jueves, 29 de marzo de 2012

puzzle

Debería escribirte, debería decirte que hay viento afuera y que el televisor lo apagó una mujer. Hay un murmullo en el barrio, sigue siendo el mismo aun sin nuestro movimiento. No está ese descubrir de crímenes o semblantes que nunca te topaste.  Tuve más pláticas que orgasmos el último mes, me olvidé de la hora del té y a veces, sólo a veces, todo concuerda. Todo tiene sentido. Debería hacer permanecer este rostro que adoras, estático, inamovible, debería romper la fragilidad de la voz cuando le hablas a mis tobillos. Y la luz de afuera cubriéndome la noche mientras llueve, como una farola que gotea. Que todo permanezca crudo como estos rasgos étnicos dentro de tu boca. Siempre hay alguien que devora sigiloso los momentos. Son las fotografías esas de las que me hablas. Mi cara, el mal humor, la insatisfacción, el día, la noche. Las interminables listas mías donde apareces al principio y al final para cerrar todos los círculos. A veces es ceguera. Frecuentemente sólo es necedad y fascinación por el otro. Saborear con un respiro el olor de tu cabello, como escribir música, así de repente y comenzarla contigo con fingertips. Debería decirte que he salido a caminar como un fantasma, y que no te he encontrado. No sé de cierto si te he buscado bien. Hay varias esquinas rotas y mudas. Botes de basura llenos de cansancio. Ya no sé realmente si importa estar tan guapa, y vestida de rojo un jueves por la noche. Si realmente se debe ser amable con el mundo y sonreír dentro de todos los vasos, para luego estar sin nada. Sin nada completamente, como vacía de ruidos y cigarrillos. Somos a veces esas rodillas desnudas en las escaleras de un edificio, como buscando esa comezón, una irracionalidad de ser. Como buscándote a veces esa noche que llovió muy en el sur, cuando te hice la primera foto de mis piernas, hallándote en charcos y maullidos de madrugada. Debería decirte que ya esto no lo recuerdas; pero entonces respirábamos más vivos, más reales. No había estos pedazos de mi mente haciendo un puzzle para referirme a no sé quién, y no sé cuándo.   

domingo, 25 de marzo de 2012

Pequeña reseña cinematográfica para mi madre

[Puede contener Spoilers]

Hola mamá, quiero hablarte de algo. No sé, sé qué estás molesta. Es decir, hace rato me mandaste al carajo, y no aprecio que me digas “tú eres igualita”. Probablemente te enojaste con Ava ¿es así? De ser así, te entiendo. Yo si estoy mal con María es como estar a la mitad de todo, pero cuando estoy bien con ella, cuando estamos felices y tenemos muchas horas juntas (como hoy), es como reconciliarse con Jesús, ser la jefa en oficina, e ir sin falta todos los días al sanitario. Bueno, olvida todo eso. Y deja de beber, quiero hablarte de una película. Te acuerdas cuando vimos juntas “The kids are alright” y te encantó, y otras películas españolas de Almodóvar que tengo relucientes en la estantería. Pero ves, tú luego no me crees, que tengo un gusto genial, que soy muy genial (bueno, no sé, mi novia dice que soy genial y como ella es súper genial pues debe ser cierto) y debes escucharme cuando te quiero hablar de cine, música o de algún libro, aunque no…de libros no, quedamos que la literatura era cosa mía. Todo eso desde el penoso suceso de mi libro de poemas para tus cuarenta y cinco…o era treinta y cinco…bah! (sí, que te burlaste). En todo caso, ahora escucha. Mami, you’re going to love it. Para empezar alguien es gay y eso nos encanta. No quiero apresurarme, pero déjame te digo que sale una rubia preciosa de esas que te gustan mucho, de esas que turban los sentidos más por creída que por otra cosa, (qué estoy diciendo, a ver mamá espero que esto no lo lea María…) y principalmente, la película está hermosamente narrada y tiene un ritmo muy exacto. Sé que de esas cosas no entiendes mucho. Sé que no pones atención a los detalles. Pero mira, lo de la rubia es interesante, es tan bonita (no más que María)  y de inmediato se apropia del protagonista que frecuentemente tiene la cara muy triste, así como la nuestra cuando me dices “creo que a veces no me doy cuenta de los solas que estamos”. Sólo no te engañes, te advierto, la película es más grande que una historia de amor, en su levedad. Y te va encantar igual porque Arthur es un perrito adorable, tan mimado –y amado- como los nuestros.  Creo que es una buena película. Temo que te aburra porque es lenta a momentos, pero yo, tal como en las cartas que se hacen, tiendo a pensar que todo es necesario. Así que sólo tendrías que disfrutarla. La gente pasa creyendo que la brusquedad en la vida es lo que le da sentido al fin, incluso al cine. Qué patéticos son. Creo que para aniversario debería comprarle un vestido rojo a María; ya te contaré. Por ahora parece que todo se ha calmado y ya no te escucho beber ni pelear con mi padre o con Ava. La casa se ha llenado, la abuela duerme. Yo no duermo bien como desde hace una semana. Escucha, quisiera que la veamos juntas el próximo domingo, que me regales dos horas…sería lindo. Debería empezar esos relatos o aquella novela que dije solamente iba a hablar de ti; donde empezaba “Mi madre va morir tarde o temprano” o ¿cómo era? “Mi madre había decidido amar a una mujer”, no sé, Beginners  va a fascinarte.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Cerca-Lejos

Todo me acerca a ti. El año bisiesto y su cortina azul, la fragilidad de la vida, el ruido impenetrable, y su combinación con los excesos. No sé que sentimiento nos hace definir el color blanco de la mañana, es como el olor al mar y cierta alegría y la espera por sonrisas claramente definidas por conceptos sexuales. Todo me aleja de ti. Principalmente mi voz y mi cabeza. Ya antes me habían mencionado estas banalidades, pero no sé más que acudir a ti, nombrarte a ti, hacerme grande y deambular por la habitación en las tardes. A  veces el escenario cambia. Hay largos pasillos o cortos pasillos, cocinas, cubículos de oficina. A veces hay espacio y nada más y no sabemos llenarlo más que de palabras, pláticas vacías, cordialidad o coqueteos. Y ahí me acerco a ti. Como un sigiloso atravesar del tiempo y de los días. Media tarde,  un dolor de estómago, el calor en las paredes. Ese vaho de los días que veneran los poetas. Y no sé hablarte de pretextos o canciones; como todo tiembla al ritmo de una nota increíble, que hago que todos aquí escuchen aunque no sepan reparar en el sentimiento brusco de pérdida. Y nosotras sí. Nosotras todo. Nosotras estamos allí con el tic tac o tac tic de los movimientos en la cotidianidad. Pero no saben tampoco el rumbo de los pasos; todos en línea hacia el encuentro. Y hay momentos donde se escucha un grito de un ave o un niño. Y se releen cartas y se hacen insultos para acudir a la lucidez. Para desdecirnos, o para decirnos algo. Este acordeón de extremo a extremo haciéndonos ir y venir.  Y tengo fiebre ahora. Nadie me conoce. Pero se hacen esta imagen; hay un largo camino donde estamos ambas. Y seguimos, de fondo se escuchan ruidos de restaurantes y bullicio de una ciudad fatal, una menos interesante que la otra. Hace calor, nos duelen las heridas. Pero ya no podríamos pertenecerle a alguien más y nos dormimos en el deseo y en la certeza: todo me acerca a ti, todo me acerca a ti. Todo se aleja.

martes, 20 de marzo de 2012

Yo sé del teatro




Tengo el ensayo y las repeticiones. Todos los sucesos que no recuerdas, y tal vez recuerdas, mis ojos ardiendo, tranquilidad, música de la que te hablo pero no te llega. Lo tengo todo aquí, a mis pies. He recorrido los caminos, no me lo creerías. Pero te ríes, te ríes si te lo digo. Haces ese gesto funesto, sarcástico, de maldad. De satisfacción febril. He vuelto a ensayar nuestras vidas. He vuelto a pronunciar los libros y las demencias de sábado por la noche. Lo he vuelto a hacer sin medida, sin adelantarme al tiempo de partida. Ya ves, tenemos cierta ventaja; la gente no nos entiende. Me dicen que deben releer una y otra vez para encontrarnos. Ya ves, amor mío, nadie como yo te odia a la hora de la música y te vuelve a hallar buscando motivos para nuestras muertes. Y nos repite, y nos habla de la vida otra vez. Como si esto pasara al instante de nombrarlo. Por eso me miras, así tan fijamente, buscas la soledad, cierras los ojos y te escondes tras las puertas. Por eso nos guardas entre las uñas y las esquinas donde doblan las aceras. Como algo que quiere aparecer, como ese rostro que siempre dices “me parece tan familiar y le muestras tus dientes hasta que se va, se aleja. Y te pones de píe con una mano en tu pecho y te dueles un poco, pequeño, diminuto. Luego piensas en mí, con tanta seguridad que te nublas. Y me buscas entonces atrás de las nubes cuando hay lluvia, esa lluvia fina y flagelante, o en verano, cuando la gente habla de costas y playas o lentes para sol. Y luego te vas. Te esfumas. Despintas estos teatros. Y no me crees entonces los ensayos y las repeticiones. O tal vez los crees. Porque todo se hace suave al final. Un triste remate de objetos nuestros para venderlos a cambio de sonrisas. Es tu tacto, el índice, el tacto de tu índice que hace crecer las plantas y  sus raíces. Que da color a la orbe si eres buena tú. Si te diviertes con el mundo y lo recorres a grandes pasos con tus piernas. Yo no lo sé. Tengo estos días de encierro otra vez, como hace años, tú no lo sabías. Hicimos todo nuevo. Reinventamos el amor y ahora me queda tan grande, que tengo continuo terror a perderlo. Pero no me escuches, no me mires al continuar la huída; y no te vayas aun. Anda, tú sabes como es esto; volvemos uno, dos…tres. . .

miércoles, 14 de marzo de 2012

La chambre (malade)




A través de los días y observando, encuentro que no hay nada poético en esta habitación. Quisimos que así fuese. Años y años han pasado desde los sueños, días en cama, noches en vela. La luz sigue entrando por la ventana con las mismas cortinas. ¿Qué decíamos entonces? Los cuerpos han cambiado, su lentitud, su torpeza. La luz entraría siempre por allí, el sol sería amarillo para que nos diera suficiente calor a medio día.  Los vecinos harían vigilia en nuestro sueño. Sí, a pesar de eso, su mutismo ensordece. Los cuadros están muertos, los libros, las cintas, la cámara fotográfica. Hallamos amarguras en esta pequeña juventud, pero no así, no aun, no. Y si, a pesar de esto, si yo te hablase sin detenerme en tus ojos, si yo te dijese estos recuerdos. Si yo fuese salvaje otra vez; entenderías lentamente lo que quiero decirte. Tengo el cuerpo enfermo. Hay tulipanes amarillos y el sonar de una música profunda como el océano del sur. La gente dice que cambias. Y lo sabes, nunca en tu niñez viste estas necesidades; los hospitales, los pies descalzos en el frío, el olor quemante del alcohol y sus  medidas esterilizantes. Tenía tanta náusea, mi amor. La voz era imposible esta vez, yo así, yo que no sé de callarme razones; no tenía más voz. Mi madre abría las ventanas para que se fuese el aroma a sufrimiento y quedase todo lo sano. Pero mira, esto no lo hizo antes. Hemos estado más abajo, más abajo. Las extremidades podían moverse aun más, la rapidez era igual al pensamiento; todo nos dolía. Pero no puedo parar allí, lo tengo prohibido a esta hora. No tengo sueño y esta mañana no hay visitas. Es probable que tampoco las haya por la tarde. Me consuela siempre el sonido de la maquina al escribir. Las uñas me han crecido. Me las arreglé en cinco minutos ayer. Nadie me ha preguntado por el hambre. Y hoy tengo ganas de colgar más cuadros, limpiar los libros, ordenar mis películas por país de origen. Y no puedo con esta herida. Me nubla lo antipoético de esta habitación.  A lo lejos se escucha un avión; mi madre ha abierto la puerta. Viro la mirada al cuadro de Van Gogh “La Chambre à Arles” y  me concentro un minuto en pensar en Vincent; antes de cerrar la puerta le digo: cuándo me recupere voy a pintar la recamara de azul. Ella sonríe, dice “desayuno”, y se va. Luego pienso en ti, para contarte todas estas cosas.   

domingo, 11 de marzo de 2012

Convalecencia=

Leer correspondencia
libros
películas a medias
teléfono

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espero escribir pronto.
[Saludos a todos]

miércoles, 29 de febrero de 2012

[ continue ]


A lo mejor aquí nos separamos. Las mañanas nos hablan secretamente de lo detestable del destino. De lo deprimente de las melodías que nadie como nosotros logra comprender. El amor al mar en invierno, y el olor a invierno que poco a poco se va disipando al amanecer. No sé si me entiendas, el invierno se va como si fuese el último. No estamos acompañando al vagabundo, ni mis zapatos duelen al atardecer. Nunca fui tan salvaje y ruin como en aquellos días; me concentro en repetirlo como se pasa de vez en vez por las mismas calles de la ciudad, se ve el mismo rayón de una barda de barrio pobre, como el mío. Ya no me cuentas de las bancas y los sueños azules. Aunque, últimamente todo me es azul. El intermezzo interpretado por la Filarmónica Nacional de Budapest, mi prima hablando de sociología, alguien que contesta mal al teléfono, un coqueteo con acento provinciano.  Casi me pongo triste de no pensarnos allí. A lo mejor es que ya no estamos más, y nadie me lo ha dicho. Acaso tú tampoco lo sabes. Pero ya no lloras. Yo tampoco lo hago. Esas cosas se hacen solamente una vez, y te desprendes de ti mismo. Dejas guardadas muchas ropas y objetos y discos de vinilo. Yo he notado algo; en cada muerte, en cada separación nuestra, me vuelvo más silenciosa. Es como si tuviese una deuda fija con el vacío. Y con el silencio. Me hago más pequeña. Si bien sonrío a la gente, callada, ingenua. El ruido viene como si fuese niebla. Se aparca cubriéndolo todo, y luego nada. Para las diez de la mañana ya todos la habremos olvidado y estaremos con las tazas de café y panecillos. Tal vez, nuestros ojos es lo único que nos sobrevive. A pesar de estar allí, juntos, separados, felices de esquina a esquina. Entre el barullo de oficinas y papeles. Pon atención a las hojas blancas, te provocan divagar en lo puro, en la nada, en la vacuidad del pensamiento. A veces habitamos esas cosas. Me gusta pensar que es así. Que yo tengo las manos abiertas a tus palabras, como a las heridas, la hoja de metal y sus filos.  Todo en desorden. Que tú tienes más bolígrafos y maquillaje, letras y justificaciones para hablar de mí. ¿Todavía hablas de mí como si fuese también el arte? Hay historias que ya no me imagino. La libertad. A lo mejor nos separamos aquí para que duela del todo. La manera de ser en soledad sigue siendo la misma. Apartándose en extremos opuestos, el mundo exterior y sus paisajes de acero. A lo mejor aquí, aquí también. [...]

lunes, 27 de febrero de 2012

Preludio a la visita de una abuela.

La relación entre mi abuela y Joe Hisaishi es nula. Ella no lo conoce. Pero existe en mis sueños de ficción. El vivir dormida. Y sin saberlo, sin presentirlo, cada que estoy en su casa lo escuchamos una y otra vez. Y ella allí, sin entender mi sonrisa. Y mis bailes, nunca los bailes han sido completos. Es, realmente, la unión entre los objetos de la casa, y los colores. Es como hacer el sueño y los devaneos previenen la no gravedad en nuestros actos. Y me río como nunca. Me muerdo la boca a veces. Mi padre solamente me ve así cuando son vacaciones largas, y comemos tres veces al día como mucha gente normal. Nos habita un poco de felicidad y dulzura. Eso es Isabel. También Hisaishi. Me tomo estos minutos para hablar de ambos y juego con mis perros. Alguien dirá que esta mujer solía escribir mientras hacía esas cosas, y luego, así como si nada, se echaba a llorar.




jueves, 23 de febrero de 2012

24 X 7

 



Por   M;
Feliz 24, mi amor

No idolatro tu ausencia porque no te has marchado. No te has marchado nunca. Todavía pensamos en el verbo quedar. Quedarse. Aun mantenemos libres la expectativa del beso, y del adiós. Por supuesto. Este adiós nos mataría a ambas, ya te lo digo. No hay regreso para este cesar del fuego. Y las armas sangrientas. No puedo renunciar a mi tregua fija con el exterior. Y tú, tan el interior, y la vida, y el agua, y la tierra y sus raíces. No puedes solamente irte volteando el cuerpo hacia la nada. Que es a su vez el infinito. No puedes irte de mí cuando hemos probado el crepitar de una luz introduciéndose tibiamente en el pecho. Cuando cantamos a viva voz nuestra emoción a las paredes. Y alzamos los ojos en un ejercicio de observar el viento. Atraparnos allí. Encapsular en la boca dos versos:
 El     tuyo    tan     mío,   el      mío     tan      tuyo.    Totalmente     incongruentes.
Quiero que despiertes. Que me veas. Que presientas mis pasos en la cocina, hacia el baño, hacia la luz. Cerca de tus pies. Besar su antártica geografía. Fundar mi tierra debajo de ellos. Ser tuya hasta en el fondo de las cosas. No puedes solo olvidar mi salvaje insistencia. Porque sólo quiero que tú lo sepas; esta mujer ha sido rota y levantada de cristales y cenizas. Las manos me fueron devueltas cuando tú me encontraste. Las tengo ahora para conocer contigo los frutos, las ondas de los muros del este, las protuberancias de las hojas. Las tengo para ir a ti cuando mis pies quiebren este abismo donde nada puede encontrarse. Más que este crujir de ecos; esta importancia de la vacuidad escondida bajo pretextos intelectuales. Mira, debes prometerme algo, debes venir a mí aun cuando yo ya no asista a nuestro encuentro. Aun cuando parezca sorda, muda, sin ojos que adoras tanto; es posible que me halles hiriéndome ya con tu recuerdo. Descostrando tejidos humanos, es posible. Por eso mírame ahora; me apropio de tu risa y tus ideas. Te he construido una casa y un río.  Y allí, aunque estés ausente, aun cuando tú lo decidas; diré: vine. Conservaré la emancipación de mi cuerpo para la vehemente esclavitud que me provoca tu nombre. [...]

Foto: aquí

martes, 21 de febrero de 2012

Sooner or later




Pronto me dirás, que la vida no ha sido más que esta repetición de sensaciones que no supimos valorar, aun cuando éramos tan jóvenes. Aun cuando fuimos niñas y no nos conocimos. Todo nos llenaba los ojos de lluvia, la boca, y las palabras. Sentir no fue suficiente. Una habitación blanca y grandes ventanales, ver como se desvanecía el día entre las horas, los espejos, las curvas del rostro. No observamos ya nada. Pronto dirás, que nada, que esa palabra nos llama hasta nombrarnos otra vez. Y no hay más viajes o latitudes que repitan nuestros ecos.  Esa era la vida y los sonidos. Los rayos solares nos laceraban la piel por la mañana, una música azul que nos prometía dulces, y tardes frescas mientras hablábamos. Esto nunca lo vimos realmente. De nuevo el sol y la sombra hacían pinturas en el suelo. Nunca he sabido como retratarlas. A veces intento describirlas pero disto de esa perfección en mi humanidad; e intento fotografiarlas. Luego hago recordarlas para hacerlo más vívido y así poder pronunciarlas. Pero todo se queda atrás, en un sitio a donde no podemos acudir, hasta no estar de nuevo allí como la gente en verano. Como la última vez de la felicidad entre ríos. Pero, consuélate, existimos para regresar a todos esos lugares. A ciertas horas, en determinadas situaciones. Pronto me dirás que ya no evocas esos pensamientos. Que los tuve muchas, más veces yo que tú. Que era más mi imaginación romántica de imaginarnos ahí, como si hubiésemos existido en serio. Pero es que a veces éramos reales;  como lo fue el hambre, el sueño, la torpeza de mis manos y algunas locuras. Las emociones en el cine, los recitales, los rostros de gente que decía conocer pero que no era cierto. Tu perfume danzando en el mareo. Como las velas en las noches. Podríamos resumirlo así, no sé de dónde viene todo este asunto. La vida era simple, había frío en las rodillas y leche en el refrigerador. Habría que, si  por error nos gana la tristeza, reconfortarnos con el misterio de la vida. La fascinación por las mujeres y la música.  Que escribo para entender mi permanencia aquí, en una sociedad que de a poco, te juro…me aburre. Por si lo piensas algún día, dímelo. Ya he escrito todo sobre tú y yo esta vez, y creo, la gente nos conoce. Y nos siguen adorando.

lunes, 20 de febrero de 2012

lunes, 13 de febrero de 2012

Ici

A Martina, porque sí.



A veces pienso en estar aquí. En la palabra equilibrio, el oficio del trapecista germinando círculos de aire que dan vida a un-olvido-eminente. Pienso en las rutinas del hedonista. En un aleteo firme y leve de azúcar, como gozar la risa de un niño. Me viene la insensatez de los amantes. El instante de agua, tan tus manos. También tus manos. A veces pienso en dejarme caer. Aquí. En desarmar un poema, en volver a mí como si hace mucho ya me hubiese ido. Querer hacerlo todo. A veces en el hambre. En el mareo. Y otra vez el equilibrio. Y las fibras del sol cuando se hacen palpables. Y tenemos un calor diluyéndose entre los dedos, como el amor en domingo. Hacer el amor, repetirlo. A veces no hay nada. Es como si surgieran las mismas palabras de un borde, resbalando. Cayendo. Aquí. Decir “estoy aquí”. En el danzar de una ola de humo. Flotamos allí. También aquí. Y decimos que echamos de menos las vivencias que todavía no probamos. En ella cuantificamos poros y huellas dactilares. Se le encuentra textura a mi tristeza y la desdibujas bajo un árbol de trueno. Me quedo allí, suspendida en las elipses de tu imaginación. Como en un invierno que no acaba. Y se mastica en el pasar de las horas. Frecuentemente es esto; existir en algún sitio, callar, hundirme en las pupilas tuyas, sin retorno, y no llamar. No llamarte para después justificar el silencio con palabras especificas como “lloré en la elevación”, lloré de llanto imaginario. Pienso en estar aquí, y me quedo quieta, casi sin moverme, casi sin parpadear ni en el temblor de esperarte. Me estuve así. Ensayando el devaneo que te acompaña. Bailar. Extender los brazos. No soltarte. Y era como el aroma de las flores amarillas, como la luz en el sur rompiendo las ventanas. Tu belleza casi violenta y mi sueño. En él, estoy sola, sentada, con vestidito blanco con azul. Mi cabello está largo como en las fotografías y vienes; y no sé qué hacer. No sé que hacer con la palabra equilibrio balanceándose en mi boca a punta de sonrisas porque estás aquí. Aquí.

martes, 17 de enero de 2012

Another message online

[Me topé con que te escribí esto; ¿yo te escribí esto?]


Mi amor es como un ave de papel de colores en el vídeo más dulce que he visto en todo el día.

Mi amor a las dos con treinta, a las seis, antes de dormir.

Querer decirle mucho, pero decirle poco.

Mi amor, y "mi amor sencillo" bajo una luz tenue. Música nueva y un dolor que viene en el vientre, o no lo sé. 

Es más arriba, más arriba.

Bajo el pecho derecho. 

Ah, mi amor no sabe de los ojos que se cansan..que no alcanzamos a dormir lo suficiente. 

Y sí lo sabe. 




Beso a mi amor.

Le dejo una luz a la orilla. Beso a mi amor. Beso a mi amor. Dejo una nota para cuando despierte.

Beso a mi amor.

Beso.

Be.

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domingo, 15 de enero de 2012

De noche


Es extraña la progresión de la noche dentro de la habitación. Afuera también, es como la percepción del vacío girando a la velocidad de una rueda. Como si esto fuese posible. Así tu ausencia, y todo lo demás queda suspendido en arañazos al aire, y me doy cuenta que no estás y estás, en el fluir de las cosas. Sé, que allá duermes y es de noche. Aquí la oscuridad me lo dice. Que allí, es aun más oscuro. Que los animales han salido a andar y hacer sus batallas, dejar sus huellas, y nuestros cuerpos solitarios duermen con toda su humanidad. Allí estás tú y estoy yo. Tú, hermosa, perpetua y mía.  Yo, tuya y solamente eso. Los segundos se deslizan como gotas en medio de un ruidoso silencio donde no estamos. Pero habitamos el deseo y la ilusión que no es sólo un espejismo cuando atardece. Te digo que llueve en las mañanas, que todo se hace pequeño, diminuto, cuando intentamos recalcar los procesos de encantamiento en nuestros ojos. Es notar que la voz en las palabras se hace gruesa, y es como un crujir de dientes al pronunciarnos el nombre debajo de las sabanas. Es observar el reloj, el intercambio de sombras, el avanzar de las sombras y los ángulos y la calidad de la luz.  Sentir mi mano hueca sin tus dedos, es eso, y otra cosa más que no recuerdo. Sonreír se me hace extraño a las cuatro. Comer, conducir un auto, caminar. Actividades para hacer cuando el sol te acaricia el rostro, y no sabes si llorar o dejarte dormir para sentir menos. Sólo un poco menos. Luego la memoria. Parpadeante como un foco. La retención de un olor cuando tú llegas, cuando ella llega, y la incontrolable irradiación del calor dentro, que quema en la garganta y hace trémula la carne sobre los huesos. Y repito las horas como pequeños toques en una rodilla que espera ser besada. La noche llega a mí, casi, imperceptiblemente. Algo se apaga. Pero primero se oprime un botón en algún sitio. Ese botón que me dice que en tu habitación estaba oscuro a las tres de la tarde. Yo tenía la boca inflamada de buscarte los labios. No te conté mi terror a los dientes. Y queda una vibración que sacude mis pestañas, y tú duermes mi amor. Todavía duermes. Sin mí, en un lugar sin mí, donde sin duda alguna tarde o temprano sucede la noche. 

martes, 10 de enero de 2012

Como si fuésemos de agua.


Así suenan los minutos contigo.  Esto sonaba cuando te fuiste.

Domingo, enero 8 de 2012


Si esta fuese la última vez que te veo, te recordaría así; estrenaste los zapatos negros que te compraron ayer, tu cabello largo a tus setenta y tu amor por las faldas. Y, sin ofenderte, cómo pretendes manipulación de las formas más adorables. Algún día, alguien dirá que te escribí mucho, muchas veces. Que nadie –ni yo misma- me encontraba sentido, pero no tenía otra cosa más que escribirte Isabel. A veces tenía el llanto en una oficina, de mañana, a veces la habitación. A veces todos los olores y limpiar hasta cansarme. A veces las expectativas de las vacaciones venideras, a veces. Isabel, me he dado cuenta de algo terrible; no tengo dulzura ni amor para nadie. Sólo estas profundas ganas de llorar por las tardes desde los diecinueve, que no comprendo. Tengo que ir a ti, a tu ciudad de humo, tenemos que irnos juntas y no dormir todo el camino. Aquí sólo soy piltrafas de alguien luminoso que un día fui. ¿Lo fui? Quisiera recordar aquella plática a las tres de la mañana. Me hablabas de que antes no existían los autobuses para rutas largas y tomabas el tren. Me contabas de tus pequeñas alegrías de chocolate. Tu padre bribón, un matón muy guapo del que aun recuerdo la fotografía, antes de que la rompiese mi madre. Y yo, lamentando tu pérdida. Y tu pasado, y tu infancia. Y yo fascinada porque de eso quería hacer una película. Que no he hecho, y no sé si haré. Es que de pensarlo lloro. Ya ves, como si fuésemos agua.

Conservo las luces azules que tanto te gustaron. Las enredé entre los libros y juguetes viejos que siempre voy a tirar, pero la verdad, es que no lo hago. No sé si esto me consuela, no sé si siempre seremos así, Isabel, tan de agua. Como los retornos al pueblo natal. Ya sé que tú no podrías vivir conmigo. Esta ciudad horrenda te desmerece y asfixia. Yo si puedo me voy ahora mismo. Correr tras el autobús como hacía mi perro cuando tú te ibas. Correr tras el abuelo cuando volvía borracho a casa a encerrar a la abuela Carmen, correr. Ah, abuela, no sé qué hacer con mi tristeza. A veces quisiera acomodarla como a esos juguetes. Allí. Contemplarla, de lejos. Y yo que no sé hacer feliz a nadie. O es que en esta soledad no se vislumbra nada. Hay una gente murmurando abajo. Escucho trastos y perros. Y pienso en la cena que ya no me harás, y suspiro grande, demás. Y pienso que no tuve el valor de decirte que no voy a casarme nunca. Y que no sé si me muero mañana mandándolo todo al carajo. Tú deberías de saberlo, siempre he sido un espejismo. Pocos tienen la capacidad correcta para amarme nada más. Y ya no quiero que me amen, Isabel. He sido cruel con el mundo. Estabas aquí y ya no hacía más que recordarte como si no estuvieras. Una melancolía temprana y silenciosa. Ojala algún día perdones mi manera salvaje de ser. Mientras tanto, te beso y te recuerdo. Mendigo por todos los sitios un pedazo de ti.

Verano, espero. Febrero de hospital. Y ámame tú, no me dejes de amar tú.


J.

lunes, 2 de enero de 2012

Y afuera la tempestad.






Los ojos ardían, el cuerpo se movía a grandes oleajes y tu vestido color marfil. Mi bohemia decorativa, decías. La ventana era golpeada por sabe que mañanas ruidosas.

Había oscuridad.

                                                           No sabíamos desdecir la noche.

Tus besos eran presurosos, como aterrizar en mí forzosamente. Y el gran pino de navidad en la entrada del hotel, y tu hablarme de algo que no sabía que era y hasta entonces. Le tenías recelo a la moleskine y a mi chaqueta. Y a mi sonrisa cínica, y a mis celos inoportunos. No eran celos ni palabras demás. Es mi violencia de rebelarme cuando me posees. Escribir, decíamos, es volver. Volver a nosotros, reencontrarnos en una larga carpeta de asfalto (me encantaba esa forma en la que lo dicen en los diarios). Como si existiéramos otra vez. Así cuando la música era exacta, tatuabas aquella trompeta en mi muñeca, la besabas, luego volvías a desvestirme. Había cellos por todas partes. La familia desayunaba abajo, éramos más nuestros. Habitaban sonidos y luces grises nos cubrían todos los huesos. Yo podría haber explotado de amarte. Y afuera la tempestad.


[J, gracías por la música, nuestra música, siempre ...]

lunes, 26 de diciembre de 2011

Message online

Prometí escribir y lo hago. Te dejé mensaje por allí tan pronto llegué a casa, pero supongo la noche y todo lo demás, ya no lo pudiste ver. El día, bueno, creo me la pasé extrañando, que me he quedado un poco vacía a esta hora. No sé si me explique... quisiera escribirte muy largo y contártelo todo. Pero no daría mucho tiempo, ni espacio, y temo ponerme demasiado triste. O no lo sé. El trabajo a momentos me aburre, supongo cierto hastío de no cambiar la rutina. Por eso quizá me fui, a pesar de mi cansancio, a cenar con mi amiga. Pero aun con ella me sentí extraña. Ella me habla de política y apatía, yo casi no hablo,  me dedico a masticar, me dedico a masticar solamente. 


Y ¿los niños? Bésalos de nuevo de mi parte.

Alguien me habla del sueño y me regala temas de Nico Muhly. Sé que no conoces nada de esto, pero te los pego por allí. Es un tema un poco triste, no sé que le pasa a la gente que se dedica a darme temas tristes. Luego me dicen "te recordé cuando escuchaba esto" ¿Qué carajos debo pensar? 

Ah..querida. Qué el día sea muy bello mañana. Piensa en mí, salúdame, cuéntame de tu día. Mañana llega mi abuela y eso me tiene ansiosa y un poco feliz. 

Te quiero, y mucho. Ya no te mareo más. Me duermo ahora. Ya, ya ... 

domingo, 25 de diciembre de 2011

The girl with the flaxen hair, Natalie.




Vuelvo al tiempo, y veo tu traje de punto negro y mi falda gris. Tus medias negras traslucidas, diciéndoles a todos que tenías las piernas más preciosas. Quisiera decir qué música sonaba entonces, alguna de tu padre, en el estéreo de tu padre, que tanto odiamos cuando niñas. Alguna melodía así que yo detestaba, sí, más que tú. Nos recordaba a las más bajas cantinas o a depresión de capital y barrios negros. No lo sé. Vuelvo y nos observo. Ayer vino tu madre a dejarme tus cartas y el regalo de navidad. Y ya ves, yo que odio escribir cuando llegan estas fechas. Vuelves, vienes, y me haces ir a ti.  He abierto el regalo, y todo era idéntico a tus letras cuando regresaba de viaje. Tienes una ortografía espantosa, y usas bolígrafos de muchos colores, me cambias consonantes, vocales, no usas acentos. Y no es que yo sepa de esto. Yo no sé nada, de nada. Y quisiera decir que música sonaba entonces. Papá hablaba por teléfono con una mujer que dice estar enamorada de él, había villancicos de Frank Sinatra, unos leggins grises se ajustaban a mis tobillos. Quisiera decirte que ya superé el amor enorme del que te hablé repetidas veces en cartas. Ahora alguien más me posee. A veces aun hablo con ella para luego el silencio. Me preguntas sobre mi salud, te diría que sigue siendo tan frágil como siempre. Hoy hago ver cuadros invernales de Monet mientras Debussy rompe silencios en mi habitación. La miro, y si tú la vieras; mi ropa azul, los zapatos maltrechos; me gustaría escucharte Natalie diciendo que he crecido cada vez un poco. Que acariciaras con tus dedos largos mis portarretratos, con tus fotos, la de tu hija, donde recorté a tu marido. Te tengo junto a Andrés y mis padres. Algún día te diré todo esto. Los paseos vespertinos. El colectivo lento donde ya no sé como sonreías dentro de ellos. En el frío, en el frío y los jeans que siempre usaba. Natalie tengo tristeza ahora. Natalie, estoy sujetando recuerdos en el aire. La tarde se me empieza a caer, ¿qué estarás haciendo tú? Vuelvo a ver tu bolsa de regalos. Hay algo con lo que puedo dormir, eso con lo que puedo llevarte conmigo siempre y un cuaderno. Quiero entender que lo has hecho por esta extraña costumbre mía de escribirlo todo. Pero yo ya no podía escribir. No me concentro. Tengo cansancio de adulto, y no me concentro. Es horrible Natalie. Vuelvo a ver este cuaderno, es un diario, tiene una llave. Tiene muchos dibujillos pueriles. Has de pensar que aun disfruto de estas cosas. Creo que lo voy a guardar sólo para escribirte a ti y enviarlo de regreso.
Vuelvo al tiempo donde llenabas la ausencia y el hastío. Donde no comprendías el subir y bajar de mis ímpetus, pero los adorabas. Tú los adorabas, y yo, sin comprender realmente…porque los adorabas.  

martes, 1 de noviembre de 2011

De amor




Esto debió ser escrito en octubre. Pero octubre es un mes muerto donde yo tampoco viví. Ni entre tus piernas, ni  las de nadie, y eso fue muy aburrido. También debió ser escrito en octubre porque apenas el frío me laceraba la cara y comenzaba a llorar en los autobuses, y cuando el sol, y cuando la música. También comencé a verme en el espejo un poco más vieja a los veintitrés, y a no verme tan detenidamente. Comencé con los prendedores en el cabello, las flores azules y demás niñerías. Abandoné la moleskine, ya ves, pero no, no voy a hacerte daño. No quiero hacerte daño. Ya no sé cómo hacerlo. Ya sólo sé torturarme a mí y a distraerme de ti para poder deslizarme en medio de los días. Los hombros me duelen, soy desconocida de mi misma, no sé qué decadente música escuchar para revolcarme más cruelmente en las aceras. Esto yo no te lo digo. Hay un pequeño monstruo, a lo mejor como el tuyo. Pero yo no sé si tu monstruo me habla. El mío está allí, ahora un poco más despierto. Lo mantuvimos dormido durante el verano. Tú me decías “falda” y lo devorábamos con todo y humedades. Existía pero sin existir. Ahora, que es otoño, no exactamente nuestro otoño, pero en la frialdad de la vida –esa de la que te quejas- el viento a la salida del trabajo hace que me rasque el brazo y vea a mi lado, vea a todos lados, y como no estás me muerdo la boca. Observo todas las luces, los anuncios, los puestos de perritos calientes. Otras gentes que al igual que yo, vuelven a casa oliendo a químicos. Asqueados de los químicos. Y cierran los ojos como dentro del mareo de extrañar a quien se ama. Y un asco invade al punto del vómito cuando los vuelven a abrir. Así, mi vida, abrir los ojos. Cómo describírtelo. Es el clímax de una melodía muy dolorosa que hemos aprendido muy bien para determinadas situaciones. Solamente que el estribillo cambia constantemente. Que es dulce cuando te enamoras de mí una y otra vez. Me enamoro de ti otra vez frente a una playa. Me evocas con una película irlandesa. Nos escribimos en la madrugada por la fiebre de ser. O cuando soy gris e indomable, y tú eres dulce e indomable. Y que es turbia como decir que hoy lloraré por ti, por ambas, sin que te enteres demasiado. Seguiré escribiendo como hablando del amor. 

Para qué quiero hablar más de mí. Habla tú de mí. 

Yo ya no sé nada.





[Ao: disculpa no pedir permiso para la foto, no sé, es otro método de tortura] 

domingo, 30 de octubre de 2011

None but the weary.

Quisiera escribir; primero, que la mañana es fría y tranquila. Los perros están en su cama, uno está vestido. Bebemos café integral despacio y a Tchaikovsky lo tenemos resonando los rincones. A veces, ellos, los pequeños se acercan a mí y me besan. Vuelven a sus camas, me sonríen. Me gustaría desmentir la soledad y que la casa estuviese iluminada. Alguien preparara mi té o  me ayudara a dormir más, es que no puedo. Pero hay soledad casi absoluta. Dice mi madre que he planeado así mi vida, sin pensarlo mucho y que no lo puedo evitar. Sí, aquí parpadea el silencio. No escucho más que los latidos míos, y cierto nombre que resuena debajo de las cosas. Una majestuosidad rusa que hemos sabido manejar para que la habitación no se quiebre, ni tú con ella. Y hay casi melancolía. Decimos, hoy no hay niebla y no esperamos el expreso. Las luces difusas a las siete con diez para que un señor te salude y pregunte por el trabajo. Que no hay de otra. Pretendes que todos te ignoren por alguna razón. Sí. La has sopesado desde los dieciséis. Pretendemos este estoicismo muy del vals, pero cuando llegamos a casa lloramos. Lloramos nomás. El cuerpo late de cansancio, como regresando  a un lugar conocido. Abandonado de si mismo. Sí, este lugar lo conozco. Sólo que está más quieto que antes. Las paredes más amplias. Un anonimato que si te descuidas va asesinarte. Todo volverá. Las muertes y el silencio. El espesor del aire por la mañana. Mis labios agrietados. Todo volverá, primero, por el frío. La música vendrá entre los ojos azules del llanto. Esta quietud te lo dice. Y es que mamá no está. Llama cada dos horas por si me duele algo. Pero yo no le digo que todo, “todo mamá, todo”. Vamos, es diminuta la línea del tiempo cuando se resbalan las letras. Y las pupilas, y la concentración; pronunciarte en verbo pasado para no equivocarse una vez más. Quisiera decir que todo esto habla de mí como en un sitio de penumbra. Que nunca nos habíamos sentido tan miserables, que nunca habíamos dicho con certeza “no siento nada”. Irse despacio a leer hasta saciarse porque tú me lo has pedido. Besar mi frente por ti y confiar en que todo pasará según las horas. Que todo esto es tan natural, esta casa así, tan sola. Donde ya no vivimos. Ni mi madre, ni mi padre, ni todo lo que un día amé yo. 

domingo, 16 de octubre de 2011

Medeleine Again


Yo tenia este sueño pequeño verás, Madeleine. En ese sueño, alguien aprendía a presentirme; lo sabía, a lo mejor eras tú u otra mujer de las que me han querido tanto. Sucedía así: Cuando llegaba octubre, había un clamor entre las hojas que susurraba despacio que yo volvería. Aun más, sabía el estrépito preciso de los pasos, decían así que era lento y calculado. Yo en realidad no lo sé. Madeleine, en mi sueño seguíamos siendo tan salvajes como siempre. Sólo que llorábamos cada que nos veíamos, a través de rejas. Tú más que yo cuando acariciabas mi rostro, que no se parece al de nadie, luego decías cuánto miedo tenías que te devorara en cualquier momento. Pero teníamos la música, hablábamos en presente perfecto. Leemos muchos libros bajo la paz de los árboles. Pensamos en una generación entera que se perdió en las guerras buscando la libertad. En mi sueño los pueblos cantan juntos y tú y yo, nos fascinamos y lloramos igual que nos reímos. Nuestros padres siguen siendo tan dolorosamente bellos y nos bajaban al mundo. Tenemos cierta religiosidad en los actos, pero sin creer en Dios, ni en nadie. A lo sumo en nosotras mismas. Pero tampoco. Allí bailamos parsimoniosamente, y volvemos a creer en placeres delicados, como acariciar nuestros dedos por más de cinco horas, colocar la cabeza sobre tu pecho y frente a frente. Por un lado está todo bien Madeleine, así tú y yo, lejos del ruido de la vida. La gente ya no se tiene que asustar o volver a pensar en la Santa inquisición. La gente no entendió nunca, que llorábamos de amor simplemente, y nos íbamos a dormir buscándonos las pieles  hasta que encontrábamos nada, nada. No nosotras, ni en sueños.  […]

domingo, 9 de octubre de 2011

De medias azules y canciones dulces




Quiero comenzar a escribirte como si al final pusiera “tuya, fulana”, que todo lo sintieras menos, y más, cada vez; que las palabras se forjen de tal manera para que las repitas como nueces crujiendo en tu boca durante todo el día. Quiero mística, enredos, lo quiero todo. Pero sólo tengo la habitación, mi aburrimiento de las seis de la tarde, el dolor debajo del seno derecho. Uno pequeño, que tú disminuyes, tampoco te lo he dicho. Es que creo que al final lo notas porque el día resplandece así, que nadie me vio jamás reír tanto. Pero luego te vas y los pequeños, nosotros, quedamos como sueltos de no sé dónde. Es Indie, películas suecas, mi fragilidad y pesimismo, que no sabes. Mi aburrimiento ocupándose en comer ansias y acelerando imágenes burdas, yo diciendo a alguien “ella es mi gusto más decente” o algo así. No tengo mucha fuerza a esta hora de la noche donde llegar a ti. Decir que ya vivo en el pasado, que estás en el futuro, que ahora duermes y vas a levantarte en tres horas. Tomarás el auto, vas a pensar en mí. Acá el día lo vislumbro casi jodido, quiero llamarle de nuevo a Isabel. Sigo emocionada con diciembre. Diciembre viene como las promesas o las historias de niños. Sólo que estamos desde afuera, en el frío, sabes cómo ¿Martine?  Afuera, afuera de la vida. Sino es contigo. O en el sur. Iremos al sur. Mientras, hago escuchar canciones dulces mientras te pienso, tomarme fotografías con las medias azules y morirme de ternura en algunos estribillos que me harán sonreír, temprano, el lunes. Te tomaré una fotografía.


Tuya, Jazmín.

martes, 4 de octubre de 2011

Quedarse en casa





Televisor, té de boldo y una falda blanca con florcitas. Mi rostro como siempre desnudo de sonrisas y series de TV. Pasear por las baldosas descalza, la gente que se asombra al verte  Algo que adoro, Seindfeld, cartoons amarillos. Ahora voy a cocinar toda la mañana después de tres días, comer lentamente como si no lo hubiésemos hecho en tres días. Un poco de amor en los libros por la tarde y algunas llamadas telefónicas. El cuerpo pequeño de ellos, besos, diminutos besos de calidez como si existieran.

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lunes, 3 de octubre de 2011

Abuela y niño con sombrero café


Un olor especifico tan del incienso, el devaneo del colectivo, mi cansancio –sobre todo mi cansancio-  y este dolor de los días.
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Él, con un sombrerito café y yo; y mi música clásica en los oídos; su abuela. Su abuela a lado en la oscuridad de este pequeño autobús. Las sombras, las luces y las sombras. Naranjas y amarillos, y ella enseñando su credencial que desmerece al pagar dos pesos menos.  A veces aparece el mareo de cuando las cosas se mueven y tú estás allí. A veces no me crees que pueda pasar inmóvil días. Que no nombro a nadie, y mis movimientos nulos flotan por alrededor de la casa. A veces sucede todo. La soledad, tanta soledad y el amor que no es suficiente. Jamás. Hay algo sucio en esta ciudad, pero te enternece la imagen de una abuela y su niño. Él, ella, juntos, cabezas juntas y yo observándolos. No sé dibujar, no sé tomar fotografías certeras, te digo así que estaban juntos y yo con el cuerpo inflamado y con frío. Para hoy sólo he bebido agua.  Decirte así, ya no puedo con los sólidos. Decírtelo así como si escucharas. Voy a comenzar a escribir cartas como a los veintiuno. Alguien lee en la sombra sobre mis relatos de cafetería y hotel. O los adagios de Brahms a la luz de un cuarto rojo deshabitado. No sé cómo describírtelo. Ellos así, no sé, no sé, me aprieto los muslos. Estaban tan juntos y tan queridos y yo sin Isabel. Ya no levanto el teléfono ni a mi padre. Y Brahms tan de sábado estando con papá en la mesa. Todas esas imágenes allí en la oscuridad del colectivo mientras ellos, perfectos, hermosos, hablando de Roxana que se ha comprado unos tenis y camina por la Vicente Guerrero mientras pasamos por allí. Yo tengo tanta hambre. Pensar en la ducha aun sin llegar. Gente que baja y sube de aquí. Un calor, sí, un calor de verlos. Pero ves, ves, la gente de a poco comienza a olvidarte y antes decía que eras la mujer de sus sueños. Así comienza octubre con un cuerpo desgastado, el recuerdo de mi abuela a quien no llamo más, mi clóset nuevo. Y no lo sé. El camino iba así entre destierros. Yo a punto de llorar. A punto de llamar a quien sea. Con un escalofrío en los brazos y me sentía tan sola. Sin esperar a nadie, y esperándolos a todos. Como en el final de aquella película donde se reúnen mientras te celebran a ti. No sé si me entiendas. Mi observarlos allí, a ambos, enmarcando con mis ojos marrones que tanto han visto, ahora, a ellos. Casi llorando te digo. Ella blanca y pelo gris, el pequeño y blanco con el sombrerito al bajar, de su mano, ten cuidado al bajar; le dice. Y yo muriéndome, yo amándolos así como se le hace a la familia. Luego llegué a casa, con unos pasos tan lentos como de no llegar y estar, estar en casa, llamar a la abuela, echarse a llorar. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Ah ..

"Yo debería escribir...pero me la paso inmóvil escuchando Arabesques y quejándome de mi salud, ahí me disculpan."

domingo, 25 de septiembre de 2011

no sé cómo llamarte



Voy a quedarme muy quieta. El viento soplara con su dirección de norte a sur como siempre. Cerraré los ojos, lloraré como ahora, repetiré tu nombre antes de dormir. Como un pensamiento inocente dulce, y sin reproche alguno. El otoño vendrá y todo cambia. Mi mejor amiga dice que, en todo caso, esto es más cercano a la realidad y que yo soy más que otra cosa, esto. Cartas que se escriben y no llegan nunca. Destellos de luz que se extinguen cuando atardece. Acidez, y un sabor a verde sobre la boca, de recordarlo. Una adicción o vicio, decía. Pero como todo, tarde o temprano, cesa. Tiene que suceder así. A mi no me importaba. No es que me importe de pronto. No es que alguna vez vaya a importarme. Pero hay pulsaciones que se reconocen. Querer ir a ti. La domesticación de mis instintos para agudizar certezas. La intoxicación de mis sentidos para agilizar exactitudes. La corrección de tus impulsos para volver a un remolino ampliamente marcado, y mi palabrería que siempre está demás. Por eso con constancia intento provocar mi mutismo, a modo normalizado de comunicación absoluta. O me entretengo con una taza de infusiones de hierbas. Todo a medida de cosas insufribles y el insomnio, que nos de tiempo de todo. Incluso para nada. Para la nada que tanto tiempo nos lleva. Serán de nuevo esas canciones y las hojas de papel que no entendemos debajo de la cama. Ropa nueva, ya verás. El aire acariciara la piel y abrirá, tales heridas, que me reconocerás como el sonido de los árboles, y cuando sus ramas te derrumban. Y estoy tan quieta. Quieta de ti. Hasta que vamos a dormir y la vida se nos nubla. 


miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sobre Pesimismo y Días muertos.




Decimos, deberíamos escribir. Se ha dado el tiempo y la casa está sola. Los perros te miran esperando abandonar el encierro. Pero no. Dentro, cantatas de Bach, un trovador mexicano o Salvador Revueltas, como toda mañana majestuosa. Un guitarrista brasilero también. Y pensamos en el sábado por alguna razón.  Pero ya es domingo. La familiaridad dulce del aire, sí, es verdad. El sábado es dulce el aire, por si no lo has notado. Levántate temprano y sal. Camina a orillas de un lago y aspira. El domingo es igual pero, hace calor. O hace frío. La casa está sola y bebes té. Ella aparece y te da hambre. Es muy temprano para encender las velas. No lo sabes muy bien pero es probable que nadie sepa de tu soledad, que hay, estos impulsos en el brazo izquierdo, una incomodidad. Hay gente que llega a verte y coloca sus dedos sobre la boca. Casi les pides que también comprendan el silencio. Eres un desorden. Quieres que alguien llegué a decirte que eres un desorden tan sólo por venir. Es desear una mano, desear mi vida de campo. Y su abrazo. También su abrazo. Isabel. Ya no mi madre que me odia tanto. Quieres, estar completamente sola con el verde alrededor. Como hace años. La vida te dolía. Y de nuevo eran el té y los cigarrillos. Tu cuerpo desnudo paseándose por una casa vieja. Medidas de la perfección donde leías a Sartre una y otra vez todo para descubrir que existías, y lo contrario.

Ahora tengo un frío clavado en el hombro. Y a veces delgadez líquida resbalándome. Me causa gracia mi perro que se rinde al calor y a la ausencia de mi madre. Y aterrizas en ti de repente con un deletreado destello de paráfrasis y palabras muy mal dichas. Gente te mal mira ante la poca amabilidad de tus huesos. Decimos que atardece y todo se va cerrando. La casa sigue sola. Pero la tiendilla hace el murmullo de un pueblo cualquiera y seguimos solos, solos, sobre todo porque son las cuatro, y ella se tiene que marchar.

 .  .  .
 .  .  .

Lo recuerdo así, la playa, la ciudad despierta y el olor a bloqueador solar. Mis compras en las tiendas de holística, hablar en dos idiomas, sentirme bonita –aunque no- y algunos hombres mirándome. Mujeres que comenzaban a dudar de su sexualidad sólo porque yo se los sugería, y ser feliz con ella. Recuerdo así, lo más especifico del mundo; ser feliz con ella en tiempo pasado, hacerlo todo nuevo. Mi caminar por una ciudad esplendorosa, que ya todo estuviese resuelto, mi tristeza de mañana. Y no lo sé. Eso sucedía otras mañanas que ya nunca tendremos. Me viene también la vida de campo, la vida de campo… la lluvia. Nunca lloverá de la misma manera ni aquí ni en el sur. Y mi desnudez, ni la poesía del calor cuando todo era hirviente. Recuerdo así, hacerle daño y no detenerme. Es que no había límites ni regocijo. Había inmensidad y cartas que se escriben al punto del llanto. Habitaciones. Viajes, personas ajenas y observarse en el espejo hasta que todo se pierde. Hasta que la luz dejaba de ser luz y una flama simple y fugaz en las mejillas. Recuerdo los días muertos así cuando había tiempo para la cocina y no se tenía que encender una maquina para avanzar cada setenta y dos horas.

Recuerdo mis ojos y el sol. Como si ya fuese parte de otra vida dentro de esta vida. Todo es tan lejano y tan vivido que pierde el sentido de existir en espacio, tiempo y mente… casi al instante de evocarlo. Dormitamos la memoria con las imágenes que se repiten como pulsaciones blancas en los ojos, todo vuelve así, con horas e impresiones mentales. Recuerdos tan sentidos que llegan  a revivir soledades, pero igual lloramos, igual dormimos…pero recuerdo el color azul y las sonrisas. Colocadas de tal forma que se amontonaban como besos rojos sobre los labios. Y te enamoras otra vez. 


*La foto, de cuando tomaba fotos. También  lo recuerdo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Beirut - Nantes





Bueno, yo digo una cosa; si moriré pronto o en este año con esto de mi enfermedad  ... sólo quiero y pido verlo. Ya tengo mi boleto ... así que si ven a una tipa solitaria, y llorando a cada rato en el concierto (especialmente en Nantes y Carrousels), el 5 de Noviembre, queridos lectores...esa soy yo. 

Se vale acompañarme y sonreírme, digo, se vale.
 Y qué glorioso morir así, que glorioso.

domingo, 11 de septiembre de 2011

De electricidad y cenizas



Querida Martina;

La electricidad falló por ahí de las seis, y te pensaba. Recién te ibas. Recién me dejabas con el cuerpo abierto, a la mitad. Decía; mi amor escribe sobre las velas una noche, y allá hace calor. Decía; en mi ciudad llueve y en la tuya las entrepiernas gritan desesperadas por un otoño, que parece, no llega entre los días. Miré a mis vecinos salir a mojarse. Son niños, sonreía tanto que no me lo creerías. Veía a mi vecino de lejos, hace años que no me gusta. Y fumaba. Fumaba. Tenía cenizas en las piernas, el cabello desordenado y los lentes. Nuestro romanticismo que nadie puede imitar, resbalándose en mi clavícula, entre mi vestido blanco. Del que tienes la foto de mis piernas bajo la mesa. Al cielo gracias. Por el agua y por todo. Y tenía frío. Quería que vinieras. Ya sabes, a mí la lluvia me pone caliente. Entre otras cosas. Tenemos las contradicciones y a Ólafur Arnalds. Tuve que reordenarme viendo los charcos. Me enaltecían los dedos quemándose al final del cigarrillo. Y no sé. Tuve que escribir sobre ti. Te lo dije. Olfateaba de nuevo mis manos. Ese olor a ti y a mí. Luego bebí té y me encontré esperando a mi madre. Me descalcé para barrer la entrada del negocio. Era tan natural, mi amor, estar así. El pueblo pequeño y el estruendo que no me asusta. ¿Te asusta a ti? Yo besaré tus manos el día domingo. Te he besado tanto amor, y no ha sido suficiente. A veces parece mentira mi cuerpo, los temblores, y los gritos. Los gritos sobre todo. Mi vida que se adhiere a ti. Mis uñas, mi cabello, las costumbres. El rostro que te gusta. Tu rostro que me gusta y demás. Me estoy derritiendo por dentro y llueve, llueve como  el calor que se escapa por donde nacemos. Llueve y la carga en voltios estalla en no se qué postes. Y sigue lloviendo hasta que arden mis pulmones. Como me ardes tú, que me ardes por todas partes. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

Adiós de sábado por la tarde


Te dice adiós dando pasos hacia atrás mientras cruza la carretera. Te sonríe. También le dices adiós hablándole, como denotando un “no te vayas”, pero debajo, disfrazado, escondido. La realidad es que, no quería abandonarte. Te lo ha dicho “nunca voy abandonarte”. La realidad es que tampoco le buscaste por la noche como se lo dijiste. Por eso los pasos hacia atrás. Pero no importa. Ahora tratas de recordar el acomodo de las palabras para que fueran perfectas un sábado a las seis. Pero ya no vienen. Se quedaron allí. Estampadas en el asfalto como, algunas otras cosas, de las que no hablaremos. Quería decirte precisamente el adormecer en tu sonrisa. Todos hablan de tu sonrisa, y tú guardándola, de píe a mi lado. No comprendo tu estar de píe a mi lado como si ya hubieses tomado parte entre la guerra diaria, y que comienza todo a lastimarme como ciclo normal de la vida. Ya te he hablado sobre eso. Necesito tus manos acariciando mi frente y mis cejas, necesito tu gesto inevitable a desordenarme el cabello si me descuido. Y la gente mirando, y tú sonriendo. Decir; ya no sé que voy a hacer el domingo por la tarde. Luego tu voz, segura, resonando en las paredes amarillas provocando un desliz sobre la cara. Yo no sé. La gente quiere poseerte. A mí ya me da lo mismo. Están en los mostradores diciendo “pero yo estoy aquí, estoy… ¿por qué no me quieres?” y mi “no es lo mismo”.  Sobre mi soledad has conocido bastante. Te queda claro el masoquismo mientras piensas en mí, mientras lo dices, fascinarme que lo digas “quería regresar a ti, y ayudarte”. Hemos hablado hasta el cansancio. Y claro. Tu solución es simple. Pero yo no tengo nada, no tengo nada ya ves. Me quedaré en esa estación un tiempo, me observaras vengarme de mí, y he de llorar como nunca. Y no estarás.  Y estarás. Como cuando me dices adiós y no miras los autos en la calle. 

sábado, 3 de septiembre de 2011

Hablar con vos


-          Oye, tú alguna vez... ¿llegarías a odiarme?
-          Eso depende de ti
-           Bueno, es que yo no haré algo para que me odies...
-          Ah pues eso, ya está
-          Tampoco para que no lo hagas
. . .



-          No, estoy solo como Tom Hanks, es mas no tengo ni ganas de hablar con una chica, me asustan
- Y yo? ¿te asusto?
-Siempre quedo como un idiota, porque me tiembla todo ...
sí tú me asustas también, un poco
- Jajajja, me encanta, "un poco"
- Muajajajjaa.
-          








- No Waltz, tu alma no es nada linda
-          Es hermosa y lo sabes, maldito
-          Y creo que tu mente te hace muy engreída, normal
-          Ah si, siempre he sido engreída. Me alegra que lo noten, que me lo digan y asentir.

















lunes, 29 de agosto de 2011

"Hello, My love"




No. Tú estás aquí. Hay algo que prevalece en tu resistencia. La mirada del tango  que no te he dado, mi cintura apenas, rodando por el piso. Hay algo tuyo entre estas piernas, ya es hablar demás. Pero sí, prevaleces. Como si fuese un frío que entra en la planta del pie izquierdo. Estás. Es como decir: hay pequeños pasos impronunciables en mi cadera. Decir otra vez: Sí, prevaleces. Se me rompe la piel sobre la espalda y maldigo mis excesos. Y es poco, ya ves. La habitación es pequeña. Hay agua en los vasos y en las rodillas. Los días continúan inevitablemente su don de fluir entre las cosas. Tengo cierto plan, y unas zapatillas azules que no voy a presentarte. Quedaran casi tristes debajo de la cama. Pero la verdad es que, envuelvo la pintura con mis manos, como dando una forma a una anatomía que aun no aprendo a descifrar, y se derrite entre mis dedos.  Hay gravedad en los líquidos. Inflamaciones oscuras y delicadezas sombrías. No. No tú no estás aquí. Estás en algún sitio bajo barrotes. Estás como palpitando y dando balazos a los muros que, aun no te destruyes. Pero sí, es que no hay soledad ni tristeza. Hay tragos resbalando por la garganta y frío. Un frío, no sé si tenga que ver contigo. La verdad lo dudo. Contigo vienen los sonoros desastres que no recorro, más bien por decencia. Cuando lo hago es realmente por dulzura. Y no. No. Es un rehilete que se convierte en vórtice que me pronuncia despacio. Todavía no lo reconoces.  Aprendes a pasos diminutos porque las palabras así lo requieren.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------Y estás aquí.

Estás contando los relieves de una cara que no has besado lo suficiente. Aun. Y hay devaneos que adormecen al final. Ya te lo explico. Es revivir un poco entre movimientos incomprensibles a nuestros cuerpos. Hay algo que prevalece a la medida de la madrugada. La verdad es que al despertar, el temblor es lento. Que ahora queda estar con el cigarro entre los labios, como un adiós, con una sonrisa resbalándose a arañazos de la boca. 

martes, 23 de agosto de 2011

Lenta la noche II





Ya sé que te dejo así, ya lo sé. Estabas esperando la caída y no fui más que delirantes subidas desde un abismo. Y lo contrario. Me callaba -a momentos- suspirabas -a momentos-. Todo se disfraza de azul. Un azul nuevo que no comprendemos. Agua entre los muslos, y mi voz, que si no me dices te juro que sé que la amas. Mira, la gente piensa a veces en  nosotros y se masturba (la mente al menos) esto te lo digo bajito en el oído, y sonrío. Inevitablemente. Hay esa música. Las voces graves de nuestros artísticos ombligos entre la sombra, y la luz pese nuestra oscuridad, de las botellas de cristal fundido a no sé que cantidad estratosférica de grados Celsius.  

                                                      [Este dato técnico te fascina y lo escribes en un cuadernillo cualquiera. Pero intento regalarte mis rodillas]

Y tú no me creías. Pero haces tu guerra deforme. Huyes cuando faltan veinte minutos para las nueve. No me crees que por las noches me peino y me visto para no sé que fronteras divisorias, como debajo del mar, como danzando bajo del mar con interesantes obsesiones por la arena. Llegar al fondo así. Estamos sopesando profundidades extremas. Sin embargo preguntas, supones, que la medida de la estancia infiere en si tengo la fuerza suficiente en los ojos para verte aun de madrugada. ¡Ah cariño! esto es tan lento. El delirio de las dentelladas al aire, que me quedo quieta. Y yo, que casi apuesto tu llegada y tu venida. Abro las ventanas y las puertas. Me vuelvo más yo, como hace años. No te lo sé explicar. Levanto especulaciones falaces. Y bailo con una copa antes de aterrizar en la cama, tú me conoces el cabello suelto a medio lavar, jugándote en la cara hasta que te rindes al terrible y estrepitoso salvajismo de mis manos. Que te dejan así, como si nada.