritar, dejarles claro, lo último que digo, la hora fría donde se retuercen y se aseveran dos cosas: me tendría que estar muriendo. Y ya no serías tú color carmín entre las horas. Y ya no vendrías sigilosa como la muerte que asfixia, como reconociendolo todo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Ofelia's Day Off

Sabes que es domingo porque yaces en la cama con una indeferencia voráz a los relojes.
Te despiertas lentamente porque se abren tus ojos sencibles a la luz. Pretendes ignorar el entorno general de las cosas. Qué no hay gente debajo de ti, ni a lado, ni una biclicleta al fondo. Tu mano trémula sostiene un aparato musical anunciando a Ólafur Arnalds. Todo esto en tu mente, con una comunicación intrapersonal ruidosa. Y, en realidad, no te mueves. Piensas en Martina y en el Bilbao gris, que detesta. A lo mejor piensas en ella porque tiene todos los discos, o no, o algo más.  Apenas ejercitas los párpados. Tienes que responder el teléfono. Levantarte. Comer cereal. Lavar los platos. Salir a la calle en busca de nuevas direcciones dinámicas. Sentir calor. Ver a lo lejos nubes de lluvia. Ordenar tu mañana como indicio de vida latente: Ólafur arnalds. Martina. El domingo. Vuelves a las sabanas y a los dedos fríos que bien puedes imaginar –los suyos- mientras te habita La lucidez cada vez más, despacio. Logras decirle, a ella, entre pequeños balbuceos: me colocó a la orilla. La cuerda. Esas cosas que sólo entenderíamos las dos; el domingo, la lavandería, el piso compartido. Las llamadas de mi madre. Las listas que se hacen mientras se escribe, como haciendo siempre un interminable inventario de sustantivos propios. Saber que no te creera mucho después de la primera vez. Y qué perdonará la mala conjugación de los verbos. O lo infinitivo. Eso lo asumes. Mientras al final del día le regalas una canción de Library tapes.

viernes, 19 de marzo de 2010

The prettiest thing

Para mí era suficiente ser “lo más bonito” en la vida de ella. Y eso era fácil, decíamos. En algún modo faltante. Para Rosa, por ejemplo, era así desde mi nacimiento pequeño y prematuro. Lo importante de esto, era, realmente, convencerme de serlo. Actuar como tal. Como “lo más bonito” en la vida de alguien. Al principio, uno tonto, incrédulo, renegado; se rehúsa a cumplir su misión. La misión que supone ser lo más bonito. Es, por el contrario, ese monstruo iracundo de los días y las noches. Ser el antónimo de antónimos. El antagónico. Y todo aquello propio que el puesto llegase a requerir. Te enajenas con la más profunda negación al Ser. Luego, con lo puta que es la vida, sucede prontamente comprenderlo. Siendo todo menos lo que competía entonces, como la prettiest thing de mi madre; un día llega alguien gigante, luminoso, aerostático, perfecto. Encuentras a tu propía prettiest thing. Después no sabes que es peor. Serlo o tenerlo. Pero saber que siéndolo, tienes la obligación de comportarte indómitamente, y tenerlo, estúpidamente, no es más que, de cierta manera, esperar reciprocidad.

domingo, 14 de marzo de 2010

"My oldest memory"

[Fragmento]

Pareciera, a veces, que tú fueses mi primer recuerdo. El único. El primero. Te tengo junto a mi madre y a mi padre, quienes han sido los más grandes amores de mi vida. Compartes habitación con la abuela Isabel, y con Carmela. Eres el pensamiento primogénito cuando transito carreteras federales, y salen todos los árboles, a través de la ventana.
[...]






miércoles, 10 de marzo de 2010




Voy a escribirte desde el fondo de mi cuerpo como siempre.

Como me conociste un febrero. Esta era, en nuestro tiempo actual, febrero.

Hablarte ahora de Joanna Newsom y su arpa. O de A Hawk & A Hacksaw, y que no puedo escucharlo tan alto como para encontrarte, en el mismo fondo, en las raíces donde nacen las venas con sus bracitos encarnados. Todas esas cosas que hierven en la sangre. Las mías. Porque, bueno, la verdad es que nunca he sido húngara, serbia u otomana. Y no sé si en realidad algún día lo fui. Antes, antes nos vimos de lejos desde las tribus vecinas, y entonces bailábamos y te decía: voy a bailarte desde el fondo de mi cuerpo. Algo parecido a eso. O no, no lo sabemos. Seguramente simplemente de lejos, desde siempre. Y desde entonces la vida nos sonreía con una mueca a lo lejos. Lejana como siempre. En señas. La forma exacta de doblar mis piernas, y balancear la cintura y acomodar las caderas para incitar-te. Y ya después de ese pensamiento vuelvo a mi asiento tranquila. Luego respiro. Me deslizo más lento para no azotarte con mi fuerza de adicta. Generalizo mi opción de dedicarte un libro que sólo magnifique la idolatría al whisky o la reverencia mía hacia la cerveza. Mis estados mentales. El hecho de estar enferma y pensar muchísimo más en mi mamá y en la abuela. Que necesito besos y abrazos constantemente sobre todos los primeros días de julio. Mi aversión profunda hacia la vida, sino he de pasarla borracha, y mi enajenación por la palabra “amour”. “Je t’aime mon amour”. En ese libro volveré al principio nuestro a todas horas. No recuerdo bien porque comencé a escribirlo. Porque me vino A Hawk & A Hacksaw o Andrew Bird a la cabeza. Porque no lo pensé, con otras gentes, y al fin contigo. Con los piecitos fríos. Quisiera justificar de mejor forma mis mentiras, digo, escribo un libro que no tiene nombre. Y el cual nadie más compraría, sólo tú. Algo sobre amor y canibalismo. Esas diminutas letras para ti. Las que eternamente escribo, y de dónde más. Sólo desde el profundo, grávido, herrumbrado y melancólico; el abismo eterno de mi cuerpo.

jueves, 4 de marzo de 2010



Me dice mamá: recibí tus cartas. Y yo lloro. Le digo que hoy y todos los días lloro, si la escucho, si persiste con sus llamadas después de trabajar. Me dice: son ciertas tus palabras, y escribes muy bonito. Yo repito “ah..muy bonito”. Y cómo ella me lo dice a lo mejor es verdad. Probablemente me lo creo. Porque luego continua: me has hecho llorar. Y yo no quiero su llanto. Yo quiero toda su risa en una botella de cristal, para abrirla después, como los ecos. Me llama mamá de nuevo, me pregunta “estás bien”,de nuevo estás bien, no te escucho bien, me estás mintiendo. No sé ni que decirle. Sumo las monedas para salir al otro día. Ella entonces me regala un “te presto”. A lo cual no le digo que no. Hay que estar en la lavandería, desear un trago de vodka o mata ratas. Algo. Desear todos los libros de poesía. Decirle: eso y mucho más. Mamá es una caja de música, mi caja de música predilecta. No acepta mis acetatos ni mi música clásica. Pero toca en mí, la membrana más triste, las letras y ojos más terriblemente tristes, de toda mi vida…

domingo, 28 de febrero de 2010

For Isabel






Isabel; pienso en ti y traigo a mi lengua la palabra: verano. La calidez y voluptuosidad del verano. Y en algunos temas de Joe Hisaishi, cuando el último día en tu hogar, te decía: bailamos, si, por favor, bailamos. Eres la mujer más bonita que he visto. Eres la abuelita más bella de todo el mundo. Y trato, claro, no recordarte en el último viernes que te vi; a momentos crueles, en la soledad tan mía, que yo misma he elegido. Pero te veo, nos veo, es nuestra imagen, y tú, hermosa como un otoño cobrizo con tu vestidito café, y tus zapatitos abiertos. Pues lloraría todo el día, Isabel. Así que hago lo que debo. Voy por las calles, río, me baño en el mar del Caribe. Te llamo por teléfono cuando el dinero está de mi parte, cuando debo. Tú no puedes llamarme con tu dulce voz sólo para preguntarme cómo estoy o si el trabajo ya está en puerta. Somos animalitos de los primeros meses, hacemos de comer todo el día y por las noches vemos películas cómicas. No. Eso es un crimen a la añoranza de todos tus cuadros, y todas las sopas de coditos. No, mi amada, no me llames cuando te escribo: abuelita pienso en ti. Lloro. Le escribo a Martina sobre estos mismos hechos. Lloro, Isabel amada. Sé bien que te aburres, y sé que tu soledad no es tibia, ni te mece en el frío de tu casa. Sé bien que me llamas porque tu esposo, el abuelo, no está y sufres sola, sola en una tarde de domingo, donde yo siempre lucho por sobrevivir, pues en esas tardes de domingo tan hostiles, tendría que suicidarme. Yo podría bien soportar el frío y la humedad de tu casa, vivir eternamente ahí, pero cómo hago con la austeridad de los años. Se me va la máquina de escribir, los paseos vespertinos sobre las colinas. Y no puedo, no puedo sólo estar y esperar, escribir cartas al exterior, como único oficio al final de la vida.
Luego pienso en la muerte. En la inevitable muerte que cargamos, tú, yo, todos. Y no sé a dónde voltear para no verte, un millón de veces, a ti, y pensar en el verano. Isabel eres tan bella y necesaria como la música con la que escribo ahora; donde Hisaishi compuso sobre el viento, y mucho más. Mucho más. Y al decirte eso tan lejos de ti,  muero un poquito, entre las lágrimas.


miércoles, 24 de febrero de 2010

LA SEMANA CUANDO EL CORREO DE MÉXICO SE ATRASO #1


Sucedía siempre una melancolía incomparable, cuando dentro del dulce calor que son las maletas, aspiraba el aroma a casa que todavia podía percibirse de mi ropa vieja. Esa que aun no había querido usar. Era la blusa verde de escote pronunciado. O la camisita azul, regalo de la abuela. Y esa tristeza definitiva de los días de lluvia –los cuales me alejan de la playa turquesa- mi reencuentro con los vidrios empañados, que hasta hoy, beso tranquila hacía el frio; hundían mis ojos hasta las entrañas como a los dieciocho años. Era ir en un colectivo color blanco y pensar, pensar muchísimo en olor a detergente y suavizante de casa, de mi casa. La casa. Es imposible no llenar los ojos con líquido transparente y salado. La verdad, sugiero más que tristeza ácida ante las emociones descritas por mi larga nostalgia. Un día decides irte, y nadie te dice que después de muchos días tus prendas sencillas huelen a casa y te pones a llorar como un loco sin hogar, quien de hecho, eres. Como una niña lejana, a kilómetros del columpio predilecto, a millas de tu madre, llena de hastío por todas partes, y a la vez, sabiendo por supuesto el andar errado de los pasos. Alguien te lo dice a las nueve de la mañana. Le sonríes, tienes que sonreírle, te ha dado una verdad de frente después de mucho tiempo. Pero cómo hacer cuando ella te llama por teléfono: ¿ya comiste? ¿te tratan bien? El perrito también te extraña. Lo terrible que es el correo cuando no llega a tiempo. Voy a escuchar canciones de invierno de dos mil cinco, como no reconociendo su eternidad en mis huesos. Voy a ser muy dulce con el mundo como pidiendo reciprocidad. Que estos hechos, esa ropa, las llamadas, son cariñitos sutiles que todavía me quedan para guardar. Imaginar que la vida no te ha quitado los juguetes, ni los besos del más grande amor de mi vida, ni toda la inocencia. Me parecía fascinante el hecho de cómo de pronto, eso, la infancia, te abandona. Como describe Vanessa Redgrave pasa cuando mueres. El alma abandona el cuerpo como un alumno abandona el aula. Así, así de prisa, así los dulces años rojos. Me disgusta, en cambio, no tener miedo de las calles. Me preocupa tener que sentarme bien, sino, no me llaman. Detesto que el dinero del teléfono se esfume antes de decir: te quiero. Recuerdo los poemas que hablaban de la verde oscuridad, y la vez que me hinqué por aquello de los momentos perfectos. Y me duele tanto, y tanto más, el aroma a la ropa cuando todavía era diciembre. Y mis cartas no llegaban a mamá, nunca a mamá.

martes, 16 de febrero de 2010

(Hache) [2]



Me despierto un día, hoy, de un sueño acerca de ti. Es, a decir verdad, bastante extraño. No me dormí pensándote. Es más, casi nunca te pienso. Soñé una o dos veces contigo, pero eso seguido a una noche donde te decía: no te vayas, por favor no te vayas. Y tú te ibas, tenías que irte; y me quedaba, así, huérfana de ti como esperando que una quimera estuviese prendida para siempre. Pero esos, son deseos de las seis de la mañana –cuando me decías ya tener lista toda tu ropa- y siempre intento –inútilmente- mantenerlos o me disculpo por ellos, y cómo a ti no te importa demasiado –aunque lleguemos a habar de ‘necesidad y resistencia’- los dejas pasar. Puedes observar mi debilidad de escalera, la libertad propia de los vicios, y eso está bien. Digo, cómo si tú no supieras sobre vicios...

Ahora voy a hablarte sobre el sueño. En él, tú y yo estudiábamos en el mismo colegio –por ende, universitarios- alguno muy parecido a mi jardín de niños, aquí, en el pequeño pueblo de la abuela. Mantenía su mismo color, un beige chillante entre el verde magro de la hiedra en sus paredes. Éramos ahí, pupilos de resistencia. Éramos ahí, amigos, creo. O eso intentabas tú. Yo seguía siendo muy yo. No hablaba con nadie, pero tú sonreías y me invitabas a tus fiestas (A lo Freudiano pienso que probablemente eso se debe a tus recientes noticias sobre tu banda de rock-blues). Éramos ahí, lo contrario. Alguien hablaba de una despedida. Tú viajabas, creo. Apuntabas en un papelito la dirección del lugar: Ruiz Cortines #313. Una chica se acercaba y me decía: sí, Ruiz Cortines #313, yo sé donde es. En el sueño pensaba - pensé- de esa chica tu novia. Tu novia en el sueño. Era ahí bonita, claro. Y yo con todo mi aislamiento decía: tal vez. Ella era muy amable conmigo, y de pronto había mucho ruido en nuestro salón. El aula era amenizada por una rubia con trenzas, eso sinceramente debe ser fruto del soft porn o noticas policiacas que he visto.

Luego a partir de ahí, me confundo. Escuchaba México a lo lejos. Así, la palabra de tierra que es pronunciar: ‘México’. Supongo después vinieron sueños acerca de mi madre. Últimamente lo hago, eso, soñarle a ella. Anoche la hice llorar de nuevo, por aquello de las distancias, sin embargo, mi madre, ya debería saber que soy de las personas por quienes se llora mucho, porque están lejos o porque se mueren trágicamente.

(Hache), hice levantarme hoy, más o menos temprano. Preparé mi té acostumbrado. Aspiré el humo. Escuché a Bon Iver –Indie lejos del Rock-blues-y bebí té, resistí el frío de silla de madera azul. Te escribí: soñé contigo, y que es, la verdad demasiado extraño. Pues te pienso tanto como tú a mí. Y eso ya es decir bastante…

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lunes, 15 de febrero de 2010

Discúlpas públicas.

Hay momentos –sobre todo nocturnos- donde destruyes todo lo que eres. Donde reconoces tu calidad de sombra. Te conviertes en una deconstrucción humana. Los sitios musicales sobre el cuerpo se tornan en (mejor dicho) ruido. Ese ruido, luego son gritos e impertinencias. Una canción lenta de cierto aragonés. La boca carmín de una mujer blanquísima. Y todas esas cosas portátiles, sencillas, para meter en una bolsa de jean (azul marino). Como pelusita de lavandería donde se conocen a veces las personas. Habitamos ahí dulcemente en las fatalidades. Y claro, me encantan esos tranquilos reproches después de todo. Era la hora. Pero me conoces muy bien, incluso presumes sobre eso. Piénsalo/pensémoslo; como una tregua a lo Benedetti. Yo por el contrario no soy mucho si no sueño. Por eso, aun, en todo aquél derrumbe del que te hablo, consideramos (considero) costuras más fuertes entre tu brazo y el mío. Debió ser así desde el principio. O cambiar la perspectiva como dos seres muy hambrientos después de las cartas últimas. Tiene que suceder esa catástrofe avara para meternos (me) en la boca una lengua franco-mexicana que arde. Tú sabes, esa de Jeunet petrificado.

Hay banda sonora para el alud en altas horas de la noche, por supuesto. Puede ser la misma de siempre. Pero ya nos aburrimos. Preferí darte muchas veces un te amo francés –o eso intentaba- junto a un te odio alemán, y obligarte a decir tantas palabras que tal vez no querías decir, y a lo mejor por eso a esta hora me rio pudorosamente, y te agradezco en silencio. Y si ese fuese el caso hazmelo saber, en ambas partes. De esto también puedo regalarte una Fe de erratas.

domingo, 14 de febrero de 2010

Aquello del cuello desnudo, que desata....



No voy a cuestionarte lo absurdo. Mira, esto de las voces a lo lejos y lamentar los tonos [beep beep] de llamada perdida, porque me mata tu voz, ya es suficiente para –ahora- recurrir a la coherencia. O mejor dicho, a lo –normal- o no lo sé. En cambio, escribo por ahí que tú viniste. Es una forma de venir, de verdad, en forma de aire tóxico a las once, empapelada o a sonidos de carnaval con tu amiga madrileña. Pienso a momentos, en micro-segundos, que puedes quedarte conmigo a lo Coixet. Son sinceramente unas ganas que me nacen desde el vientre o más debajo de él, o más arriba, pero con una sonrisa muy blanca y roja. Pienso:

Voy a invitarte.

Te invito.

Es más, te espero.

A la manera waltziana de esperar, porque ahí habita la belleza de todos los instantes bipolares, de todas las vidas que bien podría relatarte simplemente en la palabra: dolor. Dolor en lo absurdo. Y por eso te escribí en una zona del dolor: ven, ven. Y viniste. Y después de ahí no pienso mucho. A lo mejor te quedas como el silencio a beso pausado. O de los ojos cenicientos, de las bocinas. Del alcohol que ahora voy a contarte. Aquí hay alcohol –mucho- y en cambio, de tomar un cuerpo blanco y redondo cualquiera, o un teléfono para decir crueldades; transformo una libreta electrónica en lo que podría ser mi manera –nueva, por supuesto desde tu sueño- para traducirte los pensamientos circundantes cuando el reloj marca las seis con quince, y que, irónicamente-absurdamente, no pensaría en compartir – la mañana- con otra persona mas que contigo y ese cabello rubio, que aun me sigo cuestionando.
Y yo no te perdonaría que lo adjetivaras absurdo. Es decir, no te lo preguntaría “quieres”, “puedo”. Porque soy aquella que quiere poseer todo el mundo y no puedo dar explicaciones sobre eso. Yo voy a echar abajo esa puerta. Y tú, vas a aceptarme, y probablemente podrías sólo querer sucumbir a la idea de posesión, o no. Pero seguir escribiendo cartas como si fuésemos Sartre y Beauvoir, o no sé quien, otro tipo con otra fémina, quienes se escriben cartas hasta la eternidad.
No voy a negarte esa desnudes en el cuello. La quiero. Le necesito a las siete treinta y uno. Y que inmediatamente me viene la boca, cálida y rosa, si el alcohol. Sólo por eso. Y por eso. Y que pienso que en el absurdo el kilometraje es el problema. Los mares, la música: permítanme tantito que quiero escuchar esta. ¿Puedo decirte, cariño? Sucede una música, no de concierto, ni chelo muy Rachmaninov  a las cuatro. Mejor dicho de guitarras mexicanas. A la voz que podría cantarte, y decirte los mas tristes amores de Acapulco. Y besarte en ese cuello desnudo, a la hora de la llamada, a la que nunca quieres colgar….

viernes, 12 de febrero de 2010

Cosas que nunca te dije de Isabel Coixet. (Por ejemplo)





Bueno, que esta es una chica genial que reproduce el monòlogo e igual me gusta...Y còmo no lo encontrè en inglès, pues bueno...

miércoles, 10 de febrero de 2010

EL AMIGO IDO

Me escribe Napoleón:
“El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente en inglés,
te mando un retrato del edificio…”

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo…

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.


SALVADOR NOVO

martes, 9 de febrero de 2010

Unas cuantas reglas cuando se está lejos ...




A nadie vas hablarle de mí. [No existo]No me conoces. Tienes la idea de mis pensamientos. Y esos dolorosamente, no son muchos. Son muy lucidos. Y no.

No contaras mis extrañas emociones. Porque soy odio y amor, por todas partes. Me observas como lo hacen las gentes del supermercado. A medias. De prisa. Entre objetos comestibles, no perecederos y detergentes.

No vas a decirle a tu madre, ni a tu vecino: pensé en ella al despertarme. Sobre todo no (por favor) cuando llores mucho no me eches a mí la culpa. Yo te advertí desde el principio. Yo no te dije que me prestaras tus juguetes, ni que me sonrieses tanto, hasta que memoricé tu boca y también la hice mi boca y después, sencillamente ya no pudieras hablarme.

No hables sobre mí. No hagas participe a tus amigos, ni a tus otros amantes. Sobre ti, y Ofelia. Yo no soy. Yo no puedo. Y no me digas que puedo. No voy a dejarte caer, pero no. No me compartas, con nadie...

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A veces -suponía- tu letra entre mis manos. Yo perseguía cuadernos. Yo escribía como tú. Tú letra era mi letra, y nuestra literatura se partía en cuatro como los puntos cardinales. Podríamos ser. Estar. Desdibujarnos. Era la posesión universal del pensamiento. Tú estabas lejos, a kilómetros, pero mi letra fluctuaba sobre tu cabeza, tomabas toda tu existencia. Comenzabas a escribir. Y era yo. Cuando mis manos temblaban, eras tú. Y suponía tu letra entre mis manos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Certezas

Tuve la tonta sensación de quedarme contigo. Era más bien, un deseo. Una certeza . Pero sabemos ahora que era sólo una ceguera temprana, en la mañana. A las seis.

.........................................[Era ese momento frágil al admirar tu boca de mandarina y presentirla agridulce.]

Estabas quieta a las once de la noche. Creo, presentía tu quietud. Y entre el hedor y la fragancia -tan bilateral entre tú y yo- te extinguías , como una sombra debajo de la mesa. Hubiésemos amarrado entonces los pies a la madera, entre nosotros, los seres, la vida en dos cuerpos afligidos, atorados, distintos. Y desnudos.

Era esa facultad tuya. El suelo es frío y te gustaba. Era la vulnerabilidad al azufre y a las peras muy verdes. O a las fresas muy ácidas. O que me llame Jazmín en lugar de Ana y pueda tener muchos más nombres. Y que pueda llegar, decirte, escribirte, desearte a todas las horas y en todo lugar.

Murmurarte en el olvido: No existíamos. No estamos a las diez de la mañana.

viernes, 29 de enero de 2010

Poema amable y sincero

Imagen en dA



















Si pudieras verme.

Ahora estoy tan tranquila.

Las mañanas son, a través del jade,
muy verdes. Y hay inutilidades, claro.
Pero sólo si pudiéramos cruzar
/los ojos nuestros/
veríamos esos dedos colgados
en vertebras ajenas,
todavía.
Tienes el sabor que sólo se complementa
con el mío.
Es como ser la amargura y la acidez.
Y ser toda la ternura, de todos los niños.

Si pudieras caminar sobre esta tierra,
y entre este viento, vendrías, lentamente
danzando con las hojas y caerías.
Pues inconmensurable es el deseo.
Y la emoción andante sobre las horas
de febril imaginación.

Mi pecho no se nubla,
ni se advierte desnudo.

El agua fría lo baña todos los días,
lo llena de vida azul y soles amarillos.
De truenos y tormentas que no hacen
mas que renovar nuestra tierra diariamente.

Las canciones despiertan la aurora.
Mis pies van hacia el norte y hacia al sur,
desgarrándose, gustosos.
La gente me sonríe. Me saluda.
Uso sombrillas de colores y muy a veces,
me peino.

Si me vieras hoy, tendrías que ser
amable y sincero.

Me tomarías de la mano
hacia la sombra ocre de un gran árbol
con el que también hacen té.
Y en la punta de mis dedos,
y con mi voz pequeña y roja
te diría

tranquila
humana
gris
de agua, y miel:

Y nunca te amé tanto, y tan profundo
como ahora.

lunes, 25 de enero de 2010

Carta roja



Veracruz, a 19 de enero de 2010


Mi corazón:


                                   Te escribo a las nueve de la mañana. Hace frio en esta casa hacia el sureste. Es cruel a momentos, como la piedra helada entre monte muy espeso. Ayer vi una película sobre un “bosque maldito” y tuve miedo. Hoy voy a mandar unas cartas, tú sabes, las pendientes. Pero tú eres mi corazón. Y por las mañana, cuando todos andan arreglando, procurando su vida, pongo agua a calentar para bañarme o para el café y te pienso. Debes estar en cualquier clase sobre profundidad y vacío. Líneas rectas o curvas. ¿Me sientes allí? Mi corazón, te extraño. Aquí lates todos los días, a veces apenas, como durmiendo. Las emociones descansan de tanto vivir.
Estoy preocupada por mi vista. Mis ojos se esfuerzan y ya no ven perfectamente –como antes- a diez metros. Estoy preocupada porque ¿qué haríamos tú y yo sin ojos? Qué haríamos sin los colores y sus formas. Mi corazón, serías entonces tú, ¿mis ojos? Mis corneas, mis retinas, ¿el globo ocular?

Sólo estarías en mi cuerpo, grande, como tu risa. Viajando a gotas, de extremo a extremo. En la fiebre y en el llanto.

APARTE

Mi corazón, hace poco llamó mi madre. Me preguntó por el desayuno ¿desayunaste ya? Debes corazón, debes comer bien por aquello de tu estomago y las enfermedades.

Me enteré por los medios más indiscretos que cumpliste años con tu amor. Te felicito. Ya sé que no lo necesitas, pero igual. Cuídalo mucho. Aliméntalo diariamente. El amor es un niño que hay que procurar llegué a su madurez. Entonces uno se siente enteramente feliz, y también grande.

Y cuídate tú, demasiado. Yo te quiero viva, al menos hasta que yo muera, porque después nadie tendrá la indecencia de informarme. Me despido querida, no olvides: Te pienso diariamente. Estás aquí, corazón, roja y poderosa como sólo la sangre. Mi sangre.

Hermana mía (Narniana).




                                                                                                                                Ofelia Waltz