martes, 30 de septiembre de 2008

Algo llamado seducción /28 de septiembre

Yo me pregunto todos los días: Cómo haces. Aunque me voy de fiesta; huelo, muerdo, observo; sigo obteniendo miradas para guardar en un frasco. Me ofrezco al mejor postor. Y miento. Al otro día, tú, cómo haces. La absurda práctica de ser o no ser, un ente obtuso, imposible y por lo tanto, avasallante. Puedo, pensarte por última vez, ¿una vez al día? Llamarte nada más. No te darás cuenta. Harás caso omiso a mis acechantes ojos. Por que me veo así, sigilosa, arrogante, por los aires. Por encima del suelo arrastrándome, hasta llegar a tu polvo traslucido. Te digo: Cómo haces. Y me grito hasta quedar sorda: No hay cómo. Es. Ya no te preguntes más, ilusa. Pienso en si talvez son los lentes que no usas o el cabello que no peinas. Sólo pienso, siempre has sabido mi otro oficio de pensar. Pensar, por ejemplo; cómo haces eso del sudor o lo de la sangre. El asunto de la sangre allí abajo. Luego el sudor de nuevo, y la sed. Habiendo demasiada agua, igual me viene la sed. Habiendo nada, vienes, y entonces desdoblas tu ciudad frente a mi casa, orientas tus tropas para el siguiente ataque mortífero. Y no sabes cómo haces en mí, tan pronto. Yo no te veo. Para cuando todo cae, trato de explicarme: es una mujer, me viene desde abajo. Soy también una mujer, y caigo desde muy arriba. Me pregunto cómo haces sin saber, y sabiendo ser sin ser. Puesto que yo, ya he crecido mucho desde aquél día cuando me miraste la cara. Te dio un poco de risa la mueca permanente. Afirmaste mi locura. Es tu manera de decirme, sin decir: me gustas un poco. Todavía no aprendo a ser lo que mi naturaleza me indica; ni me nace, ni me sobra, ni me sale así de “ya está”. Eso que los hombres y las mujeres, perciben y se rinden. Y tú haces. Y yo no hago, pero que tampoco me resisto a ello… ¿Cómo dices que te llamas? Me sudan las manos si te pienso en una situación de flaqueza, y por las noches, o cuando dices mucho “mi amor”, yo me pregunto todos los días cómo haces, eso, algo llamado seducción.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Acerca de la perfección




Siempre hay un segundo. Siete minutos, una hora, dos días, una semana. La noche, el medio día, la tarde, la mañana. Y hay los orgasmos. La perfección posible y la belleza exacta. Los hay. Que sea domingo por la tarde o lunes temprano. Y haya esas canciones que nos recuerdan la eternidad de la caída, y la inmortalidad de las cosas leves. Mi padre lee el periódico, el abuelo atraviesa una y otra vez esta gran tienda de abarrotes. Hay un sol casi palpable afuera, y sopla un aire del sur. De mi amado sur. Las mujeres usan blusitas holgadas y bandas de colores. Me puede la abuela y el olor a cacao. Todo este ambiente tranquilo y cotidiano de repente me abruma. Me invade, me abruma. Le disfruto. Y la voz de mi padre que resuena suave y grave por toda la casa; me cuenta de un filósofo de un Güemez tal, que un 99.5 % de castellano en no sé donde, y nosotros los mexicanos, que los Árabes no sé que invadieron. Dice tantas palabras humanas, que me enternece el tiempo y el espacio que nos viene. Siempre está el segundo y nuestra ausencia. Los abuelos de otros. Y esa foto arrugada que quedo de cuando fuimos a la playa con mi antigua mujer. Pero Romeo no comprende mucho. Ve gente entrar y salir, ir, venir. Le observo como diciéndome: Sálvame. Yo digo: Sálvame de mí. Romeo, sálvame de mí. Vamos al sur, busquemos el sur. El bandoneón nos oprime el pecho, Jobim, Django Reinhardt, el señor Agustín Lara con su Veracruz. Pues un domingo a las seis de la tarde suena en mi lengua una metáfora de la perfección, todo eso en medio del pasto, mientras se oprimen mis ojos y sus cortas pestañas. Me viene retumbando la mente desde que todos están aquí, la casa, a medida de lo posible, el café nocturno. La buena gente. Mi espera por volver al sur. Siempre hay un momento, un segundo, siete minutos, una hora, dos días, una semana…Tengo mis instantes perfectos, y digo hoy qué me quejo de mi. No hoy, no ahora. Por que aquí, la perfección, fugazmente consiste en el tiempo que se lleva cerrar los ojos y decir, decirse dentro;


no me hace falta nada.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Estilo mon amour


Me sangras desde el brazo.
Y el mundo,
se hace diminuto en las pestañas.
Te llevo como dentro,
como la música que desde siempre
 vio en mi una cómoda caja ambulante.
Tengo un bar de blues,
aquí en la habitación.
 Muchos bailan.
Yo sólo observo.
 Escribo, mi oficio de siempre.
Te llevo conmigo.
Te digo: me sangras desde el brazo.
Es nuestra manera de bailar.
Y sonreírnos.
 Tengo el bar y los zapatos.
Un, dos. Un, dos, tres.
Ellos se ríen conmigo.
 Encojo mis hombros,
saben que aquí son libres.
Ellos bailan.
Hay ese humo mortífero.
Me castigas, fluyes en mi mano.
Hay un crescendo de fiebre,
me sangras desde el brazo
y es nuestro estilo de bailar.

martes, 23 de septiembre de 2008

Weekend II

II

19 de Septiembre de 2008

Los taxis estaban ahí. Pastel, comida china, compras. Tengo una, dos, tres pulseras nuevas. Los supermercados no tienen nada en especial. Sólo historias. Siempre historias. Hombres, mujeres. Prisa. Y yo pienso en la perfección. La abuela preguntándose de que talla de braga usa mi mamá. Yo no sé. Surge una urgencia. Muchas risas y también prisas mías. ¿Cuándo vamos a parar? A dejar de ser esporas, carne y un saco de piel con huesos. Y tener que movernos como una casa con pies. O tapancos. Querida abuela, los taxis estaban ahí. Y nosotras elegíamos más aretes. Yo buscaba dinero en el morral que trajo Marcela de Sarajevo. Nos esperaba la cena entonces, y hubo que decir “quiere llover”. Comprar galletas. Comprarnos una sonrisa cabal. Abuela, los taxis aquí emulan el amarillo y el blanco. ¿Por qué allá donde vives, es todo verde y azul?

21 de septiembre de 2008

Tal como en Demian de Herman Hesse, sucede que en esta retórica realidad, aquí, me convergen dos mundos. Pensaba en el allá abajo, en el acá arriba. Allá abajo voy a llamarlo “el luminoso y perfecto”. Y bueno, acá, va ser el universo de todas las mujeres que me ocupan. Esta que escribe. La fácil. La difícil. La que se cambia el nombre y de vez en cuando se sumerge en la oscuridad –yo estoy más cerca de la oscuridad - Y la que usa las manos como instrumentos quirúrgicos. El me ha dicho que soy experta en autopsias. Y hasta un poco antes yo tendría que ver con Herman Hesse. Su prosa es rica, posterior a los tiempos. La mía, bueno, la mía sólo es. Pero siempre he encontrado necesidad en lo absurdo. Como un método más factible, y si no más factible, más bello y majestuoso. Instrumental, artesanal modo de vivir la vida. La vida que alguien decidió darme. Al fin me he cansado de comprender. Y así mismo es necesaria la existencia de los dos mundos. El ser hija de mis padres. De mis dos madres. Lo luminoso y perfecto muy de la paciencia. Por que a veces pasa que todo lo exterior está bien, todo, pero todo. Hasta donde se puede estar bien. Luego tendría que venir yo a desordenar este orden pacífico con el que transcurren las cosas. Tendría que desarmar las mañanas, y las noches. Y todas las posibilidades de ser, explotar. Estar con la tranquilidad muy tranquila. Una forma no he encontrado para la paz interior. Ni la plenitud, ni para llenar los espacios vacíos. Stephen Crown dice que no se puede: No, nunca vas a llenar tu espacio vacío. Y yo me pregunto, ¿es qué uno lo elige? No lo sé, generalmente no me respondo. La cuestión es el balance y no la exactitud, yo me supongo. Dentro de dos semanas no van a existir estos mundos. Va ser otro mundo. Continuara la luminosidad, muy cierto. Nada más que ya no será arriba o abajo. Ni mis mujeres mías. Tengo un libro de Herman Hesse de nuevo. Y esta aseveración de los universos que existen, me confunde.

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Más tarde

Querida Crown: Hoy he intentado colocar un espejo frente a las letras y sucede absolutamente nada. Será que Alicia, ¿miente? Será, que Alicia ¿sólo se drogaba? He intentado de todas maneras cruzar. Por que dicen que allá todo es invertido. O al menos hay ese mundo que me gusta, y las flores hablan, una come un hongo y se hace pequeña o más grande. Pero te digo, coloco el espejo frente a lo más vivo de mí y no sucede cosa alguna. Les paroles, se acercan o se alejan, y nada más. Yo he intentado eso de la cosmovisión invertida, por mis métodos más faunescos y nada ocurre.

Escríbeme, Waltz.

domingo, 21 de septiembre de 2008

De Heartbreak Wonderland

Mira, yo voy a estar aquí. Y tú, tú me vas a buscar. Por ahora vas a quedarte a la orilla. Pero va a ser ir, decirme: He venido, dame tu mano, Ofelia. Y ven conmigo. Probablemente para entonces pueda yo darte la mano. Pero no sé. Yo voy a estar allí y tú vas a buscarme. Vas a esperarme. Ya tú sabías mi narcisismo, y lo demás. Muy inútil, cierto. Ya tú sabías, que debajo de todo, pero debajo….muy, sonrío. Espero también alguna cosa. Me guardo adentro del ombligo latitudes. Son como soñar las flores amarillas de todos esos campos al final del pasillo. Mira, te digo: A veces aquí hay muchas puertas y me enfermo de mí. He estado sobre esa silla el día entero, consumiéndome la boca, y es que a momentos no me sirve la lengua para eso de escribir. O algo sucede con las nuevas libretas que compré ayer, no dicen nada. Son todas brumosas, costuradas de su lomo. Como yo. La abuela me ha pincelado una mariposa que no vuela, se retuerce sobre mi hombro y sigo aquí, aquí, donde voy a estarme. Donde tú me vas a buscar. A lo mejor en uno de esos días donde predomina el color viejo, tú vengas. Allí hay un bosque, justo al final de aquél túnel. Le crece verde musgo en las esquinas. Me nublo, redoblo los sonidos. Sigo buscando las voces perfectas que pronuncien mi nombre. Pueda ser, después de brincar al precipicio, seas tú. Pero después, mucho después de todo. Por ahora, yo voy a estar aquí. Y tú, tú me vas a buscar. Vas a transgredirme. Hundirte. Traicionarte. Y mira, cuando eso suceda, prometo vendarte los ojos. Tú y yo, como que no habíamos pactado nada. Como si a cualquier hora que llegaras, no fuera demasiado tarde. Ni demasiado pronto. Para lo sencillo de decir: He venido, dame tu mano, Ofelia.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nataly



Vas a faltarme este invierno. Quién diría, que después de cuatro años, vendría, yo, muy yo, a escribirte cosas que jamás vas a leer. He visto televisión toda la tarde, y he escrito. A veces, también recuerdo cuando nosotras mirábamos televisión y por horas, en tu viejo televisor 27’ pulgadas. Ahora tu madre tiene un cuadro con un bote y una pantalla flat. Tú sabes, ella siempre quiere todo nuevo. Al contrario de mi hogar. Que es todo tan viejo y único, siempre, siempre igual como las cosas simples. Tú ya no podrías vivir aquí, de sobra lo sé. Transitas por las calles de Los Ángeles, tienes una hija que se parece mucho a ti. Y ya nunca nada se parecería a nosotras. No me habita ese amor que me conoces. Ni me pinto mucho la boca, o me gustan chicos pelirrojos mientras viajo en autobús. Ahora ya no hay tantas cosas. Tengo un perro nuevo que es protagonista de un drama shakesperiano. Y caminamos muy solos, atravesamos las calles que fueron tan nuestras cuando los dieciséis. Cuando las bufandas, las tardes en tu casa y su luz amarilla. Ese aroma tan tuyo, la sonrisa perfecta, las piernas largas. Vas a faltarme en noviembre, en diciembre y en enero. Ahora lo sé. Me vienes tan pronta a la memoria; fresca, como si al salir…tocara tu puerta aquí a lado, me vieras, me besaras, me dejaras untarte bálsamo en tu rodilla arrugada y café. Me vienes como el invierno del dos mil dos. De golpe y herida. De sangre. Y amores primeros. Vas a faltarme por que ya no seré yo muy pronto. Ni tendremos el televisor y los canales, incluso la misma casa. Ahora comienza el frío, yo haré mis maletas y todo, todo será destierro.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Inventar-te

Hoy voy a inventarte, 
a que estás aquí, 
dentro mío, 
hurgando las cajitas 
separando la ropa de día, 
la ropa de noche 
usando mis lentes, 
estudiando mi lunar. 

Los cigarros sin filtro en tu boca 
me dictan que, 
como que te vas a quedar 
al menos otra noche de esas mías, 
que has de cuenta no existen 
pero suceden, 
ahí de ves en cuando, 
ya sabes, 
que todo me gusta imaginar. 
Así que de esa forma 
te hago un rostro nuevo, 
una pálida espalda huesuda, 
dos ojos en un paquete especial, 
mucho cabello rizado, 
nariz perfecta 
boca para desgajar por las mañanas. 

Voy a inventarte de tal modo 
a que tú me buscas, 
como te pude buscar 
fervientemente a vos
de ahí, 
cuando estaba yo 
muy ebria 
y cantaba esos temas sollozantes 
o me tocaba las piernas 
con un sudor enfebrecido de ti, 
y de las horas, 
aquel deseo extraño de sabores, 
olores y texturas 
muy de mi pelvis o pensando tú, 
febrilmente en los pezones chocolate heredados
que me ha dado mi madre, y desde que nací. 

Voy a inventarte 
hasta que te seas otra persona 
mas sencilla, 
menos oscura 
más dócil 
a ver si nos funciona así, 
de esa manera, 
a que tú me comprendes, 
me das de comer 
y de cenar, 
llegas temprano. 

Voy a pensarte tanto los trazos, 
que ya no serás tú, 
y tendremos todos los días 
para introducirnos, 
para hundirnos en nosotros 
interminables, 
inconfundibles, 
irremediables, 
como hace el silencio 
que traspasa, 
como hacen los abismos, y su oscuridad
quien jamás para de caer.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Últimamente en ti

Otra vez es domingo y escribo. Como que se hace costumbre, estos días perfectos para observar la ventana que sigue bastante rota. Esta vanidad de no hacer nada. La lluvia allá afuera, la lluvia en los ojos y los poros, siempre. Dicen que es un huracán llamado Ike rondando la zona. Lo recuerdo bien. Pero eso no es lo importante. Es decir, relevante la tormenta o la luz ausente allá como a las cuatro después de esas llamadas a las tres y media; “puedo ir mañana a tu casa”. O “ven a tomarte una copa conmigo”. Insuficiente el sueño, que puedes responder muy lúcida, todas a esa hora. Y la locura perpetuamente en madrugada. Continúo estirando mucho mis brazos para tocar el agua que escurre desde las cornisas. Pensando en ti, últimamente pensando en ti. A que te diluyes en mis manos. Sentía una inexorable desesperación por no olvidar la fiebre que me nacía, la enajenación debido al resplandor azul de los relámpagos sobre la cara, y esa capa de sudor muy delgada por que el cuarto es muy pequeño y hay demasiadas casas alrededor. Qué difícil no pensarte entonces. No cubrirse el rostro, y no oprimir los párpados. Desear recordarte por la mañana, y querer decirte todo lo que hoy sucede aquí. Prender el televisor ya cuando despierto. Muy de caricaturas. Y sentirme un poco rendida de tus huesos pesados. Como de llenar mi cuerpo de todas esas letras que no pueden vivir sin nosotros. Ni nosotros sin ellas. Y te he recordado mucho ahora por la tarde. Mucho después del desayuno. Ocurre que, hay algo acerca del paso de los días que a veces se merece explicar. El único problema es que aun no sé cómo hacerlo. Sólo es algo parecido al sonido del Cello y del Violín cuando termina cierta canción muy arriesgada. A sentir de nuevo, los tobillos vacíos de lo que llaman perspectiva. O mis noches cuando no duermo, y es darse cuenta otra vez que las enfermedades no se marchan, ni tú te marchas, ni este sentimiento muy nulo de felicidad a que más tarde estaré colmándome de tiza los pies para permanecer estática a la entrada de este barrio, mientras la tempestad despliega sus alas…y yo, ingenua, como pensando en ti. Últimamente en ti. Como si fuera cierto, a que también me piensas y que allá como aquí…nunca deja de llover.

viernes, 12 de septiembre de 2008

10-4 cambio...

Si vivieras acá querida, ahora mismo iría a buscarte. Justo ahora…por que el infinito de los “sí”, de los “no”, de hecho de los insulsos “quizá”, me está alcanzando. La noche es muy hueca. Como todas las noches, es verdad. Pese a esta situación, ocurre (definitivamente) que aunque lloviera, las visitas, tu propio aburrimiento. Golpearía tu puerta bastante alto, me compraría una sonrisa para dársela con un moñito a tu mamá. Pueda ser entonces, que me diga: Espera. Ya estando contigo, adoradamente contigo, te tomaría las dos manos, te miraría los ojos fijamente muy a la Waltz. Y obviamente te daría un beso en la mejilla que significa –cuídame mucho- hay ocasiones así. Es cuando busco (cuando caigo en que no voy a encontrarte) a cualquier individuo corriente, que se vista medio casual o que haya leído al menos a Kundera alguna vez. No sé si por tu culpa al no vivir aquí, o por que sigo teniendo un poco de esquinera barata. Yo qué voy a saber. Me siento asquerosamente clásica. Llámese con tedio, desilusión o cansancio anunciado. Es necesario que alguien me cuide. Hace calor. De ese calor que viene desde adentro y te explota la cabeza como en las películas Gore allá por los 70’s, ahora no recuerdo fechas, ni mucho de nada, en realidad. Será, que si trazo dos líneas paralelas hacía donde se levanta tu ciudad, ¿me escuches? ¿Vengas? ¿Me cuides? Yo iría. Con mis piecitos torcidos iría. Hay cinco mosquitos sobre el foco. Me ha dicho que NO. Nadie dijo SI. Busco respuestas en Romeo y de él siempre obtengo un QUIZA, cuando inclina su cabeza. Creo que por fin huele bien mi cabello. Pero tú no vienes hoy, ni por el walkie talkie, parece. Y aun le tengo miedo a la cama. Tan sola y tan fría como las piedras que nos dicen absolutamente nada. Todavía como allá en el dos mil cinco y en el dos mil siete, todavía, querida Stephen Crown.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Autoretratos

I

Dejabas caer el cuerpo. Contra la cama, la banqueta, la ciudad entera, repleta de caos.

Y esos eran los días en que la gente caminaba sobre ti. Lamías tacones y cuero. Carne, sal, la vida en miseria. Luego, una mujer con demasiado cabello en la frente, venía a colmarte de besos, escondidos, en cada uno de los rincones de la habitación. Ya esperabas las palabras, ya. “Qué puta eres”. En ese entonces no dolía. Digo, no dolían muchas cosas. Se arreglaba el pelo con tus cremas, lloraban tanto. Hacían los hombros para adelante, se juntaban los pechos. Había una transpiración por el ambiente tan, pesado. Lo llamo pesado, o quizá denso. Por que ni las drogas que no tomabas, ni el ajenjo o la poesía; se comparaban al filo y a las notas musicales. A veces, todavía, te quitas toda la ropa, vuelves a dejar caer el cuerpo, boca arriba, y estiras mucho los brazos, las manos, los dedos y cierras los ojos y alguien se posa sobre ti. Como invisible. Empiezas a serpentear entre la tela con olor a ti, de sangre, a vicio, a ti…siempre a ti, solamente. De mañana, de tarde, encarnecida. Te comienza una fiebre de ausencia. Tanta ausencia, deslizándose por los pilares, a través de tus torres; que hay que decir, que el cuerpo es un templo. Que nunca has apreciado en realidad.

Y esos eran los días. Mínimos y máximos. Te tomabas muchas fotos porque de pronto habías descubierto un no sé qué muy expresivo en tu rostro tolteca. Y siempre el blanco y negro, has de saber. Venían hombres, como aun vienen, venían mujeres y hombres y los esperabas a todos. “Qué puta eres”, dicen. Las personas aun no entienden que se trata del amor. Todo para ti, se trata del amor. El amor es grande. No es el trabajo, ni las horas de sueño. Qué te quita el sueño. Qué te hace trabajar. Ni la esperanza famélica. Son, por ejemplo, esos países que mueren de hambre, más importantes que tu vida sexual o, básicamente asexual. Todo se trata del amor. Por eso dejabas caer el cuerpo. Querías comprender un poco este desorden. Mínimo y máximo. La soledad embelesadora en medio de la calle. Tantos escritores que te inundaban. Los adultos mayores a tu alrededor. Quienes no te hablan de nada. Y que decían mucho. Querían hacerte atisbar, que no eras bella…y que el amor es de uno a uno, uno para uno.

Tenías el frío de noviembre y las piernas trémulas. Y jamás podrías asimilar ese tajante no se trata de adueñarte de todo, y te dejabas como una gran puta, caer y caer…

Fotografía por Ofelia Waltz: Autoretrato

Serie: loquepasoanoche

lunes, 8 de septiembre de 2008

¿Cuántos gatos tienes?



Abuela hermosa:


Esta mañana te he recordado bastante. El día es demasiado nublado, como que nunca existió el sol. Y ya tú sabes, me muero. Aquí estamos muy austeros de amor. Ese amor tan tuyo. Por eso te he recordado con toda mi melancolía allá como a las diez, y veía pasar muchos gatos por la calle. Estaba sentada sobre las escaleras mal hechas que dan a la azotea del negocio de mi madre – tu hija – y era todo muy la casa. Nunca has visto la película de Amelie, pero ya te digo, hay una escena donde ella habla con su padre y le invita té, mientras él se preocupa por un gnomo, o un jardín, o el pequeño cementerio donde tiene las cenizas de su esposa. El cielo es todo gris y habita ese verde muy profundo, el aire mueve cabellos, como allá donde tú. Aunque Amelie es muy Francia, te digo que es muy “allá”. Allá, que llenas tú. Donde yo quiero. Me sentía inconsolablemente triste, la gente…abuela, esa tienda. Y ya no puedo fumar por la cosa en el estómago. Mamá me ha dicho que tome unas pastillas de nombre con finalización “van”. Edrovan, Alhovan, Costurvan. Alguna palabra así. Y no me gusta, tomar esas píldoras no me gusta. Ya sé, cuando vengas vas a enojarte mucho. Yo voy a callarte con mis ojos grandes. Ya vas a ver. Y regresaremos juntas hasta esa casa muy al sur. Ahora, ¿cuántos gatos tienes? La última vez que fui eran muy pocos y eran los hijos, de los hijos de Chiquis y de Pancho. Ellos no me conocían, andaban huyendo de mis manos por todo el patio de atrás, el de frente, la cocina, lo que llamamos sala o comedor. Estaban ahí y no jugaban conmigo. De que no hay perros, lo sé. Pero es tan bello tener mucho de todo; los patos, las gallinas, tú sabes. Cuando teníamos mucho de todo. Había mucha tierra mojada y hierba con gotas de rocío. Mucha música, muchos besos. Tantas costuras y el bastidor. Y no sé, ya no recuerdo cuántos gatos.

Fotografía por: Muszka (Deviantart)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Weekend

I

Romeo me pasea bajo la lluvia. Se coloca su cadena gastada, y me dice despacito: hey, vamos a caminar. Tenemos el consuelo de los días de humo y destemplanza. Podemos dar pasos desnudos sobre la gran brecha al frente, la de siempre, y la música susurrada, también la de siempre. Luego los albañiles que trabajan en la escuela de junto, asoman sus cabezas por encima de las bardas, dicen; mira el perro…y la niña. Bajo la lluvia. Paseando. Y son tan tristes y seguros. Nos duele el medio día, es cierto. Nadie como Romeo sabe la desgana, tener que arrastrarme por todo ese terreno baldío frente al kinder. Quién más podría, amado Romeo, quién más. Como tú, con tu carita de tizne y el pequeño antifaz color miel. Aunque ya sabemos de sobra que el día no ha sido malo. Sólo somos nosotros, y la vida que no nos gusta. La gente que nunca me sonríe ni le sonrío. Le digo a mi madre que si en mis días buenos no les veo la cara siquiera, cómo cree que son los peores. Por ahora, Romeo me observa desde el desnivel de la puerta, esperando. Le deprime mi soledad, yo pienso. Y si escuchamos Mozart se pone rock Star, y si elijo a Callas a lo mejor de pronto se duerme. Todo es incierto.

Hay que esperar a que vuelva a llover.

II

Ya sabes. Estaba la luz apagada, y te esperé, como en realidad espero pocas cosas. Tú no sabías a esa hora supongo. Tenías esa droga tuya, arriba, de arriba hacia abajo. Y tú arriba y ella, él arriba, o ella abajo. Yo no lo sé. Aquí aun es verano, ¿cuándo dijiste que era allá verano? No lo recuerdo. Ahora sé que para tu cumpleaños estaré ausente, entonces, tal vez…despacito entre los días con olor a madrugada; recuerdes el “búscame, espérame, te quiero mañana”. Yo te esperé, de verdad que te esperé. Aun estando la luz prendida te esperé. Me dolía la cabeza, sudaba un poco. No significa que ya no tenga ese amor guardado, el otro, el que sí me grita. Pero el tuyo, flagelado; apenas existente. Como cuando las tormentas y el arco iris ya existe, existe de verdad. Le duelen los ojos a mi cara. Son dos focos recién subastados, pálidos, mortecinos. Incrédulos e indulgentes a tu estío. No me representas mucho, pero ya sabes, estaba la luz apagada y yo sin ropa, con algunas dudas amoratadas sobre el abdomen. Yo te esperé, con mi sangre te esperé, casi desnuda. Con la luz apagada. Y tienes suerte, que me haya dado tiempo de escribirlo.

III
Deja que yo te lo diga: Existes. Ciertamente, de una manera inconclusa, pero existes. Ahora me duelen más los domingos por la mañana. Es sobrevivir a los viernes, a los sábados. No sé. Saco los lentes de su funda, los limpio, observo la ventana y a esa artesanía china moverse con el viento de domingo en la mañana, y lacrimoso. Es todo tan dolorosamente callado. Incluso aquí, aquí en la habitación…a pesar de los “Mother will die”, “Father is late” y “Father and mother”. Y pienso mucho en nada. De pronto me muerdo los labios, parpadeo, dormito, me rasco el tobillo. Pretendo ganar valor, para de repente decirte en ese lugar donde te escondes:
Existes. De veras que existes…

jueves, 4 de septiembre de 2008

Para siempre contigo

Lo que yo hubiese querido siempre, era vivir contigo. Es vivir contigo. Ir de la mano contigo a través de los túneles, o caminar en esas amplias plazas cotidianas. Muy transcurridas. Estar contigo. Ser nada más yo, al menos un día. Desayunar contigo. Tocarte, verte. Sin embargo, al mismo tiempo que se trasladaban mis deseos al lenguaje del día real, una larga y triste mano me azotaba contra el piso. Nada serviría, de pronto todo sería inconsolablemente inútil. El peso de las alas que nunca me brotaron, surgiría, erradicaría mi espalda, hasta la muerte. Hundiéndolo todo. Por que veras, pedía yo tanto. Yo quería ser lo eternamente esperado. Lo que va más allá de las nubes cuando ves por mucho, mucho tiempo, lo que dicen todos estos transeúntes denominarse cielo, lo que te importara nada más. Es que ya ves, la gente como yo está tan enferma. Diminuta de lo vasto. Siempre con los ojos caídos y la soledad diluida entre los labios incoloros, donde nacen estas letras. Desde abajo. Y quién podría entonces vivir conmigo. Estar conmigo. Darme sus horas, sus cabellos, sus dientes. La soledad muy transitada y conocida. Que tú conoces bien. Yo quería, hubiese querido siempre. Ser, existir contigo. Escucharte muy temprano cuando sales al trabajo. Querer yo trabajar, ser un ciudadano decente. Ya no tener, como me dijo esa mujer hace dos días, un sello de parásito voluntario. Como sin futuro y sin ganas, aunque todos susurren detrás de nosotros “ella puede, ella puede”. Ella será grande. Tú sabes que eso nunca me ha importado mucho. A veces cuando entre mis ropas holgadas me observo, me pregunto qué es esto, pero qué putas es esto…a esto le llaman vivir, ser, levantarse, correr, ser del otro, trabajar, llevar la comida a la mesa, y me canso de pensar que es lo correcto. Me respondo, en cambio, que quiero vivir como ahogada. Estar como Whitman y sus Hojas de hierba, ser Whitman y cantarme a mi misma. Porqué entonces, quién más va hacerlo. Es necesario. Algún día, quizá, tendremos hijos. Tú los tuyos, yo los míos. Y nos creeremos enormes ante ellos y tan débiles en cambio. Pero yo querré, tal vez aún, que sean contigo. Tenerlos contigo, llevarlos de la mano contigo hasta que en distintos idiomas les enseñemos a decir “te amo”. Voy a desear leerles con esa voz mía, los cuentos, las poesías. Un largo tratado de guerra. Dónde y cómo, se verán desnudos con panderos o con largas faldas, amando el folklore del mundo. O soñando que vuelan a través de la Opera o el Cine. Para que bailen después con las trompetas, para que sean libres como tantas veces tú o yo, lo fuimos. Solamente en ocasiones no festivas, no apartadas. Encontradas, para no olvidar a tu pueblo. Yo quiero serlo todo, siempre, eso sucede. Necesítame, búscame. Que no hay términos medios. Llenar de ti una casa, vaciar de la piel, el llanto. El dolor tan frecuente que contagia la ausencia. Y la distancia que viene carcajeándose desde la esquina mas profunda al vernos, solas, idolatradas, desde los ojos nuestros que no nos miran. Tan llenas de nada. Llenas de caída.

La gente como yo lo sabe. Conoce del hubiera, del quise, del hubiese querido. Y que no depende de nosotros ¿cierto? Es el tiempo. Los caminos y las lágrimas. Quiero pensar hasta mi muerte, que es cierto. Por que yo quería ser tuya, ser, estar contigo, vivir contigo…ser yo misma; así, poética, desnutrida, relativa, minúscula, sexual, y sin género.

Pero contigo amor, para siempre, contigo.

Prosa a la Waltz de las horas gordas

Yo soy tú, y tú eres yo. Es una formula vieja. Lo sé. Esta noche ha aumentado ciento ochenta y siete gramos el amor que te profeso. Es así. Como que es contigo. Siempre tenemos las cosas delgadas; el tiempo, la línea del suicidio, el abrazo, los pies y su muerte. La distancia entre el amor y el odio. Todo eso tenemos. Pero me digo, tú eres yo y yo soy tú. Y me hablo, me bailo dentro de mí. Me grito que te amo, que la vida es buena, si es así, como contigo, es buena. Soportable. Es de esos instantes placenteros, parecidos a lo que la gente como nosotros podría confundir con un orgasmo escalofriante u orquestal. Así, de lejos. Tú sabes cuando yo digo “lejos”, es sólo eso, un parpadeo y claro, subjetivo. Cómo explicarte, yo soy tú y tú eres yo. Me perteneces, te pertenezco. Bailamos tango a las once de la noche y nos besamos la espalda. De cierta manera se entierran los dientes en la piel tuya, y en la piel mía. Somos nuestros. De carne, de hueso, de sangre amontonada profundo en las venas. Nos pensamos, a veces pensamos “te penetro, me quedo dentro”. Y yo soy tú, y tú eres yo. Nos habita el aire que viaja de aquí para allá, a tu costado que es el mío. Y nos surge una fiebre. Que es tu fiebre, muy mía. Me duele tu dolor, me cansan las extensas jornadas de tu cuerpo. Lastima cuando dices me arde. O tengo que irme. Y me voy yo también, hasta tu cama, que es como si fuese mi cama porque te contengo. Te clavo un letrero que dice “para siempre” en nuestro oído. Acaricio el cuello de la ausencia. Me parto en dos y somos cuatro. Cómo decir…cómo decir yo soy tú y tú eres yo, y que es como contigo, sólo eso. Cuándo contigo, a deshoras y entre las letras de tu nombre, nuestro nombre impuro; retuerces el todo y lo pones a secar al viento. Yo quedo sujeta de la cuerda en alguna parte. Con ciento ochenta y siete gramos más, con música mordiendo orejas, con amor muy pesado en la cintura, y en el vientre, y en la boca. Derramándonos. Hasta sernos completos, siendo tan nada. Es necesario que comprendas, amor. Y ya ves, alguien nos toca lo que dicen llamarse “alma” cuando nos decimos amor. Como que somos el amor, nuestro. Tuyo, mío. Absoluto, magnificado. Tendríamos que separarnos un día. Pero quién podría venir a separarme de mí. A cortar, de mí, la vida. Que ya habíamos quedado: nuestra vida. Tus manos, mis manos, mi yo soy tú. La formula vieja y cansada. Como que también fue un deseo de Robert Smith y de otros tantos usurpadores de cuerpos. Me digo muy despacio, cuan terrible es decir yo soy tú, y tú eres yo. Si un día de desdén por las cosas delgadas; el tiempo, el suicidio, también las enfermedades, y otras gentes; me olvidas. Si tú me olvidas. O nos olvidamos.

martes, 2 de septiembre de 2008

De nada del amor

Vamos a hacer eso, pero no hablaremos de amor. De nada del amor. No buscarlo, no invocarlo, ni siquiera mencionarlo. Nada que tenga que ver con el amor. Vamos a ser pacientes. Tú, tomaras mi mano vacía y mi boca, para bebernos las posibilidades. Para ver si así, ya aprendo –yo nada más- como se hacen las cosas. Cómo se hace el amor. Porque veras, hay veces, que uno, premeditado, iluminado, loco, incapaz; dice: yo sé muy bien del amor. Yo amo, yo te amo. Y así, uno dice esas palabras. Pero no se sabe nada, en absoluto. Yo era – yo soy – de esas personas que se desnudan muy pronto. O a veces, todo lo contrario, me hilvano rostros, me hago rostros nuevos que arrastro y ofrezco sin vender nunca. Y pienso, yo pienso que estoy exhausta. Es importante aclararlo, notificarte desde ahora. Que vamos hacer todo eso que tú quieres, pero no hablaremos del amor. De nada del amor. Aunque confieso que podría ser débil. Me puede la poesía de Jaime Sabines, a veces, podrían vencerme las utopías de mí, y no de ti. Voy a fantasear a los parques, los cafés con olor a tango. Las revistas literarias. Lo que fuese medio ideal. Voy a fantasear incluso, a Chopin y sus falanges. A los coristas, mi llanto anunciado en los auditorios. El punto y aparte, después de haberte escrito un poema pésimo y muy largo. Ahora no sé. Imaginar hace daño. Por eso digo, me digo y te digo sin que sepas y a pesar, que no hablaremos del amor. Nunca, no te lo recetaré nunca. Ni en los sábados, o los domingos que alguna vez han sido nuestros. Pocas veces. Pero bastante nuestros. Yo, fingiré no estar volviéndome loca por la soledad de ti, tú, por favor, sigue siendo lo mismo. Confundido y mediocre. Que tanto bien me hace, para ayudarnos, para ayudarte…a que todo esto, no tenga ni un susurro, una manta caliente, que no tenga ni un color, ni una sonrisa. De nada. Y sobre todo, de nada del amor.

Foto: Lilya Corneli

lunes, 1 de septiembre de 2008

Nota

Ese asunto parecía muy sencillo. Yo me abría de piernas una vez a la semana, estaba feliz toda la semana. Y ya. Únicamente eso. Pero la vida no es muy así. Es decir, sí, una abre las piernas y cosas se arreglan, a veces, hasta nacen los hijos. A veces alguien puede pasar a través. Pueden entrar y quedarse, también, si te descuidas. No obstante, aquello es tan insano. Prolifero para el suicidio a los veinte años, denigrante, ellos dicen. Yo misma lo digo. Luego me baja la nada. Y observo que ya no, ya no vamos a proceder con eso. Voy a guardar mis cositas en la maleta otra vez. Y voy a levantar las carpas que ya estaba desdoblando. Parecía divino todo ese asunto. Sencillo. Pero otra vez me baja la nada, se me destroza el hueco. Me vuelvo así como que mi apellido artístico es Waltz, siempre no, ya…siempre no.

Luego me bajaría el todo, con el peso de ti…”y no me explicaría mucho”.

domingo, 31 de agosto de 2008

El sosiego

Es a este sosiego a lo que las personas llaman ¿“estar bien”? Yo digo, yo me pregunto si ahora como estoy, ha de ser eso de estar bien. No sé si conmigo, no sé si con los otros, o con los otros de los otros. Pero estar bien. Ahora arreglo las sabanas cuando me levanto. No fumo, ni bebo agua. Ni suspiro como si tuviese un agujero en el costado izquierdo. A lo mejor escucho a Elis Regina y algo tibio me humedece todo el pecho. Y es mejor que estar enamorada como suelo estarlo. Estar contigo, nada más, estar contigo. Me causa una terrible ternura ver los regalos de mis padres. El de la otra madre, al que le he puesto Cachalote. Me quedo esperando a que Rosita me grite: Jazmiiiiiiin. Ya sé que no es mi desayuno, pero es el desayuno de ella. Entonces toda la casa olería mucho a café y de pronto, la abuela desde donde me espera, me besa tres veces. Y todos me besan, mamá viene y me besa, Emma viene y me besa, papá me llama y me besa. Crown me recuerda y desde allá me besa. Es a este sosiego, lo que las personas llaman ¿“estar bien”? Porque ya cuando Jobim me invade todo el cuerpo me dan muchas ganas de llorar. Pero del llorar bueno. El de, “tengo una gloriosa mañana pero también quiero llorar”. Y el disco de Pure Bossa sigue puesto. Yo no entiendo mucho de esto, de estar bien, de sentirse bien, de la facilidad, del pecho tibio. De pronto estar contigo, nada más contigo. Como si ya empezase a soltarlo, todo. Abandonarlo, todo. Para estar conmigo. Y nada más conmigo. Aunque no lo sé todavía muy bien, así, digamos “manejar”. A mi me interviene entre toda esta serenidad; la ansiedad, la propia ausencia de la perfección. Es de querer abrirse bajo la caja toráxica y sacarse el corazón, picarlo con un palito. A ver si comprendo algo de todo esto, porque…esta tranquilidad tan tranquila, me perturba, aunque solo sea, así como…. poquito, tú sabes.

sábado, 30 de agosto de 2008

TODO SE ESTANCO. Era así, vacío, demacrado, inútil. Lo que fuera que sea eso, está estancado y vacuo. Moribundo. Es bello el viernes si hay tormenta, si por la noche me viene esa mujer desde arriba, cayendo. Y me dice que sus pestañas, no sé qué rayos. Sólo me habita el sonido de las aspas de ese ventilador, otra mujer, y otra…cantando. Este silencio de recamara soltera y nada más. Me puede el silbato del velador y, esa nada. Profunda. Y las certezas que jamás conoceremos. Los hombres, las mujeres. Esa evidencia de que todo es dudoso y cierto, estancado. Que no vamos más, ya no vamos. Me duele la cadera de moverme, lasciva, por las noches y no vienes. Me duele el pulmón derecho de todo el aire atiborrado de esperarte, cansada. La puerta rota, la mano rota, de tocar tan fuerte y tú no abres. Y la basura incandescente que llena los cuartos con tristes llamas que nadie vino a apagar, nunca. Me duelen los huesos con los que a lo mejor, todavía, te amo. Como te has de imaginar que amo yo. Y es, una pena. Todo se estanco en una semana. Es como cuando llueve lento por días, pero seguro. Como esa bolsa que fuiste llenando de granos perfectos, dos por día, durante dos años. Un hoyo, eminente. Era así, hondo, preciso hacia el suelo. Hasta percusionista su rebote. Y ya no lo quiero más. Te lo digo así, de la única forma en que pueden decirse estas aseveraciones: Ya no lo quiero más. Todo es una montaña de rocas amontonadas, donde ya no te busco. Ni tú me buscas. El amor mismo ya no nos busca. Es que él sabe de estas cuestiones. Sabe de las hojas debajo de las puertas en otoño, principios de invierno. Sabe de las cartas que nunca serán enviadas, y peor, que ya no fueron escritas. Y a él le duele, le duele sabernos con todo el pecho sangrando ya, por fin, ya, a la posibilidad de abrirle paso a nuestra vida nueva, que nunca viene. Y nadie correrá a salvarlo. Al menos no tú, ni yo. O todo eso estancado, de cuando somos, “juntos”. Vacíos, demacrados, y de verdad, inútiles.

viernes, 29 de agosto de 2008

“Me amaneces, dentro del corazón, calladamente”
Jaime Sabines

Me es increíble soñar contigo. Era una cosa más o menos así, yo, con el aspecto hippie de siempre, los verdes…los rojos. La cintita en la cabeza. Me regalabas una sonrisa que se compra muy cara en esos tianguis de “no sé qué”. Yo preguntaba: ¿hey, de aquí para acá es tuyo? Y tú respondías: sí, de aquí para allá es mío. Y me gustabas, yo pienso que tú me gustabas y mucho. Luego yo trataba muy mal a una mujer, ella lloraba. Te buscaba por todo el aeropuerto. Arriba, debajo las escaleras. Por la cafetería, donde dice “Arrivals”. Había esas playas con arenas blancas atravesando el sueño. Un cabello largo, no sé si tuyo o mío. Alguna vez, jugaba con esos aparatos donde examinan el equipaje. Yo creo como ayer vi en televisión, a esos terroristas asustar a niños vietnamitas, tuve que soñar con otros terroristas, que nos asustaban a nosotros. A los otros nosotros, los del sueño. Los absurdos, los hermosos. Apenas dolientes. Al menos en los sueños nos vemos. Me sonríes al dos por uno. Con unos pómulos eternos, o algo así como una cara ficticia inalcanzable. Me gustaba mucho el color de tu piel, una cosa así, étnica, de que “somos latinos”. Ahora todo me asusta. Porque cuando desperté, tuve que estirar mi pequeño brazo. Desde las sabanas, hasta donde se encontraba el libro de Sabines. Tuve que leer a Sabines. Como si yo te lo leyera y a esa hora. “Me amaneces, dentro del corazón, calladamente”, decía. Como si Jaime Sabines supiera (o haya sabido), las quimeras que me ando inventando ahora.

Foto: Deviantart

lunes, 25 de agosto de 2008

¿Cuánto tiempo llevamos?


¿Cuánto tiempo llevamos?
Has pensado, amor, mi amor…
cómo es el día, cuantas las horas
de donde allá y a la distancia de las horas,
de siempre entonces hasta la ausencia,
los días de hastío, multiplicados.
Veníamos tranquilos
con vasijas llenas de nuestra sangre,
sencilla, infantil, tan de antes…
Teníamos el corazón lleno de venas
por todas partes,
 la mirada vacía de las cosas airosas
y el pecho lleno,
de un no sé qué vivo,
como un incendio que arde…

 Corríamos de aquí para allá
con nuestro amor, joven sinfónico.
Éramos abismo de la gente,
furia encarnecida en nuestro llanto.
La sutileza desquebrajada en lo imposible.
No creíamos, entonces,
que invocar el pensamiento
dentro una brecha
era suficiente para el daño, irrefutable
 y al hoy vencido,
 no sé ni a cuantas horas de distancia
  …………………………..está mi nombre.

Ni tu nombre,
ni un espacio calvo de tu nombre
yaciendo
  ………………….sobre mi mano.
Sólo conozco el día
y los abrazos que nunca nos damos,
tu sonrisa tibia que no me llena la boca,
la rutina tan fija al retraso de decir:
ya he llegado, amor, he llegado.
 Yo he pensado en nosotros,
esto, nosotros
 y el tiempo, los segundos y las horas.
 Tan leves e indiferentes como una pluma,
 tan simples como las ondas…
y que aún no alcanzan a llenar nuestros vientres hambrientos,
desnutridos, llenos y con hambre .

 Somos tan lentos, amor
……………………apacibles.
 Hermosos seres cambiantes.
Yo nos amo. De veras, nos amo.
Pero, ¿cuánto tiempo llevamos?
………………..Adentro, afuera.
Por encima y por abajo.
Sin nosotros, cansados,
de amarnos sólo a nosotros
y a nuestra avidez insaciable…

 Y cuánto más nos escribimos
está historia exorbitante,
 hasta dónde el grito de la ruina,
el quejo, el nulo instante que nos viene
… ¿Cuánto
  ……….tiempo
………………..llevamos, amor?
 y hasta cuándo continuamos,
 con este esqueleto de palabras,
 que todavía nos sostiene…

viernes, 22 de agosto de 2008

V


……....…….…..Gustamos de tener tiempo a solas.
.......………………….. Aunque lo gastemos en nada. 
A pesar, de sólo decirnos “ah bien, que bueno...”
Nos incita pensarnos en una situación incomoda,
obsérvanos, provocar los celos despacio
como si estuviésemos enfermas de molestia muy fría, 
y así, arrancar lo mejor del día y desecharlo con
nosotras
nauseabundas, derrotadas
/llenas de caída/
por no alcanzarnos las rodillas 
y el precipicio donde descansan 
las victimas de nuestras muertes/
Siempre creí de aquí dentro mío, 
una guerra, una especie de guerra, 
y tú venías con tu bandera blanca 
a salvarme de mi/ 
Ahora, cuando estamos es sencillo. 
Enciendes una fogata al mismo tiempo 
que nos quedamos a solas, te sientas, 
con las piernas cruzadas frente a ella. 
Navego en ti, sin verte 
Sin necesidad de verte. 
Pero son fuertes las brasas y las olas, 
que se inunda el fuego 
con tu mar de ausencia carísima.

Y nos gusta pensar 
que todo esto, sucede.
que los momentos son blancos 
y las ventanas son todas grandes 
y no hay nada que gastar, 
mas que la vida, 
que se va contigo. 
Que escribo. 
Que consagro contigo, 
en una ciudad de muerte,
……………………….que jamás nos abandona.

jueves, 21 de agosto de 2008

IV


Me gusta pertenecerte, es preciso.
 De allá, de tu sonrisa,
hasta el abdomen creciente
en mi cuerpo de pájara.
Por aquello a lo que llamamos
libertad de espíritu o de cuerpo,
por eso, de tener alas encarnadas,
hondo en el abismo de la espalda.
La idea de ser de ti, es
caminar atada a una hermosa cuerda
con jirones tuyos. Del ser tuyo al ser mío.
Como que no existe espacio;
ni esa piel que nos separa estorba 
o que nos estorba separándonos. 
No me molesta incluso,
la jaula que suponen
las paredes de tu cuerpo,
y los túneles, separados por tus muslos,
pasillos con una oscura profundidad,
vacua donde seguro tienes más cuerpos halando…
o encajados muy adentro.
Foto: Deviantart

miércoles, 20 de agosto de 2008

III


Es grato pensar que lloro en sus piernas.
 Cuando un tema de South San Gabriel,
me gusta demás y lo escuchamos,
como si estuviésemos vivas solo para eso,
y sólo para eso.
Después de caminar toda la tarde
y el cielo es tan de humo
sobre esas calles empedradas
con cercas verdes por la hiedra.
Después, de haberme presentado a sus amigos
y el “disculpa si no te toca,
es que es muy maniática”.
“Adiós Jazmín”. Adiós y ya.
Ah…es grato pensar que descanso
después de un largo día
y en sus piernas.
Y llorar nada más
por que podemos hacerlo,
ahora podemos hacerlo
y vernos la cara,
hinchada de tanto desear
que el resto de la vida no se termine nunca
 …una llora en momentos como esos
por que esta vida dure, se llora,
por que el cuerpo está tan lleno de luz…
que no soportas pensar ni un instante
cómo sería soltarla de una vez…
 y de hecho, que todo esto fuera cierto.
Foto: Deviantart

lunes, 18 de agosto de 2008

II


Gusto de pasar la tarde viajando en un automóvil corriente.
Cuando aún el sol, y a miles de kilómetros, se duerme o muere,
clandestino.
Y el ambiente se torna de un color amarillo verdoso,
bajan esas cortinas de metal en las tiendas,
alguien transporta varias cajas con ropa.
Y yo, distraída, cierro mis ojos justo en medio de la calle,
para afirmar que mis tardes
………siguen siendo, absolutamente tuyas.
Fotografía: Deviantart

domingo, 17 de agosto de 2008

I


Gusto de imaginarla cuando le digo; “tengo hambre”. 
Su rostro generoso, sonríe. Acaricia mis cejas, respondiendo: 
………………....qué quieres comer. 
Me mira, cómo si yo fuese el orden en que se desencadenan las cosas.
Todo está lleno, nada fue en vano. Todo está lleno de carne y un “no sé yo”. 
Pero, ella es paciente cuando se muerde los labios entonces;
yo muerdo sus labios…
..........……….luego, tendría que olvidar
……………....el origen del hambre.

viernes, 15 de agosto de 2008

Un día de estos vas a entender...

Pretty woman, look my way

Pretty woman, say you'll stay with me

Cause I need you, I'll treat you right

Come with me baby

Be mine tonight ...

miércoles, 13 de agosto de 2008

Coherencia

Me pregunto ahora por qué no te doy todo el amor que te tengo. Pienso un poco en que, no te lo doy por que así está bien, si te lo doy morirías y yo contigo. Me he atado de pies y manos para no devorarte cuando te encuentro, cuando te veo, cuando te siento presente en mis pasos. Sobrevolando las horas sin sueño, incluso los instantes de fiebre…y aquella inflamación de labios y sudor a media noche. Me pregunto, cómo es que no te digo con aspecto cansado, que pienso en ti cuando leo una novela sobre la guerra civil española. Que pienso en ti cuando despierto y todavía, me fluyes desde las entrañas esperando un derrame de versos difuntos que caben bien en los oídos. Que pienso en ti, cuando muerdo una uva y todo su jugo viaja caudaloso a través de mi lengua, y pienso entonces que es tu lengua y me esclavizo un momento a tu boca, como si tu boca me besara de veras. Entonces me detengo, tengo como un asma improvisada que nunca he tenido, trago saliva y quizá lloro un poco, por qué amanecer aquí nunca ha sido bello o muy “café y cigarrillos”. Mientras sigo haciéndome preguntas y no me respondo. Parece una duda insondable siempre por la vida y sus personas, y sus momentos de infamia. Me imagino leyendo sin fin hasta que escuches, comprendiendo, que no hay nada más aquí que aquellos trazos moribundos, extasiados por tener una forma de tres dimensiones y que alguien como tú, o como yo, les acaricie la esquina que les duele e incomoda… Ah…a ratos es fácil saber por qué no te doy todo el amor que te tengo. Si pienso y me detengo al son de un Saxofón cualquiera, al sonido saliente de una habitación vacía y nada más….por que no eres. No eres aquello que se sueña cierto día muy preocupado. Tuve ese día, cuándo. Las tardes venían forradas de un terciopelo viejo y oloroso a encarcelamiento prolongado. Y desaparecíamos. Tuvimos un segundo para pensar en el sí o en el no. Tuvimos un segundo nada mas, para decidir, de allá para acá, todo esto. No sabíamos, digo que no sabíamos en realidad. Ahora me veo con una bolsa de SOHO esperando en la parada del autobús azul -llorando un poco -pensando en todas las maneras en que pudimos hacerlo mejor. Cómo arrancarse la cara, esa cara ajustada tremendamente deforme. Me veo, de nuevo ahí esperando, cuando se me dobla mucho el cuerpo, este cuerpo pequeño siempre a la derecha, desde la cintura hasta donde alcance llegar el mismo cuerpo. Nunca es mucho. Nunca es demasiado como ese amor que no te doy ni te daré nunca. Por que es sencillo, aquí jamás se hace un espacio para lo que ya no viene, aunque se le piensa. Se le ve desde una ladera congelada, y se lucha contra la gravedad de lo que sigue. Aun. Aquí nunca serás como un refugio, la casa vieja de algún pueblo lejano, ni serás el amor. Serás nada más un punto frágil en el mapa de mi torso. Donde a veces clavábamos el destino y la estancia. Yo, te invocaba desde la ventana de autobús, tarareando la voz de Tom Waits y no pensando exactamente en ti, por que Tom Waits le pertenece a otra persona. Pero te invocaba mientras revisaba la bolsa de SOHO y olía lentamente ese morral de Sarajevo, sin embargo era todo tan igual. Tú serás, el lapso caótico de una tarde, o de las mañanas cuando en toalla y con lentes viejos, te escribo. Mi llanto, mi alegría, todo lo que pude dar que no te doy. Un diminuto escozor en mi boca que delata que eres tú, nada más tú. Un dormitorio hueco de susurros de los “te amo…cómo te amo”. La mujer que espere siempre. Y este dolor profundo que nace, cuando lo sé, cuando me doy cuenta, que no lo eres.

domingo, 10 de agosto de 2008

Estoy, abandonándome.

Estoy, abandonándome. Te abandono. Pienso en un escrito que te he hecho donde digo “estoy enferma de ella”. A veces es todo muy así. Muy miércoles, jueves y viernes por la noche. Todavía más el viernes. A las seis de la tarde, ensayo para el día de la graduación, y que mierda. Ni siquiera me ven en la fila y cuando de repente sale una maraña con pelo ya saben que estas ahí. Ahí de la única forma en que puedes estarlo, medio, y con ella. Medio ahí y simplemente afuera sentada por última vez en ese estacionamiento. Estoy abandonando todo y tengo un mes con dos semanas para hacerlo. Por ahora vamos en dos autos diferentes a cenar a sitios, que si bien no son buenos restaurantes, tienen unos bonitos faroles dentro y todo mundo anda uniformado, te habla muy de “señorita, qué desea”. Donde, algunas mujeres suenan como si fueran las dueñas de Tampico o al menos de la Zona Dorada. Pero el lugar está bien, la vista está bien. La compañía no está mal ni tampoco la blusa verde. O los zapatos prestados por que pareciera, no soy mujer, sino “algo”. Ya saben que sólo soy algo. Por ahora, nos felicitan desde los escenarios distintos hombres y otros, otros te tocan el cabello. Y tendrías que gritar. Ya como a las cuatro de la mañana tendrías que gritar que no te interesa nadie. Nada más te estas abandonando. Necesitas esas cervezas, admitir de nuevo que si, que si luces un poco alcohólica tres días a las semana. Por qué por ahora vas de bar en bar y de antro en antro para ver qué encuentras. Tal vez para ver qué buscan – y encuentran – todos, que se hacen adictos al estar ahí. Como muy fanáticos de esa vulgar música en vivo, de las canciones ordinarias que por alguna razón todo mundo las sabe. No sé yo.

Sé de lo bellos que son los amigos. Ya en el 4º bar de la noche, el mejor, todos bromean acerca de mis jodidos pechos, que si los presto, los acomodo o los muevo al son del reloj y del baile. Pero son tan bellos, los amigos son tan bellos a esa hora. Se paran tan caballeros, y te invitan a bailar por que jamás irías tú a invitar a alguien, ni tampoco le dirías que sí al de la mesa de junto. Pero igual, nadie va. Y es que he de ser muy fea. Rodrigo debe mentir mucho o estar muy al pedo cuando dice: si me das un beso, te compro tus cigarros. Y es tan rápido mandarlo muy lejos, a pensar mejor lo que dijo. Él está bromeando, lo sé. Ha de ser hermoso cuando miente. No sé yo.

Estoy abandonándome, lo siento, por qué ya como a las cinco nos paramos en cualquier puesto pequeño a pedir de favor me dejen entrar a su baño, claro, Rodrigo lo hace por mi. Después, vuelve a restregarme lo que pierdo rechazando ese beso. Lo bueno que no confío en nadie, ni él tampoco. Y Marcos me pregunta súbitamente por quién lloré el sábado pasado, que él haría cualquier cosa por mí. No le he dicho nada. Con él aún me falta valor o simplemente para todo, a las seis de la mañana y por las calles de está ciudad, no hay ganas para ese “todo” que podría hacerse. Aunque ya te han llevado a comer a Tortas “YOYA” y somos fugitivos de los tipos que manejaban un Jetta. Al pasar frente a la laguna, viendo el amanecer…no sabía dónde me había dejado, no sabía…

jueves, 7 de agosto de 2008

Ah...ahora que recuerdo...

Desde hace tanto, yo sé que ya no vienes. Ya no te escribo, sin embargo hoy te escribo. Hace mucho no lo hacía. Quizá hoy, por qué extraño aquello que era cuando te escribía. No había platos rotos, solo escaleras. Había, esas canciones que te parten el corazón, reventándose en los oídos. Y así después nacer allí mismo, esporas. Donde seguro, se formaba un gran ecosistema de diminutos bichos quienes toda la vida pasaban de fiesta. Había canciones de amor y nada más. Hace tanto que no vienes. Pienso que continúas con tu vida policromática, en ese país de escritores. De grandes poetas al menos. Así no te aburres de la vida como solíamos hacerlo. Pero juntos. Y eso era bueno, veras. Cuando venías los días eran partidos a la mitad, como se les hace a las frutas, o a las mujeres en los circos de la vieja escuela. La primera parte, bailaba a medio paso sobre una cuerda muy delgada. Nos veíamos desde nuestro respectivo extremo, y gritábamos. Nos gritábamos fuerte “hey, me escuchas”; “Sí, te escucho". Así éramos felices la primera mitad del día. La segunda se limitaba a pensar. Pensar, nada más pensar. Y oler los libros. Transitar las calles y oler también la ciudad ya muy noche. Entonces no necesitaba ingerir mucho alcohol cada semana. Estabas, y partíamos los días a la mitad. Ahora nadie te escribe, estoy segura. La única que podía hacerlo siempre fui yo, desde que nací, siempre yo. Tomabas un autobús como a las seis de la mañana y evocabas mi nombre, discreto. Ahora ya no evocas mi nombre, estoy segura. A lo mejor aún tomas el autobús justo a las seis de la mañana, y sigues desayunando taciturno en las cafeterías con largas barras, de esas que tienen mesera, uniforme y todo. Ordenas solamente café negro. O tarta de manzana. Ya no recuerdo qué más pedías. Traerías brincando en el Ipod al artista más bizarro y vanguardista del mes. En cualquier mes que vivas. Eres de las personas que no viven aquí, ni en ningún sitio. Pero de vez en cuando venías a verme, me dabas besos y sentías celos de no sé quien. Ahora ya no vienes y no escuchamos música, ni te canto bajito Fade into you…. Ni tú lloras, ni me llamas, o me dices “Min, Min…te amo min”, tantas veces. Ahora tú no vienes, y nada más.

martes, 5 de agosto de 2008

Yo no puedo, justo ahora.

"I know this love of mine will never die, and I love her." The Beatles
Realmente lo siento. Lamento que me llames así, inconciente de ti. De lo que has dicho, de ese irremediable y mudo “vuelve conmigo, Jazmín, vuelve conmigo”. Hasta se podría decir, cuánto lamento decirte No. Que no puedo. Yo no puedo, justo ahora. Antes tal vez, cuando era mucho “antes”, la vida mía giraba en ese amor sencillo y dulce. Uno que tú puedes ofrecerme sin más, sin preguntas, sin desdén. Sin este dolor obvio que siempre se trasluce por mis letras, las dolorosas letras de Ophelia Waltz. Por que, esto que ves ahora es lo que podría ofrecer. Lo más intenso que alguien puede dar al amar. Mi dolor y yo. A lo mejor no entiendes, y te burlas. El amor supone mucho ser feliz y no dudar, y no sufrir y ser del otro. Aquí no es así, y es muy así. Le pertenezco sin tregua a alguien que no puede ser mía, pero de momento no puedo ser de alguien más. A mi, me gustaría tanto que llegues y yo me llene toda de ti. Sin decir mucho. Quizá sonreírte por que, tú si vendrías sin vacilar ni a la distancia, o al dinero. O al que dirá la madre, el hermano. Eres tan libre como lo son las personas que no se preguntan mucho. Y yo soy libre también, a mi manera. Tengo la opción de ser esto, de decirte que sí o decirte que no. De pensar en cómo sería ahora, amarte. No sería demasiado, no podría. Y nadie merece eso, entiende. Nadie merece a alguien capaz de dudar que el otro le ame tanto y lo destruya. Despacio, como ser adicto a una martirización muy rara. Y mira que yo misma me observo y me detengo para ver cuan triste es que sea verdad. Yo soy así. Todo lo que puedes ver de aquí a las orillas donde aún se percibe mi nombre. Las ropas harapientas y deshechas por el deshielo de mí. De mí al escribirte de esta forma en la que nunca lo he hecho. Por fin, dirás, “por fin”. Esta mujer que antes decía me amaba, por fin me escribe. Y te escribo por que lamento decirte No. Yo no puedo, justo ahora. Este verano sublime y determinante, debo caminar entre viajes, finales y lagrimas. Seríamos otra cosa más bella, si dejaras esa imagen de lo que antes era, de cómo te ame yo. Si bien es cierto que soy una mujer intensa, si se está dispuesta a morder la boca de alguien por más de tres horas, de llamar cuatro veces al día después de sentir como arde…no podría darte eso hoy. Para qué entonces. Si todo lo que vale es lo que no se puede contener. Y ella lo sabe. Pero no conoce de ti. Deberías hablar con ella un día, y preguntarle cómo es esto de llevarme a cuestas y sin ver. Cargando conmigo tal una penitencia muy grande, con aroma de mujer enrarecida de ser mujer. Incluso humana. Rechazar lo que está escrito en pedazos de papel arcaico y que se puede hacer, todo. Ser de todos. Tú no podrías, perdóname. Y yo no podría hacerte esto. De ser mío, llevar mi sello como una enfermedad en la sangre. O un tatuaje corriente sobre la cadera. Sin embargo, acepto que harías cualquier cosa por hacerme muy feliz. Tendría tu voz, diario, seguro. La pasión. Un te amo ajustado a la medida de mis exigencias. Lo sé bien, lo sé bien. Pero la situación está así: yo no puedo, justo ahora. Y si todavía insistes en ese “vuelve conmigo, Jazmín, vuelve conmigo”…lo lamentaré tanto, pero tanto…yo tendría que decirte de nuevo que NO.

domingo, 3 de agosto de 2008

Tanto alcohol moderado

Vamos a ver… Sí, la cosa está así. He descubierto de pronto que “tipo así” me he vuelto alcohólica y ya no me está gustando. Digo, por que todo mundo espera eso de mí… y eso es tan aburrido. El otro día mientras daban Una mente brillante, el chico genio amigo del personaje de Crowe, explica que la “cruda” no es más que un estado donde, en realidad, es como cuando vas a morirte. Luego la resaca matutina mereció un respeto especial. Hice entonces, la cara de Amelie Poulain después de tomar aquellas fotos toda la tarde, mientras mira los desastres provocados en el televisor….el choque, un incendio, el caída de un avión. Sólo Amelie lo entendería…si…Ah sí, la resaca matutina o más bien, de esas a las 12:00 p.m. cuando aún estoy más arriba que abajo. Cuando aún resuena en mi cabeza lo simple que pareces cuando estás muy drogada. Y lo inútil que me hago yo, nada más, por llamarte. Y aún no me levantaba del piso. Ya para cuando llegó Marcos, él sabía que la cosa había estado feroz. Que si toda la botella de Vodka, que si a lo mejor la rubia llevó un hombre, por que ya sabe, que yo por ahí no le pego. Que si ya confesé por fin que eres tú lo que me mata. Si cuando llamé, ella sólo dijo: cuando tú quieras contarme…lo harás. Y que me abrace, así…con el “ya…ya…llora, anda llora”. Es increíble cómo, cómo, cuando estás al pedo te observas desde afuera en una escena muy corriente, diciendo ¿esa soy yo?, esa que llora ahí, ¿soy yo? o...are you talking to me? Oh sí, te ves desde afuera y lloras. La rubia es en ese instante la cosa más adorable que existe sobre la faz de la tierra. Y no pregunta nada, ni dice mucho, si acaso: le hubieras dicho nada más “¡pues chinga tu madre!” y bueno, yo no lo haría. Que a lo mucho digo carajo, o “puta madre”, pero que con la tuya no me meto. Aunque somos tan México. Y me encanta, yo no me voy a ningún lado. A ti te ofrecen el mundo para habitarlo, pero yo, aquí me quedo. Me quedo aquí con mi descubrimiento del alcoholismo, y de cómo el cine me gobierna la vida. Al menos es domingo, por que hoy veo cine japonés a las diez de la noche y de pronto, quizá, me olvide del alcohol, de que no he comido, de que a lo mejor mañana en la universidad me dará un poco de vergüenza ver a la rubia. Ya que, cuando yo reciba un mensaje en el móvil y haga esa típica sonrisa muy Waltz, ella me dirá despacito;

“dile chinga tu madre…respóndele...chinga tu madre”. Y bueno, yo no puedo.

viernes, 1 de agosto de 2008

Cuando a veces pienso

Yo diría aquí, desde aquí, que lo nuestro es como un tumor aferrado. Idílicamente, un amor de esos de los que nos cuentan o pensándolo mejor, de los que casi siempre no nos cuentan. Y no lo minimizo, pero he pensado. Él sabe que he pensado en dejarte. Ser, ser sin mí. Sin esas dudas de mí. Después supongo te lo dejo todo a ti, a que decidas. Sucede que me pregunto cómo es la vida sin ti, también. Sin ti en como eres ahora o como lo has sido siempre. Pero ahora, conmigo. Amándonos así. Con una extraña manera de enterrarnos las uñas y decir entre dientes: sí, eres tú…eres tú. Y que tú lo niegues. Que me digas en mi cara que no puedes. Y yo, llore mucho un sábado allá por la madrugada más por mí que por ti. Más por todo aquello que me ha dolido durante el último año. Y somos tan jóvenes, aún tú más que yo. Pero a esa edad tuya ya eres fatal y asesina. Y me dices a mi asesina alguna vez. Aunque sea por esa fatalidad por que te amo y lo otro. Lo otro que eres tú. Desde lo que envicia, lo cual aún no te explico. Debe ser más que eso dirás, y lo es, te lo juro. Nada más que hoy me invade eso del tumor. Es que a veces soy tan cínica, de pronto pasa que te extraño y la casa está tan vacía. Sólo llena de mis piernas cortas, mi falda, la ausencia de sostén. Los cuadernos. Y tú propia ausencia, que no me explica nada.

martes, 29 de julio de 2008

Escribir un domingo y la TV

Mark Ruffalo es del tipo de hombres que te gustaría toparte en cualquier lavandería. Observándote tímidamente mientras escribes en un cuaderno con hojas rosas, sobre esa mesa de cafetería donde no sirve la maquina para el expreso. O que te invite a pasar habiendo esas pilas de libros en lugar de asientos por toda la casa. Justo como en Mi vida sin mí. Quizá, el típico freak que usa lentes de pasta, de esos que aún escuchan mucho a The Clash y se drogan mientras trabajan, tal como en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Supongo, a pesar de todo esto, ese hombre no sería mi primera opción en absoluto. Y aún no veo aquella película del director brasileño. Pero ah... que sería lindo que se enamorara fatalmente de una agonizante – como yo – como lo hizo del personaje de Sarah Polley. ¿Por qué Mark Ruffalo casi siempre hace de tipos retraídos? Como en Si yo tuviera 30, y ahí era un fotógrafo que antes fue ese niño regordete del que todos se burlaban. Yo pude amar a un hombre así. Supongo, yo me supongo. Uno ve que a ese individuo el amor le duele. Tal vez un hombre como Ruffalo entendería este dolor de ahora. A lo mejor también Daniel, el raro. Junto con esos complejos y cuestiones muy a la Pessoa. Y si estuviera aquí. Si él estuviera aquí no hubiera pasado todo eso. Aquello, lo que fuera que sucedió hace unos días o apenas ayer. Venir en los ratitos libres a escuchar el soundtrack de Spanglish y derrumbarse. Como se deshace una ladera pronunciada o los glaciares en estos tiempos. Esperar a que se hagan las cinco de la tarde para marcharte sola – afortunadamente – a ese cine donde cobran más barato el boleto. Tal vez si fuera con Mark no sería lo mismo cuando entro a este café italiano donde tocan mala trova, donde la señorita que atiende la caja te mira un poco mal, por que sabe que no tienes ni jodida idea de lo que estas haciendo. Eso de ver a la gente y no verla, de decir sin temblar “me da un capuchino grande y frío”. “¿Capuchino frappé o frío?”,…dije frío”. Ah bien. ¿Qué esas mujeres se sienten mejores por que no les afecta el aire acondicionado? O por que usan un sistema automatizado propio de las franquicias, y alguien como yo, ¿se confunde entre tanta gente?...Bah, yo que sé. El punto era que como siempre los domingos veo demás el televisor y pienso en Mark Ruffalo sin pensar realmente en él sino en lo que representa para esa pobre Sarah Polley con un tumor que invade sus dos ovarios. Adorarlo cuando al final de la película le dice “no quiero verte marchar con otro hombre” o “soy un hombre típicamente enamorado”. Y no pensarlo, no pensar que yo tampoco quiero cualquier cosa que implique la palabra: marchar. Y ahora estar enamorada. Por qué lo más seguro es que yo lo haga y tú lo hagas – aquello de marchar -. Pues yo sería del tipo de mujeres, que se abandona con la mugre en cualquier lavandería. Y tú serías quien se duerme en la lavandería y un tipo como Mark te observaría, atentamente.